Saber quienes somos, conocer nuestra Historia, entender nuestra época…

Tag archive

hispania prerromana

Inis Mona…la isla de los Druidas

en Cultura Celta/Espiritualidad por
La forja y la espada, Gonzalo Rodríguez

Ante la orilla estaba desplegado el ejército enemigo, denso en armas y hombres; por medio corrían mujeres que, con vestido de duelo, a la manera de las Furias y con los cabellos sueltos, blandían antorchas; en torno los druidas, pronunciaban imprecaciones terribles con las manos alzadas al cielo”.

(Tácito, Anales, XIV, 29-30)

El “santuario” de Anglesey, la isla de Mona, la “isla de los druidas”, es sin lugar a dudas unos de los enclaves mágicos de la geografía europea. En los confines de la costa occidental de Gales y con sus druidas y “druidesas” llamando al alzamiento contra Roma, hace parte importante del imaginario histórico de la antigüedad europea. Su “bosque sagrado” de “feroces supersticiones”, talado por los romanos, “pues en efecto, contaban entre sus ritos el de honrar los altares con sangre de cautivos” (Tácito, Anales, XIV, 29-30), es un referente lírico de no pocas recreaciones románticas sobre el mundo celta. Conocerlo y comprenderlo hace parte fundamental del estudio de la antigua céltica europea.

 

1-El Druida y la Autoridad Espiritual:

1-El Druida y la Autoridad Espiritual:

“En la Galia hay dos clases de hombres entre los que gozan de relevancia y prestigio (…) De las dos clases, una es la de los Druidas, otra es la de los Caballeros. Aquellos se ocupan de todo lo que tiene que ver con los dioses, están al cargo de los sacrificios públicos y privados y regulan el culto. Son muchos los adolescentes que acuden a ellos para aprender, y se les tiene en gran consideración. De hecho, dictaminan en casi todas las disputas (…) (y) si alguien, lo mismo un particular que un pueblo, no se aviene a su decisión, le prohíben tomar parte en los sacrificios, lo que para ellos es el castigo más grave. (…) Al frente de todos estos druidas se encuentra uno solo, el que tiene más autoridad entre ellos. Cuando muere, si alguno de entre los restantes destaca por su prestigio, le sucede; y si hay varios igualados, se elige en una votación (…) Algunas veces la primacía se dirime por las armas”.

(César. Comentario a la Guerra de las Galias VI, 13-14).

“En términos generales, se puede decir que para todos ellos hay tres grupos que gozan de especial distinción: los bardos, los vates y los druidas. Los bardos son poetas cantores. Los vates tienen funciones sagradas y estudian la naturaleza. Los druidas se dedican también al estudio de la naturaleza, pero añaden a ésta el estudio de la filosofía moral. Son considerados así los más justos por lo cual se les confían los conflictos privados y públicos, e incluso el arbitraje en caso de guerra, llegando a detener a los que se estaban alineando ya para el combate”.

(Estrabón. Geografía IV. 4,4).

“Entre ellos se encuentran poetas que ellos llaman bardos. Estos poetas cantan con el acompañamiento de la lira (…) También hay unos filósofos y teólogos que son objeto de honores extraordinarios y que reciben el nombre de druidas. También recurren a adivinos (vates), a los que consideran merecedores de gran reconocimiento; estos adivinos predicen el futuro mediante la observación del vuelo de los pájaros y el sacrificio de víctimas (…) apuñalan con una daga en un lugar situado encima del diafragma, y cuando cae el hombre acuchillado, a partir de la observación de la caída, la convulsión de los miembros, y también de la efusión de sangre, comprenden el futuro”.

(Diodoro de Sicilia, Historia V, 31, 2-5)

“Tienen a los druidas como maestros de sabiduría y éstos aseguran conocer el tamaño y la forma de la tierra y el firmamento, el movimiento del cielo y de los astros y el destino trazado por los dioses. Enseñan muchas cosas a los más ilustres de su pueblo (…) en grutas o en recónditas montañas (…) Una de las ideas que les imbuyen en común a todos es que las almas son imperecederas y que hay otra vida después de la muerte”.

(Pomponio Mela, Corografía III, 2, 18-19)

*

César y las fuentes clásicas en general, distinguen para el mundo céltico tres clases sociales: los druidas, los caballeros y los villanos o pueblo llano.

Los druidas serán este sentido los representantes de la autoridad espiritual. Siendo los caballeros los representantes de la autoridad política y militar, los encargados de la defensa y gobierno de la comunidad. El pueblo llano por su parte, será el representante de la llamada “tercera función” o función económica y puramente material.

Esta distinción en tres funciones, es un clásico del mundo Indoeuropeo y puede rastrearse en nuestra civilización hasta bien entrada la Edad Moderna.

Los druidas cuentan entonces entre sus atribuciones con todo lo relativo a la religión, las creencias y el culto; la justicia, tanto en el ámbito del derecho público como el ámbito del derecho privado; y la enseñanza y transmisión del saber tradicional. Son por decirlo así, “guardianes de la Tradición”. Su autoridad es relativa a los principios, las creencias, los ritos y el “espíritu” de sus sociedades.

Al mismo tiempo, dará la impresión, de que este estamento del Druida, podrá a su vez subdividirse en tres clases: el bardo, el vate, y el druida propiamente dicho.

El druida encarnará el “arquetipo” de la Sabiduría, y su función será la de la enseñanza, la filosofía, la ética, la teología, la religión, la justicia…

El bardo encarnará el “arquetipo” de la Poesía, con el poder de la lírica, la música, el canto, la alabanza, la sátira, la épica…

El vate encarnará el “arquetipo” de la Magia, con la referencia a la adivinación, el augurio, el sacrificio, la interpretación de la naturaleza, quizás la profecía…

En todo caso esta subdivisión quizás haya que tomarla con algo de precaución, pues pudiera ser que todo druida fuera a la vez y en cierta medida vate y bardo, y todo vate y bardo, fuera a su vez y en cierta medida, también druida. Las fuentes tradicionales irlandesas parecerán apuntar en esta dirección si bien nosotros no entraremos aquí a desarrollar este punto.

Lo que si queremos destacar y tomar como punto de partida, es esa idea del druida como representante de la Autoridad Espiritual. De la llamada “primera función”; esa que cultiva, custodia y transmite los principios, valores y creencias de una sociedad. Su concepción del Mundo o welstanchaaung.

En este sentido, hay que pensar, que en el mundo tradicional, el representante de la autoridad espiritual, aspira a encarnar en el ámbito terrenal, la autoridad divina. Autoridad que entonces, traslada a la sociedad por la que vela, una dirección y molde para encarnar por decirlo así, la “ciudad celestial”. Esto es, el cosmos u “orden” querido por los dioses.

De esta manera, no será sólo que la sociedad tradicional, en este caso céltica, genere una religión; sino que la religión, será también la que determine la forma de dicha sociedad.

César nos dirá “que la nación de los galos está entregada por completo a las prácticas religiosas” (Comentarios VI, 16).

2-Britania y la isla de los Druidas:

“Se piensa que las enseñanzas de los druidas fueron adquiridas en Britania y desde allí llevadas a la Galia. De hecho en la actualidad, quienes desean conocerlas más a fondo marchan allá para instruirse (…) Se cuenta que aprenden allí una cantidad ingente de versos. De esta manera, más de uno pasa veinte años instruyéndose, no considerando lícito poner sus enseñanzas por escrito”.

(César, Comentarios a las Guerras de las Galias VI, 13-14)

“(Suetonio Paulino) se dispuso a atacar la isla de Mona, poderosa por su población y guarida de fugitivos (…) ante la orilla estaba desplegado el ejército enemigo, denso en armas y hombres; por medio corrían mujeres que, con vestido de duelo, a la manera de las Furias y con los cabellos sueltos, blandían antorchas; en torno, los druidas, pronunciaban imprecaciones terribles con las manos alzadas al cielo. Lo extraño de aquella visión impresionó a los soldados hasta el punto de que, como si sus miembros se hubieran paralizado, ofrecían su cuerpo inmóvil a los golpes del enemigo. Luego, movidos por las arengas de sus jefe, y animándose a sí mismos a no temer a un ejército mujeril y fanático, abatieron a los que encontraron a su paso y los envolvieron en su propio fuego. Después se impuso a los vencidos una guarnición y se talaron los bosques consagrados a feroces supersticiones. Pues en efecto, contaban entre sus ritos el de honrar los altares con sangre de cautivos y consultar a los dioses, en las entrañas humanas”.

