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Gonzalo Rodríguez - page 6

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Espacios sagrados y Druidismo en la Hispania Céltica

en Cultura Celta por
El árbol Sagrado.

El “Bosque Sagrado” y la “Guerra”. El rito y el sacrificio. La naturaleza como santuario y la batalla como sacramento. La Magia y la Areté. Y “el Druida”, Maestro y depositario de la Tradición. Quizás también en la Hispania Céltica, de Lusitania a Celtiberia… En este fragmento de nuestra tesis doctoral y en un capítulo en el que nos acercábamos al tema de los dioses, y la posible existencia de un sacerdocio hispano céltico. Haciendo una disquisición previa imprescindible que hemos querido recoger aquí por lo interesante, para nuestro blog.

En el antiguo mundo celta, al igual que en general en el mundo cultural del Hierro, parecerá afirmase la presencia de lo sagrado en la realidad natural (Guyonbarc´h y Le Roux 2009: 326-332), de lo “Trascendente en lo Inmanente”. El Universo se contempla así como “Manifestación” y todo se convierte en potencial reflejo de la “Trascendencia”, sin que ningún todo agote la “Trascendencia”. El Absoluto puede ser así inabarcable e inasible, y sin embargo residir en el “alma” de las cosas. De ahí la relación espiritual que las religiones célticas establecen con determinado elementos del paisaje, especialmente con bosques y árboles, con el “bosque sagrado” o nemeton: nemora alta remotis incolitis lucis-“habitáis profundos santuarios en bosques remotos”-señalará Lucano sobre los druidas en su Farsalia (I, 453-454) (Guyonbarc´h y Le Roux 2009: 330).

Los Dioses célticos aparecerán de este modo y generalmente asociados con elementos de la naturaleza: Cumbres, fuentes, cuevas, ríos, bosques, árboles, buitres, caballos, lobos, toros, jabalís…todos ellos distintos elementos del mundo natural en los que parecerán presentarse de modo simbólico, las potencias del “mundo Invisible” (Marco Simón 2005: 217). Tendremos así que la noción de santuario al aire libre, de espacio natural como espacio de comunicación entre el mundo de los Dioses y el mundo de los Hombres, será fundamental dentro de las religiones célticas y así aparecerá recogido por dicha tradición a través del concepto de “bosque sagrado”, del anteriormente señalado nemeton (Marco Simón 2005: 219, Peralta Labrador: 239-241, Guyonbarc´h y Le Roux 2009: 326-332 o De Vries 1988: 195-196)[1]. Dándose la misma idea también entre los germanos al indicarnos Tácito cómo éstos: “no consideraban digno de la grandeza de los Dioses encerrarlos entre paredes ni representarlos bajo forma humana, consagrándoles bosques y arboledas” (Germ. IX, 3)[2].

Esta idea del nemeton o “bosque sagrado” nos estará señalando como lo “Invisible”, se “trasparentaría” o “comunicaría” con los Hombres a través de determinados escenarios del mundo visible, escenarios de especial fuerza y evocación como puedas ser los parajes naturales. Siendo de esta manera posible la comunicación y relación con dichas potencias invisibles y de manera predilecta, en el nemeton.

A nuestro parecer y como ya hemos indicado cabrán para el mundo céltico e indoeuropeo don niveles de acercamiento a “lo Invisible”[3]. Por un lado mediante determinados ritos y fórmulas por las cuales se renuevan los pactos, las armonías o se propicia el favor de las “fuerzas ocultas” del universo (Más allá Telúrico). Estaríamos aquí en el ámbito del reverso ritual y mágico de la religiosidad hispano céltica, y su escenario más propio sería el “paraje sagrado”.

Por otra parte, conforme a una orientación espiritual de participación y apertura del sujeto a las “esferas superiores” de la realidad invisible, mediante el seguimiento de un determinado ethos. Siendo estas esferas superiores el plano propiamente Sobrenatural (Más allá Celestial) con el que la relación que se establece nos es ya la de los rituales y formulaciones mágicas (Techné), sino la de un  ethos formativo forjador del alma de acuerdo a un ideal heroico orientador de la existencia hacia la Trascendencia, a través de la Areté. Obviamente aquí el escenario más propio de dicho ethos no es ya el nemeton sino la guerra y el combate, que serán tenidos como un lugar predilecto para el sacrum facere y “la Gloria” (Sopeña 1987: 131-138)[4].

De este modo en el “bosque sagrado” o nemeton, en la guerra y en la batalla, y también como hemos visto anteriormente en el banquete, encontraremos tres escenarios predilectos del mundo céltico. Escenarios que precisamente a través de las cofradías y élites guerreras se articularán conformando el universo propio de la cultura de las mannerbünde. Tenemos así y respectivamente un ámbito mágico y ritual, un ámbito ético y espiritual de vocación heroica, y un escenario de comunidad, encuentro e intercambio.

Por otro parte y conforme a esa doble vertiente-mágica y heroica-del mundo espiritual y religioso de las culturas hispano célticas y célticas en general, encontraremos diversas pistas que nos señalaran la posible existencia de personas especialmente vinculadas a la interacción respecto con el mundo invisible. Un ejemplo interesante se dará en el ámbito lusitano-galaico a través de su conocido hieróskopos, encargado de llevar a cabo sacrificios adivinatorios con víctimas humanas y animales: Silio Itálico (III, 344) nos dirá que durante la Segunda Guerra Púnica los jóvenes galaicos enviados  luchar con Aníbal “eran expertos en adivinar a través de las entrañas, los vuelos de las aves, y los divinos relámpagos”. La misma idea la recogerá Estrabón (III, 3, 6-7) al hablar de los sacrificios de los lusitanos. Siendo en esta cita donde se nos mencionará un hieroskópos u “observador de las cosas sagradas”, lo que podría ser interpretado como prueba de la existencia entre los lusitanos de especialistas de lo religioso, oficiantes de sacrificios y expertos en vaticinar a través de inmolaciones (González García 2007: 391-392). Por otra parte la práctica de los sacrificios humanos estará atestiguada entre las poblaciones de la Hispania céltica, caso de los bletonenses en la actual Salamanca (Plut. Quaest. rom. 83) de los lusitanos (Liv. Per. 49; Str. III, 3, 6) o de los pueblos del norte (Estr. III. 3, 7). No teniéndose referencias a la existencia de dichos sacrificios humanos entre los celtíberos y si obviamente y en general en el resto de la céltica europea, recogiéndose incluso en la mitología irlandesa (Blázquez Martín 2005: 227).

Si podremos reconocer entre los celtíberos y a través de sus repertorios cerámicos, escenas rituales oficiadas por personajes ataviados con gorros cónicos, similares por otra parte a los de determinadas divinidades y sacerdotes del mundo céltico. Personajes que portan jarras con clara función libatoria, que nos estarían señalando quizás la presencia de una posible función sacerdotal (fig. 5-7).

Por otra parte la existencia de dicho sacerdocio, pudiera no tener que extrañarnos, pues esta atestiguada la existencia de druidas entre galos y britanos (Guyonbarc´h y Le Roux 2009)[5], y para ambos pueblos podría inferirse una complejidad análoga a la de los celtíberos.

Entendemos en todo caso que la función esencial del sacerdote sería la función de mediación, de mediación entre lo visible y lo Invisible, entre los “Dioses y Daemones” por un lado, y los Hombres por otro. Esta mediación se desarrollará a su vez en dos niveles: alrededor de los sacrificios y el ritual[6], y alrededor de la salvaguarda de la “tradición”. Es decir, el sacerdote también como depositario del legado espiritual, religioso, cultural e ideológico de su comunidad (Sopeña 1987: 151- 153).

Escena de sacrificio con oficiante. Cerámica numantina

Figura 5-7: Escena de sacrificio con oficiante. Cerámica numantina. Obsérvese el vaso libatorio y el gorro cónico del “sacerdote” (Según Jimeno 1999).

Transmisor de los mitos, la historia y las leyendas que orientarán la formación ética y espiritual de los miembros de su sociedad, voz así de la conciencia de la misma: “(los druidas) disertan y enseñan a sus jóvenes sobre numerosas cuestiones, referidas a los astros y sus movimientos, el tamaño del orbe y de las tierras, la naturaleza, la esencia y el poder de los Dioses inmortales” (César, B.G. VI, 13-14). Un tipo de sacerdocio cargado de este modo de presencia y liderazgo dentro de sus comunidades y que podría estar también recogiéndose en la Celtiberia a través de la figura de Olíndico (Floro, Epit. II, 17,9), líder celtibérico que portando una lanza de plata que le habría “enviado el cielo” (la lanza como arma por excelencia del dios pancéltico Lug) y haciendo gala de facultades proféticas y mágicas, exhorta a los celtíberos a luchar contra Roma provocando un nuevo alzamiento en el 143 a.C. Un episodio éste similar a otros recogidos en la céltica centroeuropea y en los que los druidas dirigen revueltas militares contra Roma (Tác. Ann. III, 40-46). Siendo sintomático en este sentido el hecho de que el druidismo fuera rigurosamente prohibido por los gobernantes romanos: “Durante el principado de Tiberio César se eliminó a los druidas galos, esa ralea de adivinos-médicos” (Plinio el Viejo, Historia Natural, XXX, 13).

En definitiva, entenderemos que la existencia de una función sacerdotal de tipo druídico, más o menos desarrollada, podría estar dándose también en la Hispania céltica. Si bien no nos será posible a día de hoy y con la información de que disponemos, perfilar los extremos últimos de dicho y posible “druidismo” hispano céltico.

