Saber quienes somos, conocer nuestra Historia, entender nuestra época…

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Gonzalo Rodríguez - page 11

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Pervivencias ancestrales de la España Mágica

en España por
Lámina II: Diablos de Luzón. Vestidos y tiznados de negro, con grandes cornamentas, cencerros y dentadura “feroz” hecha con patata cocida. (Alfonso Romo. Gabinete de prensa. Diputación de Guadalajara).

De las Xanas y Cúlebres, a las botargas, romerías y Vírgenes de la Encina.

Del universo feérico de las Hadas, los Gigantes, los espíritus del Bosque o el Hombre Lobo; a las mascaradas de invierno en la España más rural y ancestral, entre cencerros, rostros tiznados de negro, grandes cornamentas o feroces morriones; pasando por peculiares romerías en apartadas ermitas donde antiguas vírgenes aparecidas en árboles centenarios, nos recuerdan una lejana sensibilidad pagana…

 

Todo ello como un patrimonio etnoarqueológico desde el que aproximar una mirada a la España más ancestral y atávica, como una pervivencia residual del antiguo sustrato céltico e ibérico de nuestros más lejanos antepasados.

 *

Un anexo de nuestra tesis doctoral trató el tema del “Celtismo Contemporáneo” como un fenómeno a tener en cuenta en nuestro época, tanto por sus implicaciones espirituales como identitarias. A partir de dicho anexo hemos podido escribir un libro llamado precisamente “El fenómeno del Celtismo” del cual extraemos este fragmento para colgarlo en nuestro blog.

 

De todos los seres “fantásticos” que “rondan los caminos, peñas y ríos” de España y pueblan la imaginación del campesino premoderno, los más comunes no serían tanto los grandes dioses del panteón pagano (de cuyo testimonio en fuentes clásicas podremos tener cierta familiaridad) como los seres “numinosos” de menor entidad, cuyas referencias se encuentran mayormente en el ámbito popular de la pura leyenda, el cuento y la tradición oral[1]. Es lo que se ha venido a llamar el “universo feérico”, poblado por figuras femeninas como las ninfas, xanas y sirenas, por “genios” como el Nubeiro, o por gigantes terribles como el Ojancano. Y es que quizás precisamente, los grandes dioses del panteón pagano habrían sido los primeros en ser absorbidos por el cristianismo toda vez éste, se convierte en la religión oficial del Imperio Romano y el signo distintivo de la civilización medieval. Siendo entonces en el ámbito de los “elementales”, del sentir la naturaleza como ente animado dotado de alma en cada uno de sus elementos fundamentales: la tierra, el bosque, las aguas, las cumbres, las cuevas… que pudiera haberse conservado la antigua memoria de la Europa precristiana.

Es así como un mitema tan conocido como el de la sirena, podemos encontrarlo desde la Odisea a las leyendas medievales irlandeses, en un arco geográfico y temporal distante pero de muy posible fondo común en la antigua raíz indoeuropea. Y es que el estudio del universo feérico invita a una lectura comparada de mitos y leyendas en el que se destilan tanto raíces comunes, como un mismo sentir por decirlo así “Mágico”, de las fuerzas y misterios de la Naturaleza.

Tenemos de este modo en la cultura popular del noroeste Peninsular y vinculadas a las aguas a esas Xanas y Mouras que hemos señalado anteriormente cuyas características, no difieren de las ninfas del mundo clásico y que de carácter “semidivino”, maravillosas y terribles a un mismo tiempo, custodias de tesoros, raptadoras de niños, propietarias de mágicos amuletos y anuncio y puerta al “mundo invisible del Sidhe”, apenas se diferenciarán tampoco de las Hadas de las leyendas irlandesas.

En la misma línea, el folclore popular del noroeste Peninsular hará especial hincapié en una suerte de “dragón rural” que será la Cúlebre. Terrible serpiente gigante y alada del norte de España, arrasadora de prados, devoradora de ganados, atemorizadora de pastores y aldeanos, que como un dragón de cuento también deben ser derrotada por “un héroe”, también guarda tesoros o aprisiona doncellas y también se guarece en pozas y cuevas húmedas y oscuras. Convirtiéndose en el rival a batir, en la prueba a superar, en el peligro y maldición a desterrar para devolver la paz a la comunidad.

Y es ciertamente la serpiente un animal de simbolismo polisémico más aún en la figura del dragón, entendido éste como serpiente alada. Pero en lo que nos atañe al folclore popular, la Cúlebre no dejará de estar vinculada a lo telúrico e ínfero. A lo subterráneo, oscuro y húmedo. Ya sea esto en el ámbito más externo de las cuevas, simas y pozas del mundo natural, como a los propios subterráneos del alma si queremos entender también estos mitos, en una clave más espiritual. Y es que Xanas y Cúlebres quizás no solo deban entenderse como referencia al anima del las aguas y las cuevas, sino también y respectivamente a las facetas acuosas y oscuras del alma.

Y también en este breve repaso al universo feérico del noroeste de España podremos encontrar al “gigante terrible” de cumbres y montañas o islas solitarias. Es el Ojancano. Personaje del folclore popular cántabro y asturiano, tuerto y de fuerza descomunal asociado a parajes naturales especialmente indómitos y salvajes, amigo a su vez de lobos, forajidos y proscritos. Gigante que arrojará piedras desde los riscos a los caminantes, hacedor de estrechos desfiladeros y cortantes barrancos y que parecerá concentrar los males de la brutalidad y la crueldad, al modo de los Trolls de la tradición escandinava. Siendo a su vez en la tradición popular de las montañas cántabro-astures quien siembra el rencor, la envidia y el odio en el corazón de los aldeanos.

En los bosques por otra parte habitaría el Busgosu. Suerte de fauno de la cornisa cantábrica y genio de los rincones más remotos del bosque. También de la violencia sexual y la lascivia ciega del “celo” animal. Junto a los Ojancanos de las montañas y peñas, las Xanas y Sirenas de las aguas y las Cúlebres de las cuevas y pozas, el Busgosu de los bosques bien parecerá otra personificación más de las fuerzas misteriosas de la naturaleza. De esa concepción del mundo natural como un mundo “animado” que posee cualidad de “alguien” y no meramente de “algo” y que a su vez, puede ser reflejo simbólico de las distintas facetas del alma humana.

Es así también importante dentro del universo feérico del noroeste de España, la figura del Nubeiro. Señor de las tormentas, la lluvia, el granizo y los fenómenos meteorológicos. Genio del cielo atmosférico que en ocasiones se hace acompañar de carneros, lobos o cuervos así como de vestimentas oscuras, lo que puede invitar a pensar no solo en un feérico de los fenómenos atmosféricos adversos sino también y quizás, en una antigua divinidad del trueno y la tormenta degradada a “mero folclore”.

Otra leyenda del universo feérico que podemos también traer a colación en este brevísimo repaso podría ser, el mitema del “caballo espectral”. Que aparece inopinadamente en los caminos y arroja al incauto que osa subirse a su grupa a las aguas de pozas o ríos donde éstos se ahogan. Aguas que en el mundo céltico son símbolo del tránsito al Más allá y que en ocasiones parecerán poder llevar a la víctima del “caballo espectral”, de ida y vuelta al Reino de los Muertos. También serán reseñables las leyendas sobre lobos, hombres lobo y “lobisomes”, en Galicia, Portugal y Extremadura, posible eco de antiguas tradiciones de las fratrias guerreras y que incluso podrán sorprendernos con interesantísimos paralelismos, como el que encontramos en una cerámica ibérica de Elche (Fig. 4). En ésta, un joven guerrero armado con un venablo y en un paraje de foresta, se enfrenta a un gigantesco lobo metiendo su mano en la boca y agarrándole por la lengua en lo que parecería, una suerte de prueba u ordalía de un héroe fundador. Siglos después y en Asturias encontramos leyendas de hombres enfrentados a lobos en el bosque a los que derrotan, aferrándolos por la lengua. Leyendas e imagen cerámica que parecerán tener a su vez paralelo con la leyenda escandinava de Tyr, que pierde su mano al haberla introducido en la boca del lobo Fenriz como garantía mientras lo ataban con una cuerda encantada (Almagro Gorbea 2013: 272-273). Analogías de un lado a otro de España y de un lado a otro de Europa alrededor de lo que parece un mismo mitema en torno a la figura del lobo.

Figura 4: El “joven guerrero” frente al gigantesco lobo agarra su lengua. Una más que posible antigua leyenda que a día no podemos conocer en detalle pero de cuyos paralelismos, podemos inferir un posible sentido iniciático (Imagen en www.contestania.com).
Figura 4: El “joven guerrero” frente al gigantesco lobo agarra su lengua. Una más que posible antigua leyenda que a día no podemos conocer en detalle pero de cuyos paralelismos, podemos inferir un posible sentido iniciático (Imagen en www.contestania.com).

 

Y leyendas también en torno a los pozos y los manantiales subterráneos, con las tradiciones del pozo Airón y el “genio” del pozo[2]. Asociado a desaparecidos, ahogados, sapos, sierpes y a una suerte de “numen” que viviría en el pozo. Y las leyendas sobre los “trasgus”, en Galicia, Asturias y Cantabria y el duende martinico en Castilla. Vinculados por lo general a los hogares, siempre burlones y en ocasiones malévolos y análogos en gran medida al Goblin del folclore británico y centroeuropeo. Y por supuesto las leyendas de mouros en Galicia, que no sería los “moros” invasores africanos medievales, sino seres y criaturas anteriores a la llegada del Hombre a Galicia. Seres que duermen de día, trabajan de noche, levantan dólmenes y castros, custodian tesoros y que funcionarán de una manera muy similar a todo el mundo feérico que se documenta en las islas Británicas alrededor del mitema del “pueblo escondido”.

En general y esta es solo una levísima pincelada que tampoco tiene sentido aquí alargar o detallar más, los diversos seres fantásticos del folclore popular parecerán remitirnos tanto al ámbito de una sentir el mundo natural como animado o “dotado de alma”, como quizás a una más profunda lectura en la analogía del alma humana respecto de dicha “alma natural o universal”. Debiendo reseñarse en todo caso el paralelismo que podrá establecerse entre dicho mundo feérico Peninsular, y el que se encuentra y documenta en el ámbito de las Islas Británicas, e incluso en el ámbito escandinavo o de la antigua Grecia. Todo ello indicándonos un mismo sentir o misma mirada aún distanciada por el tiempo y la geografía, pero unida en la misma raíz ancestral indoeuropea.

Y en la misma línea podrá plantearse la cuestión de las leyendas sobre “procesiones de ánimas” o “comitivas espectrales”, concretadas en el folclore español en las leyendas sobre la Santa Compaña y la Güesa. Procesiones de difuntos y “almas en pena” aciagas para quien se cruce con ellas y que de nuevo, tendrán interesantísimos paralelos a lo largo del mundo celto-germánico de Irlanda a Escandinavia. Como el caso de la Fairy Host irlandesa o la Sluagh escocesa. También quizás en el ámbito análogo de las leyendas vascas del “cazador negro” y las almas de suerte funesta que le siguen, posible eco lejano de la “caza salvaje” que acompaña “al viejo dios pagano de la magia y la muerte”, convertida ahora en maldición desde la perspectiva cristiana.

Junto a estos personajes del universo feérico y las diversas leyendas sobre muertos y ánimas, todo ello aquí muy sucintamente señalado y a modo de mero indicativo, la indagación etnoarqueológica deberá necesariamente detenerse también en las fiestas populares. Y a la hora de aproximarnos a éstas, habrá que tener presente en todo momento el antiguo calendario céltico: Seis meses de Luz, seis meses de Oscuridad. Con puntos centrales de ambos periodos en los solsticios de Invierno y de Verano, ahora en Navidad y noche de san Juan, y fiestas principales en primavera y otoño del Beltaine en Mayo y el Samhain en Noviembre. Calendario en el que se organizarán las tareas del campo de una manera natural, de acuerdo a las propias estaciones, y para las cuales se darán unos determinados significados de orden espiritual y cósmico. Una visión cíclica del tiempo y el universo para la cual se incidirá, en la conciencia de un constante dinamismo de frio y calor, día y noche, sol y luna, todo organizado en torno a un eje central fijo e inmóvil, sostén “del sistema” que como en una inmensa rueda cósmica, es “centro” Inmutable y Eterno en torno al cual gira el círculo continuo del devenir, lo contingente y perecedero. Aquí la “rueda solar” o Swastika, tan abundante en el registro arqueológico como en la tradición popular, parecerá ser la correspondiente representación simbólica.