(Tácito, Anales, XIV, 29-30)

*

La campaña de Suetonio Paulino contra la isla de Mona se encuadra en la sublevación de los britanos contra Roma de la segunda mitad del siglo I. Es en el año 58 d.C. que Suetonio, habiendo recibido el encargo de suprimir la rebelión britana, atacará y se ensañará con el santuario de Mona.

La impresión que se tiene es que siendo la campaña contra Mona la primera acción militar que lleva a cabo Paulino en Britania, el alzamiento contra los romanos, habría sido auspiciado por los propios druidas. Como si a modo de predica, hubieran movido a silures y ordovices (en el actual País de Gales) a la sedición.

Esta idea de los druidas predicando la lucha y resistencia contra Roma, no nos debe de extrañar, no solo por su función de autoridad espiritual, sino porque ya había ocurrido anteriormente en las Galias en tiempos de César, y porque posteriormente Tiberio, llegará a prohibir y perseguir el druidismo hasta su eliminación (Plinio, Historia Natural, XXX, 13). En la misma línea y en la Celtiberia, tendremos el caso de Olíndico, suerte de “druida hispánico”[1] que portando una lanza de plata, predicará el alzamiento contra Roma en tierras de Numancia (Floro, 1, 33, 13).

Lo interesante entonces en el caso de Britania, es que Roma atacará una especie de “santuario de los druidas”. Una suerte de “Isla Sagrada” del druidismo en la que las legiones romanas, son recibidas con un auténtico ceremonial mágico. Ceremonial capaz de paralizar de terror aunque sea en un primer momento, a los duros legionarios.

duros legionarios

Las imágenes que trasmite el texto de Tácito (Anales, XIV, 29-30), con esa referencia a mujeres vestidas como de duelo, con los cabellos sueltos y “a la manera de las furias”, blandiendo antorchas; mientras en torno suyo los druidas pronuncian imprecaciones terribles, nos retrata deliberadamente una “atmosfera ominosa” que deja poco lugar a dudas sobre lo especial del lugar.

En la misma línea apuntará dicho texto cuando nos diga, que “se talaron bosques consagrados a feroces supersticiones. Pues en efecto, contaban entre sus ritos el de honrar los altares con sangre de cautivos”.

Es decir, la campaña de Suetonio Paulino contra el alzamiento britano, comenzará con el ataque a un enclave vinculado a los druidas y sus cultos. Lugar que parecerá haber ejercido de instigador de la rebelión contra Roma.

La isla de Mona (actualmente isla de Anglesey en el País de Gales), aún estando ubicada en una zona relativamente remota de la geografía britana, se convierte de este modo, en el punto de partida de la campaña romana contra los rebeldes.

Viendo así la importancia del lugar, no será difícil llegado este punto recordar las palabras de César cuando dice: “Se piensa que las enseñanzas de los druidas fueron adquiridas en Britania y desde allí llevadas a la Galia. De hecho en la actualidad, quienes desean conocerlas más a fondo marchan allá para instruirse” (Comentarios VI, 13-14).

En todo caso la campaña de Paulino contra la isla de Mona no se pudo completar, pues mientras destruía los santuarios de Mona y masacraba a sus druidas, la rebelión se desató con inusitada ferocidad al otro lado del país…

Sobre la colonia romana de Camalodunum (próxima a Londinum, en el actual Londres), venían cerniéndose desde hacía tiempo negros presagios: una estatua consagrada a la Victoria cayó al suelo sin motivo aparente y con el rostro en contrario a por donde podía venir el enemigo; se oyeron ruidos y bramidos espantosos en las casas del Ayuntamiento, terribles aullidos también en el teatro, una visión como fantasmal se pudo ver en el reflujo del mar y éste, se tiñó de un tono rojo sangre que atemorizó a los veteranos (Tácito, Anales, XIV, 33, 1-2).

Por otra parte, las insolencias y desprecios de las tropas romanas a la población local, los abusos de los veteranos sobre las propiedades y rentas de los britanos, así como la construcción de un templo dedicado al emperador Claudio (señal para los britanos del domino de Roma sobre sus tierras y gentes), alimento la llama de la sedición y “el anhelo de comprar la libertad aún con el pago de la propia vida” (Tácito, Anales, XIV, 33, 1-2).

Finalmente, la violación por parte de unos centuriones de las hijas de Boadicea, reina de los icenos, y tras azotar a ésta y despojarla de su herencia, terminó por encender la mecha del alzamiento.

Boadicea, los icenos extendieron su revuelta como la pólvora, arrastrando en su rebelión a otras tribus

Dirigidos por la propia Boadicea, los icenos extendieron su revuelta como la pólvora, arrastrando en su rebelión a otras tribus, incluidos los trinobantes, cuya capital Londinum, era una de las ciudades más importantes de Britania.

Camalodunum, capital romana en Britania, fue asediada a sangre y fuego y cayó en manos de los rebeldes. En Londinum, los romanos consideraron que no disponían de defensas suficientes como para resistir y abandonaron la ciudad, entregándola al ejército de Boadicea. Éste continuó su marcha avanzando ahora sobre Verulamium (actual St. Albans), la cual arrasaron.

El alzamiento no estaba siendo así una cuestión baladí o menor, y a tenor de las fuentes, los rebeldes se enseñaron con especial crueldad. Como si la guerra la estuvieran llevando a cabo fanatizados por el odio contra Roma: “en los lugares que se ha indicado cayeron cerca de setenta mil ciudadanos y aliados. Se entregaban no a tomar cautivos y venderlos, ni a ningún otro comercio de guerra, sino a la matanza. Todo eran muertes, tormentos, fuegos y cruces (…) vengaron las injurias hechas y por hacer” (Tácito, Anales, XIV, 33, 2).

En la misma línea el historiador Dion Casio (LXII, 9) nos dirá: “colgaron a las mujeres más distinguidas, les cortaron los pechos y les cosieron la boca (…) tras lo cual les clavaron estacas afiladas a través el cuerpo de abajo a arriba. Y se entregaban a todas estas fechorías durante sus sacrificios y sus festines, en sus templos y en sus bosques”. Más adelante y en el mismo párrafo nos recogerá como Paulino exhortando a sus tropas contra los rebeldes les dirá: “más vale caer con bravura en el campo de batalla que caer prisioneros para que nos empalen, para que nos arranquen las entrañas, para que nos traspasen con estacas en llamas, para perecer escaldados, como si hubiéramos caído en medio de bestias salvajes, sin ley ni dioses”.

Ciertamente, el ataque y destrucción de un centro espiritual no trae nunca nada bueno, y los desprecios, violaciones y abusos, son semilla segura de futuras violencias. Una guerra de odio, sin prisioneros, repleta de suplicios horribles, nos pone en la tesitura de plantearnos hasta qué punto esta guerra, pudiera haber tenido trazas de una guerra religiosa. En este sentido las fuentes guardan silencio sobre lo que los romanos hicieron por su lado…

En todo caso Suetonio Paulino consiguió regresar de la lejana costa de Gales y hacer frente a los rebeldes en la batalla Watling Street, donde a pesar de lo numeroso del ejército britano, éste fue terriblemente derrotado. La propia reina Boadicea murió en la batalla, suicidándose con un veneno, y en la conmovedora arenga que dio a sus tropas antes de tan tremenda jornada, nos dejó el reflejo de su admirable coraje y pundonor. Hoy día sus palabras siguen sonando aleccionadoras:“no es cosa nueva para los britanos pelear bajo el gobierno de una mujer; más procedo aquí no como descendiente de famosos y ricos progenitores, sino como una mujer más a la que se le ha quitado la libertad, el cuerpo molido a azotes, y robado la virginidad a sus pobres hijas; llegando tan lejos los apetitos desordenados de los romanos, que ni a los cuerpos, ni a la vejez, ni a la virginidad perdonan, violándolo y contaminándolo todo… Más los dioses favorecen las venganzas justas, como lo muestra la legión degollada que se atrevió a pelar (…) Vosotros, si consideráis bien los soldados de ambos bandos y las causas de la guerra, haréis resolución clara de vencer o morir en esta batalla; las mujeres a lo menos hecha tenemos esta cuenta. Vivan los varones si quieren en perpetua servidumbre” (Tácito, Anales, XIV, 33, 2-3).

