Saber quienes somos, conocer nuestra Historia, entender nuestra época…

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Gonzalo Rodríguez - page 6

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CONVERSACIONES CON EL MAESTRO OCULTO DE TOLEDO

en Blog por

Parte I: La leyenda de la Cueva de Hércules como punto de partida.

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El Maestro Oculto de Toledo me encontró él a mí, y no yo a él. De hecho no es alguien a quien pueda encontrarse deliberadamente a fuerza de indagar e investigar en los rincones apartados y solitarios de esta ciudad. No lo encontrarás entre las páginas del libro en piedra que es Toledo, por mucho que este libro te insinúe parte de su corazón Oculto. El Maestro así no puede ser encontrado…. pero él sin embargo, sí que puede encontrarte a ti…

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Determinadas líneas de investigación aún no se han llevado a cabo en Toledo respecto de su Historia, Mitos y Leyendas. Se hace así perentoria la labor de redescubrir Toledo a través de los principios y categorías de la Tradición Esotérica. Encontrando en ésta claves simbólicas y alegóricas que nos ayuden a comprender con mayor profundidad la siempre fascinante ciudad de Toledo.
Ordenados en diferentes volúmenes, cada uno de ellos sobre alguna de las temáticas clásicas de los mitos y leyendas toledanos, esperamos poder aportar un punto de vista alternativo y hasta ahora mínimamente trabajado. Punto de vista que pueda enriquecernos espiritualmente, abunde en la comprensión de la historia de España y nos ayude a entender nuestra época.
Como nunca antes en el inicio de este Tercer Milenio estamos necesitados de volver los ojos al Mundo de la Tradición en su sentido más sapiencial y espiritual. Muy humildemente a ello se consagran estas líneas…

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Mito, Símbolo y Leyenda en los Cuentos de Hadas

en Espiritualidad por

Los Cuentos de Hadas no son meras creaciones literarias fruto de la fantasía de los escritores y los poetas. De hecho en ellos y más allá del elemento puramente literario y subjetivo del autor, se trasladan a través del lenguaje del símbolo, el mito y la leyenda, contenidos propios del mundo de la Tradición. Contenidos propios de la concepción espiritual del Hombre, la vida, el Mundo y la Naturaleza. Es por ello que tras su apariencia inocente, se esconden simientes de Sabiduría y Virtud. Lo que es tanto como decir simientes de auténtica Disidencia…

Colaboración en el programa “Espacio en Blanco” de RNE. Con Miguel Blanco al cargo del programa. En Noviembre del 2015.

Soldados Hispanos en los ejércitos del Imperio Romano

en España por

Nuestro trabajo de tesis doctoral, nos permitió en su momento elaborar un cronograma de la conquista romana de Hispania. Doscientos años de guerras, batallas, asedios y heroísmo cuyo epílogo y tras las Guerras Cántabras, no será sino el reclutamiento de soldados hispanos en los ejércitos de Roma. 

 

Hemos adaptado dicho cronograma al ámbito editorial para su publicación y de dicha adaptación, extraemos precisamente el fragmento sobre los reclutas hispanos en las legiones de Roma.

 

Introducción

Tras el fin de las guerras cántabras en el 19 a.C. y consumada la dura y larguísima conquista romana de Hispania (casi doscientos años) es inevitable plantearse qué pasó con las sociedades de jefaturas de tradición guerrera que constituyeron la médula sociopolítica y cultural de la antigua Hispania. Con su sistema de clientelas, devotio, lealtades personales y vocación heroica. Fratrías guerreras y ritos de iniciación. ¿En qué se transformaron, como se incorporaron a la romanidad, o si su destino final fue desaparecer? Acudimos aquí a Estrabón que nos dice que los habitantes del tercio norte Peninsular “en lugar de saquear las tierras de los aliados del pueblo romano, ahora hacen la guerra al servicio de los propios romanos”  (III, 3, 8). Y ésta, en gran medida, podremos decir que podría ser la respuesta a la cuestión que ahora nos estamos planteando…

              En este sentido sabemos que Roma conforme avance en la conquista de Hispania, reclutará como auxiliares de las unidades legionarias, a contingentes guerreros procedentes de las mismas áreas que van incorporando a su área de administración. Y si bien es difícil de evaluar exactamente qué proporción de indígenas pasan a integrarse en las estructuras de los ejércitos de Roma, sí parece claro que una de las condiciones impuestas en la llamada pax romana, será precisamente la exigencia de levas destinadas al reclutamiento de unidades auxiliares para las legiones. Así conocemos unidades de auxilia que pertrechados con su propio armamento y atavío, luchan del lado de Roma durante las campañas de ésta en la Península, y más aún tras las Guerras Cántabras y ya en diversos lugares del Imperio (Roldan Hervás 1997a y 1974 y Abascal 2009b y 2009c). El nombre que se asignará a dichas unidades, nos indica el lugar de origen de las mismas. Tendremos así unidades de cántabros, astures, vettones, várdulos o arévacos (Abascal 2009c: 304-310) distribuidas a lo largo y ancho del Imperio Romano. Por desgracia la gran movilidad que definirá este tipo de unidades, hace muy difícil conocer hoy día en profundidad sus diversas trayectorias.

Del mismo modo tenemos noticia de como el propio Augusto, formará su guardia de corps con guerreros celtíberos, en concreto con guerreros procedentes de Calagurris (Suetonio, Aug, 49). Ciudad perteneciente a la etnia de los berones, pueblo celtibérico famoso por su resistencia “numantina”  precisamente en Calagurris, frente a los ejércitos pompeyanos y durante las Guerras Sertorianas.

Podrá decirse en este sentido que la tradición guerrera del mundo hispano céltico, no desaparecerá con la llegada de Roma. Antes bien se integrará gradualmente en sus ejércitos, siendo el reclutamiento en las legiones de Roma la salida más natural que frente a la romanización, encuentran esas gentes que han vivido imbuidas por el universo de las fratrías guerreras, las clientelas y las correspondientes jefaturas. Que duda cabe que a partir de Augusto y según fue afianzando su presencia en las legiones, las unidades de auxiliares hispanos irán pareciéndose cada vez menos al modelo étnico del que procedían, y se irán asimilando cada vez más al modelo del ejército regular romano (García Quintela 1999: 294-295). Este proceso podremos considerarlo como la integración y asimilación definitiva del modo de vida de las “mannerbünde hispanas”, en el mundo de las legiones de Roma.

El modo de vida de los guerreros de procedencia hispana, traslada así su escenario a las legiones romanas y la ética heroica y sus correspondientes estereotipos simbólicos del mundo hispano céltico, se verán ahora enmarcados y condicionados por la instrucción y la vida en campaña de las legiones. Es en este nuevo escenario en el que habrá que plantearse hasta qué punto la ideología guerrera de la antigua Hispania prerromana, podría haberse mutado o evolucionado de mano de la romanización, a un nuevo nivel de mayor amplitud política.

Planteamos pues el tránsito de un modelo heredero de la Edad del Hierro: el modelo “bárbaro” de sociedades de jefaturas, clientelas y simbolismo heroico; al modelo “romano” propio de una sociedad estatal y urbana, un modelo militar, ciudadano y de culto imperial. El destino final del “guerrero celtibérico”, es así transformarse en legionario de Roma, y en los amplios márgenes del mundo romano, encontrar nuevos escenarios en los que continuar viviendo en la tradición guerrera de sus antepasados (lám. I).

Lamina I: Jinete lanza en ristre en una moneda de mercenarios hispanos (según Quesada Sanz 2009b: 173).
Lamina I: Jinete lanza en ristre en una moneda de mercenarios hispanos (según Quesada Sanz 2009b: 173).

Hispanos en las legiones Romanas:

Desde las lejanas guerras del Peloponeso, los hispanos habrían ejercido la labor de guerreros a sueldo y aliados de considerable importancia, a lo largo de casi todas las guerras del mediterráneo antiguo. Durante las Guerras Púnicas fueron fuente inagotable de unidades auxiliares, tanto para cartagineses como para romanos, y en el caso púnico llegaron a ser pieza fundamental de la estructura de sus ejércitos (Quesada Sanz 2009b y Peralta Labrador 2009b).

