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Pervivencias ancestrales de la España Mágica

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Lámina II: Diablos de Luzón. Vestidos y tiznados de negro, con grandes cornamentas, cencerros y dentadura “feroz” hecha con patata cocida. (Alfonso Romo. Gabinete de prensa. Diputación de Guadalajara).

De las Xanas y Cúlebres, a las botargas, romerías y Vírgenes de la Encina.

Del universo feérico de las Hadas, los Gigantes, los espíritus del Bosque o el Hombre Lobo; a las mascaradas de invierno en la España más rural y ancestral, entre cencerros, rostros tiznados de negro, grandes cornamentas o feroces morriones; pasando por peculiares romerías en apartadas ermitas donde antiguas vírgenes aparecidas en árboles centenarios, nos recuerdan una lejana sensibilidad pagana…

 

Todo ello como un patrimonio etnoarqueológico desde el que aproximar una mirada a la España más ancestral y atávica, como una pervivencia residual del antiguo sustrato céltico e ibérico de nuestros más lejanos antepasados.

 *

Un anexo de nuestra tesis doctoral trató el tema del “Celtismo Contemporáneo” como un fenómeno a tener en cuenta en nuestro época, tanto por sus implicaciones espirituales como identitarias. A partir de dicho anexo hemos podido escribir un libro llamado precisamente “El fenómeno del Celtismo” del cual extraemos este fragmento para colgarlo en nuestro blog.

 

De todos los seres “fantásticos” que “rondan los caminos, peñas y ríos” de España y pueblan la imaginación del campesino premoderno, los más comunes no serían tanto los grandes dioses del panteón pagano (de cuyo testimonio en fuentes clásicas podremos tener cierta familiaridad) como los seres “numinosos” de menor entidad, cuyas referencias se encuentran mayormente en el ámbito popular de la pura leyenda, el cuento y la tradición oral[1]. Es lo que se ha venido a llamar el “universo feérico”, poblado por figuras femeninas como las ninfas, xanas y sirenas, por “genios” como el Nubeiro, o por gigantes terribles como el Ojancano. Y es que quizás precisamente, los grandes dioses del panteón pagano habrían sido los primeros en ser absorbidos por el cristianismo toda vez éste, se convierte en la religión oficial del Imperio Romano y el signo distintivo de la civilización medieval. Siendo entonces en el ámbito de los “elementales”, del sentir la naturaleza como ente animado dotado de alma en cada uno de sus elementos fundamentales: la tierra, el bosque, las aguas, las cumbres, las cuevas… que pudiera haberse conservado la antigua memoria de la Europa precristiana.

Es así como un mitema tan conocido como el de la sirena, podemos encontrarlo desde la Odisea a las leyendas medievales irlandeses, en un arco geográfico y temporal distante pero de muy posible fondo común en la antigua raíz indoeuropea. Y es que el estudio del universo feérico invita a una lectura comparada de mitos y leyendas en el que se destilan tanto raíces comunes, como un mismo sentir por decirlo así “Mágico”, de las fuerzas y misterios de la Naturaleza.

Tenemos de este modo en la cultura popular del noroeste Peninsular y vinculadas a las aguas a esas Xanas y Mouras que hemos señalado anteriormente cuyas características, no difieren de las ninfas del mundo clásico y que de carácter “semidivino”, maravillosas y terribles a un mismo tiempo, custodias de tesoros, raptadoras de niños, propietarias de mágicos amuletos y anuncio y puerta al “mundo invisible del Sidhe”, apenas se diferenciarán tampoco de las Hadas de las leyendas irlandesas.

En la misma línea, el folclore popular del noroeste Peninsular hará especial hincapié en una suerte de “dragón rural” que será la Cúlebre. Terrible serpiente gigante y alada del norte de España, arrasadora de prados, devoradora de ganados, atemorizadora de pastores y aldeanos, que como un dragón de cuento también deben ser derrotada por “un héroe”, también guarda tesoros o aprisiona doncellas y también se guarece en pozas y cuevas húmedas y oscuras. Convirtiéndose en el rival a batir, en la prueba a superar, en el peligro y maldición a desterrar para devolver la paz a la comunidad.