Sobre dicho calendario pagano se habría dado aparentemente, la superposición del mundo y las creencias cristianas, sus ciclos de Navidad, Carnaval, Cuaresma, Semana Santa, Virgen de Agosto, Santos y romerías… La Noche de San Juan-solsticio de Verano-será en este sentido especialmente interesante. Pues se recibe al “gran Sol” con bailes y música, y se “cruza la noche” más corta con fogatas y saltos rituales. También será interesante el día de Todos los Santos y la Noche de Difuntos. El Shamain céltico y el comienzo del Invierno, la noche de los antepasados, el homenaje a los ancestros y la reconexión con ellos. Y entonces la fiesta de las calaveras de ánimas. Tan conocidas como adulteradas desde la vulgarización del Halloween norteamericano, y también rastreables a lo largo y ancho de la geografía española. En éstas quizás el simbolismo céltico de la cabeza como sede del alma, quizás también el propio rito de las “cabezas cortadas”, tan caro al mundo céltico. Y del mismo modo la asociación de las calaveras de difuntos a los “mozos” de los pueblos, la noche, la ingestión de bebidas alcohólicas y también a cierta irreverencia u osadía. Lo que podría estar señalándonos el antiguo “banquete guerrero” del Samhain y sus ritos de confraternización e iniciación.

Al hilo de esta última referencia señalar también las llamadas “fiestas de mozos”, todavía relativamente abundantes en diversas áreas de España y muchas de ellas asociadas a mascaradas: las conocidas Botargas de la Alcarria, o los antes mencionados “Carochos” de Campo de Aliste en Zamora, o el interesantísimo caso de los Zamarrones de Saelices. Mozos vestidos de negro que corren y saltan hasta la ermita del pueblo, y que junto a las “Caballadas de Atienza”, con jinetes nocturnos y vestidos también de negro, parecerían formas residuales de antiguos ritos de iniciación guerrera. El carácter misógino de la “Caballada de Atienza” parecería abundar en esta idea, así como el hecho de que los Zamarrones funcionarían como “una sociedad dentro de la sociedad”, un grupo aparte pero dentro de la comunidad. Una suerte de mannerbünde o “sociedad de hombres” que representa a la comunidad, la defiende, pero se sitúa más allá de ella.

Fiestas similares se podrán encontrar en infinidad de pueblos y áreas rurales de toda España y de toda Europa, y pueden ser a nuestro parecer un filón muy importante en el estudio etnoarqueológico de nuestro folclore (Lám. II)

Lámina II: Diablos de Luzón. Vestidos y tiznados de negro, con grandes cornamentas, cencerros y dentadura “feroz” hecha con patata cocida. (Alfonso Romo. Gabinete de prensa. Diputación de Guadalajara).
Lámina II: Diablos de Luzón. Vestidos y tiznados de negro, con grandes cornamentas, cencerros y dentadura “feroz” hecha con patata cocida. (Alfonso Romo. Gabinete de prensa. Diputación de Guadalajara). 

Hemos mencionado en relación a los Zamarrones de Saelices, la presencia de una ermita en el rito. De nuevo en un ámbito cristiano, en este caso la ermita, la posible pista de un folclore de orígenes paganos. Es decir, interesantísimo para el ámbito de la etnoarqueología el estudio de las Vírgenes y las ermitas rurales, de las fiestas y ordenaciones del territorio establecidas a partir de las mismas. De ritos “circumbalatorios”, de división de términos municipales en cuatro partes con la ermita en el centro, o de apariciones de Vírgenes sobre árboles, principalmente encinas y robles. Y asociado a dichos árboles la bellota, el fruto del Quercus y entonces la bellota, como símbolo de fuerza y fecundidad. Como elemento esencial de la dieta en la Hispania céltica y como símbolo de poder todavía presente, en el bastón de mando de las alcaldías de algunas localidades especialmente rurales de España.

En definitiva, un amplio universo de seres fantásticos, fiestas populares, vírgenes y santos trenzados de paganismo, árboles sagrados y ermitas rurales, mascaradas y fiestas de mozos, y antiguas leyendas que recuerdan a viejos mitos, que nos ponen frente a la posibilidad de acercarnos, aunque sea lejanamente, a unas mentalidades no ya premodernas, sino quizás abiertamente precristianas.

La idea será así que el folclore rural Español, conservado en las zonas más apartadas de nuestra geografía, si bien ya quizás muy degradado y exangüe, nos estaría mostrando la materialización en el ámbito de la cultura popular, de ese pasado de creencias “numinosas” en un “alma misteriosa” del mundo. Alma oculta en cumbres, bosques, océanos, arroyos apartados o animales salvajes, y que mediante ritos y fiestas queda armoniza con el mundo de los Hombres. Formándose entonces un todo orgánico en el que “los dioses y los Hombres”, conviven manteniendo un equilibrio que no es, sino el orden mismo del Universo. Obviamente una idea como esta nos avanza lo que podríamos llamar “sensibilidad pagana”, quizás todavía residual en estos fenómenos culturales objeto del estudio etnoarqueológico. En parte por esto último dicho estudio no deberá ser dejado de lado, y lo que nos pueda enseñar el folclore, ser respetuosamente salvaguardado.

[1] La bibliografía aquí es amplísima y son abundantísimas las webs que de modo divulgativo tratan esta cuestión, no siempre con el debido rigor que cabría esperar. Nosotros en este trabajo, que pretende ser mayormente una reflexión sobre la cuestión del Celtismo, dejaremos aquí señalados algunos textos que sí que consideramos interesantes tanto en el ámbito más académico, como en el más divulgativo. Pero en ningún caso esta reseña pretenderá ser exhaustiva y una vez señalados a pie de página, no los recogeremos después en el grueso de nuestra argumentación más que puntualmente.
Destacamos así en el ámbito más académico a Reyes Moya 2012, Almagro-Gorbea 2013, Lorrio 2007, Alberro M. 2004 o González Echegaray 1980. En el ámbito más divulgativo lo más relevante consideramos que sería Callejo Cabo 1998, 1999 y 2000. Y Callejo Cabo y Canales Torres 1995 y 1997. Después también puede ser interesante Martín Sánchez 2002, y después una gran cantidad de obras divulgativas con mayor o menor trabajo de campo como puedan ser: Sordo Sotres 1995, Vaqueiro 2004 o Arrieta 1999… Cabe quizás mencionar una obra casi seminal en esta cuestión como García Lomas 1964.
 Acercándonos a ellos desapasionadamente y con cierta precaución, pero dotados de un enorme interés, hay que señalar aquí necesariamente dos libros más: El crespúsculo celta de William, B. Yeats (1985) y La comunidad secreta de Robert Kirk (2009). Auténticos clásicos en cuanto a lo feérico se refiere.
[2] Para el tema del Pozo Airón ver Lorrio 2007.

El papel del Folclore y la Etnoarqueología en el estudio de las raíces de España y Europa.

en España/Espiritualidad por
El folclore y la etnoarqueología en España y Europa

La Cultura Celta, más allá de su realidad histórica, ha llegado a ser un referente de determinadas formas de cultura popular de nuestro tiempo. Es lo que nosotros llamamos “El fenómeno del Celtismo”. A dicho “Celtismo” del siglo XXI hemos dedicado un anexo de nuestra tesis doctoral. A partir de dicho anexo hemos podido escribir un libro llamado precisamente “El fenómeno del Celtismo” del cual extraemos este fragmento para colgarlo en nuestro blog.

En el mismo planteamos que el estudio del folclore no puede ser ya dejado a un lado si queremos conocer las sociedades célticas y las raíces mismas del sustrato cultural europeo. Desde ámbitos académicos y hasta la simple divulgación pasando por los eruditos locales y los folcloristas, cada vez parece más claro que hay algo en el mundo tradicional más ancestral que nos acerca a las creencias de la Edad del Hierro. Ese algo debe ser reconocido, estudiado y puesto en valor. Incorporado como elemento de juicio y comprensión de qué cosa fue la céltica europea y a partir de ahí, como sana orientación para el Celtismo de nuestro tiempo.

El estudio del folclore y la etnoarqueología a día de hoy y desde ámbitos académicos, se está planteando como una posible fuente para el conocimiento de la Protohistoria, especialmente a la hora de afrontar cuestiones relacionadas con las concepciones sociales y la espiritualidad (Reyes Moya, P. 2012).

Frente a las visiones estrechas para las cuales el pasado solo podía estudiarse desde un determinado número de fuentes coetáneas, renovadas líneas de estudio e indagación plantean la potencialidad de un trabajo multidisciplinar en el que arqueología, folclore, fuentes clásicas y literatura tradicional pueden darse la mano. Acercándosenos entonces una “ventana” desde la que asomarnos a las mentalidades de la Protohistoria Europea. Especialmente en el ámbito de las creencias, los principios y valores. En el ámbito de la “religión”, entendida ésta como parte orgánica y esencial de las sociedades antiguas. Parte de la que no siempre los testimonios arqueológicos podrán darnos debida cuenta (Reyes Moya, P. 2012: 1-5).

El desprecio del Hombre Moderno por la tradición así como el estilo de vida mecanizado de nuestro tiempo, deja atrás y sepulta en el olvido siglos de conocimiento y construcciones cosmológicas ancestrales en las que un riquísimo patrimonio inmaterial, daba testimonios sociales, jurídicos y religiosos de un mundo que en muchos casos y con seguridad, se remontaba a la Edad del Hierro. Emerge así la idea de una continuidad de fondo desde la Prehistoria reciente, hasta la Historia posterior. Con una visión menos rupturista entre las distintas fases históricas. Como si por decirlo así: “los sistemas culturales invasores hubieran dejado mayor margen de maniobra y continuidad a las sociedades invadidas”. De este modo, será posible plantear la necesidad apremiante de coordinar con inteligencia las fuentes que trabaja esta renovada vía de estudio, especialmente en el ámbito de los testimonios orales y antes de que desaparezcan los últimos “hombre y mujeres-memoria”. Esos que aún hoy, pueden transmitir unas costumbres y tradiciones de origen ancestral, desde el mismo contexto en el que las aprendieron (Reyes Moya, P. 2012: 507-511).

Y no nos encontramos aquí frente a una cuestión menor… pues de todos los “sistemas culturales invasores”, el más laminador de toda tradición y creencia habrá sido la Modernidad. Y ésta, sí que habrá supuesto en numerosísimas ocasiones el final de sistemas culturales tradicionales cuyo conocimiento y análisis a día de hoy, pueden reconocerse como línea de investigación prioritaria para el estudio de la Hispania céltica.

Atendiendo a cómo el mundo hispano céltico nos remite a instituciones y cosmovisiones ancestrales de origen indoeuropeo, rastreables en distintos rasgos comunes de un extremo a otro de Europa, el estudio de la Hispania céltica desde el folclore y la etnoarqueología, se nos revelará capaz de ilustrar no ya la Protohistoria Peninsular, sino las raíces mismas de Europa (Reyes Moya, P. 2012: 508 y 511).

*

Se plantea así que la tradición folclórica de las zonas más rurales de España, especialmente en lugares del noroeste Peninsular no obstante no solo de esta área, puede ser estudiada en ocasiones como una ventana desde la que asomarnos, aunque sea en la lejanía, a principios, creencias e instituciones del mundo hispano céltico. En la misma línea, un trabajo similar podrá hacerse en el ámbito de las leyendas populares y la literatura tradicional premoderna (Almagro-Gorbea 2013), la cual también podrá suponer un reencuentro con las raíces protohistóricas y célticas de España. Y del mismo modo, cabrá plantear la adaptación por parte del Cristianismo, de algunos mitemas especialmente significativos del mundo hispano céltico. Tal será el caso del jinete heroico y guerrero y la figura de Santiago Matamoros, “guerrero celestial” e “Hijo del Trueno”, arquetipo heroico montado en su caballo blanco e imagen que conectará perfectamente, con el mundo de símbolos y principios de la tradición guerrera y ecuestre de la Hispania céltica (Almagro-Gorbea 2005).

La idea es entonces, que en determinados elementos de la cultura popular más antigua, y especialmente en la preservada en las zonas más rurales de España, pudiéramos estar recibiendo trazas diversas de los que fue el mundo cultural de la Hispania pagana y céltica. Este mundo habría pervivido disimulado y oculto en fiestas, leyendas, romerías, personajes míticos del mundo feérico, romances y tradiciones y en general, en todo un universo folclórico que de ser debidamente mantenido, recuperado y estudiado, puede darnos interesantísimo frutos en el conocimiento y reencuentro con las raíces célticas de la identidad Española.

Siendo importante entrar a valorar aquí la cuestión del folclore y desde el punto de vista que venimos señalando, como una cuestión de “pervivencias”. Cuestión que estará en el centro de todo estudio etnoarqueológico. Esto es: ¿Hay en el folclore pervivencias auténticas de las tradiciones y costumbres del pasado? Más aún ¿hay en el folclore pervivencias de la Edad del Hierro, del mundo Hispano celta; de lusitanos, celtíberos, astures y cántabros? ¿Es lícito usar el término “pervivencias” para aquello que podamos encontrar de interés en el folclore popular, o nuestras “pervivencias” no dejan de ser estructuras universales de pensamiento? (Arizaga Castro y Ayán Vila 2007: 463-464).