Este carácter mercenario y auxiliar de los guerreros hispanos, cambiará a partir de Augusto. El ejército romano se convierte en un factor de romanización para las provincias y ya sea como ciudadanos o ya sea como peregrini encontramos que los indígenas hispanos pasarán a formar parte de las unidades regulares del ejército romano. Especialmente llamativo es el caso de las llamadas “unidades auxiliares permanentes”, que se crean en este momento y que se convertirán en el principal vehículo de alistamiento en las provincias (Roldan Hervás 1997a, Abascal 2009c, Morillo 2009 y Gárate Córdoba 1981: 105-117). Lo que permitirá a los antiguos contrincantes de los ejércitos romanos, continuar su “modus vivendi”, pasando a formar parte de las legiones.

Estas unidades permanentes de auxiliares se formarán con grupos étnicos homogéneos, y durante mucho tiempo los hispanos serán los principales proveedores de este tipo de fuerza a los ejércitos de Roma. Siendo el fenómeno del alistamiento de reclutas hispanos en las legiones, un fenómeno acaecido fundamentalmente desde Augusto y hasta las postrimerías del Alto Imperio, en tiempos de Septimio Severo y Caracalla. Su punto de máxima intensidad se alcanzará entre finales del siglo I y primera mitad del II, para posteriormente ir decreciendo el fenómeno del reclutamiento en provincias y a partir del 250 d.C. prácticamente desaparecer (Roldan Hervás 1997b y 1997c, García y Bellido 1998: 159-177, Abascal 2009c: 301-303 y 2009b: 289-295 y García Quintela 1999: 292). En las legiones romanas de esta época los reclutas no provendrían de los territorios del Imperio, sino de allende de sus fronteras. Principalmente de Germania.

Aproximándonos un poco más al detalle de los reclutamientos en Hispania, podemos comprobar cómo las zonas más tardíamente incorporadas a Roma, y las que se opusieron mediante enfrentamientos bélicos a su penetración, serán precisamente las que proporcionarán la mayor parte de estos contingentes de unidades auxiliares permanentes. Encontrándonos así y principalmente con unidades de celtíberos, arévacos, vacceos, lusitanos, vettones, cántabros, astures, galaicos y vascones. Estas unidades, a diferencia de lo ocurrido hasta Augusto, al pasar a formar parte de las estructuras del ejército romano, perderán su atuendo y armamento propio. Debiendo organizarse de acuerdo a las costumbres romanas, y vestir y armarse como legionarios romanos, en contingentes estimados entre 500 y 1000 combatientes (Roldan Hervás 1997a, Abascal 2009c y Gárate Córdoba 1981: 105-117).

Los datos que poseemos con respecto a este tipo de unidades reclutadas en Hispania durante el Alto Imperio, si bien no son numerosos si son bastante significativos. Así podremos decir que a partir de Augusto encontraremos soldados hispanos por todo el Imperio: en África, en Britania, en las fronteras del Rhin y el Danubio, en Oriente Próximo o Egipto (fig. 1).

Figura 1: Mapa del Imperio romano con los principales asentamientos de auxilia hispánicos (según Abascal 2009c: 304).
Figura 1: Mapa del Imperio romano con los principales asentamientos de auxilia hispánicos (según Abascal 2009c: 304).

Las unidades de auxiliares permanentes, como ya hemos explicado, se armarán y organizarán según el sistema táctico romano, siendo así su propia labor en los ejércitos de Roma, un vehículo para la expansión de la “romanitas” en áreas débilmente romanizadas como pudiera ser Cantabria, o diversas regiones del interior de la Lusitania y la Celtiberia. Es así que encontramos cohortes de cantabrorum-una de ellas situada en Judea desde la segunda mitad del siglo I-o alas asturum al otro lado del Imperio Romano, junto al muro de Adriano.  Pudiendo recogerse testimonios seguros de 80 unidades de hispanos en los ejércitos de Roma, unidades de asturum, arevacorum, gallaecorum, ausetanorum, vettonum, celtiberorum, o vasconum. (Abascal 2009c: 304-312 y Roldan Hervás 1974).

Es muy difícil saber el numero general de hispanos incluidos en estas unidades, pues no nos han llegado todas las unidades que hubo, y con el paso de los años la composición de las mismas podía variar, pues las bajas se suplían normalmente, con reclutas de la misma zona en la que estuviesen acampadas, ya sea Britania, Germania o África. Si bien es verdad que en todo cado podremos estimar un número muy alto de reclutas hispanos, aunque solo sea por las cerca de 80 unidades de procedencia hispana constatadas (Roldan Hervás 1974 y 1997a y Gárate Córdoba 1981: 395-396).

Será también interesante reseñar como el ejército romano hasta César, es fundamentalmente un ejército itálico y romano, con puntuales unidades de auxiliares de otros territorios. Siendo realmente a partir de César, que se convierte en un verdadero ejército Imperial, con legionarios provenientes de todas las provincias, heterogéneos y diversos, y al tiempo participes de un mismo concepto de romanidad universal simbolizada en la figura del César.

Llegado el Bajo Imperio y como ya hemos señalado, el ejército perderá su carácter provincial, su formación a partir de contingentes provenientes de las provincias. Esto no será sino un debilitamiento de la vocación integradora del cuerpo diverso del Imperio, a través de las legiones. Lo que no sería a nuestro parecer, sino un debilitamiento de la “ideología del Imperio”, en el sentido del valor superior y espiritual que se asigna a la institución imperial, como integradora desde la romanidad, de un vasto conjunto de pueblos y tradiciones. El ejército romano se convertirá así a partir de este punto, en una suerte de ejército “bárbaro”, fundamentalmente germano, a las órdenes de Roma. Lo que no será a nuestro entender, sino una de las señales del principio del fin del Imperio, cuyos verdaderos miembros no participarán ahora de ese culto al Emperador en clave guerrera que tenían las legiones y que habría sido, según nuestro punto de vista, uno de los vectores de la solidez del Alto Imperio.

Dicho esto en gran medida como apreciación personal.

Lámina 2: Estela funeraria de Pintaius, originario de una aldea asturiana. Portaestandarte de la cohors IV Asturum, estacionada en el Rhin. Copia del original conservada en el Museo Römisch-Germanisches Museum de Bonn (Alemania). (Fondo personal del autor).

Esta “hispanización” del ejercito romano, terminará de consolidarse llegados los Flavios, que crearán numerosas cohortes de hispanos a lo largo de todo el territorio Peninsular, muchas de ellas referidas a grupos étnicos o a conventos jurídicos, caso de celtiberorum o de bracaraugustanos, y muchas de ellas referidas de nuevo al genérico Hispania e Hispanorum. Este mismo proceso continuará con Trajano y Adriano, que llevando el Imperio a la cima de su poder militar, harán de Hispania una de las fuentes principales de efectivos para las legiones. Siendo en tiempos de Trajano que conquistándose la Dacia, en la actual Rumania, y habiendo nacido el propio Trajano en el solar de Hispania, se dará una especial presencia de hispanos en los ejércitos romanos. Lo mismo podrá decirse de los tiempos de Adriano, y de cuando se levante su muro homónimo al norte de Britania y frente a los llamados Pictos de Caledonia-actual Escocia-donde serán enviadas cohortes de Hispanorum, asturum, bracorum, vardulorum, o un ala de Hispanorum Vettonum a los que se situará cerca del actual Bath, en Gales (Gárate Córdoba 1981: 105-117 y Roldan Hervás 1974). Debiendo señalarse la presencia en Britania de una Legión VIII Hispana que en la rebelión del 119 d.C. será aniquilada por completo. (García y Bellido 1998: 168).Cabrá mencionar en este sentido cómo, cuando Vespasiano desmovilice las guarniciones romanas en Hispania, aumentará en principio el reclutamiento, que ahora ya no se circunscribirá al norte, oeste e interior Peninsular, y se extenderá a todo el territorio hispánico, incluida la Bética. Siendo durante estos años cuando la presencia de hispanos en el ejército de Roma alcance su máxima expansión,  recogiéndose casos de alae Hispanorum, a modo de genérico para toda Hispania, y unidades con referencia no ya étnica, sino urbana y relativa a la ciudad de donde proceden los reclutas. Son los casos de unidades de Segisamo, Bracara o Toletum (Roldan Hervás 1997a y 1997b y 1974). Cabe resaltar también cómo legiones legendarias como la I Auditrix, VI Victrix o X Gemina, que defendieron durante años la línea del Rhin, cubrirán sus bajas fundamentalmente con reclutas hispanos (lám. 2). Siendo destacada por Tácito (Hist. IV, 33, 3)  la acción de las cohortes vasconum en las luchas del Rhin, contra la rebelión de Civilis (Roldan Hervás 1997c y 1974).

