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Guerrero cántabro, fase celtibérica. Siglos II y I a. C. (Según Peralta Labrador 2000: 167)

Jefatura, aristocracias guerreras y bandas armadas

en Cultura Celta por

La Tradición Guerrera de la Hispania Céltica.

Nuestra tesis doctoral pretendió conocer el alma misma de la Hispania céltica a través de su tradición guerrera. Tanto a nivel de organización sociopolítica y económica, como a nivel de principios, valores y creencias. La tesis doctoral la hemos adaptado al ámbito de editorial para poder publicarla y de dicha adaptación extraemos este fragmento que aquí os presentamos.

En el mismo plateamos la organización sociopolítica de la Hispania céltica haciendo hincapié en su carácter de “sociedad de jefaturas”. De jefaturas y caudillajes guerreros que ejercen de vector ideológico, redistributivo y vertebrador, en sociedades jerárquicas y aristocráticas. La formación alrededor de estas jefaturas, de grupos clientelares, armados y de cultura guerrera, como vamos a tratar de mostrar, constituirá el nervio mismo de las sociedades hispano célticas.

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 Jefatura, aristocracias guerreras y bandas armadas.

Hemos aproximado en el primer capítulo de este estudio el perfil étnico y el perfil socioeconómico de los pueblos prerromanos del área celta o celtizada. En el ámbito de lo socioeconómico el escenario resultante es a grandes líneas el de una economía fundamentalmente ganadera, en una sociedad gentilicia fuertemente jerarquizada, y con una preponderancia cultural de todo lo que tiene que ver con la defensa, el control y la competencia por pastos, fuentes, vías pecuarias, cabezas de ganado, zonas de influencia… Una sociedad así belicosa y armada, de marcado carácter guerrero, en la que ocupando la cúspide de esta jerarquía encontraríamos a las élites ecuestres (Almagro-Gorbea 2005a, Lorrio 2005, Sánchez Moreno 2005 ó Quesada Sanz 2010).

Tenemos así que al frente de estas sociedades de la Hispania céltica que queremos estudiar, se encuentra una élite de guerreros a caballo que centralizarán el poder y generarán en torno suyo, toda una serie de instituciones destinadas a articular dichas élites ecuestres y dar cohesión a la “clase” guerrera. En ésta y como tendremos oportunidad de ver, al poder político se unirá una fuerte carga espiritual y religiosa que podremos estudiar más adelante, cuando hablemos de la ética heroica y las creencias en torno a ésta.

En todo caso respecto a estas élites guerreras debemos entender que su mera existencia, nos sugiere una realidad social en la que difícilmente se podrá hablar de sociedad igualitaria, y sí parecerán presentes de forma necesaria los conceptos de jerarquía y aristocracia. Es decir, resulta difícilmente imaginable desde nuestra perspectiva, una sociedad de la Edad del Hierro vertebrada en torno a la primacía del concepto de igualdad. Ahora bien, deberemos entender que la expresión de la desigualdad en estas sociedades no tendrá porque implicar necesariamente la acumulación de bienes o de grandes riquezas. No conocemos así los palacios de las aristocracias guerreras del mundo castreño de los lusitanos y galaicos, como tampoco conocemos las residencias de Dumnorix o Diviciaco en la relativamente bien excavada Bribacte, capital de los eduos, ya en la Galia. No conocemos grandes palacios en la arqueología de la Edad Oscura griega, pero los héroes de las epopeyas homéricas son todos reyes de sus lugares de procedencia. Debemos entender así que hay formas de diferenciación social que no pasan necesariamente por la acumulación de bienes inmuebles, sino por el acceso por un lado a bienes muebles-principalmente joyas y ganado-así como por otro, a la adquisición de reconocimiento y prestigio. A niveles de autoridad y mando a los que irán acompañadas funciones redistributivas. Entendiendo que en las sociedades célticas y de raíz indoeuropea, el acceso al poder y el prestigio se producirá a través de la demostración de la valía y el carisma personal, conforme a un ideal heroico y guerrero, conforme a un ideal de Areté (Torres Martínez 2005: 253 y 344 y Sánchez Moreno 2002).

Es el modelo de las que denominaremos “sociedades de jefaturas”. En las que el jefe es quien controla los bienes obtenidos mediante tributo o mediante botín de guerra, quien reparte después esos bienes entre sus hombres consolidando o incrementando la lealtad y el número de éstos, y quien de forma correlativa acumula un poder que implica prestigio social. Estos jefes para alcanzar su posición y mantenerla deberán ser merecedores de un reconocimiento, de una valía personal que estará cifrada principalmente en valores propios de sociedades guerreras: nobleza, valor, generosidad… debiendo al tiempo ser capaces de acrecentar la riqueza de sus seguidores con sistemáticas campañas guerreras o razzias. Siendo aquí donde hacen su aparición esas “bandas guerreras”, “bandas de saqueadores”, que tan insistentemente nos refieren las fuentes clásicas con respecto a la Hispania prerromana (Sánchez Moreno 2002 y 2005, y Salinas de Frías 2008).