Estas preguntas serán clave para el debate etnoarqueológico y de ellas derivarán las premisas de la que debemos partir a la hora de estudiar el folclore popular, si queremos discernir aquello que realmente nos remite al pasado más remoto.

Tratando de abundar en claridad y concreción diremos, que el trabajo etnoarqueológico tiene que ser capaz de entender que folclore puede ser en un momento dado casi cualquier cosa: una canción popular, un traje regional o una romería… y que todo folclore es a su vez antropología. Ahora ¿es también arqueología? Bien, pues cuando dicha romería se celebra en el “Castro de san Torcuato (el santo del torques) y la comitiva procesional sube al santuario intemporal del “Pico Sacro”, parece ser que ciertamente sería lo más razonable pensar que sí (Arizaga Castro y Ayán Vila 2007: 447).

De igual manera el tema de las mouras encantadas gallegas, las xanas asturianas, las anjanas cántabras, las mairiak de Vascongadas y por otra parte las nereidas, ninfas o lamias del mundo grecolatino. Remitiendo todas ellas a un mitema análogo desde el Mediterráneo hasta los relatos medievales irlandeses pasando por el noroeste Peninsular, repitiéndose los motivos y comportamientos en un análogo universo feérico (Arizaga Castro y Ayán Vila 2007: 466-467 y 469) ¿No debería invitarnos a pensar en una “lejana supervivencia”? ¿No es acaso la etnicidad céltica una manifestación más del complejo y polimorfo mundo indoeuropeo? ¿No sería razonable entonces encontrar ahí la clave de tan interesante equivalencias a lo largo y ancho de Europa?

El oeste de Irlanda, la isla de Man y el interior de Gales, el noroeste Peninsular o lo altiplanos sorianos se configuran, entre otras muchas áreas de Europa, como paradigma de zonas periféricas de gran riqueza etnográfica y paisaje tradicional en cierta medida “fosilizado”. Su folclore, tradiciones y leyendas podrán sugestionarnos así la idea de “ecos lejanos de otro tiempo” y ciertamente el estudio serio de la cuestión y como venimos planteando, señala en esa dirección. Siendo entonces que con mayor razón, conviene manejarse con cuidado y rigor…

Es decir, el estudio etnoarqueológico estará llamado en gran medida a saber perfilar qué tipo de información es la que estamos recibiendo a través del folclore y cómo debemos valorarla: Desde la posibilidad de una de pervivencia del pasado lejano, hasta la manifestación de un patrón antropológico universal, pasando por la interpretación “arqueológica” que de un resto antiguo, estaría haciendo el saber popular (“los tesoros escondidos” de la “leyendas castreñas” gallegas serán aquí especialmente representativos (Arizaga Castro y Ayán Vila 2007: 452-57).

Es a partir de todo este orden de cosas que parece claro cómo debe platearse el estudio etnoarqueológico: Primeramente recopilando datos, haciendo el trabajo de campo y documentando tradiciones y folclores antiquísimos antes de que estos desaparezcan definitivamente con las nuevas generaciones. Más difícil el siguiente paso, en el que habrá que trazar sobre estos datos, las vías de una correcta interpretación. Los caminos para poder fondear en dichos datos, y encontrar las posibles pervivencias del mundo pagano precristiano. Aquí quedaría todavía un largo trecho por andar y en todo caso y a nuestro entender, será un ámbito llamado a darnos interesantísima información si sabemos interpretar correctamente, lo que nos llega desde “la tradición”. Hablamos de fiestas populares como la de los Zamarrones de Saelices, cerca de Segobriga, de ejemplos de arquitectura popular como el chozo asturiano, de objetos simbólicos como las calaveras de ánimas la noche de difuntos, de “lugares encantados” como el pozo Airón o de mascaradas y botargas de año nuevo como los “Carochos” de Riofrío de Aliste en Zamora…

En definitiva, un marco de estudio y trabajo que está aún por desarrollarse y que además en España, parece poder ser especialmente fértil debido a la gran cantidad de zonas rurales que han conservado sus más ancestrales tradiciones. De éstas, entendemos que con las debidas precauciones y matizaciones podríamos extraer elementos ideológicos y culturales provenientes del fondo atávico de los pueblos de España y Europa. Debiendo reconocerse para dichas tradiciones un valor de patrimonio cultural que debe ser cuidado, estudiado y conservado, sin por ello caer en interesadas y burdas recreaciones que con demasiada frecuencia, terminan por hacer un flaco favor a aquello mismo que quieren reivindicar.

Año 2015: España en el Laberinto

en España por
España en el Laberinto del minotauro.

En el 2015 se cumplen 40 años de la muerte de Franco, lo que es tanto como decir que hace 40 años que comenzó para España un nuevo periodo histórico que hoy día parece afrontar un cambio de etapa. Un cambio en el que la propia realidad de España se desdibuja y es puesta en solfa, y en el que antiguas problemáticas respecto de nuestra identidad y realidad nacional se enredan una vez más, generando confusión y zozobra.

Repensar España será así tarea fundamental de nuestro tiempo y aunque solo sea para a nivel personal resistir a la propaganda, la demagogia y la confusión, planteamos seguidamente algunas pautas y reflexiones que a modo de “Hilo de Ariadna”, permiten salir del Laberinto…

España sufre a día de hoy una Crisis de Nación, una Crisis de Identidad. Sin esta crisis el independentismo sería marginal e irrelevante para la vida política española.

Gran parte de esta crisis es debida al nacionalismo. A la ideología nacionalista. Ya sea por lo que fue en el pasado el nacionalismo por decirlo así “españolista” del franquismo, ya sea por el nacionalismo secesionista y antiespañol del separatismo catalán o vasco de nuestro tiempo. Este nacionalismo de un lado y otro enturbia y confunde la cuestión identitaria española.

Frente a este problema tanto la izquierda como la derecha españolas actuales parecen no saber dar una respuesta ni entender el problema. La izquierda, porque aparenta estar completamente fuera de juego respecto de la cuestión identitaria española, de la que parecen no tener si quiera conciencia. Y la derecha, tecnocrática y economicista, en la que a un aparente desinterés por la comprensión de la realidad desde las Humanidades, acompaña una obsesión por lo que llaman “marca España”, que poco o nada tiene que ver con la dimensión y cuestión identitaria de lo español y sus problemáticas.

Los orígenes de la problemática identitaria española pueden posiblemente rastrearse en las problemáticas de la España tradicional y premoderna a la hora de engarzarse en la propia Modernidad. Problemáticas que se traducirán en las dificultades para dar a luz un auténtico proyecto español de comunidad política y cultural en el Mundo Moderno.

En todo caso, y más allá de la reflexión y discusión sobre dichos orígenes, en lo que ahora nos atañe la cuestión fundamental es que el problema no lo tenemos tanto con el “hecho diferencial” catalán, vasco, gallego o andaluz… como con la ideología nacionalista propiamente dicha, y la ausencia a su vez de una verdadera conciencia identitaria española.

No tenemos así un problema con lo identitario catalán, vasco o gallego… tenemos un problema con el nacionalismo y el uso que éste hace de lo identitario. Uso que solo puede prosperar y resultar verosímil en sus tergiversaciones, en el contexto de una ignorancia e inconsciencia de la identidad común española. En el contexto de una suerte de “ignorancia de nosotros mismos”.

Paradójicamente, dará la impresión de que dicha carencia de una consciencia identitaria española, dicha combinación de “ignorancia, indiferencia y complejo” respecto de lo español, habrá nacido en gran medida como consecuencia del nacionalismo franquista y su uso abusivo e ideológico, unilateral y de parte de España y lo español.

Apropiación del nacionalismo franquista de la cuestión identitaria española, que una vez agotado el franquismo, parecería habernos dejado acomplejados y confusos respecto del valor y sentido de la propia españolidad. Toda vez que además dicho nacionalismo franquista, tiene en frente suyo los distintos nacionalismos secesionistas como “contra imagen y sombra” de su propio existir y accionar. Nacionalismos secesionistas que como en un movimiento pendular han hecho de los últimos 40 años una ocasión para su desarrollo, aprovechando dicho complejo y confusión.

El problema que afrontamos es así un problema no tanto político o económico como ideológico. Un problema con la ideología nacionalista, de un lado y del otro, y sus consecuencias y proyecto.

Insistimos en este sentido en que no hay un verdadero problema con el “hecho diferencial” catalán o vasco, sino con el plan que el nacionalismo separatista, desde el comienzo mismo de la democracia del 78, ha tenido, mantenido y cultivado con la excusa de dicho “hecho diferencial”. Plan que responde más a la ideología que a la realidad, para el que apenas cabe autocrítica ni cuestionamiento interno, y que a su vez no hubiera en ningún caso prosperado si no hubiéramos vivido en ausencia de una conciencia identitaria española. Ausencia larvada paradójicamente en otro nacionalismo, el nacionalismo franquista.

El problema es así el nacionalismo en sus diversas formas: centralista y separatista, pero nacionalismo en todo caso. Vicio y perversión de la virtud del patriotismo y adulteración y malversación de la sana conciencia identitaria.

En este orden de cosas creemos que no es exagerado decir que España se encuentra, desde hace quizás algo más de 100 años, en ausencia de un principio espiritual de cohesión nacional. Y es en ausencia de dicho principio, que ha prosperado entre nosotros el nacionalismo en sus formas más perniciosas. Si dicho principio hubiera estado asentado, el nacionalismo y sus problemáticas nunca hubieran llegado hasta el punto en que ahora se encuentran y estamos convencidos de que a día de hoy estarían en el ámbito de la marginalidad política.

Repensar España es así tarea fundamental de nuestro tiempo y en ella la conciencia identitaria española, común y a su vez diversa y heterogénea, debe saber imponerse a las adulteraciones de todo nacionalismo, cuyas argumentaciones difícilmente resisten la objetividad. Debiendo llevarse a cabo esta labor de mano de la reelaboración de esos principios espirituales de cohesión fraternal, sin los cuales la deriva nacionalista y el laberinto en el que nos ha metido no terminará de quedar atrás.

En este sentido y aunque solo sea para a nivel personal resistir a la propaganda, la demagogia, la confusión, y no dejarnos llevar por los disparates nacionalistas o desanimarnos frente al paramo identitario español, planteamos seguidamente algunas pautas y reflexiones.

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En primer lugar, España, en su recorrido histórico político, étnico cultural y desarrollo antropológico, es una raíz común de la que surgen los distintos pueblos y regiones de España. España no es así una comunidad de vecinos de la que se entra y se sale sin más. No somos pueblos extraños entre sí conviviendo en un mismo lugar. Somos un conjunto de pueblos hermanos de cuya, por decirlo así, “consanguinidad” histórico cultural no podemos sustraernos sin romper la unidad familiar, sin afrentarnos entre hermanos, sin faltar a nuestra raíz común.

Tenemos de este modo las mismas raíces y somos las mismas gentes pero con diferentes “ramas”, “estilos” o personalidades colectivas. Pueblos hermanos que, cada cual a su manera, participa de una genérica “cultura española” o “ser español”, que todo visitante extranjero reconoce en cuanto pisa nuestra tierra. Hermanos así en una suerte de España pre política. Una España cultural y antropológica anterior a su cristalización en un proyecto político concreto. Una España de la que en este sentido se es no por sentimientos o filiación política, sino como el universo cultural, antropológico y étnico de hecho, a partir del cual hacemos nuestra vida y nuestra persona. Españolidad de hecho para la que nuestros sentimientos de españolidad o inclinaciones políticas ni aportan ni quitan nada al hecho de ser españoles. Pues en este ámbito, se es español no por filiación política o sentimental sino por identidad cultural y antropológica. Se tenga conciencia de ella o no.

Somos en este sentido una de las identidades colectivas de Europa, como puedan serlo los británicos o los escandinavos, y con mayor o menor acierto, y conforme a nuestras circunstancias y vicisitudes históricas, hemos conseguido “no dejar de ser españoles” y darnos un proyecto político común de siglos de antigüedad.

Dicho esto, España no solo será así una raíz común cultural, antropológica e histórica, sino que además, habrá sido con distintas formas y peculiaridades, un proyecto político común para dicha raíz y su diversidad de pueblos y regiones. España es también, y valga la redundancia, el proyecto político para las gentes de España.