*

La revuelta de Boadicea y los icenos fue así desbaratada y habiendo quedado entonces inacabada la conquista de la isla de Mona, veinte años después, en el 78 d.C., los romanos volverán a la carga contra ella.

Durante este tiempo la mayor parte del territorio de la actual Inglaterra quedó pacificado y bajo la órbita romana. Siendo sólo al oeste y al norte, en Gales y Caledonia (la actual Escocia), que quedaron libres del poder de Roma.

El encargado de completar la conquista de Britania fue el gobernador Agrícola, que por sus campañas en Caledonia y su victoria contra el “líder escocés” Calgaco, se convertirá en uno de los generales romanos más afamados (hablaremos en otra ocasión y en otro artículo de dicho episodio). Antes de emprender estas campañas en el norte de Britania, Agrícola tuvo que poner fin a la secular rebeldía de los ordovices (en la actual Gales), e igual que anteriormente hizo Suetonio Paulino, atacó en primero lugar y como foco de la rebelión a la Isla de Mona.

En otoño del 78 d.C. Agrícola y sus hombres, aprovechando la bajamar, cruzaron el estrecho de Menai y atacaron por sorpresa la Isla de Mona; no encontrando el “recibimiento” que en su momento encontró Paulino. Mona fue conquistada, ahora sí, y los ordovices sometidos. Gales quedaba definitivamente integrada en la órbita romana.

Al año siguiente y antes de emprender la conquista de Escocia, Agrícola someterá a los brigantes, en el norte de Inglaterra, en el entorno de la actual Yorkshire, siendo ésta la última resistencia britana antes de las luchas de Roma contra los caledonios.

Las actuales Inglaterra y País de Gales quedaban así bajo el manto de Roma y el centro sagrado del druidismo, posiblemente tanto para Britania como para la Galia, desaparecía…

La isla de Mona, actual isla de Anglesey, andando el tiempo irá olvidando su pasado druídico si bien conservará importantes restos arqueológicos de la prehistoria; siendo también el lugar de Gales donde más se hablará y conservará la antigua lengua céltica del país, así como el folclore más ancestral. Por otro lado y de un tiempo a esta parte, se habrá convertido en centro de peregrinación para amantes del universo celta y recreacionistas más o menos afortunados del druidismo…

3-El simbolismo del Druida:

La figura del Druida ha terminado por convertirse en la cultura popular europea, en símbolo de la sabiduría antigua y ancestral. De una manera ciertamente mitificada, el druida ha terminado por ser la imagen emblemática del Wizard, del “sabio-mago” guardián de la Tradición. Un arquetipo fundamental de las sociedades premodernas que ya en la Antigüedad se vinculó a los druidas, y que posteriormente, podemos encontrar en ese “aroma” innegablemente druídico del Mago Merlín, o del mismísimo Gandalf de la Tierra Media. Tanto entonces en la cultura medieval, como en la propia cultura contemporánea, el “mito del druida” como símbolo representativo de un principio espiritual de la Tradición.

simbolismo del Druida

En este sentido y a nuestro entender, en el “mito del druida”, si sabemos acercarnos a él con prudencia y acompañándolo de la lectura crítica de las fuentes clásicas, podemos encontrar paradójicamente, las claves del propio druida histórico. Pues si el druida histórico, del que realmente sabemos tan poco, se “refugió” finalmente en los mitos y leyendas europeos, es porque en dichos mitos y leyendas, pudo conservar las esencias que le eran propias. Esto independientemente de que dichas esencias, hubieran tenido una mayor o menor plasmación en la propia realidad histórica.

*

El “santuario” de Anglesey, la isla de Mona, la “isla de los druidas”, es sin lugar a dudas unos de los enclaves mágicos de la geografía europea. En los confines de la costa occidental de Gales y con sus druidas y “druidesas” llamando al alzamiento contra Roma, hace parte importante del imaginario histórico de la antigüedad europea. Su “bosque sagrado” de “feroces supersticiones”, talado por los romanos, “pues en efecto, contaban entre sus ritos el de honrar los altares con sangre de cautivos” (Tácito, Anales, XIV, 29-30), es un referente lírico de no pocas recreaciones románticas sobre el mundo celta.

El Bosque como templo, noción fundamental de la cultura celta, termina así por ser el espacio por excelencia del druida. El lugar donde imparte sus enseñanzas y se le busca en pos de consejo. No es su lugar de refugio, sino directamente, su lugar…

No podemos entonces resistirnos a cerrar este artículo más que con el fragmento de Lucano sobre “el bosque de los druidas”. Tan cargado de ideas románticas como “tenebrosas” y en el que el misterio y fascinación por los druidas, se hará manifiesto directamente en la propia Antigüedad…

“Había un bosque sagrado, jamás profanado desde tiempos remotos, que con sus ramas entrelazadas encerraba un espacio tenebroso y una gélidas sombras en cuyas profundidades, no penetraba el sol. Este bosque no lo ocupaban los Panes ni los Silvanos, señores del bosque; tampoco las ninfas, sino que era el santuario de sus dioses bárbaros: con aras construidas para siniestros altares y todos los árboles purificados con sangre humana. Si merece crédito la antigüedad (…) incluso las aves temen posarse en aquellas ramas y las fieras acostarse en aquellos cubiles; ni siquiera el viento se abate sobre aquellas espesuras ni los rayos que saltan de los negros nubarrones. Un horror especial anida en aquellos árboles, que no ofrecen sus follajes a las caricias de brisa alguna. Además, cae el agua en abundancia de los sombríos manantiales y las lúgubres imágenes de los dioses carecen de valor artístico y se alzan, como bosques informes, de los troncos cortados. La propia impresión de abandono y el tinte pálido de los troncos podridos produce estupefacción; no se teme así a las deidades veneradas bajo figuras familiares: ¡tanto incrementa la sensación de terror no conocer a los dioses a los que se teme! Ya la fama contaba que a menudo mugían con terremotos las cóncavas cavernas, que los tejos se abatían hasta el suelo y de nuevo se levantaban, que brillaban incendios de malezas que no se quemaban, que se deslizaban dragones enroscados a los troncos. No lo frecuentan las gentes acercándose para celebrar cultos, sino que se lo han dejado a los dioses. Tanto si está el sol en medio del firmamento como si ocupa el cielo la noche sombría, el propio sacerdote tiene pavor a acercarse y teme toparse de repente, con el señor del bosque…”

(Lucano, Farsalia, III, 399-425).

Lucano, Farsalia, III, 399-425

[1] La cuestión del druidismo en la Hispania prerromana, sigue siendo objeto de estudio e investigación. Véase aquí nuestro artículo “Espacios Sagrados y Druidismo en la Hispania Céltica” (http://gonzalorodriguez.info/espacios-sagrados-y-druidismo-en-la-hispania-celtica/). En este sentido, posiblemente un druidismo organizado al modo del que se daba en Britania o la Galia, no llegó a existir en Hispania, si bien parece bastante loable que se diera una suerte de sacerdos o “autoridad espiritual”, oficiante del rito y la magia. Las referencias a Olíndico en la Celtiberia o los sacrificios humanos entre los lusitanos, apuntarán claramente en esta dirección, dándose llamativas similitudes respecto de lo recogido en la Galia o Britania: “Los lusitanos hacen sacrificios y examinan las vísceras pero sin extirparlas. También observan las venas del pecho y adivinan palpándolas. Asimismo predicen mediante las entrañas de los prisioneros de guerra cubriéndolas con un sago. Luego, cuando la víctima cae por mano del hieroskópou, lo golpean por encima de las entrañas y predicen según la forma en la que cae el cuerpo” (Estrabón, III, 6).