No podemos cerrar este apartado sin comentar a la Legión VII Gemina, reclutada íntegramente en Hispania por Galba para oponerse a Nerón, y que luchará hasta la extenuación cubriéndose de gloria en la batalla de Cremona, contra Vetilio y por la supremacía de Vespasiano (García y Bellido 1998: 161-162 y 172 y Abascal 2009a: 284-285 y 1986). Siendo aquí donde perderá hasta la mitad de sus efectivos, debiendo suplir las bajas con restos de otras legiones y ganándose desde entonces, el apelativo de Gemina.  Después será enviada a la frontera con Germania desde donde una vez terminadas las campañas en el alto Rhin, se afincará definitivamente en el norte de Hispania y en el año 75 d.C. Exactamente donde ahora se levanta la ciudad de León. (García y Bellido 1998: 171-177). Esta Legión VII Gemina, durante el mandato de Marco Aurelio, será la que baje desde su asentamiento en el norte Peninsular hasta la Bética, para hacer frente a la invasión que desde Mauritania amenazaba los territorios del sur Peninsular[1] (García y Bellido 1998: 170-171 y 186-196).

Tras Marco Aurelio podrá decirse que comenzará el lento declive del Imperio Romano, dándose ya a partir de ese momento una progresiva germanización de los ejércitos de Roma. Consideramos que en este proceso podría estar dándose una relajación entre los propios ciudadanos del Imperio, de las funciones guerreras asociadas al culto al Emperador y la “mística” del Imperium. Entrábamos así en el Bajo Imperio y con él, la presencia de guerreros hispanos irá también desapareciendo progresivamente de los ejércitos de Roma. La Hispania guerrera de la Antigüedad, presente desde las guerras entre griegos y cartagineses en Sicilia y en el 480 a.C. (Quesada Sanz 2009b: 166, se diluía tras siglos de “servicio” culminados con su integración en el “modelo imperial” que generó el mundo romano. A partir de la segunda mitad del siglo III d.C. y al igual que el resto del Imperio, comenzaba una lenta decadencia que culminaría con las invasiones bárbaras y la correspondiente caída de Roma[2].

[1] Llegado este momento histórico, habrá que entender que los pueblos de Hispania, aún cuando algunos de ellos pudieran mantener su identidad prerromana (entendemos así a cántabros o vascones) todos ellos en mayor o menor grado, estarían integrados en cualquier caso en la “romanidad”. En la “Roma Imperial” cuyas legiones se formarán con romanos de todas las provincias, de distinta procedencia (Galia, Hispania, Dacia o la propia Roma) pero unidos todos en un ente superior que es el Imperio. Imperio al que se otorga una dimensión religiosa y sagrada y no simplemente política, y en el que por decirlo así, pueden aceptarse y “federarse” todos los cultos siempre y cuando éstos, no pretendan suplantar el valor superior de la institución imperial. Esta unidad en la diversidad y diversidad en la unidad a partir de una institución política a la par que religiosa, y en cuyo seno pueden tener ciudadanía romana tanto un itálico como un hispano, será fundamental para entender qué cosa fue Roma y la romanitas.

[2] Con la caída de Roma, concluiría un ciclo histórico completo que marca definitivamente la identidad de la Europa tradicional. La Cristiandad  medieval sucede a Roma como fase histórica de nuestra civilización y en dicho Medievo europeo, los andamiajes políticos creados por Roma en torno a la idea de Imperium, seguirán presentes con renovadas formas surgidas ahora en gran medida de la tradición cristiana. Es así que podría decirse que la épica de Homero y la filosofía griega (con Platón y Aristóteles a la cabeza), junto al ideal romano del  Imperium  prefigurado ya por César, más la cultura guerrera que traen los pueblos bárbaros  y todo ello, en maridaje con la tradición cristiana y desde la propia cosmovisión de dicha tradición, terminará por dar forma a los fundamentos de la Europa tradicional pre moderna.

Más adelante el Renacimiento, la Reforma Protestante, la Ilustración, el Romanticismo y las revoluciones contra el Antiguo Régimen (con Francia como paradigma revolucionario), darán lugar a toda una nueva fase histórica en la cual se decantará la Europa moderna propiamente dicha. Nuestro tiempo histórico no será sino fruto de dicha Modernidad y entender todo esto proceso en sus dos grandes fases históricas, creemos es esencial para entender la claves de nuestra civilización.

Roma y los Bárbaros: Metafísica del Imperio

en Espiritualidad por
Roma y lo Bárbaros: Metafísica del Imperio

Nuestra tesis doctoral pretendió conocer el alma misma de la Hispania céltica a través de su tradición guerrera. Tanto a nivel de organización sociopolítica y económica, como a nivel de principios, valores y creencias. La tesis doctoral la hemos adaptado al ámbito de editorial para poder publicarla y de dicha adaptación extraemos este fragmento que aquí os presentamos.

 

En él mismo plateamos la posibilidad de encontrar en la tradición guerrera de la Hispania céltica, una afinidad de fondo entre lo que fue su cultura de jefaturas, y lo que sería en el ámbito de Roma, la ideología del Imperium y el culto al Emperador. Afinidad de fondo que podría ayudarnos a comprender con mayor calado, los procesos de romanización de los llamados pueblos “bárbaros”.

Consideramos importante plantear cual sería la estructura ideológica que sostiene y fundamenta el modelo cultural y de civilización de un Imperio. Planteando no la acepción del modelo imperialista colonial, sino la idea de un imperio civilizador que genera una integración de distintos pueblos en su seno en un proyecto sociopolítico que trasciende y rebasa a éstos. Siguiendo aquí las propuestas e interpretación de Gustavo Bueno (1999).

En este sentido, más allá de una concepción puramente económica de la cuestión, lo que realmente distinguiría a un Imperio no sería tanto una estructura de poder capaz de someter y explotar pueblos y territorios; sino el hecho de que el Imperio no es sólo un estado o un territorio sino también y principalmente, una idea. Una idea de vocación integradora, de ordenación común de pueblos y hombres diversos, conforme a un principio superior civilizador.

Esta construcción del Imperio como orden político supranacional “bendecido” de un ideal superior por lo general de naturaleza espiritual (“bendecido de los Dioses”), parte en el caso concreto de Roma y en primer lugar, del Imperio como la facultad del Imperator. Y con esto queremos decir la jefatura militar o más aún, la “jefatura militar suprema” (Bueno 1999: 183-187).

Es decir, cuando el Imperator comience a ser el instrumento y la representación de la soberanía y su figura sea concebida como la suprema dignidad, entonces alcanzará la categoría de Princeps, es decir primero tanto en poder efectivo como en honor (Bueno 1999: 186). El ejercicio del poder adquiere de este modo un matiz más complejo, más que meramente militar o guerrero, y se convierte en representación y símbolo de “algo más”. Este planteamiento que se inicia con César (Dión Casio XLIII, 44), tendrá su continuidad cuando Virgilio defina la misión de Augusto (Eneida, VI, 851) y diga: “Tu regere imperio populos, Romane memento”. Por tanto, la facultad del Imperio (emanada en este caso de Roma), encarnada en un “Príncipe” llamado a regir distintos pueblos (Bueno 1999: 186-187).  Hay que resaltar aquí que en Roma, a los jefes se les consideraba dotados de una virtud mágica cuyos efectos prácticos, se traducían en la obtención de la victoria. Poseían así derecho a tomar auspicios, y en el campo de batalla eran intérpretes de la voluntad divina. Su victoria en este sentido era prueba del favor divino, y justificaba que las tropas aclamaran al jefe como Imperator   (Roldán Hervás 1997b: 281). Esta “mística” romana alrededor de la jefatura, como vamos a poder ver, será importantísima para lo que queremos plantear en este apartado.