Y es ciertamente la serpiente un animal de simbolismo polisémico más aún en la figura del dragón, entendido éste como serpiente alada. Pero en lo que nos atañe al folclore popular, la Cúlebre no dejará de estar vinculada a lo telúrico e ínfero. A lo subterráneo, oscuro y húmedo. Ya sea esto en el ámbito más externo de las cuevas, simas y pozas del mundo natural, como a los propios subterráneos del alma si queremos entender también estos mitos, en una clave más espiritual. Y es que Xanas y Cúlebres quizás no solo deban entenderse como referencia al anima del las aguas y las cuevas, sino también y respectivamente a las facetas acuosas y oscuras del alma.

Y también en este breve repaso al universo feérico del noroeste de España podremos encontrar al “gigante terrible” de cumbres y montañas o islas solitarias. Es el Ojancano. Personaje del folclore popular cántabro y asturiano, tuerto y de fuerza descomunal asociado a parajes naturales especialmente indómitos y salvajes, amigo a su vez de lobos, forajidos y proscritos. Gigante que arrojará piedras desde los riscos a los caminantes, hacedor de estrechos desfiladeros y cortantes barrancos y que parecerá concentrar los males de la brutalidad y la crueldad, al modo de los Trolls de la tradición escandinava. Siendo a su vez en la tradición popular de las montañas cántabro-astures quien siembra el rencor, la envidia y el odio en el corazón de los aldeanos.

En los bosques por otra parte habitaría el Busgosu. Suerte de fauno de la cornisa cantábrica y genio de los rincones más remotos del bosque. También de la violencia sexual y la lascivia ciega del “celo” animal. Junto a los Ojancanos de las montañas y peñas, las Xanas y Sirenas de las aguas y las Cúlebres de las cuevas y pozas, el Busgosu de los bosques bien parecerá otra personificación más de las fuerzas misteriosas de la naturaleza. De esa concepción del mundo natural como un mundo “animado” que posee cualidad de “alguien” y no meramente de “algo” y que a su vez, puede ser reflejo simbólico de las distintas facetas del alma humana.

Es así también importante dentro del universo feérico del noroeste de España, la figura del Nubeiro. Señor de las tormentas, la lluvia, el granizo y los fenómenos meteorológicos. Genio del cielo atmosférico que en ocasiones se hace acompañar de carneros, lobos o cuervos así como de vestimentas oscuras, lo que puede invitar a pensar no solo en un feérico de los fenómenos atmosféricos adversos sino también y quizás, en una antigua divinidad del trueno y la tormenta degradada a “mero folclore”.

Otra leyenda del universo feérico que podemos también traer a colación en este brevísimo repaso podría ser, el mitema del “caballo espectral”. Que aparece inopinadamente en los caminos y arroja al incauto que osa subirse a su grupa a las aguas de pozas o ríos donde éstos se ahogan. Aguas que en el mundo céltico son símbolo del tránsito al Más allá y que en ocasiones parecerán poder llevar a la víctima del “caballo espectral”, de ida y vuelta al Reino de los Muertos. También serán reseñables las leyendas sobre lobos, hombres lobo y “lobisomes”, en Galicia, Portugal y Extremadura, posible eco de antiguas tradiciones de las fratrias guerreras y que incluso podrán sorprendernos con interesantísimos paralelismos, como el que encontramos en una cerámica ibérica de Elche (Fig. 4). En ésta, un joven guerrero armado con un venablo y en un paraje de foresta, se enfrenta a un gigantesco lobo metiendo su mano en la boca y agarrándole por la lengua en lo que parecería, una suerte de prueba u ordalía de un héroe fundador. Siglos después y en Asturias encontramos leyendas de hombres enfrentados a lobos en el bosque a los que derrotan, aferrándolos por la lengua. Leyendas e imagen cerámica que parecerán tener a su vez paralelo con la leyenda escandinava de Tyr, que pierde su mano al haberla introducido en la boca del lobo Fenriz como garantía mientras lo ataban con una cuerda encantada (Almagro Gorbea 2013: 272-273). Analogías de un lado a otro de España y de un lado a otro de Europa alrededor de lo que parece un mismo mitema en torno a la figura del lobo.

Figura 4: El “joven guerrero” frente al gigantesco lobo agarra su lengua. Una más que posible antigua leyenda que a día no podemos conocer en detalle pero de cuyos paralelismos, podemos inferir un posible sentido iniciático (Imagen en www.contestania.com).
Figura 4: El “joven guerrero” frente al gigantesco lobo agarra su lengua. Una más que posible antigua leyenda que a día no podemos conocer en detalle pero de cuyos paralelismos, podemos inferir un posible sentido iniciático (Imagen en www.contestania.com).