¿Qué fue la Hispania Céltica? II

en Cultura Celta/España por
Figura 2-4: Etnias prerromanas de la península Ibérica. (Según Untermann 1987)

¿Qué fue la Hispania Céltica? II

Segunda Parte: Celtas y Protoceltas.

“Llegado este punto, consideramos que puede afirmarse como hecho histórico insoslayable, la existencia de una Céltica Europea y de una Céltica Hispánica integrada en ésta. Céltica Europea y Céltica Hispánica que fueron en sí mismas un fenómeno étnico y cultural, diverso y heterogéneo. Pudiendo decirse de la Céltica Hispánica que ésta, habría generado su modelo autóctono y diversidad propia de celticidad. Celticidad surgida en el propio solar Peninsular a partir de un mundo indoeuropeo arcaico, también propiamente hispánico y de antiquísimo arraigo en nuestro territorio…”

La Céltica Hispánica: Celtas y Protoceltas.

En primer lugar debemos entender la Céltica como una de las diferentes “provincias indoeuropeas”[1] (García Quintela 2005: 192), así como el conjunto de comunidades hablantes de una lengua celta en periodo protohistórico (García Quintela 2002: 54-92). Nosotros a esto último añadiríamos más allá de lo puramente lingüístico, la existencia de unos elementos de fondo y de carácter étnico e ideológico que caracterizarán con mayor calado lo céltico, tanto en relación al mundo cultural de la Edad del Hierro, como en relación a la “gran familia” indoeuropea. Lo iremos viendo más adelante especialmente cuando hagamos referencia a las ideas de Almagro-Gorbea (1992, 1993, 1994a, 1995, 1997, 1999b), de Peralta Labrador (2000), Sopeña Genzor (1987, 1995, 2005a y 2010a), Álvarez Sanchís (2001) ó Ruiz Zapatero (1993, 2001a, 2001b, 2005 y 2011). En este sentido será importante tener presente que la Céltica, perteneciendo a ese gran grupo étnico y cultural de lo indoeuropeo, será en todo momento un fenómeno radicalmente europeo, surgido in situ en el solar de Europa, y asociado a la Europa protohistórica de la edad del Hierro.

Esta céltica, más allá de la estrechez de planteamientos de quienes han querido circunscribirla exclusivamente al horizonte cultural lateniense[2], será diversa y heterogénea, polimórfica y dinámica. Netamente europea y “provincia” de lo indoeuropeo, pero al tiempo divisible en continental y gala, atlántica y británica, meridional e hispánica, e incluso oriental y gálata. Siendo al tiempo también diversa y heterogénea dentro de los diferentes subgrupos europeos que pudiéramos asignar al fenómeno céltico. De tal modo que para el ámbito hispánico podrá ser a su vez celtibérica ó lusitano-galaica.

Es la Céltica en definitiva patrimonio histórico y cultural de la Europa protohistórica o Europa de la Edad del Hierro, y elemento constituyente junto a tantos otros-de mayor o menor relevancia-de la propia identidad y personalidad europea.

Partimos así y como venimos diciendo, de la existencia para el marco general de la céltica europea, de distintos modelos de celticidad, siendo posible reconocer la existencia de un modelo propio de celticidad en nuestra península Ibérica. Este modelo Peninsular de celticidad nos referirá a su vez todo el conjunto de restos célticos de la Hispania protohistórica, sean estos celtibéricos o no (Hoz Bravo 2005: 420). Lo que a su vez y como podremos ver nos señalará también, el carácter diverso de la propia celticidad hispánica.

Esta idea de distintos modelos de celticidad se opondrá directamente, como ya hemos señalado, a los planteamientos estrechos y limitados a una celticidad exclusivamente “lateniense”. Y reconoce lo celta como un fenómeno mucho más amplio y diverso, de gran heterogeneidad, y con distintos grados y modos de evolución. Siendo en este “distintos grados y modos de evolución”, donde encontraremos las claves para la comprensión de qué cosa fue la Hispania céltica. Lo “celta” insistimos, lo entenderemos así como una de las ramas del gran tronco indoeuropeo, siendo en esa rama que deberemos situar, como un fruto más, el fenómeno de lo hispano céltico.

Este modelo “hispano celta” de celticidad aún ligado a la céltica europea, tendrá connotaciones propias fruto de su particular etnogénesis y del contexto concreto en el que se desarrolla. Esto es, un proceso de “celtización” en el que la celticidad hispánica, se habría ido configurando a partir de comunidades no antagónicas sino afines (las llamadas “comunidades indoeuropeas protocélticas”), que a través de un proceso gradual de interacción (de la más desarrollada sobre la menos desarrollada), termina por dar lugar a las distintas formas de celticidad hispánica. (Almagro-Gorbea 1992, 1993, 1995 y 2005b; Ruiz Zapatero 1999b, 2001b, 2005 y 2006; Almagro-Gorbea y Ruiz Zapatero 1992a; Ruiz Zapatero y Lorrio 2005 y 1988; ó Sopeña Genzor y Marco Simón 2008). “Distintas formas de celticidad hispánica” que adelantamos ya, serían básicamente y por un lado, las relativas a la pervivencia del antiguo sustrato indoeuropeo protocelta: El mundo Lusitano-Galaico. Por otro, las vinculadas al mundo céltico propiamente dicho: El mundo Celtibérico. Y por otro, las áreas de transición entre un mundo y otro en el ámbito de los pueblos vacceo, carpetano, vettón, astur o cántabro.

Es importante resaltar aquí, que este proceso de configuración de la Hispania Céltica, será posible por la existencia en la Península de un sustrato previo, asociado al antiguo mundo indoeuropeo y al que denominaremos “protocelta”, sobre el que diversas situaciones dinamizadoras de su cultura y sociedad, así como la acción de grupos celtas propiamente dichos, dan lugar a que surjan distintos niveles de mayor o menor desarrollo y grado de celticidad. Así como situaciones de mayor o menor pervivencia del susodicho sustrato protocelta (Almagro-Gorbea (1992, 1993 y 1995) (fig. 2-1).

Figura 2-1: Dispersión de elementos lingüísticos protoceltas. (Según Almagro-Gorbea 2001: 96).
Figura 2-1: Dispersión de elementos lingüísticos protoceltas. (Según Almagro-Gorbea 2001: 96).

 

En la actualidad, esta propuesta de un ámbito protocéltico e indoeuropeo como sustrato fundamental en los procesos de etnogénesis del interior, norte y noroeste Peninsular, entendemos será de gran importancia para entender qué fue la Hispania céltica. Esto es así principalmente porque cómo vamos a tener oportunidad de comprobar, los antiguos hispano celtas conservarán como uno de sus rasgos distintivos, la pervivencia de elementos vinculados a ese arcaico sustrato indoeuropeo. Nos referimos aquí a las cofradías guerreras de tipo iniciático, la consagración de los miembros de las clientelas guerreras a sus jefes mediante ritos religiosos como la devotio, o la exposición de los guerreros caídos en combate a los buitres (Sopeña Genzor 1987, 2004, 2005a y 2010; Peralta Labrador 2000 ó Almagro-Gorbea 1993, 1997 y 2005a). Este modelo de celticidad que encontraremos en Hispania, deberemos entender así que si bien, no es ajeno ni está aislado del mundo celta continental y atlántico, la mayor parte de su acervo cultural se originará sin embargo in situ, en el interior de la propia península Ibérica. Siendo de este modo un fenómeno netamente autóctono, que compartirá eso sí y en cualquier caso con la céltica europea, variedades lingüísticas o estructuras socioeconómicas y culturales.