Del mismo modo la capacidad militar del Imperator y su dignidad de Princeps, (clave en la ideología del Imperio), tiene su correlato subsiguiente en la idea de un espacio sobre el cual se ha de ejercer la acción de ese Imperio. O dicho de otra manera, el ámbito sobre el cual ese poder militar se puede hacer efectivo y por ende, esa dignidad superior también puede ser expresada. Siendo entonces que para una diversidad de pueblos, esa dignidad se constituye como centro superior de poder, y dichos pueblos se convierten en vasallos, en tributarios, en subordinados al Imperio o incluso en “leales” al Imperio. En nuestro caso hablamos de Roma, que llegadas las postrimerías de la República, con César primero, y sobre todo ya con Augusto, se configurará como un poder pero también como una idea transnacional, que vehiculizada por Roma, se expresaría en su Emperador y en el culto imperial.

Nos encontramos llegado este punto, con la propuesta que queremos tratar en este apartado; que la idea de Imperio en su sentido más eminente, es una idea con capacidad de sugestión, evocación y aceptación por los pueblos prerromanos Peninsulares y conforme a su ideología guerrera: El Imperio Romano no es ya un simple estado depredador que se impone por la fuerza de las armas, sino que es expresión de una dignidad superior que los nuevos pueblos integrados en su seno, reconocen como tal. Dicha dignidad superior se plasmaría precisamente en la figura de una jefatura militar suprema, en la figura del Emperador. El Emperador, no solo deviene así en Princeps-primero en dignidad y honor-sino que además, y en virtud de dicha dignidad superior, se convierte también en Pontifex, en el “hacedor de puentes”, en quien une lo Sobrenatural y lo Natural. El Emperador como si fuera un “sumo sacerdote”, un “representante de Dios en la Tierra” (Bueno 1999: 201). La posesión del título de Imperator por el “príncipe”-el “primero” de Roma, su “conductor” y su “guía”-a partir de César y Augusto, conferirá así un prestigio particular: si no el de una divinidad, sí al menos el de una “predestinación” a ser dios. El reconocimiento en él de una naturaleza divina o sobrehumana, que se afirmaba en el curso de su gobierno si no dejaba degenerar su poder en tiranía, y que merecía entonces llegada la muerte, los honores de la apoteosis. Situándosele entre el número de las divinidades reconocidas por la religión oficial (Grimal 2000: 12).

En la base de estos procesos sociopolíticos que alumbran la institución imperial y ponen fin a la República, parecerá permanecer en todo caso el trasfondo de un aura mística en torno a la jefatura, por la cual el príncipe habría sido puesto en el poder por Júpiter. Y esto conforme a una concepción sacra de la Auctoritas que se remontaría a la Roma arcaica e incluso a los etruscos (Grimal 2000: 11).  En esta línea parece expresarse el romano Servio (Aeneid. III, 268) cuando dice: “Fue costumbre de nuestros antepasados que el rey fuera simultáneamente pontífice y sacerdote”, e ideas parecidas se estarían dando en el mundo helénico donde desde tiempos de Homero, la tradición repetía que los reyes eran “hijos de Zeus” (Grimal 2000: 12). Incluso quizás estas mismas ideas podrían encontrarse en la antigua tradición céltico-galesa del Mabinogion  y en torno al “rey” o el “jefe”, como “puente” o intermediario con lo sobrenatural (Cirlot 1988).

Desde esta perspectiva, el orden político y jurídico            que enmarca la idea de imperio, estará determinada no solo por factores materiales o por la posesión y administración de un vasto territorio, sino fundamentalmente por una idea. Idea de orden espiritual que convierte al Imperator en Princeps y a éste, en Pontifex. Todo ello a partir de un concepto de la Auctoritas que termina por unificar poder militar, político y religioso, y cuya supremacía justifica su preeminencia legítima sobre pueblos y territorios.

Así un Imperio no es un reino que se impone a otros reinos y los explota. Es por el contrario un centro y eje que integra y ordena diferentes reinos, manteniendo las élites correspondientes, pero conforme a una integración y lealtad común a un mismo símbolo e institución. Institución que encarna la Trascendencia y cuyo símbolo sería la “corona” imperial. Lo esencial en el Emperador está en que su poder se fundamenta en que encarna un principio espiritual que va más allá de la pura posesión de territorios. Va más allá de lo puramente contingente y está llamado a ser símbolo de la verdadera autoridad, y por ende, “puente” entre “el Otro mundo” y nuestro mundo: Imperator y Pontifex. Siendo entonces objeto de una Fides e inspiración para una Areté, que  a  nuestro parecer, no será demasiado distinta a la que en origen podemos encontrar en las sociedades de jefaturas de la Edad del Hierro que hemos descrito anteriormente. Sociedades que se integrarán ahora de mano del imperio romano, en una institución sociopolítica de mucho mayor alcance y calado.

La figura del Emperador se configura así como soberano de príncipes y reyes, de caudillos y líderes locales, que reina sobre reyes y no sobre territorios, y al que los reyes rinden obediencia y lealtad como representante de un principio espiritual que trasciende las comunidades cuya dirección asume. Lo hemos visto en la anterior cita de Virgilio (Eneida, VI, 851), y estaría presente como culminación de un proceso de disociación entre el Rex Romanorum, y el Imperator totius Orbis (Bueno 1999: 226).

Vemos de este modo cómo el poder del Emperador y la ideología del Imperio, se manifiestan como un “orden bendecido de los Dioses” en cuya cúspide se aúnan el pontífice, el príncipe y general victorioso. Siendo ésta, una idea que de alguna manera no terminaría de ser ajena al culto a las jefaturas que se practicaba en el mundo hispano céltico, no terminaría de ser ajena al mannerbündprinzip de la “sociedades de jefaturas” de la Hispania céltica, con lo que cómo venimos indicando, podrían entonces amoldarse al proyecto imperial romano sin sufrir una verdadera desnaturalización.

Debemos entender así que el Imperio tiene un fundamento que no se remite a un simple poder material, sino que más aún apunta a un sistema de lealtades y clientelas en torno a un mismo “eje” unificador y vertebrador. Eje que tiene en la figura del Emperador su más alta plasmación, Emperador al cual se rendirá lealtad como representación de un orden querido por los Dioses, símbolo en la Tierra de una realidad Superior y Trascendente, capaz de traer la Pax a los Hombres: “Todo el género humano fue reunido en una paz universal y verdadera” (Floro, Epítome, II, 34). Entramos ya aquí en la sugestiva idea del Dominus mundi, “señor de la Paz y la Justicia”. El Imperio y el Emperador entonces, no como un poder arbitrario y depredador, sino como un poder llamado a regir a los pueblos del Mundo para mantenerlos en equilibrio, convivencia y paz[1]. La institución del Emperador como autoridad que ya no “impera” formalmente en cuanto rey de un estado, sino en cuanta autoridad orientada al “co-orden” de todos los estados incluidos en su propio espacio (Bueno 1999: 187-188 y 207). Roma se presenta de este modo como un Imperio que se eleva por encima de reyes y el interés particular de éstos, y recibiéndolos en su Fides, los protege. Suetonio de modo revelador nos habla así de “reyes clientes” del Imperio (Grimal 2000: 17).

En este sentido no debemos dejar de mencionar cómo el Emperador, unificará poder político, militar y religioso, y que a él le corresponderán los ritos sagrados que como “sumo pontífice”, renuevan y aseguran las armonía de los Hombres con los Dioses. Idea que como ya hemos indicado anteriormente, se daría también en las jefaturas guerreras hispano célticas. El Emperador se convierte así en el eje que en la cima de la cúspide social, renueva y asegura la armonía entre “el Cielo y la Tierra”. Siendo aquí que cobra especial sentido ese “misterio iniciático” en torno a la realeza sagrada-adytum et initia regis-considerado inaccesible al común de los mortales (Varrón, De lingua latina V, 8). De hecho en este pasaje de Varrón, se nos habla de diferentes grados del conocimiento, y de la existencia de unos saberes superiores que solo puede alcanzar el “rey”. En la misma línea entendemos que deberá situarse la virtud taumatúrgica de los Emperadores recogida por ejemplo sobre Vespasiano (Tácito, Hist. IV, 81 y Suetonio, Vespas. VII), así como la investidura divina recibida por Trajano (Hidalgo de la Vega 1995: 123).