Por otra parte, volviendo a la idea de los espacios naturales como espacios propicios para la comunicación “con los Dioses”,  debemos entender que entre pueblos como los lusitanos, galaicos, astures, cántabros, celtíberos, vettones o vacceos; los montes, ríos y bosques, no serían solamente barreras naturales y fronteras privilegiadas entre diferentes comunidades. Sino que al igual que para muchos otros pueblos célticos europeos, constituirían verdaderos santuarios. Es decir, lugares puestos bajo el patrocinio de una determinada divinidad. Viriato pasa así los inviernos y según la interpretatio romana en un monte consagrado a la diosa Afrodita cercano al Tajo (Apiano, Iber. 64-66), y hace al tiempo de un espacio sagrado un refugio y guarida. Posiblemente la misma idea se encuentre en la huida a las montañas de los lusitanos perseguidos por Bruto (Iber. 71), y en los cántabros de Bergidum, que acosados por los ejércitos de Augusto se guarecen en el Mons Vidius (Floro II, 33, 49-50; Orosio VI 21, 4-7 y Dion Casio LIII 25, 2) (González García 2007: 408). En la misma línea podemos recordar la referencia de Marcial a un monte sagrado en la Celtiberia llamado Mons Caius (4, 55, 1-3), o el Mons Herminius en el que se refugiará frente a Julio César la última resistencia lusitana (Dion Casio 37, 52).

Estamos de nuevo frente a ese concepto tan característicamente céltico del nemeton o “bosque sagrado”, del paraje natural que es limítrofe entre el mundo visible y el mundo Invisible,  entre el mundo de los Dioses y Daemones y el mundo de los Hombres.

Un caso interesantísimo de este tipo de espacios y para la Hispania céltica será el santuario al aire libre de Peñalba de Villastar, en Teruel. Donde se encuentran alrededor de una veintena de epígrafes paleohispánicos de entre el siglo I a.C. y el I d.C. siendo de especial interés la inscripción referida al dios pancéltico Lug. Dios asociado desde la interpretatio romana a Mercurio-Hermes, y considerado el dios más popular entre los celtas. También será muy destacable su localización, fundamentada exclusivamente en el paraje y no en ningún tipo construcción que pueda dar lugar al surgimiento del santuario. Este lugar presenta un paisaje imponente de barrancos y crestas rocosas, que bien pudo servir de lugar de peregrinación para diversos pueblos, y que estaría situado estratégicamente en una zona fronteriza entre el mundo ibérico, y el mundo celtibérico (Alfayé Villa 2005).

Con respecto a esas inscripciones votivas grabadas en la roca, encontraremos lo que parece una ofrenda de campos y tierras de labor a Lug. Se mencionan también los nombres de los meses en los cuales se llevará a cabo dicha ofrenda, meses que podrían coincidir con la fiesta céltica del Lughnasadh de acuerdo al calendario celta de Coligny, calendario proveniente de las Galias y verdadero documento de ciencia druídica de época ya romana (Blázquez Martín 2005: 223-224). Indudablemente esta información relativa a Lug, y a este santuario ubicado en territorio celtibérico, nos ponen frente a la dimensión religiosa de la Celtiberia así como frente a elementos fundamentales de su panteón. Elementos que presentarán entonces interesante analogías respecto de lo que se ha podido documentar para el mundo céltico de las Galias o Britania.

[1] Marcial nos hablará de un encinar sagrado en Hispania, en el Mons Burado (4, 55, 23); de un monte sagrado en la Celtiberia, el Mons Caius (4, 55, 1-3) y de otro bosque sagrado en Hispania en Vadavero (I, 49, 5 ss). Justino por su parte nos señalará la existencia de un bosque sagrado en Galicia (XLIV, 3, 6).(Peralta Labrador 2000: 240).
 [2] El encontrarnos con la idea de “bosque o paraje sagrado” tanto en el mundo céltico como en el mundo germánico, nos induce a pensar en el nemeton como una idea espiritual propia de las culturas de la Edad del Hierro.
 [3] Estos dos niveles corresponderían a eso que hemos llamado “Más allá Celestial” y “Más allá Telúrico”. El primero de ellos Sobrenatural y  Trascendente y objeto de una vindicación ética. Y el segundo, preternatural y mágico y objeto del rito propiciatorio. El primero por decirlo así pone el acento en la Trascendencia y el segundo en la Inmanencia. Una inmanencia que hay que entender no en términos materialistas sino por decirlos así “animistas”: Esto es, escenario de “númenes” (numina)  o “genios y espíritus”  de las cosas. De una concepción del Mundo en la que las fuerzas de la Naturaleza “tienen Alma” (Anima Mundi).  Son “alguien y no algo”.
Allá donde las religiones tiendan a bandear hacia la Trascendencia de manera cada vez más unilateral, surgirán los monoteísmos. Allá donde las religiones tiendas a bandear hacia la Inmanencia, surgirá el panteísmo. Desviaciones el uno y el otro respecto de la relación y jerarquía entre “Cielos y Tierra”.
 [4] Sacrum facere: Mediante el sacrificio heroico el guerrero soltaría lastre de lo meramente natural y se elevaría hasta asociarse íntimamente con la Divinidad. Dando cumplida realización a una cierta metamorfosis por la cual el guerrero deviene en Héroe y por ende en “Hombre Superior” o semidiós (Sopeña 1987: 132-135).
 [5] “También hay unos filósofos o teólogos que son objeto de honores extraordinarios y reciben el nombre de druidas” (Diodoro de Sicilia, Hist. V, 31, 2-5); “(los druidas) se ocupan de todo lo que tiene que ver con los Dioses, están al cargo de los sacrificios públicos y privados y regulan el culto (…) se piensa que sus enseñanzas fueron adquiridas en Britania y desde aquí llevadas a la Galia” (César, B.G. VI, 13-14) ó “(los druidas) aseguran conocer el tamaño y la forma de la Tierra y el firmamento, el movimiento del cielo y los astros y el destino trazado por los Dioses (Pomponio Mela, Corog. III, 2, 18-19).
 [6] Sobre los conceptos de Religión, Ritual y Sacrificio ver Cabrera Díez 2010: 29-65 y Alfayé Villa 2011.

Leyendas para la noche de Todos los Santos: Toledo, sus Cuevas y el Diablo…

en Espiritualidad por
Toledo, sus Cuevas y el Diablo. Rutas Toledo Mágico.

Para la semana de Todos los Santos y Fieles Difuntos, que mejor que recuperar una antigua leyenda sobre las cuevas de Toledo y el mismísimo Diablo…

Las leyendas no son cuentos para niños. No son meras fantasias que inventan los mayores para contar a sus hijos antes de llevarlos a la cama. Las cosas no son así… las leyendas son el lenguaje de los símbolos y los arquetipos. Son el lenguaje de la Tradición cuando ésta se acerca a la vida humana, más allá  de las meras contingencias materiales de la existencia. Tienen siempre así una facenta espiritual que merece la pena tener presente, más aún en los tiempos que corren.

En el programa “Queremos hablar de Toledo” de ABC Punto Radio. Hablando de la Nigromancia toledana, de los arquetipos que se plantean en las leyendas que conocemos al respecto, y narrando una leyenda de un joven brujo, una cueva toledana y el mismísimo diablo… 

La Etnología, la Tradición y el Folclore.

en España por
Parque Nacional de Cabañeros

La Etnología, la Tradición y el Folclore como fundamento identitario y recurso económico.

Conferencia impartida en las segundas jornadas etnológicas del Parque Nacional de Cabañeros. En ella planteo que el patrimonio folclórico, etnológico y natural puede ser tanto un recurso económico sostenible, como una fuente de construcción espiritual de la persona y afirmación identitaria de la comunidad.

Itunes

El fenómeno del Celtismo

en Cultura Celta/España por
El fenómeno del Celtismo

La Cultura Celta, más allá de su realidad histórica, ha llegado a ser un referente de determinadas formas de cultura popular de nuestro tiempo. Es lo que nosotros llamamos “El fenómeno del Celtismo”. A dicho “Celtismo” del siglo XXI y su relación tanto con la cultura celta propiamente dicha, como con las pervivencias que de ésta puedan quedar en Europa así como de uso espurio que pueda hacerse de la misma, hemos dedicado un anexo de nuestra tesis doctoral. A partir de dicho anexo hemos podido escribir un libro llamado precisamente “El fenómeno del Celtismo” del cual extraemos este fragmento para colgarlo en nuestro blog.

 

En el mismo teorizamos sobre el por qué de un “Celtismo Moderno”, cómo es que puede haber surgido una fascinación por la Cultura y el Mundo Celta en nuestro tiempo, y que de bueno podríamos encontrar al respecto.

 

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El Celtismo en el Mundo Moderno:

La fascinación por la Edad del Hierro y la búsqueda de las esencias perdidas.

Situada a caballo de la Prehistoria y la Edad Antigua, la Protohistoria Europea y su correspondiente Edad del Bronce y Edad del Hierro del Hierro, se han configurado para el imaginario colectivo como una suerte de germen, en el que por un lado se superaría el primitivismo prehistórico y por otro, se habrían dado los pasos previos para la formación de las culturas y civilizaciones propiamente Históricas de la Antigüedad (principalmente el mundo grecolatino). Tiende así a ser tenida en no pocas perspectivas populares, como un firme, puente o enlace, que llevándonos más allá de la Prehistoria, prepara y anuncia los tiempos Históricos posteriores. Siendo entonces que como veremos, para según qué corrientes y a veces modas, la pervivencia de dichas culturas del Hierro en grandes áreas de Europa en tiempos de Roma e incluso posteriormente, en época medieval, hacen de dicho universo protohistórico una realidad de gran poder de sugestión. Más aún si nos detenemos en su enfrentamiento con Roma en la Antigüedad, o con la cristiandad medieval en tiempos de Carlomagno o de las invasiones vikingas.

De alguna manera, ese carácter de estadio previo a la Antigüedad y estadio superior a la Prehistoria, parecerá cargarla muchas veces como de un aura mítica y legendaria. Como de primeras y ancestrales “esencias puras” en las que se podrían encontrar los mimbres del posterior desarrollo de la Civilización, y del despliegue mismo de la historia de Occidente. Ese carácter como “esencial”, esa carga mítica y legendaria, provocará en no pocos aficionados y estudiosos, una fuerte fascinación. Como si en los tiempos protohistóricos de Europa pudiéramos encontrar una fuente primera en la que volver a beber desde la distancia de nuestro presente ciclo histórico, y desde una determinada concepción “decadente” de la Modernidad. Reencontrando entonces en la Edad del Hierro una “pureza” y un “sentido” que muchas veces se considerarán perdidos.