En este sentido la Hispania protohistórica presentará un área indoeuropea en la que encontraremos en la llamada Celtiberia, una cultura consolidada y referente de celticidad hispánica. Este mundo celtibérico tendrá su origen en la llegada al extremo nororiental de la Meseta, de la llamada cultura de los Campos de Urnas[3], verdadera semilla del despertar de la celticidad hispánica (Ruiz Zapatero 1999b y 2001b; Ruiz Zapatero y Lorrio 1988; Sopeña Genzor y Marco Simón 2008 y Blasco Bosqued 1993). Dándose una dinamización del fondo protocéltico del interior Peninsular a partir de este foco, en un proceso de irradiación cultural y étnica que en grado de mayor a menor intensidad, y dirección este-oeste y este-noreste, generará un amplio territorio de marcada “celtización” en los territorios cántabro-astur, vacceo y vettón. Destacando a su vez una zona que parecerá conservar formas propias del sustrato indoeuropeo protocéltico, en la fachada atlántica y el noroeste Peninsular. Áreas del mundo lusitano-galaico (Almagro-Gorbea 1986, 1991, 1992, 1993, 1995 y 2009d y González García 2007 y 2011). Áreas éstas, en las que por decirlo así, “no llegará la influencia celtibérica”.

Este mundo lusitano-galaico será de este modo, claro exponente de ese sustrato protocéltico al que hemos hecho referencia anteriormente, y que arrancando ya en el mundo indoeuropeo del Bronce final, tendrá en la llamada “cultura castreña del noroeste”, clara expresión arqueológica.

El arco lusitano-galaico sería de este modo la máxima pervivencia de esas formas culturales del substrato previo indoeuropeo protocéltico (Almagro-Gorbea 2009d: 23 y 24). Quedando la mayor parte del interior Peninsular, desde los cántabros hasta al mundo vettón, como zona de transición entre el mundo el mundo lusitano-galaico, y el mundo celtibérico. Siendo éste último el máximo exponente de una celticidad hispánica propiamente dicha. De una celticidad hispánica próxima a los modelos de celticidad centroeuropeos, y la correspondiente cultura de oppida: de “ciudades celtas” como Numancia.

A grandes rasgos, este será el panorama étnico de la Hispania céltica, a la llegada de cartagineses y romanos a la Península. Siendo esto en cierta medida recogido por las propias fuentes clásicas al insistir éstas, en la alteridad y diferencia entre celtíberos y lusitanos, al señalar la mayor “barbarie y primitivismo” de los pueblos de la fachada atlántica y el noroeste Peninsular (Estrabón III, 3: 6, 7 y 8).

En este orden de cosas podremos señalar a lo “celtíbero” como plenitud del fenómeno céltico en Hispania, y a lo “lusitano-galaico”, como plenitud de arcaísmo indoeuropeo. Como pervivencia del previo substrato “protocéltico” a partir del cual, y en gran parte del interior Peninsular, pudo desarrollarse el mundo hispano céltico propiamente dicho. Siendo así que podremos reconocer al mundo vettón y vacceo, como formas culturales de transición entre las formas más propiamente célticas del área celtibérica, y las áreas más arcaicas del oeste y noroeste Peninsular (fig. 2-2).

Figura 2-2: Mapa de la Hispania céltica con límite de topónimos en –briga (céltico), distribución de gentilidades, distribución de inscripciones celtibéricas y teónimos lusitano-galaicos, y límites de los mismos. Nótese un área lusitano-galaica, un área celtibérica y un territorio intermedio. (Según Álvarez Sanchís 2003).
Figura 2-2: Mapa de la Hispania céltica con límite de topónimos en –briga (céltico), distribución de gentilidades, distribución de inscripciones celtibéricas y teónimos lusitano-galaicos, y límites de los mismos. Nótese un área lusitano-galaica, un área celtibérica y un territorio intermedio. (Según Álvarez Sanchís 2003).

 

Tendremos así una Hispania Céltica desarrollada desde un sustrato previo indoeuropeo (que hemos denominado protocéltico), que por influencia de la cultura de los Campos de Urnas, llegada de allende de los Pirineos, habría generado en primer lugar el surgimiento de una cultura Céltica en el noreste de la Meseta. Cultura que sería la cultura Celtibérica. Ésta, habría funcionado como verdadero “motor” de la celticidad Peninsular, extendiendo su influencia sobre zonas aledañas de también raigambre indoeuropea. Influencia que un esquema en “mosaico”, habría avanzado hacia interior Peninsular generando áreas de una mayor “celtiberización”, caso del área vaccea o vettona, pero también áreas donde dicha influencia celtibérica apenas llegará y será existente: el mundo lusitano-galaico. Áreas así del oeste y noroeste Peninsular donde se mantendrá entonces y a través de la llamada “cultura castreña”, la pervivencia del antiguo mundo indoeuropeo protocéltico. (Almagro-Gorbea 1986, 1991, 1992, 1993, 1994a, 1995 y 2009d; Ruiz Zapatero y Lorrio 1988; Ruiz Zapatero 1999b y 2001b; Peralta Labrador 2000 y García Quintela 2005).

Cabe señalar aquí, cómo esa cultura de los llamados Campos Urnas, verdadero catalizador de la celticidad hispánica, habría supuesto sin embargo y por decirlo así, una “indoeuropeización” fallida de amplias zonas del Levante Peninsular y áreas del valle del Ebro. Zonas donde su peso y su influencia no serán decisivos y que siendo territorios, que posteriormente formarán parte del mundo Íbero y no hispano céltico, nos llevan a pensar en el mundo Íbero como un mundo que parecerá no pertenecer a la gran familia indoeuropea. Como si los “antepasados” de los Íberos, hubieron sido refractarios y no afines, a la influencia indoeuropea de los Campos de Urnas.

Esto nos enfrenta a la cuestión del origen y fondo étnico y cultural del mundo Íbero, así como a la cuestión de la Hispania preindoeuropea. Tema apasionante en el que aún muchos de sus extremos permanecen pendientes de clarificación y que nosotros, no entraremos a estudiar aquí.

*

En definitiva…

Hoy día puede reconocerse sin duda alguna la existencia de una Hispania céltica, afecta a todo lo que podría llamarse mundo céltico Europeo, y originada sobre un sustrato previo, rastreable ya en la Edad del Bronce, de tipo incuestionablemente indoeuropeo. Esta Hispania Céltica tendrá en la cultura Celtibérica el máximo exponente de celticidad Peninsular, y en ella se darán los más altos desarrollos socioeconómicos, políticos, culturales y urbanos de la Hispania Indoeuropea. Estos en gran medida propiciados por su proximidad con el mundo Ibérico, del que obtendrá prestamos culturales que permitirán elevar su desarrollo, sobre el resto de sus “vecinos” célticos de la Meseta[4] (Lorrio 1997, 1999, 2000; y Burillo Mozota 1992, 1998 y 2011).

Desde dicha zona nuclear de celticidad que fue la Celtiberia y tal como hemos indicado, se producirá la “celtización” de amplias zonas del interior en ámbitos del mundo vettón, vacceo, carpetano o incluso cántabro. Si bien conforme se avance hacia el oeste y noroeste Peninsular, dicha “celtización” será cada vez menor. Alcanzándose un máximo arcaizante de pervivencia del anterior sustrato protocelta, entre los pueblos de la fachada atlántica y zonas de la cornisa cantábrica. Zonas ajenas a los modelos urbanos y socioeconómicos de la Meseta oriental, afianzadas aún en una “cultura de castros” ajena al mundo celtíbero y su cultura urbana de oppida (Almagro-Gorbea 1994a).

Esta diferencia entre el este y el oeste de la Hispania céltica, fundamentada en el mayor y menor desarrollo de una cultura urbana, y la menor y mayor presencia de elementos propios del substrato arcaico indoeuropeo, será recogida indirectamente por las mismas fuentes clásicas. Que asociarán siempre unos mayores niveles de “barbarie” a las áreas más occidentales y septentrionales de la Península. En este sentido, sí bien es verdad que con las fuentes conviene ser cuidadoso, no dejará de ser interesante constatar cómo hasta los mismos romanos, parecen haber tenido certeza de la heterogeneidad de la Hispania céltica, y de la diferencia entre el mundo Céltico de la Celtiberia, y el mundo Indoeuropeo protocéltico del oeste y norte Peninsular[5].