De acuerdo a este planteamiento la palabras del propio César son clarificadoras: “(en mi estirpe está) el signo sagrado de los reyes que sobresale de entre los Hombres, y la veneración de los Dioses inmortales, bajo cuya potestad está el poder de los reyes” (Suetonio, Caesar, VI). En la misma línea se interpretaría la suelta de águilas a la muerte del Emperador remontando el vuelo como símbolo del alma que se eleva a las alturas (Dion Casio, LVI, 34) (idea análoga a la que hemos estudiado en el papel psicopompo de los buitres en la Celtiberia), y también en este mismo sentido entendemos que podrá leerse el canto y anuncio de Virgilio a una suerte de “nueva Edad de Oro” asociada al Imperio Romano: “La edad última de la profecía cumana por fin ha llegado. He aquí que renace el gran orden de los siglos. Retorna la Virgen, retorna Saturno (dios de la Edad de Oro) y una nueva generación desciende de lo alto de los Cielos. Dígnate, oh casta Lucina, de ayudar al nacimiento del Niño con el cual la raza del hierro (la raza de la última edad) concluirá y sobre el mundo entero se levantará la raza del oro, y he aquí, que reinará Apolo (…). Vida divina recibirá el Niño que yo canto, y verá a los Héroes mezclarse con los Dioses, y él mismo con ellos (Eclog., IV, 5-10, 15-18).

El tono heroico e intención profética de los cantos de Virgilio y respecto del papel del Imperio Romano, se ven reforzados en los pasajes que hacen referencia a la muerte de la Serpiente (Ibid. 24), a un grupo héroes que afrontará de nuevo la empresa de los argonautas (Ibid. 33), y a un nuevo Aquiles que repetirá la guerra de los Aqueos contra Troya (Ibid. 36). Todo ello imágenes simbólicas de un canto al papel de Héroe en la reordenación y restitución del Mundo, a la Edad de Oro que anuncia y trae Roma.

Llegado este punto de nuestra exposición, la carga simbólica de la idea de Imperio y Emperador, se nos muestra con claridad, y en la misma, podemos ver la fuerza sugestiva que dentro de las coordenadas éticas de las comunidades guerreras de la Hispania céltica-jefatura, Areté y Fides-pudieron llegar a tener el Imperio romano y el culto imperial. Culto imperial que entenderemos intentaba propiciar la idea de una Roma más allá de todo particularismo étnico y religioso, señalando una Fides superior ligada al principio sobrenatural encarnado por el Emperador, y ubicado por encima de toda lealtad específica, ya sea religiosa o “nacional”. Es así que aunque tardíamente y con cierta nostalgia, Namaciano (De red. suo. I, 62-65) evocará una Roma “(capaz de hacer) de los diversos pueblos una única nación”.

 

[1] En las postrimerías de la Antigüedad y en línea parecida, san Agustín en sus teorizaciones políticas nos dirá que la “Ciudad Terrena”, si no se ordena conforme al ideal universal de la “Ciudad de Dios”, solo se diferencia de una “partida de piratas” en el tamaño.

La Realeza Sagrada

en Espiritualidad por
Lo Celestial y lo Telúrico y la Soberanía y la Magia en el mundo Indoeuropeo: La Realeza Sagrada.

Lo Celestial y lo Telúrico y la Soberanía y la Magia en el mundo Indoeuropeo: La Realeza Sagrada.

Comprender el mundo espiritual de la antigua Hispania céltica, supone en gran medida conocer los paradigmas fundamentales del mundo indoeuropeo, y repensarlos a la luz de los avances del estudio histórico en el ámbito concreto de la céltica hispánica.

 

Aquí, más allá de la ordenación jerárquica en tres niveles de las culturas de raíz indoeuropea: “Soberanía, Guerra y Prosperidad”, podría estar dándose una distinción general entre “lo Celestial y lo Terrenal”. Y en lo Terrenal un nivel intermedio que llamaremos “Telúrico”, objeto del ritual mágico propiciatorio. Siendo la institución de la jefatura guerrera la que tendrá, tras la correspondiente iniciación, la prerrogativa de dicho ritual mágico. Conformándose de este modo las jefaturas guerreras como soberanías políticas y mágico-religiosas, que prefigurarán la idea de “Realeza Sagrada”.

 

Georges Dumézil será un conocido filólogo e historiador francés que realizará una contribución capital al estudio y comprensión de la cultura y religiones indoeuropeas. Comparando los antiguos mitos de numerosos pueblos indoeuropeos desde los mismos textos de dichas tradiciones, mostró como todos ellos podían estar obedeciendo a unas estructuras narrativas muy similares. Fundamentalmente señalando una visión de la sociedad y el universo dividido en tres funciones y niveles: la función soberana, la función guerrera y la función de mera producción material y económica. Este esquema trifuncional habría sido la estructura básica y de fondo del mundo cultural indoeuropeo, y el propio Dumézil la habría llamado “ideología tripartita indoeuropea” (García Quintela 1999: 18-19). Dicha ideología se repetiría en numerosas mitologías y tradiciones; desde la sociedad de castas de la India, hasta los relatos de fundación de la antigua Roma, pasando por los mitos recogidos en las Eddas escandinavas o la mitología céltica irlandesa. Del mismo modo se podría rastrear en la organización social del mundo medieval, o en la sociedad ideal diseñada por Platón en La República.

Siendo así el planteamiento de Dumézil un verdadero clásico para el estudio del mundo religioso del ámbito indoeuropeo, creemos posible a su vez remitirlo a un paradigma superior que venimos señalando en nuestro estudio y que englobándolo dentro de sí, permitiría entender la función soberana así como la función guerrera, como funciones que remiten al “Más allá Celestial”. Siendo entonces la tercera función (la económica y productiva), la que le corresponderá el plano natural y sus divinidades y genios menores provenientes de la esfera “telúrica” de la realidad. De la “esfera intermedia” entre lo natural y lo Sobrenatural, esfera que hemos denominado “Más allá Telúrico”.

Trayendo aquí a colación lo recogido en nuestro glosario, diremos que el “Más allá Celestial” hará referencia al plano invisible superior y trascendente, “sede de los Dioses y los Héroes”, de las “esencias puras y la Eternidad”, que descondicionado de toda contingencia natural o preternatural, es el fundamento y horizonte de la Areté. Del ejercicio de la Virtud.

Siendo el “Más allá Telúrico” el plano invisible, inferior, intermedio e inmanente, sede del Numen, de las divinidades menores y de los difuntos, que asociado a las fuerzas ocultas de la tierra y dependiente del plano meramente natural, es fundamento y horizonte del ritual mágico. De la magia como techné con la que operar sobre dicho plano intermedio o “preternatural” de la realidad.

Tenemos así que el clásico esquema trifuncional de Dumézil, podrá a su vez remitirse a un panorama metafísico que distingue entre lo Celestial y lo Terrenal, así como “lo intermedio” entre uno y otro en el ámbito de lo “telúrico o preternatural”. Con el ejercicio de la Virtud (Areté) como vía hacia “los Cielos” y la Magia, como “técnica” para accionar sobre el plano intermedio de la realidad. Sobre esa suerte de “Alma del Mundo” o Anima Mundi a la que nos remite la idea del “Más allá Telúrico”.

Siendo aquí importante destacar cómo, la primera función del esquema de Dumézil, la función soberana, es no solo soberanía política y jurídica sino también mágica (García Quintela 1999: 18-19), y que por tanto la aproximación y vivencia del plano Celestial no solo genera Auctoritas en el ámbito político jurídico, sino también en el ámbito mágico. Siendo así una soberanía cuyo “ordeno y mando” también alcanzará el plano del numen.

Teniendo en cuenta que estamos frente a culturas que tienen en la guerra el escenario propio para el cultivo de la Areté, será entonces que de la función guerrera no solo surgirá la jefatura y por ende la soberanía, sino también la prerrogativa del ritual mágico y propiciatorio. Son así jefaturas guerreras y mágicas. Portadoras también de la legitimidad y operatividad para el rito.

Obviamente con características como éstas, más o menos desarrolladas o concretadas según el momento y las circunstancias, en ellas parecerá prefigurarse una idea de “Realeza Sagrada” que como veremos en otro capítulo, quizás encontró definitivo refrendo en el Imperio Romano.