Desde la Hispania Romana, que aglutina en un mismo ente administrativo a los distintos pueblos de la Hispania Antigua, al Reino godo de Toledo, primer “Regnum Spaniae” y, por ende, proyecto político común para toda España. Del ideal neogótico que en algún momento informó a todos los reinos de la España cristiana frente al Islam; León, Navarra, Aragón o Portugal… a esos primeros “españoles” que se mencionan en el Reino Franco para referirse indistintamente a los habitantes de Aragón, los condados catalanes y en general la Marca Hispánica. De la unión territorial de los Reyes Católicos y el rey Fernando afirmando que dicha unión “restaura” la unidad del reino godo de Toledo, a un Cervantes o un Lope de Vega que en repetidas ocasiones afirman su condición de españoles y su convicción política española.

España como proyecto político no es así un invento de Franco… no es una cascara vacía sin refrendo histórico a lo largo de los siglos. La España política es por el contrario una larga andadura, con luces y sombras, aciertos y desaciertos, mayor o menor consciencia por parte de los españoles, pero realidad inapelable que, desde la objetividad, no puede ser negada…

Dicha España política, por otro lado y como hemos señalado anteriormente, no se habrá construido sobre una miríada de pueblos extraños, naciones en sí mismas sin mayor vínculo entre sí que la vecindad territorial… No, no habrá sido así… La España política se ha proyectado y desarrollado sobre pueblos hermanos de raíces comunes, partícipes todos de una diversa pero fehaciente “cultura española” o “ser español”. Lo que nos configura como uno de los grupos étnico culturales de Europa (el de los españoles) grupo que como conjunto poseerá a su vez subgrupos dentro de sí, como puedan ser los catalanes, castellanos, vascos, extremeños o andaluces. Pueblos hermanos que no vecinos.

Vecinos tenemos. Marruecos y el Magreb son nuestros vecinos, y a la vista está que no son españoles ni nosotros marroquíes. También a la vista estará que si Marruecos y el Magreb son vecinos, Cataluña y Aragón son algo más, son pueblos hermanos…

Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa, ningún pueblo de España existe por sí mismo como raíz propia desvinculada del tronco común de lo español. No somos una comunidad de vecinos… esto no es verdad. No hay distancias insalvables en nuestros distintos perfiles y personalidades colectivas como para considerarnos gentes extrañas. Somos pueblos hermanos y como tales políticamente debemos actuar.

Todo ello nos conduce en puridad a afirmar la existencia de un ámbito cultural español del cual participan los distintos pueblos y regiones de España, una “dimensión identitaria española”. Además, nos conduce a aspirar, más allá de desavenencias, desencuentros y rencores, a un proyecto político común para todas las gentes de España. A una España política que, unida en la diversidad y diversa en la unidad, de traducción política a nuestra hermandad antropológica, histórica y cultural.

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Castilla, finalmente y en gran medida, capitaneó el proceso político de reunificación que supone el Medievo español tras la invasión islámica y la caída el reino godo de Toledo. Pero esa capitanía fue disputada por todos en algún momento del Medievo, ya sean Navarra, Aragón o Portugal, y todos ellos, al igual que Castilla, conforme al mismo ideal neogótico y la misma vocación de protagonismo e impronta en las distintas regiones de España. Castilla finalmente fue la que se impuso por los motivos que fuera y el castellano ha terminado siendo, desde hace mucho tiempo, la lengua común de toda España. Esto, sin detrimento de que existan otras lenguas españolas, como el catalán, el gallego o el vascuence, que siendo españolas no han tenido la repercusión del castellano. Esta preponderancia del castellano solo desde la ideología nacionalista puede usarse como arma arrojadiza, ya sea para laminar las otras lenguas de España, ya sea para hacer valer un independentismo antiespañol.

Por otro lado, este Medievo español nunca puede ser entendido si obviamos al reino godo de Toledo y su “Regnum Spaniae”. Su “Reino de España”, primera realidad política de una España unida que, como ideal de “unidad perdida”, alimentará el discurso neogótico de todos los reinos cristianos surgidos en España tras la invasión musulmana. Unidad perdida que afirmará el propio Fernando el Católico al hablar de “restauratio” con la conquista de Granada y que afirmará el pueblo llano cuando, en sus romances sobre la invasión islámica, la llamen literalmente: “La Pérdida de España”.

Españoles que como tales ya son señalados, en la Edad Media y en el mundo franco, los habitantes de la Marca Hispánica – ya sean aragoneses o catalanes – o donde Navarra y Aragón son señalados como reinos de España, en los versos del Cantar de mío Cid.

Del mismo modo, los conflictos entre foralismo y centralismo, entre federalismo medieval y austracista y centralismo borbónico, son conflictos no entre naciones sino entre modelos administrativos fruto de diferentes filosofías políticas. No son conflictos identitarios y de nación a nación, sino que para el caso concreto de la Guerra de Sucesión, suponen el enfrentamiento entre un modelo territorial de raíces medievales, y por tanto sesgos confederales, y un modelo centralista de raíces modernas e ilustradas. Modelo austracista y modelo borbónico que, en ningún caso, podrá suponer una lucha nacional de Cataluña contra España y que, por el contrario, es reflejo de las convulsiones que en toda Europa está produciendo el paso de la Europa tradicional a la Europa moderna. Conflicto que se prolonga durante el siglo XIX y al que también podrán adscribirse las Guerras Carlistas, enarboladas en no pocas ocasiones por el nacionalismo vasco como excusa justificadora de su discurso.

En este sentido, el largo, problemático y cruento proceso de cerca de tres siglos a través del cual España se va incorporando a la Modernidad (proceso que casi nos atrevemos a decir que concluye con la muerte de Franco), no es escenario de luchas nacionales por la independencia, sino escenario de guerras civiles entre españoles. Guerras civiles que no son sino la parte española de la “guerra civil europea” que supuso el tránsito de los modelos tradicionales de raíces medievales, a los modelos modernos enraizados en la Ilustración y la Reforma Protestante.

Solo la ideología nacionalista es la que haciendo uso tergiversador e interesado de la Historia, pretende que dicho proceso histórico sea reflejo de una lucha nacional por la independencia. Solo la ideología nacionalista, considera que aquellos conflictos son albur de una “lucha contra España y por la libertad”. Y es que como hemos señalado anteriormente, nuestro problema no es con el “hecho diferencial” de unos u otros, sino con el discurso que el nacionalismo quiere hacer de dicho “hecho diferencial” aún a riesgo de manipular la Historia.

En este sentido hay que insistir en que el problema que plantea el separatismo es en gran medida un falso problema, pues existe fundamentalmente porque hay nacionalistas. Y la razón de ser de los nacionalistas en primer lugar, e independientemente de todos lo demás, es crear su nación. Esto aún a costa de falsear y retorcer la Historia, falsear y retorcer las palabras y conceptos, exacerbar las identidades colectivas, enfrentarlas entre sí o dividir la sociedad. Y claro está, desde 1978 el nacionalismo no habrá hecho sino avanzar paulatinamente hacia donde indefectiblemente su propia naturaleza le tenía que conducir: la revuelta contra el Estado. Obviamente dicha revuelta se habrá visto precedida de la correspondiente demagogia y victimización en torno a ofensas y agravios a los que solo ya la independencia podría dar una respuesta digna…

Y sin embargo, la verdad es que si no existieran nacionalistas o, mejor aún, si la ideología nacionalista hubiera quedado desenmascarada, difícilmente se habría llegado al punto en el que ahora nos encontramos y los nacionalistas no dejarían de ser una opción minoritaria y marginal.

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Ahora, dicho todo esto, hay que hacerse cargo de que nos enfrentamos a “generaciones perdidas” para las que nada de lo que se pueda argumentar les va a hacer cambiar de opinión. Tenemos enfrente nuestro numerosísimas personas con las que difícilmente se puede argumentar racionalmente, pues han hecho una adhesión sentimental y casi religiosa a los dogmas del separatismo. “Suras del separatismo” que repiten como consignas de una religión revelada en las que la posibilidad de dialogo argumental, objetivo y racional es apenas posible. Y aún siendo evidente que no estamos hablando ni de religión ni de sentimientos, la deriva dogmática y sentimental está tan presente en no pocos ámbitos del nacionalismo separatista que tenemos que hacernos cargo de que el diálogo será prácticamente imposible. Pues sin un basamento de objetividad y racionalidad el diálogo político no es tal.

Del mismo modo, ya sea por el Franquismo, ya sea por la Guerra Civil, ya sea por alguna otra razón que se nos escapa, en esos mismos ámbitos del separatismo más acérrimo es fácilmente reconocible una profunda endofobia. Un odio a España y lo español y a todo lo que pueda simbolizar la presencia y realidad de España (más aún en el contexto de las regiones que se quieren independizar), que de nuevo nos retrata un perfil y discurso de difícil contra argumentación racional[1]. Pues lo que tenemos en frente es una exacerbación sentimental y prejuiciosa en la que España es caricaturizada de manera denigrante a través de tópicos casposos, que se enarbolan a modo de prueba fehaciente del carácter fracasado y rancio de una nación a la que no se pertenece y hay que dejar atrás.   De nuevo, frente a planteamientos como estos, poco o nada se puede hacer desde el diálogo. Y guste o no lo que estoy diciendo ahora, será una triste realidad el saber que en muchas ocasiones, en frente nuestro y en este debate, tendremos personas con las que será dificilísimo conversar de acuerdo a un horizonte de objetividad. Ni que decir tiene que en dichas posturas habrá mucho de contra imagen del discurso análogo pero antitético, que durante años se mantuvo por parte de algunos sectores del franquismo. Resultará así paradójico pensar que los últimos coletazos del franquismo no están tanto entre los nostálgicos del 20N, como entre quienes siguen luchando contra Franco 40 años después y desde el nacionalismo separatista…

Por otra parte, y quizás por el mismo motivo, la izquierda española no ha hecho sino ponerse de perfil con esta cuestión. Como acomplejada por España ha trasmitido, en no pocas ocasiones, la impresión de entender España más como un entramado jurídico que conforma un estado que como una realidad cultural, histórica y antropológica que conforma una nación de la cual dicho estado no es sino su plasmación política. Es sintomática la insistencia en no pocos sectores de la izquierda en hablar de “Estado Español” para referirse a España, y poner entonces el acento de la realidad nacional no en España sino en Cataluña, País Vasco, Galicia e incluso Castilla. España no tendría así sustancialidad nacional, y sí la tendrían sus regiones, siendo entonces que el estado central a la mínima resultará sospechoso de “españolismo”, de “franquismo”, de “centralismo”, de “fascismo”… Hasta tal punto llegará este dislate que el ámbito de la cultura popular afectada de endofobia y en maridaje de nacionalismo separatista e izquierda irredenta, a la música hecha en España se la llama “música estatal”, “rock estatal” o “movida estatal”. Negándose a decir que tal o cual banda de Rock es una banda de Rock español o de Rock hecho en España… En fin, otra muestra más de la dimensión casi patológica que alcanza el separatismo, así como del lenguaje cargado de sofismas con el que insistentemente se adultera el debate y confunde deliberadamente las cosas.

Ni que decir tiene que la derecha tampoco habrá hecho mucho para corregir esta irregularidad de nuestro país y en ella los complejos también estarán presentes. España apenas es reconocida así desde la derecha como realidad identitaria y su existencia y defensa se centrará en la Constitución, la “marca España”, los éxitos internacionales de unos pocos empresarios españoles y los éxitos deportivos cuando los hay. Una España sin arraigo y sin apenas raíces en la Historia que parecerá poder solo ofrecerse y defenderse desde “el patriotismo constitucional”, la obsesión por la estabilidad económica y el triunfo en las competiciones deportivas.

Con un panorama tan enclenque, tan acomplejado, tan confuso respecto de qué cosa es España y quiénes somos y qué nos une, no nos debe extrañar la indiferencia con la que no pocos españoles viven estas cuestiones. Como si la identidad nacional común y su plasmación política en un estado fuera cosa de segundo orden, en la que todos pecan de nacionalismo (tanto los separatistas como los que se oponen al separatismo), repitiéndose entonces el “mantra” de que el problema territorial es un problema de choque entre dos nacionalismos obcecados. Siendo entonces la solución una suerte de relativización de lo nacional y un repliegue a las preocupaciones individuales del ámbito más puramente personal: nuestro trabajo, los ingresos, la nómina, la hipoteca…

Obviamente una sociedad en la que la cuestión identitaria es vivida de manera exacerbada desde el nacionalismo o vivida desde la más pura indiferencia individualista y relativismo, es una sociedad con un problema grave de auto conciencia y auto conocimiento. Con un problema de identidad.