*

Llegado este punto, consideramos que puede afirmarse como hecho histórico insoslayable, la existencia de una Céltica Europea y de una Céltica Hispánica integrada en ésta. Céltica Europea y Céltica Hispánica que fueron en sí mismas un fenómeno étnico y cultural, diverso y heterogéneo. Pudiendo decirse de la Céltica Hispánica que ésta, habría generado su modelo autóctono y diversidad propia de celticidad. Celticidad surgida en el propio solar Peninsular a partir de un mundo indoeuropeo arcaico, también propiamente hispánico y de antiquísimo arraigo en nuestro territorio.

Del mismo modo y al tiempo, deberemos diferenciar un área Peninsular no indoeuropea, comúnmente denominada área ibérica, que ocuparía a grandes rasgos la fachada mediterránea, la mayor parte de la actual Andalucía y sur de la Mancha, la margen derecha del Ebro, y las laderas pirenaicas hasta el territorio Vascón. Quedando mayormente el resto de la Península como área indoeuropea y céltica.

En todo caso, Celtas, Íberos, Celtíberos, Indoeuropeos, Vascones, Tartésicos… Todos ellos configurarán el “zócalo étnico” de España y la raíz originaria de nosotros mismos: De Gallegos, Castellanos, Andaluces, Catalanes, Vascos, Asturianos… Patria originaria y matriz del devenir histórico y cultural español a través de los siglos: De la romanización, el Reino Godo de Toledo, la invasión islámica, los reinos cristianos y la Reconquista, la restauración y unificación de los Reyes Católicos y la aventura americana al otro lado del Mar, allá donde se pone el Sol…

Así lo planteó Cervantes en su “Numancia” y así lo planteamos nosotros, en la Forja y la Espada…

Figura 2-4: Etnias prerromanas de la península Ibérica. (Según Untermann 1987)
Figura 2-4: Etnias prerromanas de la península Ibérica. (Según Untermann 1987)

[1] Indoeuropeo: Entenderemos por el término “indoeuropeo” la cultura y lengua madre de la que surgirían después gran parte de los pueblos europeos de la Protohistoria y la Historia Antigua: Helenos, Romanos, Célticos, Germánicos… De un modo muy general podrá decirse que dicha “tradición madre” de la posterior cultura europea del mundo Antiguo y la Edad del Hierro, se cree que pudiera proceder de pueblos originarios de las estepas del norte del Mar Negro. Es lo que se ha venido a denominar “hipótesis de los Kurganes”. Esta misma hipótesis situará también la expansión de la cultura Kurgan hacia oriente, hasta el río Indo. Siendo esta circunstancia, constatada por la lingüística, la que generará el propio término “indoeuropeo”, que señalaría la expansión de este fondo cultural común desde el occidente europeo hasta el río el río Indo en Asia en un amplio periodo de tiempo que podría abarcar del 4000 a.C. hasta el 2000 a.C. (Gimbutas 1997 y 1980, Mallory 1997, Dexter 1997 y Villar 1996 y 2000).

[2] Lateniense: Referido al yacimiento arqueológico de La Tené. En Francia. Durante mucho tiempo considerado como paradigma de la celticidad y a día de hoy considerado como representante de la celticidad centroeuropea pero no exponente definitivo de celticidad.

[3]Campos de Urnas: Cultura típica de la evolución de los grupos protocélticos y célticos europeos cuyos cementerios tenían grandes extensiones, y se caracterizaban por fundamentarse en pequeñas urnas en las cuales se guardaban los restos de la incineración del difunto. Esta cultura se desarrollo en Europa Central en torno al 1200 a.C. en tiempos del Bronce Final y penetrará en la península Ibérica por los pasos del Pirineo oriental. Como ya hemos señalado su característica principal sería el rito de la incineración, siendo también portadores de una cultura en la que ya encontraremos rasgos típicos del posterior mundo céltico tales como la existencia de élites guerreras, o la existencia de un orden gentilicio (Blasco Bosqued 1993 y Mallory 1997).

[4] Breve reseña a la influencia ibérica: Podremos rastrear estas influencias ibéricas en diversos ámbitos, caso de la cerámica numantina. De iconografía y estilísticas propias, pero hechas con la tecnología a torno de la cerámica ibérica. Caso también del uso del alfabeto ibérico por parte de la cultura celtibérica, una de las lenguas celtas de la Antigüedad mejor conocidas precisamente por este detalle. Y caso también de determinados usos urbanos, que procedentes del mundo ibérico, supondrán un mayor desarrollo y evolución que el que puedan presentar el resto de sus “vecinos” célticos del interior.

[5] Generalidades en las fuentes clásicas: La fuentes clásicas a la hora de referirse a los pueblos del interior de la Península, si bien en ocasiones concretan exactamente a éstos, mayormente parecerán funcionar con vagas generalizaciones (Joao Santos 2009) en las que el mundo del noreste de la Meseta será el mundo celtibérico, el mundo del oeste y noreste Peninsular será el mundo lusitano, y el mundo del norte de Hispania será el mundo cántabro o astur. Sobre este esquema básico pueblos como los vacceos, vettones y carpetanos, situados en el interior Peninsular, aparecerán muchas veces como confundidos con los lusitanos (caso vettón) o con los celtíberos (caso vacceo y carpetano). Siendo en estas apreciaciones que a nuestro parecer, el mundo romano nos estaría señalando indirectamente los grandes grupos culturales hispano célticos. Recogiendo en esas confusiones de vettones con lusitanos o vacceos con celtíberos, la situación de pueblos que a caballo del mundo lusitano y del mundo celtibérico, Roma misma no termina de ubicar en una identidad propia y concreta.

Soldados Hispanos en los ejércitos del Imperio Romano

en España por

Nuestro trabajo de tesis doctoral, nos permitió en su momento elaborar un cronograma de la conquista romana de Hispania. Doscientos años de guerras, batallas, asedios y heroísmo cuyo epílogo y tras las Guerras Cántabras, no será sino el reclutamiento de soldados hispanos en los ejércitos de Roma. 

 

Hemos adaptado dicho cronograma al ámbito editorial para su publicación y de dicha adaptación, extraemos precisamente el fragmento sobre los reclutas hispanos en las legiones de Roma.

 

Introducción

Tras el fin de las guerras cántabras en el 19 a.C. y consumada la dura y larguísima conquista romana de Hispania (casi doscientos años) es inevitable plantearse qué pasó con las sociedades de jefaturas de tradición guerrera que constituyeron la médula sociopolítica y cultural de la antigua Hispania. Con su sistema de clientelas, devotio, lealtades personales y vocación heroica. Fratrías guerreras y ritos de iniciación. ¿En qué se transformaron, como se incorporaron a la romanidad, o si su destino final fue desaparecer? Acudimos aquí a Estrabón que nos dice que los habitantes del tercio norte Peninsular “en lugar de saquear las tierras de los aliados del pueblo romano, ahora hacen la guerra al servicio de los propios romanos”  (III, 3, 8). Y ésta, en gran medida, podremos decir que podría ser la respuesta a la cuestión que ahora nos estamos planteando…

              En este sentido sabemos que Roma conforme avance en la conquista de Hispania, reclutará como auxiliares de las unidades legionarias, a contingentes guerreros procedentes de las mismas áreas que van incorporando a su área de administración. Y si bien es difícil de evaluar exactamente qué proporción de indígenas pasan a integrarse en las estructuras de los ejércitos de Roma, sí parece claro que una de las condiciones impuestas en la llamada pax romana, será precisamente la exigencia de levas destinadas al reclutamiento de unidades auxiliares para las legiones. Así conocemos unidades de auxilia que pertrechados con su propio armamento y atavío, luchan del lado de Roma durante las campañas de ésta en la Península, y más aún tras las Guerras Cántabras y ya en diversos lugares del Imperio (Roldan Hervás 1997a y 1974 y Abascal 2009b y 2009c). El nombre que se asignará a dichas unidades, nos indica el lugar de origen de las mismas. Tendremos así unidades de cántabros, astures, vettones, várdulos o arévacos (Abascal 2009c: 304-310) distribuidas a lo largo y ancho del Imperio Romano. Por desgracia la gran movilidad que definirá este tipo de unidades, hace muy difícil conocer hoy día en profundidad sus diversas trayectorias.