En todo caso, lo que queremos destacar aquí es que el ritual mágico, será mayormente prerrogativa de la función soberana, de la primera función. Y que es entonces que en el mundo indoeuropeo la jefatura es jefatura guerrera, y ésta a su vez es jefatura ritual y mágica, siendo así los dioses de las mannerbünde[1], dioses vinculados a la Guerra, el Más allá y la Magia (Peralta Labrador 2000: 214-217 y Bernárdez 2002: 195-211). En este sentido tenemos que reparar en que el ritual mágico, siendo en definitiva una acción de autoridad sobre las “fuerzas ocultas” del mundo natural (lo Telúrico), corresponderá precisamente al portador de la Auctoritas, al portador del Imperium. Esto es, al soberano, al representante de la primera función. El cual no solo gobierna y rige conforme a un determinado prestigio guerrero y Areté, sino que además, dicho prestigio y Areté le hacen portador de la fuerza espiritual que permite llevar a cabo el ritual mágico. Es decir, que le hacen capaz del “ordeno y mando” sobre las potencias del ámbito telúrico y preternatural.

Es en este punto donde claro está, entra en juego la cuestión de la iniciación guerrera y de la asociación del ritual mágico, al ingreso en las mannerbünde (Peralta Labrador 2000: 168-180, Dumézil 1929 y Eliade 1984). A la idea de que la “cofradía guerrera” a través de la iniciación trasmite al neófito una fuerza o “carisma” espiritual, capaz de hacer él un vector de autoridad frente a las potencias del Más allá Telúrico.

En este orden de cosas será importante resaltar que si bien la magia y sus ritos hacen referencia a la acción sobre el “Más allá Telúrico”, dicha magia será facultad propia de la primera función o función soberana. Precisamente por ser ésta la que en virtud de la Areté, tiene la autoridad “sobrenatural” y el “carisma” espiritual correspondiente para poder llevar a cabo el rito, y que éste sea efectivo. La idea sería así que asociados a esas jefaturas guerreras, se darían también ceremoniales de iniciación que otorgarían la prerrogativa del ritual mágico, a aquellos que van a detentar el poder político. Como si la “coronación” de la jefatura viniera precedida tanto del prestigio guerrero, como de la Iniciación Mágica. En este sentido la imagen del jefe guerrero y a su vez mago, la encontraremos meridianamente retratada en la preponderancia de Lug u Odín en los panteones de los Dioses célticos y germánicos (Peralta Labrador 2000: 214-216, García Fernández Albalat 1990: 205-204 y Tovar 1982). Dioses que estarán precisamente vinculados a la Guerra, el Más allá y la Magia…

Por otra parte y sin menoscabo de todo lo dicho, muy posiblemente se dio una “magia menor” al alcance de los miembros de la tercera función, así como un “estamento” guerrero desligado de las iniciaciones mágicas. Unos miembros de las bandas guerreras no “consagrados”, no iniciados en los rituales de las mannerbünde.

Esta distinción de grados dentro de la propia “clase” guerrera nos pone frente a la idea de que el desarrollo de los atributos propios de dicha clase, a partir de un determinado punto, elevan de categoría al sujeto y lo conectan con los atributos propios de la soberanía. Podríamos plantear así que la función guerrera allá donde alcanza su máxima cualidad y desarrollo, se trasmuta en algo más que “función guerrera” y adquiere el grado de “función soberana”. De señor de orden y justicia, así como garante y responsable del marco religioso y espiritual. La institución de la devotio podría ser en este sentido sintomática (Peralta Labrador 2000: 168-172 y 156-162; Bernárdez 2002: 61-65 y Dumézil 1929 y 1971).

Las jefaturas guerreras se convierten de esta manera y potencialmente en soberanías políticas y mágico-religiosas. Entendido esto último en el sentido de señores y oficiadores de los rituales mágicos que conectan a la comunidad, con la fuerza espiritual de los antepasados y armonizan a ésta, con “númenes” y “daemones”. La labor política es de este modo también entendida como una labor ritual, lo que nos invita a reconocer aquí y como hemos dicho antes, simientes de lo podríamos llamar una “Realeza Sagrada”.

El caso del dios Wotan-Odín del mundo escandinavo, será en este sentido paradigmático, pues se nos muestra como una divinidad que tiene en la sabiduría y la magia su máximo atributo, pero dichas sabiduría y magia lo son con especial proyección en el ámbito guerrero y soberano (Bernárdez 2002: 195-211 y Dumézil 1990 y 1986).

*

A modo de resumen y hasta aquí, podremos decir que para la Hispania céltica, y en general para la Edad del Hierro europea, el mundo espiritual recogería un vasto y diverso “Universo Invisible” que genéricamente se estructuraría por un lado; con una realidad “Suprema y Celestial”, sede de los Dioses y de aquellos que conquistaron la Inmortalidad tras la muerte: los Héroes. Y por otro; con un mundo invisible e intermedio, telúrico y preternatural, vinculado a las fuerzas ocultas de la Naturaleza, sede de “daemones” y de difuntos, de diosas y “númenes” de las fuentes, las cuevas o los montes, al que se asociarán los ciclos cósmicos de muerte y regeneración.

Para la primera de estas realidades (el “Más allá Celestial”), se señalará un ethos guerrero, una Areté que impele a vivir el “Camino del Héroe” y conquistar la Inmortalidad. Para la segunda (el “Más allá Telúrico”), se dará un ámbito mágico y ritual mediante el cual armonizar o someter ese “plano intermedio”, a los intereses o necesidades humanas. Una religiosidad que podríamos llamar “propiamente pagana”[2], en la que el “operador”, por virtud del ritual mágico, tratará “de tú a tú” al mundo invisible pretendiendo que éste, favorezca sus intereses.

A partir de esta concepción mágica del mundo natural y en el ámbito de las jefaturas guerreras, se desarrollará la idea de una Auctoritas capaz de ejercer Imperium sobre el Más allá Telúrico. De unir en una misma institución soberanía, prestigio guerrero y acción mágica y ritual. Jefatura, acción política y acción ritual unidos conforme a un horizonte en el que se vislumbrará, la idea de la “Realeza Sagrada”. Idea que como podremos ver más adelante, podría haber encontrado especial plasmación en el culto imperial romano. Todo esto sin perjuicio y como ya hemos indicado, de que se diese una “magia menor” y “doméstica”, practicada por el común de la población.

En orden a clarificar lo expuesto sintetizamos seguidamente con un sencillo esquema lo que venimos planteando:

Lo Celestial y lo Telúrico y la Soberanía y la Magia en el mundo Indoeuropeo: La Realeza Sagrada.

[1] Mannerbünde: Término germánico que literalmente significa “sociedades de hombres”. Nosotros lo usaremos para designar asociaciones guerreras entorno a jefaturas, dotadas de un propio universo espiritual, ético y ritual de orden heroico, iniciático y mágico.

[2] El término “pagano” proviene del latín paganus: Literalmente, hombre del campo, campesino, aldeano o paisano. El término sin embargo será usado en clave religiosa cuando el cristianismo se convierta en la religión oficial del Imperio Romano, y se utilice entonces para denominar las antiguas religiones europeas. Éstas precisamente, estarían perviviendo en las zonas rurales cuando en los ámbitos urbanos, se habría impuesto ya la religión cristiana. En este sentido tendrá ya de por sí un carácter peyorativo, al asociar al pagi (aldea), y a sus habitantes los “aldeanos” (paganos), la pervivencia de las antiguas creencias precristianas. Más allá de esta aproximación histórica y etimológica al término, el término “pagano” nosotros lo hemos usado aquí, conforme a la idea de una religiosidad fundamentalmente naturalista y mágica. Ajena por tanto a una genuina concepción “sobrenatural” y ética de la Trascendencia y lo divino, al reducir ésta, a mero reverso invisible y numinoso del mundo natural. Por tanto y por decirlo así, una suerte de “panteísmo inmanente” muchas veces asociado a los ciclos naturales de muerte y regeneración para el cual, no parecerá reconocerse una verdadera esfera Superior y “Celestial”, y por ende no se remarcará y hará central una determinada vindicación ética. Quedando entonces en primer plano el ámbito mágico y ritual.