El tiempo histórico moderno duda así de sí mismo y busca una reorientación en el pasado, siendo entonces que algunas miradas se deleitan en la grandeza de la Antigüedad y en la cultura greco-romana, donde se tiende a decir que habría “empezado todo”. Otras miradas se detienen en el Medievo, cargándolo de un aura romántica e idealizada: con sus Cruzadas, Templarios, castillos, Reconquista o monasterios… Y otras miradas, quizás precisamente porque “todo empezó” con Grecia y Roma, y porque el Medievo en todo caso y en razón de su cristianismo, no era “todo lo puramente europeo que debería ser”, dudan también de uno y otro y quieren ir más atrás… Como si la semilla de la decadence se hubiera sembrado ya en el mundo grecolatino y el cristianismo medieval por su parte, hubiera adulterado las esencias de lo propiamente europeo. Siendo entonces que la “Pureza y la Autenticidad”, el “alma misma de la Europa ancestral”, pudiera estar en ese estadio en el que dejamos de ser “salvajes”, pero todavía no nos hicimos “civilizados”… En la Edad del Hierro.

Edad del Hierro en la que Celtas y antiguos Germanos, sin las grandezas de la Antigüedad o la Edad Media, y con una cultura material más humilde y a veces también más tosca, parecerán conocer sin embargo y con mayor claridad y certeza, “el Sentido auténtico de la vida y el Mundo”. De la valía personal y el heroísmo, la comunidad de sangre y los ancestros, la unión con la naturaleza y “sus fuerzas mágicas y misteriosas”… Si a esto unimos la incuestionable carga épica del guerrero celta o el guerrero vikingo, en su lucha contra Roma o en sus aventuras y saqueos por el Mar, el cuadro idóneo para una idealización estará servido.

Ciertamente, cabría plantearse para este argumento que venimos desarrollando, una suerte de “nostalgia” por “las esencias perdidas” que desde un cierto romanticismo e idealización, anhelase para la existencia humana algo más de “Espíritu”. Algo más de “Autenticidad” más allá de la vida moderna y sus rutinas burguesas. Algo más de épica, heroísmo, fuerza, pureza y sabiduría y en una época, la Moderna, en la que todo pareciera poder reducirse a categorías puramente materiales, económicas y técnicas… Es entonces que el Medievo, con sus caballeros templarios y su fervor religioso. Roma, con su grandeza y sus legiones. Grecia, con sus duros espartanos y al tiempo sus filósofos, artistas y poetas. Y claro está, los Celtas o los Vikingos, con sus guerreros “furibundos e indomables”, sus dioses terribles y a veces oscuros, su ruda sencillez y su comunión con la naturaleza, los animales, los árboles o las tormentas… terminan por configurar “un manantial de inspiración” al que acercarse a beber, si es que se busca “un reencuentro” con las “esencias perdidas”…

Este “esencialismo”, a nuestro humilde entender, hará parte importante de la fascinación por la Cultura Celta, así como por general de los fenómenos análogos al Celtismo propiamente dicho. Ya sea la fascinación por los Vikingos, los Espartanos o las legiones de Roma. Y creemos posible reconocerlo claramente y con diversas vestiduras o formas, en no pocos movimientos identitarios y neoespirituales de la actualidad. Pudiendo decirse que en gran medida, a través de dichos fenómenos de idealización e inspiración por las culturas del pasado, se planteará un horizonte de regeneración espiritual, cultural y casi “antropológico” para nuestra época. Horizonte de regeneración que de acuerdo a un sentimiento o visión crítica de la Modernidad, apelará a la “búsqueda de la Esencia” en el ámbito de “la Tradición”. Entendida ésta, como un pasado en el que el Hombre se hizo reflejo o portador, de una visión más auténtica, verdadera y elevada de la vida.

Más allá de las consideraciones sociológicas que pueden establecerse con respecto a tan singulares perspectivas y movimientos, y de los interesantes síntomas que parecen traslucir: desafecto hacia la Modernidad y el materialismo, sensación de identidad perdida y pérdida de valores, búsqueda de la esencia europea, recuperación de la idea de los ancestros, de nuestro antepasados, etc… lo cierto es que para acercarnos al estudio riguroso de la Edad del Hierro, será condición indispensable estudiar a aquellos pueblos de Europa que en tiempos ya históricos y frente a Grecia y Roma, entran precisamente en la “Historia” a través del enfrentamiento e interactuación con dichas potencias mediterráneas. Configurándose entonces como el paradigma de la “Europa bárbara” frente a la “Europa civilizada”.

Dichos pueblos serán fundamentalmente los pueblos celtas y germanos, pueblos que conoceremos principalmente por las fuentes clásicas, la arqueología y los correspondientes estudios de la ciencia histórica. Si bien, de dichos pueblos y culturas podremos tener otras referencias, en este caso provenientes directamente de las tradiciones “bárbaras” y su propia manera de ver el mundo. Nos referimos aquí a textos y tradiciones conservados básicamente a través del Medievo y a pesar de la “romanización” y el “cristianismo” (o más allá de la “romanización” y el “cristianismo”) que podrán funcionar como pequeñas ventanas a la Edad del Hierro. Ventanas por las que asomarnos al mundo espiritual, ético, mítico y religioso de aquellos pueblos de Europa que “siguieron unidos” a la Edad del Hierro, cuando Europa entraba ya en su ciclo “propiamente histórico”. Nos referimos claro está a la mitología irlandesa y a las Eddas y sagas escandinavas. Pudiendo encontrarse también y en cierta medida “apuntes” de esa “originaria” cultura del Hierro, en los cantares de Gesta del Medievo, en leyendas y romances también medievales, o en el ciclo Artúrico y del Grial. Así como también y en menor medida, en algunas costumbres, leyendas y fiestas folklóricas, conservadas en regiones más o menos “remotas” de Europa (dedicaremos más adelante un capítulo entero a desarrollar esta idea).

El mundo céltico fue básicamente absorbido por la romanización, especialmente en Hispania y las Galias, donde además y posteriormente se sufrirán las invasiones bárbaras y la consiguiente germanización. Todo a lo largo de un proceso de siglos en el que también la cristianización, contribuirá a laminar la antigua Céltica, quedando ésta reducida entonces a un fenómeno muy marginal, conservado únicamente en zonas especialmente aisladas o apartadas, así como en algunos de los finisterres atlánticos de Europa. Nos referimos aquí y principalmente a las islas Británicas, en las que la romanización fue más débil y a pesar de las invasiones sajonas, tanto en Gales como en Cornualles, en las Tierras Altas de Escocia, y sobre todo en Irlanda, se conservarán interesantísimas pervivencias del antiguo mundo céltico. Especialmente en un rico y profuso folclore popular, así como en la anteriormente mencionada mitología celto-irlandesa, su ciclo de Ulster, el “Libro de las Invasiones” o los guerreros fianna.

Debemos entender en cualquier caso que siendo las islas Británicas y en especial Irlanda las zonas más típicas de estas pervivencias del antiguo mundo céltico, no serán en ningún caso las únicas. En España podremos recoger también un rico fondo folclórico y popular cargado de elementos provenientes del ancestral substrato céltico. Nos referimos al mundo rural y sus leyendas en Galicia, Asturias y Cantabria y en general en todo el cuadrante del noroeste Peninsular. Lo mismo podrá decirse de amplias zonas del interior, en las tierras altas de la Meseta, en el altiplano soriano y en diversas áreas del sistema Ibérico, así como en zonas de Extremadura y del sistema Central. Siendo especialmente significativa y para todo el territorio de la antigua Hispania Céltica, la pervivencia de antiquísimas y coloridas fiestas populares, en las que las mascaradas y botargas, los ritos alrededor del fuego y el carácter invernal de las mismas, parece ser de nuevo una lejana pervivencia del antiguo sustrato céltico. Las fiestas del pueblo soriano de san Pedro Manrique en este sentido, han sido siempre reconocidas como especialmente significativas (también sobre esta cuestión volveremos más adelante en el capítulo correspondiente al papel del folclore).

Por otra parte y con respecto a esta idea de pervivencias y “ventanas” a la Edad de Hierro, debemos entender que dicho mundo cultural y espiritual, no se circunscribirá en exclusiva al mundo céltico. Como ya hemos señalado, también el mundo germánico, situado más allá de las fronteras de Roma y en sus regiones más septentrionales solo tardíamente cristianizado, conservará diversos elementos provenientes de ese ancestral fondo protohistórico prerromano y precristiano.

Aquí tendremos unos documentos de excepcional valor que serán las Eddas y sagas escandinavas, conservadas en la remota Islandia y a través de las cuales podremos en cierta medida conocer, el mundo mitológico, religioso y ético del antiguo mundo germánico. Los límites septentrionales de Europa, desde la península de Jutlándia y hasta la helada Islandia, se convertirán así también en áreas en las que el mundo de la Edad del Hierro europeo, habrá dejado importantes pistas de su trabazón espiritual y cultural.

Por otro lado y tal como hemos señalado anteriormente, podremos también tener en cuenta todo lo que sería la épica heroica de la Edad Media. Ésta, aunque situada ya en un marco histórico lejano a la Edad del Hierro, se construirá fundamentalmente con tradición grecolatina, cristianismo y tradición germánica y céltica. Siendo estas últimas la que, aún cristianizadas y encuadradas en un marco cultural tardo-romano, insuflarán al Medievo una ética heroica y guerrera propia del mundo espiritual de la Edad del Hierro. Esto marcará definitivamente dicho Medievo y cristalizará no ya en las órdenes de Caballería, las Cruzadas o el Feudalismo. Sino especialmente en los Cantares de Gesta y Romances medievales. En los que muchas veces se podrá respirar el mundo de imágenes y evocaciones heroicas propias de la ancestral Edad del Hierro, siendo en el caso del ciclo artúrico, que el antiguo fondo céltico, parecería resultar especialmente presente.