Con la llegada de la romanización estas dinámicas guerreras, por definición inestables, encontrarán un árbitro de sus disputas. Pues será ahora Roma la que ejercerá de juez y parte desde su propia administración velando y actuando para que los procesos sociopolíticos indígenas, incluidas esas jefaturas y bandas guerreras, encuentren una solución favorable a los intereses de Roma. Estamos hablando del traslado de los asentamientos del monte al llano, de la fijación de unos impuestos y de quien los paga, pero sobre todo y en lo que más nos interesa, del reclutamiento de tropas auxiliares al servicio de Roma (Abascal 2009c y 2009b). Del establecimiento de “clientelas armadas” al servicio de los “jefes” y administradores romanos, así como de la vinculación personal de las élites guerreras indígenas a los mismos.

Dentro de estas élites ecuestres y guerreras, encontraremos como vehículos de su articulación interna tres instituciones fundamentales: El Hospitum, la Clientela y la Devotio. Mediante las dos últimas los “jefes guerreros” constituirán sus bandas armadas, sus “clientelas”, para las que parecerán ser no solo un vector fundamental de redistribución de riquezas, sino también líderes carismáticos y ejemplarizantes: el caso de Viriato sería aquí especialmente representativo (Pastor Muñoz 2001 y 2003, Salinas de Frías 2008 y Sánchez Moreno 2002) (fig. 3-1).

Figura 3-1: Representación idealizada de un jefe celta según grabado de Guizot de 1870. (Reproducido de Ruiz Zapatero 1993: 29).
Figura 3-1: Representación idealizada de un jefe celta según grabado de Guizot de 1870. (Reproducido de Ruiz Zapatero 1993: 29).

Es aquí donde las élites guerreras entrarán definitivamente en la nueva situación. El concepto mismo de “guerra” a partir de ese momento rebasará los límites de su mundo cultural, y los bienes y riquezas circularán ahora por unos canales vinculados también a la actividad guerrera, pero con destino final en Roma (González García 2007: 374-375). En la “jefatura superior” que es Roma y que terminará por personalizarse y sacralizarse con la llegada de Augusto y la Roma Imperial.

Por su parte los pactos de hospitium permitirán crear una comunidad de colaboración y alianza entre distintas familias, “clanes”, ciudades o populi. La necesidad de protección y defensa mutua, así como de seguridad en los desplazamientos, especialmente los de los pastores y sus rebaños, fundamentará estos pactos. El hospitium, pacto así de amistad y colaboración, se formalizará a través de las famosas téseras de hospitalidad y en cierta medida, se podrá decir que supondrá el establecimiento de alianzas basadas en la igualdad entre las partes (Peralta Labrador 2000: 142).

Esta igualdad entre partes no aparecerá en las antes mencionadas clientela y devotio, pues principalmente mediante la clientela, un individuo o una comunidad, se ponen bajo la protección de otro individuo o comunidad más poderosa. Los “jefes guerreros” aumentarán así su poder reuniendo alrededor suyo a la mayor cantidad de “clientes”, y estos reciben en contraprestación sustento y protección (Peralta Labrador 2000: 147 y 151). Esta filiación clientelar no es algo hereditario, si no personal y libre, pudiendo hacerse cada cual cliente de quien más la convenga y fundamentándose dicha adhesión en un altísimo concepto de la fidelidad-de la Fides-la cual habrá de ser recíproca entre el “jefe” y sus seguidores. Esta fidelidad o lealtad adquiere aquí un sentido espiritual. Entendiéndose como un compromiso y valor de la palabra dada en el que se va cifrar la valía personal y el propio respeto hacia uno mismo. La Fides como veremos, hará parte fundamental del mundo ideológico hispano celta.

El carácter guerrero de las sociedades hispano célticas favorecerá el desarrollo de esta institución y ayudará a fortalecer el culto los jefes, el desarrollo de los “caudillajes”. Dando también salida a los sectores más desfavorecidos de la sociedad que encontrarán en dichas “mesnadas guerreras”, un modo de vida. (Peralta Labrador 2000: 147).

Las clientelas podrán ser individuales o colectivas, afectando a individuos concretos pero también a ciudades, e incluso pueblos enteros. Siendo esto quizás lo que encontraremos entre los celtíberos y su federación de arévacos y belos, Numancia y Segeda, así como en la propia fuerza expansiva del mundo celtibérico (Peralta Labrador 2000: 151 y Burillo 1998 y 2006).