 

Y leyendas también en torno a los pozos y los manantiales subterráneos, con las tradiciones del pozo Airón y el “genio” del pozo[2]. Asociado a desaparecidos, ahogados, sapos, sierpes y a una suerte de “numen” que viviría en el pozo. Y las leyendas sobre los “trasgus”, en Galicia, Asturias y Cantabria y el duende martinico en Castilla. Vinculados por lo general a los hogares, siempre burlones y en ocasiones malévolos y análogos en gran medida al Goblin del folclore británico y centroeuropeo. Y por supuesto las leyendas de mouros en Galicia, que no sería los “moros” invasores africanos medievales, sino seres y criaturas anteriores a la llegada del Hombre a Galicia. Seres que duermen de día, trabajan de noche, levantan dólmenes y castros, custodian tesoros y que funcionarán de una manera muy similar a todo el mundo feérico que se documenta en las islas Británicas alrededor del mitema del “pueblo escondido”.

En general y esta es solo una levísima pincelada que tampoco tiene sentido aquí alargar o detallar más, los diversos seres fantásticos del folclore popular parecerán remitirnos tanto al ámbito de una sentir el mundo natural como animado o “dotado de alma”, como quizás a una más profunda lectura en la analogía del alma humana respecto de dicha “alma natural o universal”. Debiendo reseñarse en todo caso el paralelismo que podrá establecerse entre dicho mundo feérico Peninsular, y el que se encuentra y documenta en el ámbito de las Islas Británicas, e incluso en el ámbito escandinavo o de la antigua Grecia. Todo ello indicándonos un mismo sentir o misma mirada aún distanciada por el tiempo y la geografía, pero unida en la misma raíz ancestral indoeuropea.

Y en la misma línea podrá plantearse la cuestión de las leyendas sobre “procesiones de ánimas” o “comitivas espectrales”, concretadas en el folclore español en las leyendas sobre la Santa Compaña y la Güesa. Procesiones de difuntos y “almas en pena” aciagas para quien se cruce con ellas y que de nuevo, tendrán interesantísimos paralelos a lo largo del mundo celto-germánico de Irlanda a Escandinavia. Como el caso de la Fairy Host irlandesa o la Sluagh escocesa. También quizás en el ámbito análogo de las leyendas vascas del “cazador negro” y las almas de suerte funesta que le siguen, posible eco lejano de la “caza salvaje” que acompaña “al viejo dios pagano de la magia y la muerte”, convertida ahora en maldición desde la perspectiva cristiana.

Junto a estos personajes del universo feérico y las diversas leyendas sobre muertos y ánimas, todo ello aquí muy sucintamente señalado y a modo de mero indicativo, la indagación etnoarqueológica deberá necesariamente detenerse también en las fiestas populares. Y a la hora de aproximarnos a éstas, habrá que tener presente en todo momento el antiguo calendario céltico: Seis meses de Luz, seis meses de Oscuridad. Con puntos centrales de ambos periodos en los solsticios de Invierno y de Verano, ahora en Navidad y noche de san Juan, y fiestas principales en primavera y otoño del Beltaine en Mayo y el Samhain en Noviembre. Calendario en el que se organizarán las tareas del campo de una manera natural, de acuerdo a las propias estaciones, y para las cuales se darán unos determinados significados de orden espiritual y cósmico. Una visión cíclica del tiempo y el universo para la cual se incidirá, en la conciencia de un constante dinamismo de frio y calor, día y noche, sol y luna, todo organizado en torno a un eje central fijo e inmóvil, sostén “del sistema” que como en una inmensa rueda cósmica, es “centro” Inmutable y Eterno en torno al cual gira el círculo continuo del devenir, lo contingente y perecedero. Aquí la “rueda solar” o Swastika, tan abundante en el registro arqueológico como en la tradición popular, parecerá ser la correspondiente representación simbólica.