Finalmente y abundando en esa idea de un sustrato de creencias y valores comunes al mundo del la Edad del Hierro en Europa, deberemos tener que presente que aunque mayormente haya sido estudiado a través de las culturas célticas y germánicas, también la Grecia arcaica que recoge Homero en la Iliada, nos mostrará unos patrones heroicos y de conducta análogos en gran medida, a los que luego veremos al estudiar la Edad del Hierro propiamente dicha. De tal manera que en la Grecia primera, Aquea y Dórica, en los “campeones guerreros” de Homero, vinculados éstos al Bronce Final, encontraremos también una ventana por la que asomarnos al universo de la protohistoria europea.

Tenemos así que el mundo cultural del Hierro, ciclo protohistórico europeo desaparecido con el inevitable desarrollo de la Historia de Occidente, nos habrá dejado ventanas desde la que contemplar “cómo entre brumas” su “vida interior”, y estudiar quizás entonces ese “fondo primero”. La raíz desde la que dio comienzo más allá de la Prehistoria, el desplegar de la Historia de Europa. Siendo entonces inevitable el platearse la idea de los “primeros principios”, de búsqueda de “esencias ancestrales” que anteriormente hemos señalado y que nosotros consideramos, una de las claves del celtismo contemporáneo.

Se buscaría de este modo el fondo común y las potencialidades propias del alma de Europa, que ocultas o manifiestas, subyacerían a nuestra historia y a sus diferentes momentos culturales. Siendo entonces que desde nuestra Modernidad-para muchos descarriada o desnortada-, se pretendería recuperar el rumbo apelando a dicha esencia ancestral. Es decir, habría un anhelo de “Tradición”, de “espíritu, esencia e identidad”, en el fenómeno del celtismo. Así como en movimientos parecidos que pudieran tener como referente no ya a los Celtas, sino quizás a la Edad Media, los Vikingos y los antiguos pueblos germánicos, la antigua Esparta o en general, todas las tradiciones europeas premodernas en su conjunto. Hay de este modo a nuestro parecer en el fenómeno del celtismo y en fenómenos análogos, una vaga y difusa pero a su vez presente, búsqueda de “Raíces”. Búsqueda de “Espíritu” y “Tradición”.

Esta pretensión en principio, no solo puede ser perfectamente legítima y coherente con el estudio de los tiempos protohistóricos europeos, sino que además, entendemos que puede tener un lugar y un sentido no menor, en el ámbito del desarrollo de las culturas occidentales contemporáneas. Puede ser así algo necesario, bueno y útil, el “saber quiénes somos”, más allá de los paradigmas de la Modernidad. Y si bien es verdad que desde dicho supuesto “descarrilamiento” moderno, muchos podrían replantearse el rumbo echando la vista a las “raíces cristianas de Europa”, o a las “raíces griegas y romanas” también de Europa, o incluso a la propia “Razón Ilustrada” que sembró la semilla de nuestra Modernidad… No será de recibo platearse que quizás las “respuestas” podrían buscarse también, en ese mundo de “esencias primordiales” que supuestamente, habría sido la Edad del Hierro.

En gran medida y a nuestro parecer, los fenómenos actuales del neopaganismo y/o el neoceltismo, deberán contemplarse desde esta perspectiva.

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Dicho esto, y hablando ahora desde nuestra esfera más puramente personal, no tenemos reparo en pronunciarnos al respecto no solo y efectivamente con una mirada profundamente crítica para con la Modernidad, sino que además, apostaríamos por un sentido de la “Tradición” europea en el que desde la cristiandad medieval y hasta la Grecia clásica y homérica, pasando a su vez por el mundo celta, romano y germano, todo ello configuraría el “fondo” de la esencia e identidad de Europa. Esencia e identidad que desde las pistas y claves que otorga la “Tradición”, nos estaría señalando las vías hacia el “Universal y Perenne del Espíritu”. La “Vertical” desde la que siempre y para todo tiempo y lugar e independientemente de todo lo demás, es posible una regeneración…

Espiritualidad y Tradición Heroica en la Hispania Céltica

en Cultura Celta por
Ímpetu del guerrero celta en reconstrucción artística de la batalla de Telamón.

Nuestra tesis doctoral pretendió conocer el alma misma de la Hispania céltica a través de su tradición guerrera. Tanto a nivel de organización sociopolítica y económica, como a nivel de principios, valores y creencias. La tesis doctoral la hemos adaptado al ámbito de editorial para poder publicarla y de dicha adaptación extraemos este fragmento que aquí os presentamos:

 

En él mismo plateamos la idea de lo que hemos llamado “El camino del Héroe”, y tratamos de ver hasta qué punto éste termina por ser el eje vertebrador de la espiritualidad hispano céltica.

Este artículo sería la continuación del anteriormente publicado: “Muerte triunfal, Trascendencia e Inmortalidad”.

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Hemos apreciado hasta ahora y en el mundo cultural de la Edad del Hierro, manifestaciones sociales de ideología heroica, articuladas desde un ethos guerrero y a partir de un sistema de jefaturas, organizado mediante un subsistema de lealtades, méritos y recompensas. Un sistema clientelar fiscalizado y censurado a través de esos mismos ideales heroicos que lo animan, siendo lo que cotejamos y comparamos dentro de ese marco, las estructuras de fondo, los elementos clave: el “sentido”. Y esto con independencia de los revestimientos concretos que puedan adoptar dichas estructuras y sentidos en cada uno de los distintos pueblos de la Hispania céltica (García Quintela 2005: 187).

Dicho esto, las fuentes nos dan también interesantísimas pistas para poder llevar a cabo esa interpretación de los principios comunes y de fondo que subyacen a la diversidad de costumbres y mitos, de creencias y ritos, de la céltica hispánica. Plutarco nos señala así que la creencia en una “Isla de los Bienaventurados” (Sertorio 8-9)-creencia que fascinaría al propio Sertorio durante su estancia en la Península-era una creencia ampliamente extendida entre los hispanos. Ciertamente en este mito de una “Isla de los Bienaventurados”, dará la impresión de estar en presencia de un símbolo de ese “Más allá Celestial”, espacio “ultramarino” y por ende “ultraterreno”, que ubicado más allá del mundo meramente natural, es el espacio sobrenatural al que aspiran los caídos en combate. La misma idea de un espacio sobrenatural y trascendente, situado más allá de lo terrenal y contingente, la podremos encontrar a nuestro parecer con meridiana claridad, en las referencias de Silio Itálico (Punica III, 340-343) a la prohibición entre los vacceos, de cremar los cuerpos de los guerreros caídos en combate. Idea que como ya hemos indicado anteriormente, nos estaría señalando cómo; dejando que los cadáveres de los caídos permanezcan al aire libre para que los devoren los buitres (fig. 5-1), éstos se convierten en animales sagrados y aves mediadoras que transportarán las almas de los guerreros al “Más allá Celestial”. Mundo superior en el que dichos caídos devienen en Héroes.

La vida terrenal se abre así a través del trance guerrero y la “Bella Muerte” al “cielo sobrenatural”, y los guerreros muertos en batalla ascienden sus almas a las esferas superiores. Los buitres se convierten de esta manera en “psicopompos” que por un lado señalan el destino humano en el ciclo de vida y muerte del Universo, y que por otro, conducen las almas de los caídos a un más allá ultraterreno ubicado allende de dicho ciclo de vida y muerte[1]. La imagen (más adelante podremos verla) recogida en el cuenco de la necrópolis de El Portuguí-Uxama (Soria), donde cada una de las aves representadas porta un pequeño recinto rectangular dentro del cual se guarda una cabeza (símbolo del alma del difunto) (Olmos Ricardo 2005: 253-255), sería clara representación de ese viaje al “Más allá Celestial” en alas de aves mediadoras entre el mundo natural, y el mundo Sobrenatural.

Escenas de un vaso numantino con guerreros muertos devorados por los buitres
Figura 5-1: Escenas de un vaso numantino con guerreros muertos devorados por los buitres. (Reproducido de Álvarez Sanchís 2003: 118)

 

En la misma línea de argumentación encontraremos cómo las fuentes clásicas, se aproximarán a la Celtiberia y a la Hispania céltica en general con una mirada, que si bien no será ajena a toda una serie de tópicos recurrentes, insistirá en señalar el interior Peninsular y más concretamente la Meseta, como un lugar “de clima duro y gentes fieras e indomables”. Es en este punto donde las fuentes repararán especialmente en la idea de la muerte heroica (Olmos Ricardo 2005: 256). De Numancia a las guerras Cántabras, de los funerales de Viriato a las campañas de Bruto en “Galicia”, del asedio a “Calahorra” a la lucha de campeones entre un joven Escipión y un guerrero vacceo de Intercatia. Ideal heroico y de “Bella Muerte” que nos estará dando un importante indicio a tener en cuenta, para comprender como funcionaba el discurso ideológico del ethos guerrero de la Hispania céltica. Siendo aquí donde la exposición de los caídos en combate a los buitres, se mostrará esclarecedora y el propio hecho de morir luchando, se manifestará como una culminación, como una “liberación”, como una superación del plano de la mera terrenalidad. El simbolismo implícito en dicha exposición de los caídos, señalará de este modo una visión agonística de la vida en la que la muerte es factor principal (Sopeña 1987: 151), y “el retorno a los Cielos junto a los Dioses de lo Alto” (Silio Itálico 3, 340-342), horizonte último de sentido.

El culto a la “Bella Muerte” se configura de este modo como la cumbre de toda una ética agonística y heroica que se materializa definitivamente, en el momento final de la muerte en combate (Sopeña 1987: 83). Esta exaltación de la muerte violenta lleva a unir al guerrero a sus armas con lazos que trascienden lo puramente material. Las armas son una prolongación de su identidad y de su alma, y se hacen acompañar con ellas a las piras funerarias, negándose a entregarlas bajo ningún concepto (Sopeña 1987: 84 y Quesada Sanz 2010), haciéndolas símbolo y garante de su libertad y dignidad: “los caballo y las armas les son más queridos que su propia vida” (Trogo Pompeyo 44, 2, 3). La entrega del arma será entendida de esta manera como la entrega de la propia autoestima, de la propia honra. Renunciando a la espada se renuncia a labrar el propio destino y te conviertes en un esclavo, a decir de Floro (1, 34), “perder sus armas les era tan inaceptable como que les cortaran las manos”. La vinculación del guerrero con sus armas es así una vinculación radical; existencial, espiritual y ética. Y las armas que acompañan al difunto al más allá desde la pira funeraria, son así destruidas o inutilizadas, asegurándose su vinculación exclusiva y personal con el guerrero que en vida las empuño.