En este orden de cosas no estará de más que al patriotismo social, del que se hace gala en algunos ámbitos políticos – que con razón señala como enemigos de nuestro país a la corrupción, la desigualdad, el paro, la falta de oportunidades, la agresión al medioambiente o la falta de empatía y solidaridad para con los más desfavorecidos – se le una también un patriotismo identitario capaz de defender sin complejos la realidad de España. Un patriotismo identitario que afirme nuestras raíces comunes como un valor y vector de fuerza y apoyo mutuo; y nuestra diversidad y nuestra unidad como realidades que nos constituyen y enriquecen, y que no deben ser manipuladas por ningún nacionalismo de un sesgo u otro. Un patriotismo en el que la lucha contra el separatismo sea también un frente del patriotismo social, pues detrás de dicho separatismo hay casi siempre una renuncia a la fraternidad entre pueblos hermanos y una llamada a la insolidaridad.

Por desgracia, no parece que entre los partidos que hacen bandera del patriotismo social, la más mínima conciencia identitaria común tenga lugar; y compran la “mercancía averiada” y “jerga falsaria” de los separatistas, llamando “derecho a decidir” a lo que no es sino “derecho de autodeterminación”, defendiendo incluso referéndums vinculantes para regiones concretas de España. Como si la propia ejecución de dichos referéndums no supusiese ya una decisión unilateral de una parte respecto de un todo, que nos afecta y vincula a todos

La ausencia de un sano patriotismo identitario común para todos, afirmado en la diversidad pero español y sin complejos, en unión con un imprescindible patriotismo social, capaz de señalar los desafueros de un sistema en el que dinero pesa más que las personas, será una de las carencias más lacerantes del panorama político español.

*

Tenemos así por delante una auténtica batalla cultural que trasciende el ámbito de la disputa política entre partidos; porque los complejos y limitaciones de las respuestas al separatismo desde la derecha y la izquierda, unido a la vivencia fuertemente ideologizada y sentimentalmente victimizada, exacerbada y en ocasiones incluso fanatizada del nacionalismo separatista, ha provocado la hegemonía cultural de este último. Una hegemonía en la que solo la adhesión a sus postulados o a la ambigüedad respecto de la realidad nacional española son tenidas por respetables, dejándose caer sobre cualquier otra opción un manto de sospecha de “españolismo”, “fascismo” o pensamiento reaccionario. Como si para el ámbito de la cuestión territorial solo en el nacionalismo separatista o en la relativización del valor de la unidad de España pudiera encontrarse una actitud de progreso y modernidad. Siendo la defensa de la Unidad posible prueba de una mentalidad casposa, rancia y anticuada… Defensa en la que no pocos creadores de opinión en radio y televisión evitan entrar, aun no siendo ellos nacionalistas y por un prurito de progresía que podría ponerse en duda si frente a los separatistas no muestran paños calientes… Hasta tal punto habrán llegado aquí los complejos que en España hemos tenido que aguantar cómo políticos de la más alta responsabilidad se manejaban con remilgos a la hora de reconocer la realidad nacional e histórica de España…

Es así a nuestro entender que en esta batalla cultural habrá que dar el Do de pecho, y esto independientemente de por donde vaya a discurrir nuestra malhadada situación política o económica. Es decir, más allá de cómo se desarrolle el conflicto territorial en las disputas políticas entre partidos, es el ámbito de la cultura donde tendremos que asentar en nosotros mismos y afirmar allá donde fuera necesario, y conforme a nuestra circunstancia personal, el convencimiento racional de que España existe y es una realidad histórica, étnico cultural y antropológica objetiva. Que diversa y heterogénea es un conjunto de pueblos hermanos de raíces comunes que tienen más que ganar que perder en la constitución de un proyecto político común. Proyecto solidario, de esfuerzos, fatigas y alegrías compartidas que, independientemente de su flexibilidad territorial, no puede quedar socavado en su unidad. Que ha llegado el momento de que, sin complejos ni veleidades nacionalistas, recuperemos una concienciación identitaria común respecto de nuestra condición de españoles. Españolidad que no será sino una rama más del gran árbol de la identidad europea. Afirmando desde aquí un patriotismo social en el que ninguno de nosotros pueda quedar tirado en la cuneta sin mayor culpa que haber sido una persona humilde y honrada, pero en el que tampoco vayamos a aceptar que se levanten fronteras entre pueblos hermanos. Una nueva España, regenerada y reubicada en su Historia e Identidad, reconciliada consigo misma, unida en la Fuerza, diversa en la Riqueza, solidaria y fraternal, que pueda ofrecerse a las generaciones que vienen como horizonte de esperanza y compromiso más allá del laberinto en el que unos y otros la han metido…

[1] Aquí el caso del separatismo etarra habrá sido especialmente horroroso, con un fanatismo nacionalista que no ha puesto freno al odio y se ha entregado de manera obscena al asesinato, el secuestro y el crimen sin hacer examen de conciencia, y en permanente auto justificación demagógica a partir de todo tipo de excusas y en la más flagrante insolvencia ética y moral.

¿Qué son los cuentos de Hadas?

en Espiritualidad por
¿Que son los Cuentos de Hadas?

Hadas, Gnomos, Ondinas, Duendes, Elfos… seres de un imaginario mágico que hace parte fundamental de la cultura popular y tras cuyas leyendas y cuentos, subyace algo más que un mero entretenimiento para niños. Historias que nos acercan una concepción del Mundo enraizada en la Tradición con mayúsculas, y de cuya pista los más antiguos mitos pueden darnos cuenta. Inofensivos relatos para muchos descreídos que sin embargo, son una puerta abierta a una espiritualidad que vuelve a mirar el Mundo y la Naturaleza, como un lugar dotado de sentido y de significado. Como un lugar misterioso en el que el mecanicismo materialista de nuestra época resulta tan pobre y falaz, como pernicioso…

Conferencia impartida en las tertulias de la Librería Hoja Blanca de Toledo. Sita en el casco antiguo de la ciudad. En la calle Martín Gamero 6. En las tertulias que organiza desde hace años el profesor universitario y matemático Fernando Ruíz de la Puerta.

Itunes

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Espacios sagrados y Druidismo en la Hispania Céltica

en Cultura Celta por
El árbol Sagrado.

El “Bosque Sagrado” y la “Guerra”. El rito y el sacrificio. La naturaleza como santuario y la batalla como sacramento. La Magia y la Areté. Y “el Druida”, Maestro y depositario de la Tradición. Quizás también en la Hispania Céltica, de Lusitania a Celtiberia… En este fragmento de nuestra tesis doctoral y en un capítulo en el que nos acercábamos al tema de los dioses, y la posible existencia de un sacerdocio hispano céltico. Haciendo una disquisición previa imprescindible que hemos querido recoger aquí por lo interesante, para nuestro blog.

En el antiguo mundo celta, al igual que en general en el mundo cultural del Hierro, parecerá afirmase la presencia de lo sagrado en la realidad natural (Guyonbarc´h y Le Roux 2009: 326-332), de lo “Trascendente en lo Inmanente”. El Universo se contempla así como “Manifestación” y todo se convierte en potencial reflejo de la “Trascendencia”, sin que ningún todo agote la “Trascendencia”. El Absoluto puede ser así inabarcable e inasible, y sin embargo residir en el “alma” de las cosas. De ahí la relación espiritual que las religiones célticas establecen con determinado elementos del paisaje, especialmente con bosques y árboles, con el “bosque sagrado” o nemeton: nemora alta remotis incolitis lucis-“habitáis profundos santuarios en bosques remotos”-señalará Lucano sobre los druidas en su Farsalia (I, 453-454) (Guyonbarc´h y Le Roux 2009: 330).

Los Dioses célticos aparecerán de este modo y generalmente asociados con elementos de la naturaleza: Cumbres, fuentes, cuevas, ríos, bosques, árboles, buitres, caballos, lobos, toros, jabalís…todos ellos distintos elementos del mundo natural en los que parecerán presentarse de modo simbólico, las potencias del “mundo Invisible” (Marco Simón 2005: 217). Tendremos así que la noción de santuario al aire libre, de espacio natural como espacio de comunicación entre el mundo de los Dioses y el mundo de los Hombres, será fundamental dentro de las religiones célticas y así aparecerá recogido por dicha tradición a través del concepto de “bosque sagrado”, del anteriormente señalado nemeton (Marco Simón 2005: 219, Peralta Labrador: 239-241, Guyonbarc´h y Le Roux 2009: 326-332 o De Vries 1988: 195-196)[1]. Dándose la misma idea también entre los germanos al indicarnos Tácito cómo éstos: “no consideraban digno de la grandeza de los Dioses encerrarlos entre paredes ni representarlos bajo forma humana, consagrándoles bosques y arboledas” (Germ. IX, 3)[2].

Esta idea del nemeton o “bosque sagrado” nos estará señalando como lo “Invisible”, se “trasparentaría” o “comunicaría” con los Hombres a través de determinados escenarios del mundo visible, escenarios de especial fuerza y evocación como puedas ser los parajes naturales. Siendo de esta manera posible la comunicación y relación con dichas potencias invisibles y de manera predilecta, en el nemeton.

A nuestro parecer y como ya hemos indicado cabrán para el mundo céltico e indoeuropeo don niveles de acercamiento a “lo Invisible”[3]. Por un lado mediante determinados ritos y fórmulas por las cuales se renuevan los pactos, las armonías o se propicia el favor de las “fuerzas ocultas” del universo (Más allá Telúrico). Estaríamos aquí en el ámbito del reverso ritual y mágico de la religiosidad hispano céltica, y su escenario más propio sería el “paraje sagrado”.

Por otra parte, conforme a una orientación espiritual de participación y apertura del sujeto a las “esferas superiores” de la realidad invisible, mediante el seguimiento de un determinado ethos. Siendo estas esferas superiores el plano propiamente Sobrenatural (Más allá Celestial) con el que la relación que se establece nos es ya la de los rituales y formulaciones mágicas (Techné), sino la de un  ethos formativo forjador del alma de acuerdo a un ideal heroico orientador de la existencia hacia la Trascendencia, a través de la Areté. Obviamente aquí el escenario más propio de dicho ethos no es ya el nemeton sino la guerra y el combate, que serán tenidos como un lugar predilecto para el sacrum facere y “la Gloria” (Sopeña 1987: 131-138)[4].

De este modo en el “bosque sagrado” o nemeton, en la guerra y en la batalla, y también como hemos visto anteriormente en el banquete, encontraremos tres escenarios predilectos del mundo céltico. Escenarios que precisamente a través de las cofradías y élites guerreras se articularán conformando el universo propio de la cultura de las mannerbünde. Tenemos así y respectivamente un ámbito mágico y ritual, un ámbito ético y espiritual de vocación heroica, y un escenario de comunidad, encuentro e intercambio.

Por otro parte y conforme a esa doble vertiente-mágica y heroica-del mundo espiritual y religioso de las culturas hispano célticas y célticas en general, encontraremos diversas pistas que nos señalaran la posible existencia de personas especialmente vinculadas a la interacción respecto con el mundo invisible. Un ejemplo interesante se dará en el ámbito lusitano-galaico a través de su conocido hieróskopos, encargado de llevar a cabo sacrificios adivinatorios con víctimas humanas y animales: Silio Itálico (III, 344) nos dirá que durante la Segunda Guerra Púnica los jóvenes galaicos enviados  luchar con Aníbal “eran expertos en adivinar a través de las entrañas, los vuelos de las aves, y los divinos relámpagos”. La misma idea la recogerá Estrabón (III, 3, 6-7) al hablar de los sacrificios de los lusitanos. Siendo en esta cita donde se nos mencionará un hieroskópos u “observador de las cosas sagradas”, lo que podría ser interpretado como prueba de la existencia entre los lusitanos de especialistas de lo religioso, oficiantes de sacrificios y expertos en vaticinar a través de inmolaciones (González García 2007: 391-392). Por otra parte la práctica de los sacrificios humanos estará atestiguada entre las poblaciones de la Hispania céltica, caso de los bletonenses en la actual Salamanca (Plut. Quaest. rom. 83) de los lusitanos (Liv. Per. 49; Str. III, 3, 6) o de los pueblos del norte (Estr. III. 3, 7). No teniéndose referencias a la existencia de dichos sacrificios humanos entre los celtíberos y si obviamente y en general en el resto de la céltica europea, recogiéndose incluso en la mitología irlandesa (Blázquez Martín 2005: 227).

Si podremos reconocer entre los celtíberos y a través de sus repertorios cerámicos, escenas rituales oficiadas por personajes ataviados con gorros cónicos, similares por otra parte a los de determinadas divinidades y sacerdotes del mundo céltico. Personajes que portan jarras con clara función libatoria, que nos estarían señalando quizás la presencia de una posible función sacerdotal (fig. 5-7).

Por otra parte la existencia de dicho sacerdocio, pudiera no tener que extrañarnos, pues esta atestiguada la existencia de druidas entre galos y britanos (Guyonbarc´h y Le Roux 2009)[5], y para ambos pueblos podría inferirse una complejidad análoga a la de los celtíberos.