Cuando las religiones indígenas de la antigua Europa se vieron desplazadas por el cristianismo, posiblemente sobrevivieron únicamente y de forma residual en sus elementos más puramente mágicos y naturalistas, siendo sustituida su dimensión ética y trascendente por la religión cristiana. Este hecho contribuirá a relativizar el valor espiritual de dicho mundo precristiano al contemplarlo como una tradición carente de un genuino ethos, y de una verdadera Trascendencia.

Señalar aunque sea, pues escapa a las posibilidades de este estudio, cómo en dicha Trascendencia judeocristiana, el ser humano, podría verse obligado a confesar su entera y absoluta dependencia con respecto a la Divinidad (ocurre así marcadamente en el cristianismo protestante). Abundando entonces en la idea postración del Hombre frente al pecado y necesidad unilateral de “Gracia” y “Salvación”. Mientras que en la Trascendencia que venimos estudiando, en la espiritualidad heroica del mundo céltico e indoeuropeo, el ser humano es milites de la Divinidad en el mundo, y frente a ella lo que establece es una relación de Areté y Fides. De honor, lealtad y merito. Puede por decirlo así “por sus obras”, merecer los Cielos…

Cervantes, Numancia y la idea de España

en España por
Cervantes

España sufre a día de hoy día un problema de conciencia identitaria. Un problema respecto del saber quiénes somos y cuál es nuestra historia e identidad. Es así que la actual crisis territorial, no es sino reflejo de una crisis de nación tras la cual subyace el problema de no saber o entender qué es España, quiénes somos los españoles y de dónde venimos. 

Recordar y comprender dicha identidad, se convierte así en algo fundamental para lo cual la figura de Cervantes, podrá ser especialmente esclarecedora. Por su obra, por su vida, por el momento que le toco vivir, en Cervantes se darán todos los elementos para a través de su pensamiento, encontrar cátedra incontestable que nos ayude a conocer y entender el ser e identidad de España. Y efectivamente es así, pues es una de sus tragedias más representativas Cervantes, no dejó plasmada su idea de España…

La cuestión identitaria se ha convertido en uno de los problemas fundamentales que afectan a España. Nuestra crisis territorial no es sino una crisis de nación tras la cual subyace un problema identitario. Un problema de conciencia de nosotros mismos y auto conocimiento. Un no saber quiénes somos y de dónde venimos que debilita los andamiajes  de nuestra constitución política y ciudadana, y nos hace pasto de las derivas nacionalistas. Tanto en el ámbito del cuestionamiento a la unidad de España como unidad de voto acerca de aquello que nos afecta a todos. Como cuestionamiento a la unidad de España respecto del ser mismo de España. De España  como realidad histórico política, étnico cultural y antropológica que raíz común de nuestra diversidad, es a su vez fundamento de nuestra unidad.

Se pretende así desde los nacionalismos y con excusa de las identidades culturales particulares de algunas regiones, afirmar tanto la ruptura de la unidad de voto, que no es sino la unidad de decisión respecto de aquello que nos atañe a todos; como afirmar la ruptura de la comunidad identitaria. Esto es, hacer de las particularidades de una región, diferencias identitarias de nivel superior a las que no podrá corresponder más que el  derecho de autodeterminación.
En ambos casos se retorcerán los conceptos y las palabras a través de sofismas y trampantojos argumentales. Se llamará así derecho a decidir y acto democrático a la voluntad de una parte integrada en un todo, a tomar una decisión unilateral respecto de ese todo sin contar él e independientemente de los efectos que sobre dicho todo, tenga dicha decisión. Y del mismo modo, se hará de toda disensión acaecida en el proceso histórico político de España, excusa de tiranía insoportable y anhelo legitimo de libertad. Haciéndose también de toda particularidad cultural o histórica, acento innegable de identidad diferenciada ubicada más allá de toda raíz común española. Por supuesto todo ello a costa de disparates históricos insostenibles y de demagogias políticas que de tanto repetirse, parecería que han ganado marchamo de veracidad.

De hecho, la hegemonía cultural de un progresismo mal entendido en el que pesan todavía complejos y manías respecto del Franquismo y de España, habrá facilitado el camino al separatismo y sus tergiversaciones. Pues mayormente no habrá tenido en frente un discurso sólido, articulado y veraz, capaz de ponerlo en evidencia y de ofrecerse a los españoles, como narrativa identitaria común. Generándose entonces una ofuscación en la comprensión del problema en la que a duras penas, se desenmascara la falacia independentista. Toda vez que la derecha, desde su tecnocracia, economicismo y estrechez de miras, poco o nada ha aportado para esclarecer el debate.

Mucho se oye hablar así del pueblo catalán, vasco o andaluz, y a penas se dice nada respecto del pueblo español. Entendido éste como el conjunto del que formarían parte integral vascos, catalanes o andaluces. España como unidad política materializada en la unidad de voto para aquello que nos afecta a todos, es así sistemáticamente relativizada por el “derecho a decidir”. Y el fundamento identitario del que surgiría dicha unidad política, es puesto en duda una y otra vez por los correspondientes “hecho diferenciales”, hasta el punto de que parecería que España, es solo un constructo jurídico superpuesto a unas naciones libres y autónomas entre las que debería haber, poco más que una relación de buena vecindad…

Sin embargo las cosas no son así. La realidad de España y sus regiones y nacionalidades es otra. Y la constitución política de España no es sino la plasmación  de una hermandad de fondo entre gentes y pueblos que tienen mucho más en común que diferencias. Gentes y pueblos que durante siglos y con luces y sombras, alianzas y enfrentamientos, han configurado una de las identidades más antiguas de Europa. Recordar y entender así dicha identidad, se convierte en algo fundamental para poder afrontar el desafío separatista y reencontrarnos y reconciliarnos con nuestra identidad común española.

Para dicho fin, la figura de Cervantes se mostrará especialmente esclarecedora. Por su obra, por su vida, por el momento que le toco vivir, en Cervantes se darán todos los elementos para a través de su pensamiento, encontrar cátedra incontestable que nos ayude a conocer y entender el ser e identidad de España. Y efectivamente es así, pues es una de sus tragedias más representativas, Cervantes quiso dejar plasmada su idea de España. Idea para su época y para aquel tiempo, pero idea que aún pasados los siglos, hoy día sigue resultando tremendamente aleccionadora…

España y la profecía del Duero.

Rondaba ya los cuarenta años cuando Cervantes escribió “El cerco de Numancia” (Año 1585). Tragedia renacentista sobre el fin de la Numancia celtibérica frente a Roma, y tras un penoso asedio en el que lo numantinos prefirieron quitarse la vida a ser derrotados por el hambre o entregarse a la esclavitud. El episodio de la heroica ciudad celtibérica y su suicidio colectivo frente al general romano Escipión, habría servido así a Cervantes de inspiración para una de las obras de teatro más interesantes del Siglo de Oro. Pudiendo extraerse de la misma varios contenidos morales con la excusa de la sufrida guerra numantina: el amor a la libertad, la dignidad del vencido, la muerte honrosa, la victoria sin honra, etc… Sin embargo, entre estos temas se dará también una honda reflexión sobre el ser, la historia e incluso el destino de España. Reflexión que viniendo de Cervantes, no debe pasarnos desapercibida ni ser relativizada.

Dividida en cuatro jornadas, la obra en la primera de ellas, nos plantea ya lo esencial del argumento. El general romano Escipión por encargo del senado asume la “difícil y pesada carga” de rendir la ciudad celtibérica de Numancia. Subido a una peña Escipión arenga a los desmoralizados soldados romanos diciendo como sigue: “Avergonzaos, varones esforzados, porque a nuestro pesar, con arrogancia tan pocos españoles y encerrados defienden este nido de Numancia. Diez y seis años son, y más, pasados, que mantienen la guerra, y la jactancia de haber vencido con feroces manos millares de romanos”.