Interesante será señalar también la nota que en este sentido recoge Salustio (Historia, II, 92), sobre las mujeres celtibéricas relatando las gestas heroicas de los hombres muertos en batalla (Sopeña 1987: 87). Lo que nos sitúa en la existencia de una tradición oral que recoge y exalta las acciones ejemplares de los más afamados guerreros, y que pone precisamente el acento en la muerte heroica de los mismos. Lo que supone una divulgación entre toda la comunidad, de los valores y principios propios de esa espiritualidad y ética heroica, que está en el centro mismo de las creencias del mundo hispano céltico.

Siendo esta la perspectiva que nos señalan las fuentes, encontramos entonces que el combate, la guerra, el enfrentamiento bélico, será el momento supremo de todo el entramado ético y espiritual del mundo hispano céltico. Éste ritualizará la propia lucha, convirtiéndola en una manifestación cultural de primer orden. Las fuentes recogen así como celtíberos y lusitanos entran en combate entonando cánticos, tocando cuernos, realizando danzas propiciatorias del valor y el furor guerrero (Apiano Iber. 53, 54 ó 67), buscando una suerte de “trance” o “arrebato” que hace de la batalla, una experiencia espiritual en la que el guerrero tendrá oportunidad de demostrar los atributos propios de su condición (Sopeña 1987: 90 y Ciprés 1993). Siendo aquí reseñable cómo para el mundo celta, y en general para las culturas de la Edad del Hierro, la poesía y la música serán manifestaciones terrenales del “mundo Invisible en el mundo visible”. Manifestaciones capaces de ponernos en contacto con las fuerzas ocultas de la naturaleza y con los Dioses (Sopeña 1987: 92). Son así instrumentos propiciadores del estado de “trance guerrero” que manifestado en un valor desmedido y una indiferencia al dolor, encontramos en la imagen más clásica del guerrero bárbaro por antonomasia (Marco Simón 1993b). No debiendo olvidarse en este sentido, como el Odín escandinavo, es dios poeta, músico y guerrero, y sus guerreros consagrados, los berserk, se caracterizan precisamente por estar poseídos por un furor temible y bestial (Bernárdez 2002 y Sopeña 1987) (fig. 5-2).

Ímpetu del guerrero celta en reconstrucción artística de la batalla de Telamón.
Figura 5-2: Ímpetu del guerrero celta en reconstrucción artística de la batalla de Telamón. Indiferentes a las heridas y a su propia muerte, algunos guerreros galos ducha desnudos (Reproducido de Ruiz Zapatero 2001: 80).

 

Todas estas ideas no remiten de nuevo y en un primer lugar, al planteamiento de la ética heroica y la “Bella Muerte”, de la “apoteosis guerrera”, en la que aunque pudiera parecer contradictorio, si el guerrero muere en batalla, triunfa, alcanza la gloria, y asciende al “Más allá Celestial”, a la “Isla de los Bienaventurados”, al “Reino de los Inmortales”. Se hace semejante a los Dioses y como Hércules, también muerto en “apoteosis” agonística y heroica, pasa ocupar un puesto en el “Olimpo”. En la sede celestial del mundo Sobrenatural, más allá del “devenir” del mundo y lo puramente terrenal.

Es decir, la muerte heroica libera de la existencia mortal y simplemente humana, y en la Hispania céltica, dicha “transfiguración” queda testimoniada con la exposición de los cadáveres a los buitres. Mediadores entre las alturas celestiales y la tierra, y encargados tanto de elevar el alma a las regiones Superiores, como de “disolver” el residuo meramente material del guerrero. Purificando su alma de las adherencias de ésta a la simple corporalidad.

La exposición de cadáveres a los buitres señala así la potencial inmortalidad del alma, la perennidad del ser íntimo del Hombre (Sopeña 1987: 126). Si bien añadiríamos que ésta, solo será posible para aquellos que sean capaces de conquistarla y merecerla en la vía ética y espiritual del “Camino del Héroe”.

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[1] La existencia más allá de los ciclos de vida y muerte, más allá de lo que usando terminología oriental llamaríamos “samsara” (todo lo que nace, deviene y muere para de un modo u otro, propiciar un nuevo nacimiento o alimentar una nueva vida) es lo que en nuestro estudio hemos denominado Inmortalidad.

Los orígenes antropológicos del mito del Hombre Lobo

en Cultura Celta por
Los orígenes antropológicos del mito del Hombre Lobo

El mito del Hombre Lobo es un clásico de la cultura popular de nuestro tiempo del que pocas veces se sospecha, su larga memoria en las tradiciones europeas… Vinculado a los ritos de iniciación de las cofradías guerreras del la Edad del Bronce y la Edad del Hierro, el recuerdo del guerrero furibundo y funesto del pasado, vestido con pieles de lobo u oso y preso de un furor terrible y arrollador, se convirtió a lo largo del Medievo en la simiente de las leyendas de Hombres Lobo de las que surgió el licántropo cinematográfico de nuestro tiempo.

Colaboración en el programa “Espacio en Blanco” de RNE. Con Miguel Blanco al cargo del programa y junto a nuestro compañero de trabajo Julio César Pantoja Torrijos.

Itunes

Muerte Triunfal, Trascendencia e Inmortalidad

en Cultura Celta por
La llamada de la España Mágica

Nuestra tesis doctoral pretendió conocer el alma misma de la Hispania céltica a través de su tradición guerrera. Tanto a nivel de organización sociopolítica y económica, como a nivel de principios, valores y creencias. La tesis doctoral la hemos adaptado al ámbito de editorial para poder publicarla y de dicha adaptación extraemos este fragmento que aquí os presentamos.

 

En él mismo planteamos la tradición guerrera de la Hispania céltica, como una tradición heroica en la que la figura idealizada del Héroe, será el referente fundamental que oriente el ethos guerrero de los pueblos hispano célticos. Ethos en el que la concepción agonística de la batalla y la muerte en combate, harán de los caídos en la lucha  merecedores de en un lugar en el Más allá Celestial, junto al Héroe fundador y los Dioses.

 

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Tal como ya hemos visto, el escenario socioeconómico en el que nos movemos a la hora de estudiar la Hispania céltica, nos remite en general a unas sociedades de base fundamentalmente ganadera, necesitadas de pastos y dispuestas a competir por los recursos asociados a dicha actividad ganadera, con agriculturas de subsistencia enfocadas fundamentalmente al autoabastecimiento familiar, y con un comercio todavía de pequeña importancia pero en proceso de muy posible y creciente expansión.

Al frente de estas sociedades habremos encontrado unas élites guerreras, detentadoras del poder político, organizadas en grupos armados alrededor de jefaturas, y articuladas a través de las instituciones de la clientela y la devotio, las cuales a su vez se fundamentarán en un alto concepto de la fidelidad y el honor. Concepto que habremos sintetizado con la palabra Areté, entendida ésta como excelencia conforme a virtudes guerreras. Areté que a nuestro parecer, fundamentará todo el entramado ideológico de estos pueblos y  hará del ideal heroico el elemento protagonista y esencial de sus creencias. Este ideal heroico será el que trataremos de desgranar a continuación.

Por desgracia los pueblos de la Hispania céltica e indoeuropea apenas nos habrán dejado testimonio escrito de su historia o religión, con lo que básicamente a la hora de investigar tendremos los restos materiales, las referencias de las fuentes clásicas y las analogías y paralelismos con el resto de la Europa de la Edad del Hierro. Siendo a partir de aquí que deberemos encontrar los indicios de cual pudo ser el fondo último que animó el espíritu del mundo hispano céltico.

En este sentido, planteamos para la Hispania céltica un universo de “Principios, Valores y Creencias” en el que los atributos ideales del “Guerrero”, serán tenidos como las virtudes propias de la más alta valía y realización personal, colectiva y espiritual[1].

Este tipo de planteamiento alcanzará su más alta plasmación simbólica en la figura ideal del Héroe. Guerrero divinizado tras su muerte que alcanza la Inmortalidad tras una vida de gestas y una “muerte triunfal” en el campo de batalla. Héroe que será así referente ejemplar de la comunidad, antepasado fundador de la estirpe y merecedor de un lugar junto a los “Dioses Inmortales”. El Héroe cumplirá también de este modo la función de intermediario entre la esfera Sobrenatural de los Dioses, y el mundo natural de los Hombres, siendo el “Camino del Héroe”, la vía de realización espiritual que conecta ambos mundos.

El “Camino del Héroe” se convierte de este modo en una vía de realización personal y espiritual orientada hacia la Trascendencia, en la que el propio ámbito de la Divinidad y lo Sobrenatural, son horizonte último de referencia así como garante de dichos valores e ideales heroicos. Elevando más allá de su condición mortal a todo guerrero que sea capaz de recorrer dicho “camino”-y tras morir luchando en la batalla- hacerlo merecedor de la Inmortalidad[2].

En este camino del Héroe,  la exaltación  de los valores propios de una “tradición guerrera” y el ensalzamiento de la “bella muerte” (de la muerte en combate) serán categorías esenciales. Produciéndose de este modo la idealización del valor, la disciplina, la lealtad, la jerarquía, la magnanimidad, el desprecio por la propia muerte así como un especial concepto de la libertad, entendida ésta, como la superación del miedo a la muerte y el apego a la propia vida.

Es la ética agonística que poetiza la batalla final y la muerte heroica, y en la que bajo los compromisos de Honor y Fidelidad, se da testimonio de la superación de uno mismo con la entrega generosa de la propia vida en la lucha. Siendo entonces que las puertas de la Trascendencia se abren para el “caído en la batalla” y la “muerte heroica”, se convierte en prueba definitiva del temple del guerrero y de su merecimiento de la Inmortalidad.