Entendemos en todo caso que la función esencial del sacerdote sería la función de mediación, de mediación entre lo visible y lo Invisible, entre los “Dioses y Daemones” por un lado, y los Hombres por otro. Esta mediación se desarrollará a su vez en dos niveles: alrededor de los sacrificios y el ritual[6], y alrededor de la salvaguarda de la “tradición”. Es decir, el sacerdote también como depositario del legado espiritual, religioso, cultural e ideológico de su comunidad (Sopeña 1987: 151- 153).

Escena de sacrificio con oficiante. Cerámica numantina

Figura 5-7: Escena de sacrificio con oficiante. Cerámica numantina. Obsérvese el vaso libatorio y el gorro cónico del “sacerdote” (Según Jimeno 1999).

Transmisor de los mitos, la historia y las leyendas que orientarán la formación ética y espiritual de los miembros de su sociedad, voz así de la conciencia de la misma: “(los druidas) disertan y enseñan a sus jóvenes sobre numerosas cuestiones, referidas a los astros y sus movimientos, el tamaño del orbe y de las tierras, la naturaleza, la esencia y el poder de los Dioses inmortales” (César, B.G. VI, 13-14). Un tipo de sacerdocio cargado de este modo de presencia y liderazgo dentro de sus comunidades y que podría estar también recogiéndose en la Celtiberia a través de la figura de Olíndico (Floro, Epit. II, 17,9), líder celtibérico que portando una lanza de plata que le habría “enviado el cielo” (la lanza como arma por excelencia del dios pancéltico Lug) y haciendo gala de facultades proféticas y mágicas, exhorta a los celtíberos a luchar contra Roma provocando un nuevo alzamiento en el 143 a.C. Un episodio éste similar a otros recogidos en la céltica centroeuropea y en los que los druidas dirigen revueltas militares contra Roma (Tác. Ann. III, 40-46). Siendo sintomático en este sentido el hecho de que el druidismo fuera rigurosamente prohibido por los gobernantes romanos: “Durante el principado de Tiberio César se eliminó a los druidas galos, esa ralea de adivinos-médicos” (Plinio el Viejo, Historia Natural, XXX, 13).

En definitiva, entenderemos que la existencia de una función sacerdotal de tipo druídico, más o menos desarrollada, podría estar dándose también en la Hispania céltica. Si bien no nos será posible a día de hoy y con la información de que disponemos, perfilar los extremos últimos de dicho y posible “druidismo” hispano céltico.

Por otra parte, volviendo a la idea de los espacios naturales como espacios propicios para la comunicación “con los Dioses”,  debemos entender que entre pueblos como los lusitanos, galaicos, astures, cántabros, celtíberos, vettones o vacceos; los montes, ríos y bosques, no serían solamente barreras naturales y fronteras privilegiadas entre diferentes comunidades. Sino que al igual que para muchos otros pueblos célticos europeos, constituirían verdaderos santuarios. Es decir, lugares puestos bajo el patrocinio de una determinada divinidad. Viriato pasa así los inviernos y según la interpretatio romana en un monte consagrado a la diosa Afrodita cercano al Tajo (Apiano, Iber. 64-66), y hace al tiempo de un espacio sagrado un refugio y guarida. Posiblemente la misma idea se encuentre en la huida a las montañas de los lusitanos perseguidos por Bruto (Iber. 71), y en los cántabros de Bergidum, que acosados por los ejércitos de Augusto se guarecen en el Mons Vidius (Floro II, 33, 49-50; Orosio VI 21, 4-7 y Dion Casio LIII 25, 2) (González García 2007: 408). En la misma línea podemos recordar la referencia de Marcial a un monte sagrado en la Celtiberia llamado Mons Caius (4, 55, 1-3), o el Mons Herminius en el que se refugiará frente a Julio César la última resistencia lusitana (Dion Casio 37, 52).

Estamos de nuevo frente a ese concepto tan característicamente céltico del nemeton o “bosque sagrado”, del paraje natural que es limítrofe entre el mundo visible y el mundo Invisible,  entre el mundo de los Dioses y Daemones y el mundo de los Hombres.

Un caso interesantísimo de este tipo de espacios y para la Hispania céltica será el santuario al aire libre de Peñalba de Villastar, en Teruel. Donde se encuentran alrededor de una veintena de epígrafes paleohispánicos de entre el siglo I a.C. y el I d.C. siendo de especial interés la inscripción referida al dios pancéltico Lug. Dios asociado desde la interpretatio romana a Mercurio-Hermes, y considerado el dios más popular entre los celtas. También será muy destacable su localización, fundamentada exclusivamente en el paraje y no en ningún tipo construcción que pueda dar lugar al surgimiento del santuario. Este lugar presenta un paisaje imponente de barrancos y crestas rocosas, que bien pudo servir de lugar de peregrinación para diversos pueblos, y que estaría situado estratégicamente en una zona fronteriza entre el mundo ibérico, y el mundo celtibérico (Alfayé Villa 2005).

Con respecto a esas inscripciones votivas grabadas en la roca, encontraremos lo que parece una ofrenda de campos y tierras de labor a Lug. Se mencionan también los nombres de los meses en los cuales se llevará a cabo dicha ofrenda, meses que podrían coincidir con la fiesta céltica del Lughnasadh de acuerdo al calendario celta de Coligny, calendario proveniente de las Galias y verdadero documento de ciencia druídica de época ya romana (Blázquez Martín 2005: 223-224). Indudablemente esta información relativa a Lug, y a este santuario ubicado en territorio celtibérico, nos ponen frente a la dimensión religiosa de la Celtiberia así como frente a elementos fundamentales de su panteón. Elementos que presentarán entonces interesante analogías respecto de lo que se ha podido documentar para el mundo céltico de las Galias o Britania.

[1] Marcial nos hablará de un encinar sagrado en Hispania, en el Mons Burado (4, 55, 23); de un monte sagrado en la Celtiberia, el Mons Caius (4, 55, 1-3) y de otro bosque sagrado en Hispania en Vadavero (I, 49, 5 ss). Justino por su parte nos señalará la existencia de un bosque sagrado en Galicia (XLIV, 3, 6).(Peralta Labrador 2000: 240).
 [2] El encontrarnos con la idea de “bosque o paraje sagrado” tanto en el mundo céltico como en el mundo germánico, nos induce a pensar en el nemeton como una idea espiritual propia de las culturas de la Edad del Hierro.
 [3] Estos dos niveles corresponderían a eso que hemos llamado “Más allá Celestial” y “Más allá Telúrico”. El primero de ellos Sobrenatural y  Trascendente y objeto de una vindicación ética. Y el segundo, preternatural y mágico y objeto del rito propiciatorio. El primero por decirlo así pone el acento en la Trascendencia y el segundo en la Inmanencia. Una inmanencia que hay que entender no en términos materialistas sino por decirlos así “animistas”: Esto es, escenario de “númenes” (numina)  o “genios y espíritus”  de las cosas. De una concepción del Mundo en la que las fuerzas de la Naturaleza “tienen Alma” (Anima Mundi).  Son “alguien y no algo”.
Allá donde las religiones tiendan a bandear hacia la Trascendencia de manera cada vez más unilateral, surgirán los monoteísmos. Allá donde las religiones tiendas a bandear hacia la Inmanencia, surgirá el panteísmo. Desviaciones el uno y el otro respecto de la relación y jerarquía entre “Cielos y Tierra”.
 [4] Sacrum facere: Mediante el sacrificio heroico el guerrero soltaría lastre de lo meramente natural y se elevaría hasta asociarse íntimamente con la Divinidad. Dando cumplida realización a una cierta metamorfosis por la cual el guerrero deviene en Héroe y por ende en “Hombre Superior” o semidiós (Sopeña 1987: 132-135).
 [5] “También hay unos filósofos o teólogos que son objeto de honores extraordinarios y reciben el nombre de druidas” (Diodoro de Sicilia, Hist. V, 31, 2-5); “(los druidas) se ocupan de todo lo que tiene que ver con los Dioses, están al cargo de los sacrificios públicos y privados y regulan el culto (…) se piensa que sus enseñanzas fueron adquiridas en Britania y desde aquí llevadas a la Galia” (César, B.G. VI, 13-14) ó “(los druidas) aseguran conocer el tamaño y la forma de la Tierra y el firmamento, el movimiento del cielo y los astros y el destino trazado por los Dioses (Pomponio Mela, Corog. III, 2, 18-19).
 [6] Sobre los conceptos de Religión, Ritual y Sacrificio ver Cabrera Díez 2010: 29-65 y Alfayé Villa 2011.

Leyendas para la noche de Todos los Santos: Toledo, sus Cuevas y el Diablo…

en Espiritualidad por
Toledo, sus Cuevas y el Diablo. Rutas Toledo Mágico.

Para la semana de Todos los Santos y Fieles Difuntos, que mejor que recuperar una antigua leyenda sobre las cuevas de Toledo y el mismísimo Diablo…

Las leyendas no son cuentos para niños. No son meras fantasias que inventan los mayores para contar a sus hijos antes de llevarlos a la cama. Las cosas no son así… las leyendas son el lenguaje de los símbolos y los arquetipos. Son el lenguaje de la Tradición cuando ésta se acerca a la vida humana, más allá  de las meras contingencias materiales de la existencia. Tienen siempre así una facenta espiritual que merece la pena tener presente, más aún en los tiempos que corren.

En el programa “Queremos hablar de Toledo” de ABC Punto Radio. Hablando de la Nigromancia toledana, de los arquetipos que se plantean en las leyendas que conocemos al respecto, y narrando una leyenda de un joven brujo, una cueva toledana y el mismísimo diablo… 

La Etnología, la Tradición y el Folclore.

en España por
Parque Nacional de Cabañeros

La Etnología, la Tradición y el Folclore como fundamento identitario y recurso económico.

Conferencia impartida en las segundas jornadas etnológicas del Parque Nacional de Cabañeros. En ella planteo que el patrimonio folclórico, etnológico y natural puede ser tanto un recurso económico sostenible, como una fuente de construcción espiritual de la persona y afirmación identitaria de la comunidad.

Itunes

El fenómeno del Celtismo

en Cultura Celta/España por
El fenómeno del Celtismo

La Cultura Celta, más allá de su realidad histórica, ha llegado a ser un referente de determinadas formas de cultura popular de nuestro tiempo. Es lo que nosotros llamamos “El fenómeno del Celtismo”. A dicho “Celtismo” del siglo XXI y su relación tanto con la cultura celta propiamente dicha, como con las pervivencias que de ésta puedan quedar en Europa así como de uso espurio que pueda hacerse de la misma, hemos dedicado un anexo de nuestra tesis doctoral. A partir de dicho anexo hemos podido escribir un libro llamado precisamente “El fenómeno del Celtismo” del cual extraemos este fragmento para colgarlo en nuestro blog.

 

En el mismo teorizamos sobre el por qué de un “Celtismo Moderno”, cómo es que puede haber surgido una fascinación por la Cultura y el Mundo Celta en nuestro tiempo, y que de bueno podríamos encontrar al respecto.

 

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El Celtismo en el Mundo Moderno:

La fascinación por la Edad del Hierro y la búsqueda de las esencias perdidas.

Situada a caballo de la Prehistoria y la Edad Antigua, la Protohistoria Europea y su correspondiente Edad del Bronce y Edad del Hierro del Hierro, se han configurado para el imaginario colectivo como una suerte de germen, en el que por un lado se superaría el primitivismo prehistórico y por otro, se habrían dado los pasos previos para la formación de las culturas y civilizaciones propiamente Históricas de la Antigüedad (principalmente el mundo grecolatino). Tiende así a ser tenida en no pocas perspectivas populares, como un firme, puente o enlace, que llevándonos más allá de la Prehistoria, prepara y anuncia los tiempos Históricos posteriores. Siendo entonces que como veremos, para según qué corrientes y a veces modas, la pervivencia de dichas culturas del Hierro en grandes áreas de Europa en tiempos de Roma e incluso posteriormente, en época medieval, hacen de dicho universo protohistórico una realidad de gran poder de sugestión. Más aún si nos detenemos en su enfrentamiento con Roma en la Antigüedad, o con la cristiandad medieval en tiempos de Carlomagno o de las invasiones vikingas.

De alguna manera, ese carácter de estadio previo a la Antigüedad y estadio superior a la Prehistoria, parecerá cargarla muchas veces como de un aura mítica y legendaria. Como de primeras y ancestrales “esencias puras” en las que se podrían encontrar los mimbres del posterior desarrollo de la Civilización, y del despliegue mismo de la historia de Occidente. Ese carácter como “esencial”, esa carga mítica y legendaria, provocará en no pocos aficionados y estudiosos, una fuerte fascinación. Como si en los tiempos protohistóricos de Europa pudiéramos encontrar una fuente primera en la que volver a beber desde la distancia de nuestro presente ciclo histórico, y desde una determinada concepción “decadente” de la Modernidad. Reencontrando entonces en la Edad del Hierro una “pureza” y un “sentido” que muchas veces se considerarán perdidos.