Del mismo modo tenemos noticia de como el propio Augusto, formará su guardia de corps con guerreros celtíberos, en concreto con guerreros procedentes de Calagurris (Suetonio, Aug, 49). Ciudad perteneciente a la etnia de los berones, pueblo celtibérico famoso por su resistencia “numantina”  precisamente en Calagurris, frente a los ejércitos pompeyanos y durante las Guerras Sertorianas.

Podrá decirse en este sentido que la tradición guerrera del mundo hispano céltico, no desaparecerá con la llegada de Roma. Antes bien se integrará gradualmente en sus ejércitos, siendo el reclutamiento en las legiones de Roma la salida más natural que frente a la romanización, encuentran esas gentes que han vivido imbuidas por el universo de las fratrías guerreras, las clientelas y las correspondientes jefaturas. Que duda cabe que a partir de Augusto y según fue afianzando su presencia en las legiones, las unidades de auxiliares hispanos irán pareciéndose cada vez menos al modelo étnico del que procedían, y se irán asimilando cada vez más al modelo del ejército regular romano (García Quintela 1999: 294-295). Este proceso podremos considerarlo como la integración y asimilación definitiva del modo de vida de las “mannerbünde hispanas”, en el mundo de las legiones de Roma.

El modo de vida de los guerreros de procedencia hispana, traslada así su escenario a las legiones romanas y la ética heroica y sus correspondientes estereotipos simbólicos del mundo hispano céltico, se verán ahora enmarcados y condicionados por la instrucción y la vida en campaña de las legiones. Es en este nuevo escenario en el que habrá que plantearse hasta qué punto la ideología guerrera de la antigua Hispania prerromana, podría haberse mutado o evolucionado de mano de la romanización, a un nuevo nivel de mayor amplitud política.

Planteamos pues el tránsito de un modelo heredero de la Edad del Hierro: el modelo “bárbaro” de sociedades de jefaturas, clientelas y simbolismo heroico; al modelo “romano” propio de una sociedad estatal y urbana, un modelo militar, ciudadano y de culto imperial. El destino final del “guerrero celtibérico”, es así transformarse en legionario de Roma, y en los amplios márgenes del mundo romano, encontrar nuevos escenarios en los que continuar viviendo en la tradición guerrera de sus antepasados (lám. I).

Lamina I: Jinete lanza en ristre en una moneda de mercenarios hispanos (según Quesada Sanz 2009b: 173).
Lamina I: Jinete lanza en ristre en una moneda de mercenarios hispanos (según Quesada Sanz 2009b: 173).

Hispanos en las legiones Romanas:

Desde las lejanas guerras del Peloponeso, los hispanos habrían ejercido la labor de guerreros a sueldo y aliados de considerable importancia, a lo largo de casi todas las guerras del mediterráneo antiguo. Durante las Guerras Púnicas fueron fuente inagotable de unidades auxiliares, tanto para cartagineses como para romanos, y en el caso púnico llegaron a ser pieza fundamental de la estructura de sus ejércitos (Quesada Sanz 2009b y Peralta Labrador 2009b).

Este carácter mercenario y auxiliar de los guerreros hispanos, cambiará a partir de Augusto. El ejército romano se convierte en un factor de romanización para las provincias y ya sea como ciudadanos o ya sea como peregrini encontramos que los indígenas hispanos pasarán a formar parte de las unidades regulares del ejército romano. Especialmente llamativo es el caso de las llamadas “unidades auxiliares permanentes”, que se crean en este momento y que se convertirán en el principal vehículo de alistamiento en las provincias (Roldan Hervás 1997a, Abascal 2009c, Morillo 2009 y Gárate Córdoba 1981: 105-117). Lo que permitirá a los antiguos contrincantes de los ejércitos romanos, continuar su “modus vivendi”, pasando a formar parte de las legiones.

Estas unidades permanentes de auxiliares se formarán con grupos étnicos homogéneos, y durante mucho tiempo los hispanos serán los principales proveedores de este tipo de fuerza a los ejércitos de Roma. Siendo el fenómeno del alistamiento de reclutas hispanos en las legiones, un fenómeno acaecido fundamentalmente desde Augusto y hasta las postrimerías del Alto Imperio, en tiempos de Septimio Severo y Caracalla. Su punto de máxima intensidad se alcanzará entre finales del siglo I y primera mitad del II, para posteriormente ir decreciendo el fenómeno del reclutamiento en provincias y a partir del 250 d.C. prácticamente desaparecer (Roldan Hervás 1997b y 1997c, García y Bellido 1998: 159-177, Abascal 2009c: 301-303 y 2009b: 289-295 y García Quintela 1999: 292). En las legiones romanas de esta época los reclutas no provendrían de los territorios del Imperio, sino de allende de sus fronteras. Principalmente de Germania.

Aproximándonos un poco más al detalle de los reclutamientos en Hispania, podemos comprobar cómo las zonas más tardíamente incorporadas a Roma, y las que se opusieron mediante enfrentamientos bélicos a su penetración, serán precisamente las que proporcionarán la mayor parte de estos contingentes de unidades auxiliares permanentes. Encontrándonos así y principalmente con unidades de celtíberos, arévacos, vacceos, lusitanos, vettones, cántabros, astures, galaicos y vascones. Estas unidades, a diferencia de lo ocurrido hasta Augusto, al pasar a formar parte de las estructuras del ejército romano, perderán su atuendo y armamento propio. Debiendo organizarse de acuerdo a las costumbres romanas, y vestir y armarse como legionarios romanos, en contingentes estimados entre 500 y 1000 combatientes (Roldan Hervás 1997a, Abascal 2009c y Gárate Córdoba 1981: 105-117).

Los datos que poseemos con respecto a este tipo de unidades reclutadas en Hispania durante el Alto Imperio, si bien no son numerosos si son bastante significativos. Así podremos decir que a partir de Augusto encontraremos soldados hispanos por todo el Imperio: en África, en Britania, en las fronteras del Rhin y el Danubio, en Oriente Próximo o Egipto (fig. 1).

Figura 1: Mapa del Imperio romano con los principales asentamientos de auxilia hispánicos (según Abascal 2009c: 304).
Figura 1: Mapa del Imperio romano con los principales asentamientos de auxilia hispánicos (según Abascal 2009c: 304).

Las unidades de auxiliares permanentes, como ya hemos explicado, se armarán y organizarán según el sistema táctico romano, siendo así su propia labor en los ejércitos de Roma, un vehículo para la expansión de la “romanitas” en áreas débilmente romanizadas como pudiera ser Cantabria, o diversas regiones del interior de la Lusitania y la Celtiberia. Es así que encontramos cohortes de cantabrorum-una de ellas situada en Judea desde la segunda mitad del siglo I-o alas asturum al otro lado del Imperio Romano, junto al muro de Adriano.  Pudiendo recogerse testimonios seguros de 80 unidades de hispanos en los ejércitos de Roma, unidades de asturum, arevacorum, gallaecorum, ausetanorum, vettonum, celtiberorum, o vasconum. (Abascal 2009c: 304-312 y Roldan Hervás 1974).

Es muy difícil saber el numero general de hispanos incluidos en estas unidades, pues no nos han llegado todas las unidades que hubo, y con el paso de los años la composición de las mismas podía variar, pues las bajas se suplían normalmente, con reclutas de la misma zona en la que estuviesen acampadas, ya sea Britania, Germania o África. Si bien es verdad que en todo cado podremos estimar un número muy alto de reclutas hispanos, aunque solo sea por las cerca de 80 unidades de procedencia hispana constatadas (Roldan Hervás 1974 y 1997a y Gárate Córdoba 1981: 395-396).

Será también interesante reseñar como el ejército romano hasta César, es fundamentalmente un ejército itálico y romano, con puntuales unidades de auxiliares de otros territorios. Siendo realmente a partir de César, que se convierte en un verdadero ejército Imperial, con legionarios provenientes de todas las provincias, heterogéneos y diversos, y al tiempo participes de un mismo concepto de romanidad universal simbolizada en la figura del César.