Estamos así frente a la idea de la mors triumphalis o “muerte triunfal”, en la que la muerte en batalla, espada en mano, consuma el ideal de una vida guerrera y abre las puertas de la Trascendencia y la Inmortalidad a la simple naturaleza humana. La cual ya no será tal, pues en virtud de dicha muerte en combate, el Guerrero se elevará sobre las contingencias y condicionamientos propios su mera existencia terrenal, alcanzando el plano de “lo Eterno e Inmutable”.

Nos vamos a encontrar así con una ética agonística y guerrera tras la cual, se nos desvela un planteamiento de fondo de gran calado. Una ética y espiritualidad que denominaremos heroica y en la cual el Guerrero, estará llamado a superar su mera contingencia terrenal de mano del ideal heroico. Siendo entonces que adquiere los atributos propios de lo divino y se hace partícipe de la Eternidad.

Este Héroe, guerrero divinizado post mortem, a su vez se convierte en referente y protector de su comunidad así como continuador del ejemplo dado por el padre de la estirpe. Esto es, el ejemplo del Héroe fundador e inspirador del “Camino del Héroe”, intermediario primero entre el mundo Sobrenatural de los Dioses, y el mundo natural de los Hombres. Por decirlo de alguna manera, el “pionero” de esa vía que permite elevar la naturaleza humana y por medio del ideal heroico, hacerla análoga a la de los “Dioses Inmortales”.

Este planteamiento cuyas líneas generales acabamos de sintetizar y que será el que trataremos de desgranar a lo largo de los dos siguientes capítulos de nuestro estudio, podrá rastrearse en el solar de la Península Ibérica y de manera especial, a partir de la concepción agonística de la propia muerte que tan señaladamente encontramos en la Hispania céltica (Sopeña Genzor 1987, 1995, 2004, 2005a y 2010a y Sopeña Genzor y Ramón Palerm 2002). Agonística que como no podrá ser de otra manera, para poder sostenerse, demandará de una determinada ética y espiritualidad que la fundamente y dé sentido. La ética y espiritualidad heroica que vamos a tratar de perfilar y que podremos encontrar refrendada por las pistas que nos dan las propias fuentes literarias, el estudio del registro arqueológico, y en general los paralelismos y analogías que encontraremos en el mundo de valores y creencias de la Edad del Hierro europea.

En este sentido resultarán sintomáticas a la hora de rastrear esa ética agonística del mundo hispano céltico, las referencias de las fuentes a los suicidios rituales: “Al ver llegado el fin de su resistencia, a porfía se dan muerte (…) en medio de una comida, con un veneno que extraen del tejo” (Floro II, 33, 50).  “Existe entre los hispanos la costumbre de que los hombres que forman la guardia personal del general mueren con él si éste sucumbe. Los bárbaros de allí lo llaman el supremo sacrificio”. (Plutarco, Sert. XIV) ó “llevan un veneno obtenido de cierta planta (…) que mata sin dolor, con lo que tienen un remedio siempre pronto contra acontecimientos imprevistos; e igualmente es costumbre suya la de consagrarse a aquellos a quienes se unen, hasta sufrir la muerte por ellos (Estrabón, III, 4, 19). Del mismo son destacables las referencias de las fuentes clásicas a las resistencias desesperadas: “Incendiaron sus murallas y unos se degollaron y otros prefirieron perecer en las mismas llamas” (Dion Casio, LIV, 5, 1) ó “habían acordado que muchos todavía aspiraban a la libertad y deseaban quitarse la vida ellos mismos (antes que entregarse a los romanos). Así pues, solicitaron un día para disponerse a morir”  (Apiano, Iber. 96). Estas mismas actitudes tendrán refrendo en la negativa a entregar las armas bajo ningún concepto: “Se suicidaban convencidos de que sin armas nada valía la pena”  (Tito Livio 34, 17) y “Los caballos y las armas les son más queridos que su propia vida”  (Trogo Pompeyo 44, 2, 3). Y finalmente tendremos en la exposición de los caídos en combate a los buitres, la máxima expresión de todo lo que venimos señalando: “Les es un honor caer en combate y un sacrilegio incinerar un cuerpo de este modo. Pues creen que son retornados a los cielos, junto a los Dioses de lo alto, si el buitre hambriento devora sus miembros yacentes” (Silio Itálico 3, 340-342) ó “A los que han perdido la vida en la guerra los consideran nobles, valientes y dotados de valor y, en consecuencia, los entregan a los buitres porque creen que éstos son animales sagrados” (Claudio Eliano X, 22).

Del mismo modo el mundo funerario que se muestra en los restos arqueológicos de la Hispania céltica, nos indicará una visón del Más allá en la que los hombres se hacen acompañar a la pira funeraria con sus armas, que se convierten en el elemento más claramente definidor de su personalidad. De su estatus, de la imagen que tienen de sí mismos. Identificándose con sus lanzas, puñales y espadas, que se llevarán con ellos a la “otra vida”. Convirtiéndose así el armamento, la actividad guerrera, el combate singular y las virtudes asociadas a éstos, en elementos principales de prestigio y de valoración personal y social.

Indudablemente todo esto no serán sino indicios de una cultura guerrera que alcanzará su cima expresiva en la mors triunphalis del guerrero muerto en combate. El cual, mediante ese morir luchando, testimonia una liberación con respecto a lo que no es sino mero apego a la vida terrenal. Materializando entonces un ideal heroico que fundamenta y da sentido a esa concepción agonística de la muerte a través de la cual, se abren las puertas de la Trascendencia y la Inmortalidad.

En el mundo celtibérico podremos encontrar escenificada ritualmente la “trascendencia” de los caídos en combate a través de la acción de los buitres. A cuyos picos y garras se abandonarán los cadáveres de los muertos en batalla. Siendo entonces consumida la “envoltura material” del guerrero y elevada después su alma a las “Alturas”, en las alas de esos mismos buitres.

Este ritual de exposición de los cadáveres de los caídos en combate a los buitres, nos indicará que no es necesaria la purificación del cuerpo mediante la correspondiente cremación, para aquellos que ya se han purificado con el “fuego” de la batalla. Para aquellos que han concluido el supremo “sacrificio” y han entregado su vida en aras del heroísmo (Sopeña Genzor 1987).  Es la idea de la “bella muerte”, de la “muerte heroica”, de la “muerte triunfal”. Tras la cual el guerrero puede dejar atrás su mera condición humana, contingente y terrenal; y conquistar un estatus de grandeza espiritual propia de los que merecen la Inmortalidad. Se convierte así en Héroe, par de los mismísimos Dioses en el Cielo: “creen que son retornados a los Cielos, junto a los Dioses de lo Alto” (Silio Itálico 3, 340-342).

Los Héroes se convierten de esto modo en intermediarios de los Dioses y los Hombres, en protectores a su vez de los suyos, y en los “ancestros sagrados” de sus respectivos pueblos y estirpes. Ancestros que indican el camino que conduce a “los Cielos” y que serán de este modo, fuerzas de lo Alto que cada pueblo podrá invocar antes de un nuevo combate para recalar el apoyo del mundo sobrenatural y hacer que a los vivos, les acompañe en la batalla el “espíritu” de sus antepasados. Se mantiene también así una cadena invisible que une las generaciones de una misma estirpe a través de ritos y sacrificios que ligan a los vivos con sus ancestros, tomando los primeros de los segundos no solo inspiración y ejemplo, sino también verdadera fuerza espiritual y mágica.

En este orden de cosas debemos insistir tanto en la idea de la exposición de los caídos en combate a los buitres, como en la idea de la cremación de los muertos, pues para ambos casos, tendremos una idea principal que no podemos dejar de señalar: La idea de la reducción del envoltorio o soporte material de la personalidad humana-el cuerpo-y la elevación subsiguiente del elemento espiritual-el alma. Elevación que debe ser entendida como acceso a regiones Superiores descondicionadas de la mera terrenalidad, y para las cuales el cuerpo del difunto, parece convertirse en un mero  residuo material. Una carcasa vacía que debe ser purificada por el fuego para que el alma pueda desprenderse de las adherencias propias de la vida meramente terrena, y roto el vínculo del alma con lo que no es sino mera fisis, dejar vía libre a ésta para el “retorno a los cielos” (sic) que hemos visto en la cita de Silio Itálico.

Hay detrás de todo este planteamiento un obvio y verdadero ejercicio de ascesis, de ascesis guerrera. De pretensión de descondicionamiento del sujeto conforme a principios y fines  totalmente espirituales, pero articulada a través del ejercicio activo de la vida del guerrero, de la vida de las mannerbünde o “cofradías guerreras”. Es así un planteamiento que podrá estar prefigurando el concepto de “Orden”. De orden “ascético-guerrera”.  Esto será especialmente rastreable en distintos momentos de las fuentes clásicas. En las descripciones que nos llegan de los funerales de Viriato: “Tras haber adornado a Viriato del modo más espléndido le prendieron fuego sobre lo alto de una pira y le inmolaron numerosas víctimas. Por secciones la infantería y la caballería marcharon alrededor del cadáver, iban entonando cánticos al modo bárbaro y todos se sentaron en torno a él hasta que el fuego se extinguió” (Apiano, Iber. 75). En lo que se nos dice del fin de Retógenes en Numancia: “Retógenes, jefe numantino, rendida ya la ciudad, ordena a sus hombres luchar a muerte por parejas frente a una gran hoguera mientras él observa con su espada clavada en el suelo. Los vencedores, tras arrojar los cuerpos de los compañeros muertos al fuego, dirigen sus armas contra ellos mismos y también se arrojan al fuego. Finalmente Retógenes también se clava su propia espada y acto seguido se arroja al fuego con el resto de sus camaradas” (Floro 1, 34, 11). En lo que se señala sobre comunidades de vida “espartana” en el Duero: “Se dice que algunos de los que habitan junto al río Duero viven como espartanos, ungiéndose dos veces al día con grasa y utilizando saunas de piedras candentes, bañándose en agua fría, y tomando una sola vez al día alimentos puros y sobrios” (Estrabón III, 3, 6). O de las referencias a las propias clientelas que siguen a Sertorio: “A Sertorio le seguían decenas de miles de Hombres dispuestos a hacer por él este tipo de sacrificio” (se refiere en el texto a la devotio) (Plutarco, Sert. XIV).