Sobre dicho calendario pagano se habría dado aparentemente, la superposición del mundo y las creencias cristianas, sus ciclos de Navidad, Carnaval, Cuaresma, Semana Santa, Virgen de Agosto, Santos y romerías… La Noche de San Juan-solsticio de Verano-será en este sentido especialmente interesante. Pues se recibe al “gran Sol” con bailes y música, y se “cruza la noche” más corta con fogatas y saltos rituales. También será interesante el día de Todos los Santos y la Noche de Difuntos. El Shamain céltico y el comienzo del Invierno, la noche de los antepasados, el homenaje a los ancestros y la reconexión con ellos. Y entonces la fiesta de las calaveras de ánimas. Tan conocidas como adulteradas desde la vulgarización del Halloween norteamericano, y también rastreables a lo largo y ancho de la geografía española. En éstas quizás el simbolismo céltico de la cabeza como sede del alma, quizás también el propio rito de las “cabezas cortadas”, tan caro al mundo céltico. Y del mismo modo la asociación de las calaveras de difuntos a los “mozos” de los pueblos, la noche, la ingestión de bebidas alcohólicas y también a cierta irreverencia u osadía. Lo que podría estar señalándonos el antiguo “banquete guerrero” del Samhain y sus ritos de confraternización e iniciación.

Al hilo de esta última referencia señalar también las llamadas “fiestas de mozos”, todavía relativamente abundantes en diversas áreas de España y muchas de ellas asociadas a mascaradas: las conocidas Botargas de la Alcarria, o los antes mencionados “Carochos” de Campo de Aliste en Zamora, o el interesantísimo caso de los Zamarrones de Saelices. Mozos vestidos de negro que corren y saltan hasta la ermita del pueblo, y que junto a las “Caballadas de Atienza”, con jinetes nocturnos y vestidos también de negro, parecerían formas residuales de antiguos ritos de iniciación guerrera. El carácter misógino de la “Caballada de Atienza” parecería abundar en esta idea, así como el hecho de que los Zamarrones funcionarían como “una sociedad dentro de la sociedad”, un grupo aparte pero dentro de la comunidad. Una suerte de mannerbünde o “sociedad de hombres” que representa a la comunidad, la defiende, pero se sitúa más allá de ella.

Fiestas similares se podrán encontrar en infinidad de pueblos y áreas rurales de toda España y de toda Europa, y pueden ser a nuestro parecer un filón muy importante en el estudio etnoarqueológico de nuestro folclore (Lám. II)

Lámina II: Diablos de Luzón. Vestidos y tiznados de negro, con grandes cornamentas, cencerros y dentadura “feroz” hecha con patata cocida. (Alfonso Romo. Gabinete de prensa. Diputación de Guadalajara).
Lámina II: Diablos de Luzón. Vestidos y tiznados de negro, con grandes cornamentas, cencerros y dentadura “feroz” hecha con patata cocida. (Alfonso Romo. Gabinete de prensa. Diputación de Guadalajara). 

Hemos mencionado en relación a los Zamarrones de Saelices, la presencia de una ermita en el rito. De nuevo en un ámbito cristiano, en este caso la ermita, la posible pista de un folclore de orígenes paganos. Es decir, interesantísimo para el ámbito de la etnoarqueología el estudio de las Vírgenes y las ermitas rurales, de las fiestas y ordenaciones del territorio establecidas a partir de las mismas. De ritos “circumbalatorios”, de división de términos municipales en cuatro partes con la ermita en el centro, o de apariciones de Vírgenes sobre árboles, principalmente encinas y robles. Y asociado a dichos árboles la bellota, el fruto del Quercus y entonces la bellota, como símbolo de fuerza y fecundidad. Como elemento esencial de la dieta en la Hispania céltica y como símbolo de poder todavía presente, en el bastón de mando de las alcaldías de algunas localidades especialmente rurales de España.

En definitiva, un amplio universo de seres fantásticos, fiestas populares, vírgenes y santos trenzados de paganismo, árboles sagrados y ermitas rurales, mascaradas y fiestas de mozos, y antiguas leyendas que recuerdan a viejos mitos, que nos ponen frente a la posibilidad de acercarnos, aunque sea lejanamente, a unas mentalidades no ya premodernas, sino quizás abiertamente precristianas.

La idea será así que el folclore rural Español, conservado en las zonas más apartadas de nuestra geografía, si bien ya quizás muy degradado y exangüe, nos estaría mostrando la materialización en el ámbito de la cultura popular, de ese pasado de creencias “numinosas” en un “alma misteriosa” del mundo. Alma oculta en cumbres, bosques, océanos, arroyos apartados o animales salvajes, y que mediante ritos y fiestas queda armoniza con el mundo de los Hombres. Formándose entonces un todo orgánico en el que “los dioses y los Hombres”, conviven manteniendo un equilibrio que no es, sino el orden mismo del Universo. Obviamente una idea como esta nos avanza lo que podríamos llamar “sensibilidad pagana”, quizás todavía residual en estos fenómenos culturales objeto del estudio etnoarqueológico. En parte por esto último dicho estudio no deberá ser dejado de lado, y lo que nos pueda enseñar el folclore, ser respetuosamente salvaguardado.