Llegado el Bajo Imperio y como ya hemos señalado, el ejército perderá su carácter provincial, su formación a partir de contingentes provenientes de las provincias. Esto no será sino un debilitamiento de la vocación integradora del cuerpo diverso del Imperio, a través de las legiones. Lo que no sería a nuestro parecer, sino un debilitamiento de la “ideología del Imperio”, en el sentido del valor superior y espiritual que se asigna a la institución imperial, como integradora desde la romanidad, de un vasto conjunto de pueblos y tradiciones. El ejército romano se convertirá así a partir de este punto, en una suerte de ejército “bárbaro”, fundamentalmente germano, a las órdenes de Roma. Lo que no será a nuestro entender, sino una de las señales del principio del fin del Imperio, cuyos verdaderos miembros no participarán ahora de ese culto al Emperador en clave guerrera que tenían las legiones y que habría sido, según nuestro punto de vista, uno de los vectores de la solidez del Alto Imperio.

Dicho esto en gran medida como apreciación personal.

Lámina 2: Estela funeraria de Pintaius, originario de una aldea asturiana. Portaestandarte de la cohors IV Asturum, estacionada en el Rhin. Copia del original conservada en el Museo Römisch-Germanisches Museum de Bonn (Alemania). (Fondo personal del autor).

Esta “hispanización” del ejercito romano, terminará de consolidarse llegados los Flavios, que crearán numerosas cohortes de hispanos a lo largo de todo el territorio Peninsular, muchas de ellas referidas a grupos étnicos o a conventos jurídicos, caso de celtiberorum o de bracaraugustanos, y muchas de ellas referidas de nuevo al genérico Hispania e Hispanorum. Este mismo proceso continuará con Trajano y Adriano, que llevando el Imperio a la cima de su poder militar, harán de Hispania una de las fuentes principales de efectivos para las legiones. Siendo en tiempos de Trajano que conquistándose la Dacia, en la actual Rumania, y habiendo nacido el propio Trajano en el solar de Hispania, se dará una especial presencia de hispanos en los ejércitos romanos. Lo mismo podrá decirse de los tiempos de Adriano, y de cuando se levante su muro homónimo al norte de Britania y frente a los llamados Pictos de Caledonia-actual Escocia-donde serán enviadas cohortes de Hispanorum, asturum, bracorum, vardulorum, o un ala de Hispanorum Vettonum a los que se situará cerca del actual Bath, en Gales (Gárate Córdoba 1981: 105-117 y Roldan Hervás 1974). Debiendo señalarse la presencia en Britania de una Legión VIII Hispana que en la rebelión del 119 d.C. será aniquilada por completo. (García y Bellido 1998: 168).Cabrá mencionar en este sentido cómo, cuando Vespasiano desmovilice las guarniciones romanas en Hispania, aumentará en principio el reclutamiento, que ahora ya no se circunscribirá al norte, oeste e interior Peninsular, y se extenderá a todo el territorio hispánico, incluida la Bética. Siendo durante estos años cuando la presencia de hispanos en el ejército de Roma alcance su máxima expansión,  recogiéndose casos de alae Hispanorum, a modo de genérico para toda Hispania, y unidades con referencia no ya étnica, sino urbana y relativa a la ciudad de donde proceden los reclutas. Son los casos de unidades de Segisamo, Bracara o Toletum (Roldan Hervás 1997a y 1997b y 1974). Cabe resaltar también cómo legiones legendarias como la I Auditrix, VI Victrix o X Gemina, que defendieron durante años la línea del Rhin, cubrirán sus bajas fundamentalmente con reclutas hispanos (lám. 2). Siendo destacada por Tácito (Hist. IV, 33, 3)  la acción de las cohortes vasconum en las luchas del Rhin, contra la rebelión de Civilis (Roldan Hervás 1997c y 1974).

No podemos cerrar este apartado sin comentar a la Legión VII Gemina, reclutada íntegramente en Hispania por Galba para oponerse a Nerón, y que luchará hasta la extenuación cubriéndose de gloria en la batalla de Cremona, contra Vetilio y por la supremacía de Vespasiano (García y Bellido 1998: 161-162 y 172 y Abascal 2009a: 284-285 y 1986). Siendo aquí donde perderá hasta la mitad de sus efectivos, debiendo suplir las bajas con restos de otras legiones y ganándose desde entonces, el apelativo de Gemina.  Después será enviada a la frontera con Germania desde donde una vez terminadas las campañas en el alto Rhin, se afincará definitivamente en el norte de Hispania y en el año 75 d.C. Exactamente donde ahora se levanta la ciudad de León. (García y Bellido 1998: 171-177). Esta Legión VII Gemina, durante el mandato de Marco Aurelio, será la que baje desde su asentamiento en el norte Peninsular hasta la Bética, para hacer frente a la invasión que desde Mauritania amenazaba los territorios del sur Peninsular[1] (García y Bellido 1998: 170-171 y 186-196).

Tras Marco Aurelio podrá decirse que comenzará el lento declive del Imperio Romano, dándose ya a partir de ese momento una progresiva germanización de los ejércitos de Roma. Consideramos que en este proceso podría estar dándose una relajación entre los propios ciudadanos del Imperio, de las funciones guerreras asociadas al culto al Emperador y la “mística” del Imperium. Entrábamos así en el Bajo Imperio y con él, la presencia de guerreros hispanos irá también desapareciendo progresivamente de los ejércitos de Roma. La Hispania guerrera de la Antigüedad, presente desde las guerras entre griegos y cartagineses en Sicilia y en el 480 a.C. (Quesada Sanz 2009b: 166, se diluía tras siglos de “servicio” culminados con su integración en el “modelo imperial” que generó el mundo romano. A partir de la segunda mitad del siglo III d.C. y al igual que el resto del Imperio, comenzaba una lenta decadencia que culminaría con las invasiones bárbaras y la correspondiente caída de Roma[2].

[1] Llegado este momento histórico, habrá que entender que los pueblos de Hispania, aún cuando algunos de ellos pudieran mantener su identidad prerromana (entendemos así a cántabros o vascones) todos ellos en mayor o menor grado, estarían integrados en cualquier caso en la “romanidad”. En la “Roma Imperial” cuyas legiones se formarán con romanos de todas las provincias, de distinta procedencia (Galia, Hispania, Dacia o la propia Roma) pero unidos todos en un ente superior que es el Imperio. Imperio al que se otorga una dimensión religiosa y sagrada y no simplemente política, y en el que por decirlo así, pueden aceptarse y “federarse” todos los cultos siempre y cuando éstos, no pretendan suplantar el valor superior de la institución imperial. Esta unidad en la diversidad y diversidad en la unidad a partir de una institución política a la par que religiosa, y en cuyo seno pueden tener ciudadanía romana tanto un itálico como un hispano, será fundamental para entender qué cosa fue Roma y la romanitas.

[2] Con la caída de Roma, concluiría un ciclo histórico completo que marca definitivamente la identidad de la Europa tradicional. La Cristiandad  medieval sucede a Roma como fase histórica de nuestra civilización y en dicho Medievo europeo, los andamiajes políticos creados por Roma en torno a la idea de Imperium, seguirán presentes con renovadas formas surgidas ahora en gran medida de la tradición cristiana. Es así que podría decirse que la épica de Homero y la filosofía griega (con Platón y Aristóteles a la cabeza), junto al ideal romano del  Imperium  prefigurado ya por César, más la cultura guerrera que traen los pueblos bárbaros  y todo ello, en maridaje con la tradición cristiana y desde la propia cosmovisión de dicha tradición, terminará por dar forma a los fundamentos de la Europa tradicional pre moderna.

Más adelante el Renacimiento, la Reforma Protestante, la Ilustración, el Romanticismo y las revoluciones contra el Antiguo Régimen (con Francia como paradigma revolucionario), darán lugar a toda una nueva fase histórica en la cual se decantará la Europa moderna propiamente dicha. Nuestro tiempo histórico no será sino fruto de dicha Modernidad y entender todo esto proceso en sus dos grandes fases históricas, creemos es esencial para entender la claves de nuestra civilización.

Ir Arriba