En este sentido parece interesante plantear como esta idea de ascesis guerrera, no solo nos mostrará el fondo espiritual que anima las culturas de la Hispania céltica, y quizás en general las culturas europeas de la Edad del Hierro. Sino que además, podría estar mostrándonos la semilla y germen de la tradición medieval de las órdenes monástico-guerreras. Obviamente el desarrollo en profundidad de este planteamiento, se escapa a los límites e intenciones de este estudio. Si bien, señalamos aquí esa línea de indagación para mostrar cuan amplias son las posibilidades que nos brinda el estudio del mundo cultural de la Edad del Hierro, a la hora de dar cuenta y comprender diversos fenómenos de la historia de Europa. Especialmente en el ámbito de la Plena Edad Media así como en el ámbito de la Roma imperial. Volveremos sobre estas ideas al final de nuestro estudio.

En definitiva y cerrando esta introducción, la propia ética agonística que encontramos en las costumbres guerreras de la Hispania céltica, nos estará señalando una ética heroica en el sentido más espiritual del término heroico. Esto es,  la afirmación de una realidad Superior y Sobrenatural-un “Más allá celestial”-a la que se podría acceder a través del cumplimiento de un ideal heroico de vida y de muerte. Ideal que elevaría al sujeto por encima de la condición mortal y simplemente terrena, y le haría merecedor de la Inmortalidad. Conquistando entonces una “naturaleza” análoga a la de los Dioses, convirtiéndose así en un Héroe. Héroe que funcionará a su vez como una verdadera “divinidad” protectora de su comunidad a la cual incluso, se podrá invocar antes del combate recabando de ese modo fuerzas desde el “Más allá Celestial”.

Al tiempo, se dará la figura de un Héroe primero y fundador, situado en la raíz misma de la estirpe, de la gens, y que será el antepasado heroico, semidivino y primordial del cual desciende esa comunidad. Siendo dicha figura el modelo ejemplarizante que sintetiza e inspira la “vía del guerrero”, el “Camino del Héroe”.

Para dicho “camino” la formación y ordenación del alma y la vida de acuerdo a los conceptos de Areté, de Fides, de mors triunphalis. De honor, de lealtad, de bella muerte.  De ascesis guerrera y purificación con respecto a la vida condicionada de la terrenalidad y el miedo a la muerte. Y entonces sí, la liberación consecuente del alma y su acceso a la Trascendencia junto a los “Dioses Inmortales”.  Lo vemos ya de modo pormenorizado en el siguiente apartado…

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[1] Este planteamiento que vamos a sintetizar seguidamente en esta introducción, lo recogemos ahora sin entrar a penas al detalle de los correspondientes refrendos bibliográficos, siendo en el siguiente apartado que desarrollando las ideas aquí presentadas, dichos refrendos quedarán debidamente señalados.

[2] Entenderemos el término Inmortalidad no como una mera supervivencia postmortem del sujeto y su individualidad, sino como una superación de dicha individualidad meramente humana, mediante el merecimiento y la adquisición a través de la gesta heroica, de la esencia misma de lo divino.

La llamada de la España Mágica

en España/Espiritualidad por
GORGONA Muerte Triunfal, Trascendencia e Inmortalidad

Con motivo del “Congreso de la España Mágica” (tercero que habríamos organizado en Toledo en los últimos años), tuvimos la oportunidad de participar en  la conferencia inaugural con una ponencia breve pero concisa y directa, sobre los contenidos fundamentales de la Tradición. Entendida ésta en su sentido perenne y sapiencial. Las claves de la Escuela Tradicional como camino de formación personal y argumento de vida. También quizás como levadura revolucionaria frente al nihilismo moderno…

Itunes

EMBOSCADOS – THE WYRM

en Espiritualidad por

En todo Hombre hay dos fuerzas que pugnan por dar forma y orientación a su alma. Y es de mano del propio Hombre que una de esas fuerzas termina por imperar.

La fuerza de la Trascendencia, el Espíritu y la Libertad. O la fuerza del nihilismo y la ignorancia, el ansia, la codicia, la estupidez y la esclavitud…

Debemos tomar conciencia en este sentido de que nuestra época es la de la sed insaciable, la de la tiranía del ansia bajo el sol abrasador del desierto del Mundo Moderno. La época de los hombres frenéticos y exhaustos corriendo en círculos alrededor de su propio ego, sin saber realmente por qué y para qué, mientras el desierto crece y seca sus propios corazones.

Sin embargo, éste es también el tiempo de la siembra del Hombre Nuevo. Del Hombre que mira más allá y hace del Espíritu la corriente central de su Ser, y de la Trascendencia el Origen y Destino de su singladura vital.

Un siembra y Hombre por llegar, que no venderá su alma al diablo ni aceptará componendas de ningún tipo. Qué es en sí mismo el sentido de toda verdadera lucha una vez arribados a la era de la confusión, y cuya presencia entre nosotros, será el anuncio de una Revolución como nunca antes vieron los ojos del los Hombres…

Sea esta humilde obra una llamada a dicha labor.

Siembra, anuncio y profecía de la Revolución de la Raza del Espíritu.

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Textos: Gonzalo Rodríguez García.

Música: Luís Navas. http://thewyrmband.jimdo.com/

GH Records: http://www.gh-records.com/

Grabado con la colaboración de R.E.O. https://reservaespiritualdeoccidente.bandcamp.com/

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Textos elaborados a partir de ideas y fragmentos de Julius Evola, Ernst Jünger, Claus Von Stauffenberg y un soldado anónimo de la primera guerra mundial.

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EMBOSCADOS

Necesitaremos de mística, de almas sublimadas por el Ideal. Necesitaremos de voluntad, de compromiso acerado e irrenunciable. Necesitaremos de doctrina sapiencial, de sabiduría perenne que sea brújula en el Laberinto. Pero sobre todo, necesitaremos de ti, que caminas solitario en los márgenes del mundo y guardas en tu corazón, la pureza del diamante del Espíritu.

Aquellos que están hechos para la Trascendencia y el Honor, poco quieren saber de alegrías mundanas ahora que el mundo ha sido robado por las sombras del Nihilismo. Ellos guardan en su alma el antídoto contra la ceguera y en su mirada el anhelo que convierte el asco en hierro forjado. Son portadores del fuego secreto y del hielo azul e inmutable, de quien puede vivir más allá de la simple vida y más allá de la simple muerte. De ellos es el futuro, aunque ahora permanezcan emboscados a la espera de una señal…

 

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Jefatura, aristocracias guerreras y bandas armadas

en Cultura Celta por
Guerrero cántabro, fase celtibérica. Siglos II y I a. C. (Según Peralta Labrador 2000: 167)

La Tradición Guerrera de la Hispania Céltica.

Nuestra tesis doctoral pretendió conocer el alma misma de la Hispania céltica a través de su tradición guerrera. Tanto a nivel de organización sociopolítica y económica, como a nivel de principios, valores y creencias. La tesis doctoral la hemos adaptado al ámbito de editorial para poder publicarla y de dicha adaptación extraemos este fragmento que aquí os presentamos.

En el mismo plateamos la organización sociopolítica de la Hispania céltica haciendo hincapié en su carácter de “sociedad de jefaturas”. De jefaturas y caudillajes guerreros que ejercen de vector ideológico, redistributivo y vertebrador, en sociedades jerárquicas y aristocráticas. La formación alrededor de estas jefaturas, de grupos clientelares, armados y de cultura guerrera, como vamos a tratar de mostrar, constituirá el nervio mismo de las sociedades hispano célticas.

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 Jefatura, aristocracias guerreras y bandas armadas.

Hemos aproximado en el primer capítulo de este estudio el perfil étnico y el perfil socioeconómico de los pueblos prerromanos del área celta o celtizada. En el ámbito de lo socioeconómico el escenario resultante es a grandes líneas el de una economía fundamentalmente ganadera, en una sociedad gentilicia fuertemente jerarquizada, y con una preponderancia cultural de todo lo que tiene que ver con la defensa, el control y la competencia por pastos, fuentes, vías pecuarias, cabezas de ganado, zonas de influencia… Una sociedad así belicosa y armada, de marcado carácter guerrero, en la que ocupando la cúspide de esta jerarquía encontraríamos a las élites ecuestres (Almagro-Gorbea 2005a, Lorrio 2005, Sánchez Moreno 2005 ó Quesada Sanz 2010).

Tenemos así que al frente de estas sociedades de la Hispania céltica que queremos estudiar, se encuentra una élite de guerreros a caballo que centralizarán el poder y generarán en torno suyo, toda una serie de instituciones destinadas a articular dichas élites ecuestres y dar cohesión a la “clase” guerrera. En ésta y como tendremos oportunidad de ver, al poder político se unirá una fuerte carga espiritual y religiosa que podremos estudiar más adelante, cuando hablemos de la ética heroica y las creencias en torno a ésta.

En todo caso respecto a estas élites guerreras debemos entender que su mera existencia, nos sugiere una realidad social en la que difícilmente se podrá hablar de sociedad igualitaria, y sí parecerán presentes de forma necesaria los conceptos de jerarquía y aristocracia. Es decir, resulta difícilmente imaginable desde nuestra perspectiva, una sociedad de la Edad del Hierro vertebrada en torno a la primacía del concepto de igualdad. Ahora bien, deberemos entender que la expresión de la desigualdad en estas sociedades no tendrá porque implicar necesariamente la acumulación de bienes o de grandes riquezas. No conocemos así los palacios de las aristocracias guerreras del mundo castreño de los lusitanos y galaicos, como tampoco conocemos las residencias de Dumnorix o Diviciaco en la relativamente bien excavada Bribacte, capital de los eduos, ya en la Galia. No conocemos grandes palacios en la arqueología de la Edad Oscura griega, pero los héroes de las epopeyas homéricas son todos reyes de sus lugares de procedencia. Debemos entender así que hay formas de diferenciación social que no pasan necesariamente por la acumulación de bienes inmuebles, sino por el acceso por un lado a bienes muebles-principalmente joyas y ganado-así como por otro, a la adquisición de reconocimiento y prestigio. A niveles de autoridad y mando a los que irán acompañadas funciones redistributivas. Entendiendo que en las sociedades célticas y de raíz indoeuropea, el acceso al poder y el prestigio se producirá a través de la demostración de la valía y el carisma personal, conforme a un ideal heroico y guerrero, conforme a un ideal de Areté (Torres Martínez 2005: 253 y 344 y Sánchez Moreno 2002).