El tiempo histórico moderno duda así de sí mismo y busca una reorientación en el pasado, siendo entonces que algunas miradas se deleitan en la grandeza de la Antigüedad y en la cultura greco-romana, donde se tiende a decir que habría “empezado todo”. Otras miradas se detienen en el Medievo, cargándolo de un aura romántica e idealizada: con sus Cruzadas, Templarios, castillos, Reconquista o monasterios… Y otras miradas, quizás precisamente porque “todo empezó” con Grecia y Roma, y porque el Medievo en todo caso y en razón de su cristianismo, no era “todo lo puramente europeo que debería ser”, dudan también de uno y otro y quieren ir más atrás… Como si la semilla de la decadence se hubiera sembrado ya en el mundo grecolatino y el cristianismo medieval por su parte, hubiera adulterado las esencias de lo propiamente europeo. Siendo entonces que la “Pureza y la Autenticidad”, el “alma misma de la Europa ancestral”, pudiera estar en ese estadio en el que dejamos de ser “salvajes”, pero todavía no nos hicimos “civilizados”… En la Edad del Hierro.

Edad del Hierro en la que Celtas y antiguos Germanos, sin las grandezas de la Antigüedad o la Edad Media, y con una cultura material más humilde y a veces también más tosca, parecerán conocer sin embargo y con mayor claridad y certeza, “el Sentido auténtico de la vida y el Mundo”. De la valía personal y el heroísmo, la comunidad de sangre y los ancestros, la unión con la naturaleza y “sus fuerzas mágicas y misteriosas”… Si a esto unimos la incuestionable carga épica del guerrero celta o el guerrero vikingo, en su lucha contra Roma o en sus aventuras y saqueos por el Mar, el cuadro idóneo para una idealización estará servido.

Ciertamente, cabría plantearse para este argumento que venimos desarrollando, una suerte de “nostalgia” por “las esencias perdidas” que desde un cierto romanticismo e idealización, anhelase para la existencia humana algo más de “Espíritu”. Algo más de “Autenticidad” más allá de la vida moderna y sus rutinas burguesas. Algo más de épica, heroísmo, fuerza, pureza y sabiduría y en una época, la Moderna, en la que todo pareciera poder reducirse a categorías puramente materiales, económicas y técnicas… Es entonces que el Medievo, con sus caballeros templarios y su fervor religioso. Roma, con su grandeza y sus legiones. Grecia, con sus duros espartanos y al tiempo sus filósofos, artistas y poetas. Y claro está, los Celtas o los Vikingos, con sus guerreros “furibundos e indomables”, sus dioses terribles y a veces oscuros, su ruda sencillez y su comunión con la naturaleza, los animales, los árboles o las tormentas… terminan por configurar “un manantial de inspiración” al que acercarse a beber, si es que se busca “un reencuentro” con las “esencias perdidas”…

Este “esencialismo”, a nuestro humilde entender, hará parte importante de la fascinación por la Cultura Celta, así como por general de los fenómenos análogos al Celtismo propiamente dicho. Ya sea la fascinación por los Vikingos, los Espartanos o las legiones de Roma. Y creemos posible reconocerlo claramente y con diversas vestiduras o formas, en no pocos movimientos identitarios y neoespirituales de la actualidad. Pudiendo decirse que en gran medida, a través de dichos fenómenos de idealización e inspiración por las culturas del pasado, se planteará un horizonte de regeneración espiritual, cultural y casi “antropológico” para nuestra época. Horizonte de regeneración que de acuerdo a un sentimiento o visión crítica de la Modernidad, apelará a la “búsqueda de la Esencia” en el ámbito de “la Tradición”. Entendida ésta, como un pasado en el que el Hombre se hizo reflejo o portador, de una visión más auténtica, verdadera y elevada de la vida.

Más allá de las consideraciones sociológicas que pueden establecerse con respecto a tan singulares perspectivas y movimientos, y de los interesantes síntomas que parecen traslucir: desafecto hacia la Modernidad y el materialismo, sensación de identidad perdida y pérdida de valores, búsqueda de la esencia europea, recuperación de la idea de los ancestros, de nuestro antepasados, etc… lo cierto es que para acercarnos al estudio riguroso de la Edad del Hierro, será condición indispensable estudiar a aquellos pueblos de Europa que en tiempos ya históricos y frente a Grecia y Roma, entran precisamente en la “Historia” a través del enfrentamiento e interactuación con dichas potencias mediterráneas. Configurándose entonces como el paradigma de la “Europa bárbara” frente a la “Europa civilizada”.

Dichos pueblos serán fundamentalmente los pueblos celtas y germanos, pueblos que conoceremos principalmente por las fuentes clásicas, la arqueología y los correspondientes estudios de la ciencia histórica. Si bien, de dichos pueblos y culturas podremos tener otras referencias, en este caso provenientes directamente de las tradiciones “bárbaras” y su propia manera de ver el mundo. Nos referimos aquí a textos y tradiciones conservados básicamente a través del Medievo y a pesar de la “romanización” y el “cristianismo” (o más allá de la “romanización” y el “cristianismo”) que podrán funcionar como pequeñas ventanas a la Edad del Hierro. Ventanas por las que asomarnos al mundo espiritual, ético, mítico y religioso de aquellos pueblos de Europa que “siguieron unidos” a la Edad del Hierro, cuando Europa entraba ya en su ciclo “propiamente histórico”. Nos referimos claro está a la mitología irlandesa y a las Eddas y sagas escandinavas. Pudiendo encontrarse también y en cierta medida “apuntes” de esa “originaria” cultura del Hierro, en los cantares de Gesta del Medievo, en leyendas y romances también medievales, o en el ciclo Artúrico y del Grial. Así como también y en menor medida, en algunas costumbres, leyendas y fiestas folklóricas, conservadas en regiones más o menos “remotas” de Europa (dedicaremos más adelante un capítulo entero a desarrollar esta idea).

El mundo céltico fue básicamente absorbido por la romanización, especialmente en Hispania y las Galias, donde además y posteriormente se sufrirán las invasiones bárbaras y la consiguiente germanización. Todo a lo largo de un proceso de siglos en el que también la cristianización, contribuirá a laminar la antigua Céltica, quedando ésta reducida entonces a un fenómeno muy marginal, conservado únicamente en zonas especialmente aisladas o apartadas, así como en algunos de los finisterres atlánticos de Europa. Nos referimos aquí y principalmente a las islas Británicas, en las que la romanización fue más débil y a pesar de las invasiones sajonas, tanto en Gales como en Cornualles, en las Tierras Altas de Escocia, y sobre todo en Irlanda, se conservarán interesantísimas pervivencias del antiguo mundo céltico. Especialmente en un rico y profuso folclore popular, así como en la anteriormente mencionada mitología celto-irlandesa, su ciclo de Ulster, el “Libro de las Invasiones” o los guerreros fianna.

Debemos entender en cualquier caso que siendo las islas Británicas y en especial Irlanda las zonas más típicas de estas pervivencias del antiguo mundo céltico, no serán en ningún caso las únicas. En España podremos recoger también un rico fondo folclórico y popular cargado de elementos provenientes del ancestral substrato céltico. Nos referimos al mundo rural y sus leyendas en Galicia, Asturias y Cantabria y en general en todo el cuadrante del noroeste Peninsular. Lo mismo podrá decirse de amplias zonas del interior, en las tierras altas de la Meseta, en el altiplano soriano y en diversas áreas del sistema Ibérico, así como en zonas de Extremadura y del sistema Central. Siendo especialmente significativa y para todo el territorio de la antigua Hispania Céltica, la pervivencia de antiquísimas y coloridas fiestas populares, en las que las mascaradas y botargas, los ritos alrededor del fuego y el carácter invernal de las mismas, parece ser de nuevo una lejana pervivencia del antiguo sustrato céltico. Las fiestas del pueblo soriano de san Pedro Manrique en este sentido, han sido siempre reconocidas como especialmente significativas (también sobre esta cuestión volveremos más adelante en el capítulo correspondiente al papel del folclore).

Por otra parte y con respecto a esta idea de pervivencias y “ventanas” a la Edad de Hierro, debemos entender que dicho mundo cultural y espiritual, no se circunscribirá en exclusiva al mundo céltico. Como ya hemos señalado, también el mundo germánico, situado más allá de las fronteras de Roma y en sus regiones más septentrionales solo tardíamente cristianizado, conservará diversos elementos provenientes de ese ancestral fondo protohistórico prerromano y precristiano.

Aquí tendremos unos documentos de excepcional valor que serán las Eddas y sagas escandinavas, conservadas en la remota Islandia y a través de las cuales podremos en cierta medida conocer, el mundo mitológico, religioso y ético del antiguo mundo germánico. Los límites septentrionales de Europa, desde la península de Jutlándia y hasta la helada Islandia, se convertirán así también en áreas en las que el mundo de la Edad del Hierro europeo, habrá dejado importantes pistas de su trabazón espiritual y cultural.

Por otro lado y tal como hemos señalado anteriormente, podremos también tener en cuenta todo lo que sería la épica heroica de la Edad Media. Ésta, aunque situada ya en un marco histórico lejano a la Edad del Hierro, se construirá fundamentalmente con tradición grecolatina, cristianismo y tradición germánica y céltica. Siendo estas últimas la que, aún cristianizadas y encuadradas en un marco cultural tardo-romano, insuflarán al Medievo una ética heroica y guerrera propia del mundo espiritual de la Edad del Hierro. Esto marcará definitivamente dicho Medievo y cristalizará no ya en las órdenes de Caballería, las Cruzadas o el Feudalismo. Sino especialmente en los Cantares de Gesta y Romances medievales. En los que muchas veces se podrá respirar el mundo de imágenes y evocaciones heroicas propias de la ancestral Edad del Hierro, siendo en el caso del ciclo artúrico, que el antiguo fondo céltico, parecería resultar especialmente presente.

Finalmente y abundando en esa idea de un sustrato de creencias y valores comunes al mundo del la Edad del Hierro en Europa, deberemos tener que presente que aunque mayormente haya sido estudiado a través de las culturas célticas y germánicas, también la Grecia arcaica que recoge Homero en la Iliada, nos mostrará unos patrones heroicos y de conducta análogos en gran medida, a los que luego veremos al estudiar la Edad del Hierro propiamente dicha. De tal manera que en la Grecia primera, Aquea y Dórica, en los “campeones guerreros” de Homero, vinculados éstos al Bronce Final, encontraremos también una ventana por la que asomarnos al universo de la protohistoria europea.

Tenemos así que el mundo cultural del Hierro, ciclo protohistórico europeo desaparecido con el inevitable desarrollo de la Historia de Occidente, nos habrá dejado ventanas desde la que contemplar “cómo entre brumas” su “vida interior”, y estudiar quizás entonces ese “fondo primero”. La raíz desde la que dio comienzo más allá de la Prehistoria, el desplegar de la Historia de Europa. Siendo entonces inevitable el platearse la idea de los “primeros principios”, de búsqueda de “esencias ancestrales” que anteriormente hemos señalado y que nosotros consideramos, una de las claves del celtismo contemporáneo.

Se buscaría de este modo el fondo común y las potencialidades propias del alma de Europa, que ocultas o manifiestas, subyacerían a nuestra historia y a sus diferentes momentos culturales. Siendo entonces que desde nuestra Modernidad-para muchos descarriada o desnortada-, se pretendería recuperar el rumbo apelando a dicha esencia ancestral. Es decir, habría un anhelo de “Tradición”, de “espíritu, esencia e identidad”, en el fenómeno del celtismo. Así como en movimientos parecidos que pudieran tener como referente no ya a los Celtas, sino quizás a la Edad Media, los Vikingos y los antiguos pueblos germánicos, la antigua Esparta o en general, todas las tradiciones europeas premodernas en su conjunto. Hay de este modo a nuestro parecer en el fenómeno del celtismo y en fenómenos análogos, una vaga y difusa pero a su vez presente, búsqueda de “Raíces”. Búsqueda de “Espíritu” y “Tradición”.

Esta pretensión en principio, no solo puede ser perfectamente legítima y coherente con el estudio de los tiempos protohistóricos europeos, sino que además, entendemos que puede tener un lugar y un sentido no menor, en el ámbito del desarrollo de las culturas occidentales contemporáneas. Puede ser así algo necesario, bueno y útil, el “saber quiénes somos”, más allá de los paradigmas de la Modernidad. Y si bien es verdad que desde dicho supuesto “descarrilamiento” moderno, muchos podrían replantearse el rumbo echando la vista a las “raíces cristianas de Europa”, o a las “raíces griegas y romanas” también de Europa, o incluso a la propia “Razón Ilustrada” que sembró la semilla de nuestra Modernidad… No será de recibo platearse que quizás las “respuestas” podrían buscarse también, en ese mundo de “esencias primordiales” que supuestamente, habría sido la Edad del Hierro.