[1] La bibliografía aquí es amplísima y son abundantísimas las webs que de modo divulgativo tratan esta cuestión, no siempre con el debido rigor que cabría esperar. Nosotros en este trabajo, que pretende ser mayormente una reflexión sobre la cuestión del Celtismo, dejaremos aquí señalados algunos textos que sí que consideramos interesantes tanto en el ámbito más académico, como en el más divulgativo. Pero en ningún caso esta reseña pretenderá ser exhaustiva y una vez señalados a pie de página, no los recogeremos después en el grueso de nuestra argumentación más que puntualmente.
Destacamos así en el ámbito más académico a Reyes Moya 2012, Almagro-Gorbea 2013, Lorrio 2007, Alberro M. 2004 o González Echegaray 1980. En el ámbito más divulgativo lo más relevante consideramos que sería Callejo Cabo 1998, 1999 y 2000. Y Callejo Cabo y Canales Torres 1995 y 1997. Después también puede ser interesante Martín Sánchez 2002, y después una gran cantidad de obras divulgativas con mayor o menor trabajo de campo como puedan ser: Sordo Sotres 1995, Vaqueiro 2004 o Arrieta 1999… Cabe quizás mencionar una obra casi seminal en esta cuestión como García Lomas 1964.
 Acercándonos a ellos desapasionadamente y con cierta precaución, pero dotados de un enorme interés, hay que señalar aquí necesariamente dos libros más: El crespúsculo celta de William, B. Yeats (1985) y La comunidad secreta de Robert Kirk (2009). Auténticos clásicos en cuanto a lo feérico se refiere.
[2] Para el tema del Pozo Airón ver Lorrio 2007.

El papel del Folclore y la Etnoarqueología en el estudio de las raíces de España y Europa.

en España/Espiritualidad por
El folclore y la etnoarqueología en España y Europa

La Cultura Celta, más allá de su realidad histórica, ha llegado a ser un referente de determinadas formas de cultura popular de nuestro tiempo. Es lo que nosotros llamamos “El fenómeno del Celtismo”. A dicho “Celtismo” del siglo XXI hemos dedicado un anexo de nuestra tesis doctoral. A partir de dicho anexo hemos podido escribir un libro llamado precisamente “El fenómeno del Celtismo” del cual extraemos este fragmento para colgarlo en nuestro blog.

En el mismo planteamos que el estudio del folclore no puede ser ya dejado a un lado si queremos conocer las sociedades célticas y las raíces mismas del sustrato cultural europeo. Desde ámbitos académicos y hasta la simple divulgación pasando por los eruditos locales y los folcloristas, cada vez parece más claro que hay algo en el mundo tradicional más ancestral que nos acerca a las creencias de la Edad del Hierro. Ese algo debe ser reconocido, estudiado y puesto en valor. Incorporado como elemento de juicio y comprensión de qué cosa fue la céltica europea y a partir de ahí, como sana orientación para el Celtismo de nuestro tiempo.

El estudio del folclore y la etnoarqueología a día de hoy y desde ámbitos académicos, se está planteando como una posible fuente para el conocimiento de la Protohistoria, especialmente a la hora de afrontar cuestiones relacionadas con las concepciones sociales y la espiritualidad (Reyes Moya, P. 2012).

Frente a las visiones estrechas para las cuales el pasado solo podía estudiarse desde un determinado número de fuentes coetáneas, renovadas líneas de estudio e indagación plantean la potencialidad de un trabajo multidisciplinar en el que arqueología, folclore, fuentes clásicas y literatura tradicional pueden darse la mano. Acercándosenos entonces una “ventana” desde la que asomarnos a las mentalidades de la Protohistoria Europea. Especialmente en el ámbito de las creencias, los principios y valores. En el ámbito de la “religión”, entendida ésta como parte orgánica y esencial de las sociedades antiguas. Parte de la que no siempre los testimonios arqueológicos podrán darnos debida cuenta (Reyes Moya, P. 2012: 1-5).