Es el modelo de las que denominaremos “sociedades de jefaturas”. En las que el jefe es quien controla los bienes obtenidos mediante tributo o mediante botín de guerra, quien reparte después esos bienes entre sus hombres consolidando o incrementando la lealtad y el número de éstos, y quien de forma correlativa acumula un poder que implica prestigio social. Estos jefes para alcanzar su posición y mantenerla deberán ser merecedores de un reconocimiento, de una valía personal que estará cifrada principalmente en valores propios de sociedades guerreras: nobleza, valor, generosidad… debiendo al tiempo ser capaces de acrecentar la riqueza de sus seguidores con sistemáticas campañas guerreras o razzias. Siendo aquí donde hacen su aparición esas “bandas guerreras”, “bandas de saqueadores”, que tan insistentemente nos refieren las fuentes clásicas con respecto a la Hispania prerromana (Sánchez Moreno 2002 y 2005, y Salinas de Frías 2008).

Con la llegada de la romanización estas dinámicas guerreras, por definición inestables, encontrarán un árbitro de sus disputas. Pues será ahora Roma la que ejercerá de juez y parte desde su propia administración velando y actuando para que los procesos sociopolíticos indígenas, incluidas esas jefaturas y bandas guerreras, encuentren una solución favorable a los intereses de Roma. Estamos hablando del traslado de los asentamientos del monte al llano, de la fijación de unos impuestos y de quien los paga, pero sobre todo y en lo que más nos interesa, del reclutamiento de tropas auxiliares al servicio de Roma (Abascal 2009c y 2009b). Del establecimiento de “clientelas armadas” al servicio de los “jefes” y administradores romanos, así como de la vinculación personal de las élites guerreras indígenas a los mismos.

Dentro de estas élites ecuestres y guerreras, encontraremos como vehículos de su articulación interna tres instituciones fundamentales: El Hospitum, la Clientela y la Devotio. Mediante las dos últimas los “jefes guerreros” constituirán sus bandas armadas, sus “clientelas”, para las que parecerán ser no solo un vector fundamental de redistribución de riquezas, sino también líderes carismáticos y ejemplarizantes: el caso de Viriato sería aquí especialmente representativo (Pastor Muñoz 2001 y 2003, Salinas de Frías 2008 y Sánchez Moreno 2002) (fig. 3-1).

Figura 3-1: Representación idealizada de un jefe celta según grabado de Guizot de 1870. (Reproducido de Ruiz Zapatero 1993: 29).
Figura 3-1: Representación idealizada de un jefe celta según grabado de Guizot de 1870. (Reproducido de Ruiz Zapatero 1993: 29).

Es aquí donde las élites guerreras entrarán definitivamente en la nueva situación. El concepto mismo de “guerra” a partir de ese momento rebasará los límites de su mundo cultural, y los bienes y riquezas circularán ahora por unos canales vinculados también a la actividad guerrera, pero con destino final en Roma (González García 2007: 374-375). En la “jefatura superior” que es Roma y que terminará por personalizarse y sacralizarse con la llegada de Augusto y la Roma Imperial.

Por su parte los pactos de hospitium permitirán crear una comunidad de colaboración y alianza entre distintas familias, “clanes”, ciudades o populi. La necesidad de protección y defensa mutua, así como de seguridad en los desplazamientos, especialmente los de los pastores y sus rebaños, fundamentará estos pactos. El hospitium, pacto así de amistad y colaboración, se formalizará a través de las famosas téseras de hospitalidad y en cierta medida, se podrá decir que supondrá el establecimiento de alianzas basadas en la igualdad entre las partes (Peralta Labrador 2000: 142).

Esta igualdad entre partes no aparecerá en las antes mencionadas clientela y devotio, pues principalmente mediante la clientela, un individuo o una comunidad, se ponen bajo la protección de otro individuo o comunidad más poderosa. Los “jefes guerreros” aumentarán así su poder reuniendo alrededor suyo a la mayor cantidad de “clientes”, y estos reciben en contraprestación sustento y protección (Peralta Labrador 2000: 147 y 151). Esta filiación clientelar no es algo hereditario, si no personal y libre, pudiendo hacerse cada cual cliente de quien más la convenga y fundamentándose dicha adhesión en un altísimo concepto de la fidelidad-de la Fides-la cual habrá de ser recíproca entre el “jefe” y sus seguidores. Esta fidelidad o lealtad adquiere aquí un sentido espiritual. Entendiéndose como un compromiso y valor de la palabra dada en el que se va cifrar la valía personal y el propio respeto hacia uno mismo. La Fides como veremos, hará parte fundamental del mundo ideológico hispano celta.

El carácter guerrero de las sociedades hispano célticas favorecerá el desarrollo de esta institución y ayudará a fortalecer el culto los jefes, el desarrollo de los “caudillajes”. Dando también salida a los sectores más desfavorecidos de la sociedad que encontrarán en dichas “mesnadas guerreras”, un modo de vida. (Peralta Labrador 2000: 147).

Las clientelas podrán ser individuales o colectivas, afectando a individuos concretos pero también a ciudades, e incluso pueblos enteros. Siendo esto quizás lo que encontraremos entre los celtíberos y su federación de arévacos y belos, Numancia y Segeda, así como en la propia fuerza expansiva del mundo celtibérico (Peralta Labrador 2000: 151 y Burillo 1998 y 2006).

Por otra parte la devotio será un tipo extremo de clientela, una Fides en la que el compromiso es total y llega incluso a la entrega de la propia vida. Existiendo así unas “clientelas normales”, la mesnada de los jefes guerreros; y los “devoti”, la guardia personal de esos mismos señores de la guerra. Guardia personal que se hará matar antes que abandonar a su señor, y que se quitará la vida por su propia mano en el caso de que su señor muera en combate antes que ellos mismos (Peralta Labrador 2000: 153-159). Obviamente en el caso de los “devoti”, de los “consagrados”, ese jefe al que consagran sus vidas será algo más que un mero jefe guerrero, y de mano del propio rito y juramento de la devotio se convierte en el vehículo y canal de una vivencia espiritual (Peralta Labrador 2000: 159-162). Vivencia que basada en esa Fides propia de los sistemas de jefaturas, exacerbará una ética agonística y heroica que como veremos, será característica de la tradición guerrera hispano céltica. Generándose entonces a nuestro parecer, un marco en el que “la lealtad sin fisuras y hasta la muerte”, se convertirá en escenario de trascendencia personal. Es decir, en un escenario en el que esa entrega de la propia vida, supone una ruptura de nivel con respecto a una existencia puramente mundana, y una apertura del alma a un nivel espiritual superior. A un nivel de merecimiento y adquisición del derecho a una Vida más allá de la mera vida terrenal. El derecho a lo que llamaremos “Inmortalidad”. Pudiendo funcionar entonces la devotio como una experiencia profundamente espiritual, como una experiencia y conocimiento “trasfigurante” en función de la propia muerte.

La devotio supone así la formación en torno a los jefes militares de un círculo de fieles seguidores comprometidos en su seguridad personal hasta la muerte. Esto círculos funcionarán como “cofradías guerreras” y poseen correlatos en el ámbito mítico con un Rómulo que es el jefe latino de los Lupercos, Odín que es el “mentor” de los Berserk de la tradición escandinava, o Varuna que en la India es jefe de los Ghandarva. De la devotio podremos decir que es una institución conocida a través de las fuentes clásicas entre latinos, germanos, celtas e hispanos (González García 2007: 424). Lo que no son sino algunos de los pueblos principales de la tradición indoeuropea en Occidente.

La devotio será así esencialmente, una forma de clientela que llevará la ligazón entre el jefe y sus hombres hasta la muerte. La relación personal libremente asumida propia de la clientela, se transforma aquí en una entrega total la cual por otra parte, solo podrá tener sentido entonces desde una dimensión espiritual que inherente al propio rito de la devotio, avala y justifica dicha adhesión hasta la muerte. La devotio conllevará en este sentido una verdadera sublimación religiosa de la fidelidad al jefe (Peralta Labrador 2000: 159). La Fides parecerá convertirse de este modo, en una vía para la Trascendencia, en un camino para la superación de la propia muerte, de la propia condición mortal.

Obviamente la existencia de la devotio estará necesariamente asociada a las sociedades de jefaturas, y de alguna manera sería la institución que coronaría ese mismo sistema. Sistema vertebrado a través del concepto de Fides y en el que a partir de un determinado punto, dicha lealtad, se situará más allá del mero interés económico que pudiera derivarse de la simple clientela. Respondiendo entonces a un rico trasfondo espiritual que hace de la devotio, una pista fundamental para comprender el sistema de creencias del mundo hispano céltico.

En la Celtiberia el caso de Retogenes y su sequito será el más sintomático de la devotio, si bien podrá ser rastreado en otros muchos casos de la Historia de la Hispania prerromana: Indibil, Viriato o el propio Sertorio (Peralta Labrador 2000: 154-156). Tenemos así y en cualquier caso que las instituciones de la clientela y la devotio, serán fundamentales para comprender el funcionamiento y formación de bandas armadas unidas hasta la muerte a sus jefes, y entregadas a campañas cíclicas de razzia y saqueo. Del mismo modo unido a esa dimensión espiritual inherente a la devotio, podremos encontrar rituales asociados a divinidades guerreras y de tránsito al Más allá, garantes del pacto de fidelidad extrema de los “devoti”, así como dispensadores de lo que llamaremos el “Furor”. Esto es, la magia guerrera que aterroriza y paraliza al enemigo, otorgando al “iniciado” una ferocidad, empuje y arrojo sobrehumanos. Ferocidad y arrojo propios de una clase especial de guerreros. Los guerreros “consagrados”, verdadera élite de las bandas armadas (Peralta Labrador 2000: 153- 162 y 164-166).

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