Por otra parte la devotio será un tipo extremo de clientela, una Fides en la que el compromiso es total y llega incluso a la entrega de la propia vida. Existiendo así unas “clientelas normales”, la mesnada de los jefes guerreros; y los “devoti”, la guardia personal de esos mismos señores de la guerra. Guardia personal que se hará matar antes que abandonar a su señor, y que se quitará la vida por su propia mano en el caso de que su señor muera en combate antes que ellos mismos (Peralta Labrador 2000: 153-159). Obviamente en el caso de los “devoti”, de los “consagrados”, ese jefe al que consagran sus vidas será algo más que un mero jefe guerrero, y de mano del propio rito y juramento de la devotio se convierte en el vehículo y canal de una vivencia espiritual (Peralta Labrador 2000: 159-162). Vivencia que basada en esa Fides propia de los sistemas de jefaturas, exacerbará una ética agonística y heroica que como veremos, será característica de la tradición guerrera hispano céltica. Generándose entonces a nuestro parecer, un marco en el que “la lealtad sin fisuras y hasta la muerte”, se convertirá en escenario de trascendencia personal. Es decir, en un escenario en el que esa entrega de la propia vida, supone una ruptura de nivel con respecto a una existencia puramente mundana, y una apertura del alma a un nivel espiritual superior. A un nivel de merecimiento y adquisición del derecho a una Vida más allá de la mera vida terrenal. El derecho a lo que llamaremos “Inmortalidad”. Pudiendo funcionar entonces la devotio como una experiencia profundamente espiritual, como una experiencia y conocimiento “trasfigurante” en función de la propia muerte.

La devotio supone así la formación en torno a los jefes militares de un círculo de fieles seguidores comprometidos en su seguridad personal hasta la muerte. Esto círculos funcionarán como “cofradías guerreras” y poseen correlatos en el ámbito mítico con un Rómulo que es el jefe latino de los Lupercos, Odín que es el “mentor” de los Berserk de la tradición escandinava, o Varuna que en la India es jefe de los Ghandarva. De la devotio podremos decir que es una institución conocida a través de las fuentes clásicas entre latinos, germanos, celtas e hispanos (González García 2007: 424). Lo que no son sino algunos de los pueblos principales de la tradición indoeuropea en Occidente.

La devotio será así esencialmente, una forma de clientela que llevará la ligazón entre el jefe y sus hombres hasta la muerte. La relación personal libremente asumida propia de la clientela, se transforma aquí en una entrega total la cual por otra parte, solo podrá tener sentido entonces desde una dimensión espiritual que inherente al propio rito de la devotio, avala y justifica dicha adhesión hasta la muerte. La devotio conllevará en este sentido una verdadera sublimación religiosa de la fidelidad al jefe (Peralta Labrador 2000: 159). La Fides parecerá convertirse de este modo, en una vía para la Trascendencia, en un camino para la superación de la propia muerte, de la propia condición mortal.

Obviamente la existencia de la devotio estará necesariamente asociada a las sociedades de jefaturas, y de alguna manera sería la institución que coronaría ese mismo sistema. Sistema vertebrado a través del concepto de Fides y en el que a partir de un determinado punto, dicha lealtad, se situará más allá del mero interés económico que pudiera derivarse de la simple clientela. Respondiendo entonces a un rico trasfondo espiritual que hace de la devotio, una pista fundamental para comprender el sistema de creencias del mundo hispano céltico.

En la Celtiberia el caso de Retogenes y su sequito será el más sintomático de la devotio, si bien podrá ser rastreado en otros muchos casos de la Historia de la Hispania prerromana: Indibil, Viriato o el propio Sertorio (Peralta Labrador 2000: 154-156). Tenemos así y en cualquier caso que las instituciones de la clientela y la devotio, serán fundamentales para comprender el funcionamiento y formación de bandas armadas unidas hasta la muerte a sus jefes, y entregadas a campañas cíclicas de razzia y saqueo. Del mismo modo unido a esa dimensión espiritual inherente a la devotio, podremos encontrar rituales asociados a divinidades guerreras y de tránsito al Más allá, garantes del pacto de fidelidad extrema de los “devoti”, así como dispensadores de lo que llamaremos el “Furor”. Esto es, la magia guerrera que aterroriza y paraliza al enemigo, otorgando al “iniciado” una ferocidad, empuje y arrojo sobrehumanos. Ferocidad y arrojo propios de una clase especial de guerreros. Los guerreros “consagrados”, verdadera élite de las bandas armadas (Peralta Labrador 2000: 153- 162 y 164-166).

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CC BY-NC-SA 4.0 Jefatura, aristocracias guerreras y bandas armadas por Gonzalo Rodríguez está licenciado bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Gonzalo Rodríguez Gonzalo Rodríguez García es doctor en Historia por la Universidad de Castilla-la Mancha. Su tesis doctoral trató sobre la antigua Hispania céltica y su cultura guerrera. Formado en filosofía e historia sigue la línea doctrinal de la Sophia Perennis y la Escuela Tradicionalista.

1 Comment

  1. me gustaría poder leer su tesis, ya que tengo que hacer un trabajo para la asignatura de Historia antigua de España que tengo en la carrera de Historia (santiago de Compostela) y creo que la lectura de sus tesis podría acercarme información interesante para el mismo.

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