El desprecio del Hombre Moderno por la tradición así como el estilo de vida mecanizado de nuestro tiempo, deja atrás y sepulta en el olvido siglos de conocimiento y construcciones cosmológicas ancestrales en las que un riquísimo patrimonio inmaterial, daba testimonios sociales, jurídicos y religiosos de un mundo que en muchos casos y con seguridad, se remontaba a la Edad del Hierro. Emerge así la idea de una continuidad de fondo desde la Prehistoria reciente, hasta la Historia posterior. Con una visión menos rupturista entre las distintas fases históricas. Como si por decirlo así: “los sistemas culturales invasores hubieran dejado mayor margen de maniobra y continuidad a las sociedades invadidas”. De este modo, será posible plantear la necesidad apremiante de coordinar con inteligencia las fuentes que trabaja esta renovada vía de estudio, especialmente en el ámbito de los testimonios orales y antes de que desaparezcan los últimos “hombre y mujeres-memoria”. Esos que aún hoy, pueden transmitir unas costumbres y tradiciones de origen ancestral, desde el mismo contexto en el que las aprendieron (Reyes Moya, P. 2012: 507-511).

Y no nos encontramos aquí frente a una cuestión menor… pues de todos los “sistemas culturales invasores”, el más laminador de toda tradición y creencia habrá sido la Modernidad. Y ésta, sí que habrá supuesto en numerosísimas ocasiones el final de sistemas culturales tradicionales cuyo conocimiento y análisis a día de hoy, pueden reconocerse como línea de investigación prioritaria para el estudio de la Hispania céltica.

Atendiendo a cómo el mundo hispano céltico nos remite a instituciones y cosmovisiones ancestrales de origen indoeuropeo, rastreables en distintos rasgos comunes de un extremo a otro de Europa, el estudio de la Hispania céltica desde el folclore y la etnoarqueología, se nos revelará capaz de ilustrar no ya la Protohistoria Peninsular, sino las raíces mismas de Europa (Reyes Moya, P. 2012: 508 y 511).

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Se plantea así que la tradición folclórica de las zonas más rurales de España, especialmente en lugares del noroeste Peninsular no obstante no solo de esta área, puede ser estudiada en ocasiones como una ventana desde la que asomarnos, aunque sea en la lejanía, a principios, creencias e instituciones del mundo hispano céltico. En la misma línea, un trabajo similar podrá hacerse en el ámbito de las leyendas populares y la literatura tradicional premoderna (Almagro-Gorbea 2013), la cual también podrá suponer un reencuentro con las raíces protohistóricas y célticas de España. Y del mismo modo, cabrá plantear la adaptación por parte del Cristianismo, de algunos mitemas especialmente significativos del mundo hispano céltico. Tal será el caso del jinete heroico y guerrero y la figura de Santiago Matamoros, “guerrero celestial” e “Hijo del Trueno”, arquetipo heroico montado en su caballo blanco e imagen que conectará perfectamente, con el mundo de símbolos y principios de la tradición guerrera y ecuestre de la Hispania céltica (Almagro-Gorbea 2005).

La idea es entonces, que en determinados elementos de la cultura popular más antigua, y especialmente en la preservada en las zonas más rurales de España, pudiéramos estar recibiendo trazas diversas de los que fue el mundo cultural de la Hispania pagana y céltica. Este mundo habría pervivido disimulado y oculto en fiestas, leyendas, romerías, personajes míticos del mundo feérico, romances y tradiciones y en general, en todo un universo folclórico que de ser debidamente mantenido, recuperado y estudiado, puede darnos interesantísimo frutos en el conocimiento y reencuentro con las raíces célticas de la identidad Española.

Siendo importante entrar a valorar aquí la cuestión del folclore y desde el punto de vista que venimos señalando, como una cuestión de “pervivencias”. Cuestión que estará en el centro de todo estudio etnoarqueológico. Esto es: ¿Hay en el folclore pervivencias auténticas de las tradiciones y costumbres del pasado? Más aún ¿hay en el folclore pervivencias de la Edad del Hierro, del mundo Hispano celta; de lusitanos, celtíberos, astures y cántabros? ¿Es lícito usar el término “pervivencias” para aquello que podamos encontrar de interés en el folclore popular, o nuestras “pervivencias” no dejan de ser estructuras universales de pensamiento? (Arizaga Castro y Ayán Vila 2007: 463-464).

Estas preguntas serán clave para el debate etnoarqueológico y de ellas derivarán las premisas de la que debemos partir a la hora de estudiar el folclore popular, si queremos discernir aquello que realmente nos remite al pasado más remoto.