En gran medida y a nuestro parecer, los fenómenos actuales del neopaganismo y/o el neoceltismo, deberán contemplarse desde esta perspectiva.

*

Dicho esto, y hablando ahora desde nuestra esfera más puramente personal, no tenemos reparo en pronunciarnos al respecto no solo y efectivamente con una mirada profundamente crítica para con la Modernidad, sino que además, apostaríamos por un sentido de la “Tradición” europea en el que desde la cristiandad medieval y hasta la Grecia clásica y homérica, pasando a su vez por el mundo celta, romano y germano, todo ello configuraría el “fondo” de la esencia e identidad de Europa. Esencia e identidad que desde las pistas y claves que otorga la “Tradición”, nos estaría señalando las vías hacia el “Universal y Perenne del Espíritu”. La “Vertical” desde la que siempre y para todo tiempo y lugar e independientemente de todo lo demás, es posible una regeneración…

Espiritualidad y Tradición Heroica en la Hispania Céltica

en Cultura Celta por
Ímpetu del guerrero celta en reconstrucción artística de la batalla de Telamón.

Nuestra tesis doctoral pretendió conocer el alma misma de la Hispania céltica a través de su tradición guerrera. Tanto a nivel de organización sociopolítica y económica, como a nivel de principios, valores y creencias. La tesis doctoral la hemos adaptado al ámbito de editorial para poder publicarla y de dicha adaptación extraemos este fragmento que aquí os presentamos:

 

En él mismo plateamos la idea de lo que hemos llamado “El camino del Héroe”, y tratamos de ver hasta qué punto éste termina por ser el eje vertebrador de la espiritualidad hispano céltica.

Este artículo sería la continuación del anteriormente publicado: “Muerte triunfal, Trascendencia e Inmortalidad”.

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Hemos apreciado hasta ahora y en el mundo cultural de la Edad del Hierro, manifestaciones sociales de ideología heroica, articuladas desde un ethos guerrero y a partir de un sistema de jefaturas, organizado mediante un subsistema de lealtades, méritos y recompensas. Un sistema clientelar fiscalizado y censurado a través de esos mismos ideales heroicos que lo animan, siendo lo que cotejamos y comparamos dentro de ese marco, las estructuras de fondo, los elementos clave: el “sentido”. Y esto con independencia de los revestimientos concretos que puedan adoptar dichas estructuras y sentidos en cada uno de los distintos pueblos de la Hispania céltica (García Quintela 2005: 187).

Dicho esto, las fuentes nos dan también interesantísimas pistas para poder llevar a cabo esa interpretación de los principios comunes y de fondo que subyacen a la diversidad de costumbres y mitos, de creencias y ritos, de la céltica hispánica. Plutarco nos señala así que la creencia en una “Isla de los Bienaventurados” (Sertorio 8-9)-creencia que fascinaría al propio Sertorio durante su estancia en la Península-era una creencia ampliamente extendida entre los hispanos. Ciertamente en este mito de una “Isla de los Bienaventurados”, dará la impresión de estar en presencia de un símbolo de ese “Más allá Celestial”, espacio “ultramarino” y por ende “ultraterreno”, que ubicado más allá del mundo meramente natural, es el espacio sobrenatural al que aspiran los caídos en combate. La misma idea de un espacio sobrenatural y trascendente, situado más allá de lo terrenal y contingente, la podremos encontrar a nuestro parecer con meridiana claridad, en las referencias de Silio Itálico (Punica III, 340-343) a la prohibición entre los vacceos, de cremar los cuerpos de los guerreros caídos en combate. Idea que como ya hemos indicado anteriormente, nos estaría señalando cómo; dejando que los cadáveres de los caídos permanezcan al aire libre para que los devoren los buitres (fig. 5-1), éstos se convierten en animales sagrados y aves mediadoras que transportarán las almas de los guerreros al “Más allá Celestial”. Mundo superior en el que dichos caídos devienen en Héroes.

La vida terrenal se abre así a través del trance guerrero y la “Bella Muerte” al “cielo sobrenatural”, y los guerreros muertos en batalla ascienden sus almas a las esferas superiores. Los buitres se convierten de esta manera en “psicopompos” que por un lado señalan el destino humano en el ciclo de vida y muerte del Universo, y que por otro, conducen las almas de los caídos a un más allá ultraterreno ubicado allende de dicho ciclo de vida y muerte[1]. La imagen (más adelante podremos verla) recogida en el cuenco de la necrópolis de El Portuguí-Uxama (Soria), donde cada una de las aves representadas porta un pequeño recinto rectangular dentro del cual se guarda una cabeza (símbolo del alma del difunto) (Olmos Ricardo 2005: 253-255), sería clara representación de ese viaje al “Más allá Celestial” en alas de aves mediadoras entre el mundo natural, y el mundo Sobrenatural.

Escenas de un vaso numantino con guerreros muertos devorados por los buitres
Figura 5-1: Escenas de un vaso numantino con guerreros muertos devorados por los buitres. (Reproducido de Álvarez Sanchís 2003: 118)

 

En la misma línea de argumentación encontraremos cómo las fuentes clásicas, se aproximarán a la Celtiberia y a la Hispania céltica en general con una mirada, que si bien no será ajena a toda una serie de tópicos recurrentes, insistirá en señalar el interior Peninsular y más concretamente la Meseta, como un lugar “de clima duro y gentes fieras e indomables”. Es en este punto donde las fuentes repararán especialmente en la idea de la muerte heroica (Olmos Ricardo 2005: 256). De Numancia a las guerras Cántabras, de los funerales de Viriato a las campañas de Bruto en “Galicia”, del asedio a “Calahorra” a la lucha de campeones entre un joven Escipión y un guerrero vacceo de Intercatia. Ideal heroico y de “Bella Muerte” que nos estará dando un importante indicio a tener en cuenta, para comprender como funcionaba el discurso ideológico del ethos guerrero de la Hispania céltica. Siendo aquí donde la exposición de los caídos en combate a los buitres, se mostrará esclarecedora y el propio hecho de morir luchando, se manifestará como una culminación, como una “liberación”, como una superación del plano de la mera terrenalidad. El simbolismo implícito en dicha exposición de los caídos, señalará de este modo una visión agonística de la vida en la que la muerte es factor principal (Sopeña 1987: 151), y “el retorno a los Cielos junto a los Dioses de lo Alto” (Silio Itálico 3, 340-342), horizonte último de sentido.

El culto a la “Bella Muerte” se configura de este modo como la cumbre de toda una ética agonística y heroica que se materializa definitivamente, en el momento final de la muerte en combate (Sopeña 1987: 83). Esta exaltación de la muerte violenta lleva a unir al guerrero a sus armas con lazos que trascienden lo puramente material. Las armas son una prolongación de su identidad y de su alma, y se hacen acompañar con ellas a las piras funerarias, negándose a entregarlas bajo ningún concepto (Sopeña 1987: 84 y Quesada Sanz 2010), haciéndolas símbolo y garante de su libertad y dignidad: “los caballo y las armas les son más queridos que su propia vida” (Trogo Pompeyo 44, 2, 3). La entrega del arma será entendida de esta manera como la entrega de la propia autoestima, de la propia honra. Renunciando a la espada se renuncia a labrar el propio destino y te conviertes en un esclavo, a decir de Floro (1, 34), “perder sus armas les era tan inaceptable como que les cortaran las manos”. La vinculación del guerrero con sus armas es así una vinculación radical; existencial, espiritual y ética. Y las armas que acompañan al difunto al más allá desde la pira funeraria, son así destruidas o inutilizadas, asegurándose su vinculación exclusiva y personal con el guerrero que en vida las empuño.

Interesante será señalar también la nota que en este sentido recoge Salustio (Historia, II, 92), sobre las mujeres celtibéricas relatando las gestas heroicas de los hombres muertos en batalla (Sopeña 1987: 87). Lo que nos sitúa en la existencia de una tradición oral que recoge y exalta las acciones ejemplares de los más afamados guerreros, y que pone precisamente el acento en la muerte heroica de los mismos. Lo que supone una divulgación entre toda la comunidad, de los valores y principios propios de esa espiritualidad y ética heroica, que está en el centro mismo de las creencias del mundo hispano céltico.

Siendo esta la perspectiva que nos señalan las fuentes, encontramos entonces que el combate, la guerra, el enfrentamiento bélico, será el momento supremo de todo el entramado ético y espiritual del mundo hispano céltico. Éste ritualizará la propia lucha, convirtiéndola en una manifestación cultural de primer orden. Las fuentes recogen así como celtíberos y lusitanos entran en combate entonando cánticos, tocando cuernos, realizando danzas propiciatorias del valor y el furor guerrero (Apiano Iber. 53, 54 ó 67), buscando una suerte de “trance” o “arrebato” que hace de la batalla, una experiencia espiritual en la que el guerrero tendrá oportunidad de demostrar los atributos propios de su condición (Sopeña 1987: 90 y Ciprés 1993). Siendo aquí reseñable cómo para el mundo celta, y en general para las culturas de la Edad del Hierro, la poesía y la música serán manifestaciones terrenales del “mundo Invisible en el mundo visible”. Manifestaciones capaces de ponernos en contacto con las fuerzas ocultas de la naturaleza y con los Dioses (Sopeña 1987: 92). Son así instrumentos propiciadores del estado de “trance guerrero” que manifestado en un valor desmedido y una indiferencia al dolor, encontramos en la imagen más clásica del guerrero bárbaro por antonomasia (Marco Simón 1993b). No debiendo olvidarse en este sentido, como el Odín escandinavo, es dios poeta, músico y guerrero, y sus guerreros consagrados, los berserk, se caracterizan precisamente por estar poseídos por un furor temible y bestial (Bernárdez 2002 y Sopeña 1987) (fig. 5-2).

Ímpetu del guerrero celta en reconstrucción artística de la batalla de Telamón.
Figura 5-2: Ímpetu del guerrero celta en reconstrucción artística de la batalla de Telamón. Indiferentes a las heridas y a su propia muerte, algunos guerreros galos ducha desnudos (Reproducido de Ruiz Zapatero 2001: 80).

 

Todas estas ideas no remiten de nuevo y en un primer lugar, al planteamiento de la ética heroica y la “Bella Muerte”, de la “apoteosis guerrera”, en la que aunque pudiera parecer contradictorio, si el guerrero muere en batalla, triunfa, alcanza la gloria, y asciende al “Más allá Celestial”, a la “Isla de los Bienaventurados”, al “Reino de los Inmortales”. Se hace semejante a los Dioses y como Hércules, también muerto en “apoteosis” agonística y heroica, pasa ocupar un puesto en el “Olimpo”. En la sede celestial del mundo Sobrenatural, más allá del “devenir” del mundo y lo puramente terrenal.

Es decir, la muerte heroica libera de la existencia mortal y simplemente humana, y en la Hispania céltica, dicha “transfiguración” queda testimoniada con la exposición de los cadáveres a los buitres. Mediadores entre las alturas celestiales y la tierra, y encargados tanto de elevar el alma a las regiones Superiores, como de “disolver” el residuo meramente material del guerrero. Purificando su alma de las adherencias de ésta a la simple corporalidad.

La exposición de cadáveres a los buitres señala así la potencial inmortalidad del alma, la perennidad del ser íntimo del Hombre (Sopeña 1987: 126). Si bien añadiríamos que ésta, solo será posible para aquellos que sean capaces de conquistarla y merecerla en la vía ética y espiritual del “Camino del Héroe”.

*

[1] La existencia más allá de los ciclos de vida y muerte, más allá de lo que usando terminología oriental llamaríamos “samsara” (todo lo que nace, deviene y muere para de un modo u otro, propiciar un nuevo nacimiento o alimentar una nueva vida) es lo que en nuestro estudio hemos denominado Inmortalidad.

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El mito del Hombre Lobo es un clásico de la cultura popular de nuestro tiempo del que pocas veces se sospecha, su larga memoria en las tradiciones europeas… Vinculado a los ritos de iniciación de las cofradías guerreras del la Edad del Bronce y la Edad del Hierro, el recuerdo del guerrero furibundo y funesto del pasado, vestido con pieles de lobo u oso y preso de un furor terrible y arrollador, se convirtió a lo largo del Medievo en la simiente de las leyendas de Hombres Lobo de las que surgió el licántropo cinematográfico de nuestro tiempo.

Colaboración en el programa “Espacio en Blanco” de RNE. Con Miguel Blanco al cargo del programa y junto a nuestro compañero de trabajo Julio César Pantoja Torrijos.

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