Tratando de abundar en claridad y concreción diremos, que el trabajo etnoarqueológico tiene que ser capaz de entender que folclore puede ser en un momento dado casi cualquier cosa: una canción popular, un traje regional o una romería… y que todo folclore es a su vez antropología. Ahora ¿es también arqueología? Bien, pues cuando dicha romería se celebra en el “Castro de san Torcuato (el santo del torques) y la comitiva procesional sube al santuario intemporal del “Pico Sacro”, parece ser que ciertamente sería lo más razonable pensar que sí (Arizaga Castro y Ayán Vila 2007: 447).

De igual manera el tema de las mouras encantadas gallegas, las xanas asturianas, las anjanas cántabras, las mairiak de Vascongadas y por otra parte las nereidas, ninfas o lamias del mundo grecolatino. Remitiendo todas ellas a un mitema análogo desde el Mediterráneo hasta los relatos medievales irlandeses pasando por el noroeste Peninsular, repitiéndose los motivos y comportamientos en un análogo universo feérico (Arizaga Castro y Ayán Vila 2007: 466-467 y 469) ¿No debería invitarnos a pensar en una “lejana supervivencia”? ¿No es acaso la etnicidad céltica una manifestación más del complejo y polimorfo mundo indoeuropeo? ¿No sería razonable entonces encontrar ahí la clave de tan interesante equivalencias a lo largo y ancho de Europa?

El oeste de Irlanda, la isla de Man y el interior de Gales, el noroeste Peninsular o lo altiplanos sorianos se configuran, entre otras muchas áreas de Europa, como paradigma de zonas periféricas de gran riqueza etnográfica y paisaje tradicional en cierta medida “fosilizado”. Su folclore, tradiciones y leyendas podrán sugestionarnos así la idea de “ecos lejanos de otro tiempo” y ciertamente el estudio serio de la cuestión y como venimos planteando, señala en esa dirección. Siendo entonces que con mayor razón, conviene manejarse con cuidado y rigor…

Es decir, el estudio etnoarqueológico estará llamado en gran medida a saber perfilar qué tipo de información es la que estamos recibiendo a través del folclore y cómo debemos valorarla: Desde la posibilidad de una de pervivencia del pasado lejano, hasta la manifestación de un patrón antropológico universal, pasando por la interpretación “arqueológica” que de un resto antiguo, estaría haciendo el saber popular (“los tesoros escondidos” de la “leyendas castreñas” gallegas serán aquí especialmente representativos (Arizaga Castro y Ayán Vila 2007: 452-57).

Es a partir de todo este orden de cosas que parece claro cómo debe platearse el estudio etnoarqueológico: Primeramente recopilando datos, haciendo el trabajo de campo y documentando tradiciones y folclores antiquísimos antes de que estos desaparezcan definitivamente con las nuevas generaciones. Más difícil el siguiente paso, en el que habrá que trazar sobre estos datos, las vías de una correcta interpretación. Los caminos para poder fondear en dichos datos, y encontrar las posibles pervivencias del mundo pagano precristiano. Aquí quedaría todavía un largo trecho por andar y en todo caso y a nuestro entender, será un ámbito llamado a darnos interesantísima información si sabemos interpretar correctamente, lo que nos llega desde “la tradición”. Hablamos de fiestas populares como la de los Zamarrones de Saelices, cerca de Segobriga, de ejemplos de arquitectura popular como el chozo asturiano, de objetos simbólicos como las calaveras de ánimas la noche de difuntos, de “lugares encantados” como el pozo Airón o de mascaradas y botargas de año nuevo como los “Carochos” de Riofrío de Aliste en Zamora…

En definitiva, un marco de estudio y trabajo que está aún por desarrollarse y que además en España, parece poder ser especialmente fértil debido a la gran cantidad de zonas rurales que han conservado sus más ancestrales tradiciones. De éstas, entendemos que con las debidas precauciones y matizaciones podríamos extraer elementos ideológicos y culturales provenientes del fondo atávico de los pueblos de España y Europa. Debiendo reconocerse para dichas tradiciones un valor de patrimonio cultural que debe ser cuidado, estudiado y conservado, sin por ello caer en interesadas y burdas recreaciones que con demasiada frecuencia, terminan por hacer un flaco favor a aquello mismo que quieren reivindicar.

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