Los soldados turbados por las palabras de Escipión juran ponerse de su lado en la lucha contra Numancia, siendo entonces que se anuncia la inesperada llegada de unos embajadores numantinos que quieren parlamentar con el general. Escipión y los numantinos se reúnen y estos últimos le ofrecen amistad y paz tras tantos años de “porfía”, pero Escipión la rechaza: “A desvergüenza de tan largos años es poca recompensa pedir paces”. No hay armisticio posible con Roma y los numantinos marchan sabiendo que se reanuda de nuevo la guerra: “Al hecho, que guerras ama el numantino pecho”.

Escipión queda solo en su tienda junto a su hermano Fabio siendo entonces que se desvela su plan: “Pienso de un hondo foso rodearlos, y por hambre insufrible derrotarlos. No quiero yo que sangre de romanos coloré más el suelo de esta tierra (…) en tan larga, reñida y cruda guerra”. A lo que su hermano Fabio contestará: “Mejor será encerrarlos como dices, y quitarle a su brío las raíces. Bien puede la ciudad toda cercarse si no es en la parte do el río la baña”.

El argumento esencial de la trama es así puesto ya sobre la mesa y siendo conocido por todos cual iba a ser el desenlace final del enfrentamiento, la tensión dramática de la obra ira paso a paso en aumento hasta la catarsis final. Sin embargo antes de continuar con la trama, la obra al terminar la primera jornada hace un curioso receso. Un receso en el que Cervantes parecerá querer mostrarnos su idea de España:

Aparece en escena la propia “España”, como personaje de la obra, como personaje alegórico que representaría a la mismísima España. Su voz clama al Cielo:

“¡Alto, sereno y espacioso Cielo que con tus influencias enriqueces la parte que es mayor de este mi suelo (…) muévate a compasión mi amargo duelo, y pues al afligido favoreces, favoréceme a mí en ansia tamaña, que soy la sola y desdichada España”.

Lamentándose de su destino España plantea el “pecado original” de donde parecerían provenir gran parte de sus aflicciones:

“¿Será posible que de continuo sea esclava de naciones extrajeras y que en un pequeño tiempo yo no vea de libertad tendidas mis banderas? (…) mis famosos hijos y valientes andan entre sí mismos diferentes. Jamás en su provecho concertaron los divididos ánimos furiosos, antes más los apartaron cuando se vieron más menesterosos”.

Sus hijos viven divididos de espaldas entre sí, más aun cuando más necesitarían estar unidos.

Al tiempo frente a la amenaza romana, señala a Numancia como adalid de la libertad:

“Numancia es la que ahora sola ha sido quien la luciente espada sacó fuera, y a costa de su sangre ha mantenido la amada libertad suya y primera”.

Es entonces que lamentándose del cerco que sufrirán los numantinos invoca al río Duero que a la sazón, corre a los pies de la ciudad celtibérica:

“Y pues sola la parte por do corre y toca la ciudad el ancho Duero, es aquella que ayuda y que socorre en algo al numantino prisionero, antes que alguna máquina o gran torre en sus aguas se funde, rogar quiero al caudaloso y conocido río, que en lo que pueda, ayude al pueblo mío”.

Y el río Duero aparece en escena. Al igual que España también como personaje alegórico. Dice como sigue:

Madre querida España, rato había que hirieron mis oídos tus querellas; y si en salir acá me detenía fue por no poder dar remedio a ellas. El fatal, miserable, y triste día según el disponer de las estrellas, llega a Numancia, y cierto temo que no hay remedio a su dolor”.

Para Numancia la suerte está echada… y el río Duero lo sabe. Así lo “disponen las estrellas”. Sin embargo ese amargo final pudiera ser que fuera semilla y anuncio de algo grande:

“Mas ya que el revolver del duro hado tenga el último fin establecido de ese tu pueblo numantino amado, pues a términos tales ha venido, un consuelo le queda en este estado: que no podrán las sombras del olvido oscurecer el sol de sus hazañas”.

El olvido no caerá así sobre la heroica ciudad celtibérica y puesto que la luz de sus hazañas no declina, dicha luz parecerá ser promesa de un tiempo mejor: Comienza entonces “la profecía del Duero”, momento especialmente interesante de la obra de Cervantes…

“tiempo vendrá (…) que estos romanos serán oprimidos por los que ahora tienen abatidos. De remotas naciones venir veo gentes que habitarán tu dulce seno después que, como quiere tu deseo, habrán a los romanos puesto freno. Godos serán, que con vistoso arreo, dejando de su fama el mundo lleno, vendrán a recogerse en tus entrañas, dando de nuevo vida a sus hazañas”.

Anuncia la caída de Roma a manos de los Godos y la llegada de éstos a España.

“Y portillos abriendo en Vaticano, tus bravos hijos, y otros extranjeros, harán que para huir vuelva la planta el gran piloto de la nave santa. Y también vendrá tiempo en que se mire estar blandiendo el español cuchillo sobre el cuello del romano, y que respire solo por la bondad de su caudillo”.

Anuncia el saco de Roma por parte de las tropas del emperador Carlos V en 1527, haciendo huir al propio Papa, así como señala las victorias españolas en Italia durante el siglo XV y XVI. Victorias que plantea como resarcimiento de los españoles frente a los romanos, y que son a su vez puestas en relación con las victorias godas frente a Roma.

“Y cuando fuere ya más conocido el propio Hacedor de tierra y cielo, aquel que ha de quedar instituido virrey de Dios en todo el suelo, a tus reyes dará tal apellido, cual viere que más cuadra con su celo: católicos serán llamados todos, sucesión digna de los fuertes Godos”.

Señala la llegada del cristianismo y como éste, dará a los reyes de España nombre llamándolos católicos. Estableciéndose la continuidad entre éstos y los antiguos Godos. Una línea de continuidad entre los “fuertes” Godos y los reyes de España que se sobreentiende, habría adquirido especial plenitud con los Reyes Católicos propiamente dichos.

“Pero el que más levantará la mano en honra tuya (…) haciendo que el valor del nombre Hispano tenga entre todos el mejor asiento, un rey será, de cuyo intento sano grandes cosas me muestra el pensamiento, será llamado, siendo suyo el Mundo, el segundo Felipe sin segundo”.

Anuncia la llegada futura de un rey sin par que honrará especialmente a España y del que podrá decirse qué es “suyo el Mundo”: Felipe II.

“Debajo de este Imperio tan dichoso serán a una corona reducidos, por el bien universal y a tu reposo, tus reinos hasta entonces divididos: el girón lusitano tan famoso, que en un tiempo se cortó de los vestidos de la ilustre Castilla, ha de zurcirse de nuevo, y a su estado antiguo unirse”.

España en el futuro podrá fin a sus divisiones internas e incluso Portugal (“el girón lusitano”) volverá a España. “Por el bien universal” y por la paz, todo ello en la égida de un Imperio “dichoso”.

“¡Qué envidia, qué temor, España amada, te tendrán mil naciones extranjeras, en quien tú teñirás tu aguda espada y tenderás triunfando tus banderas!”

La profecía del Duero concluye celebrando la gloria de la futura España, unida, temida, amada y victoriosa de sus enemigos.

“Sirva esto de alivio en la pesado ocasión por quien lloras tan de verás”.

Ese destino de gloria es así alivio y consuelo para esa España afligida que ha de afrontar ahora, las duras y trágicas jornadas del asedio de Numancia.

El río Duero se despide tras su profecía-“Adiós, porque me esperan ya mis ninfas…” –y España le dice adiós deseándole los favores del Cielo. Se cierra la primera jornada del “Cerco de Numancia” y a través de ese río Duero que habla con voz de profecía, parece habernos hablado el mismísimo Cervantes…

 *

¿Qué podemos decir nosotros de esta peculiar profecía? De esta semblanza de España que Cervantes ha recogido por boca del río Duero. ¿Qué idea de España refleja esta obra y es trasladada desde las tablas del teatro a los españoles del siglo XVI? ¿Qué puede decirnos a nosotros de nosotros mismos, a los españoles del siglo XXI, las palabras del río Duero de Cervantes?

Ciertamente creemos que sería un verdadero error en un país como España, tan desorientado en cuanto su identidad, al conocimiento y puesta en valor de su identidad e historia, dejar pasar las palabras de Cervantes…

Siendo así y a bote pronto, resaltarán las siguientes ideas:

-En primer lugar Cervantes traslada la idea de la existencia de España, que aparece incluso como personaje de la obra. Esto que puede parecer una obviedad no lo es tal en un país, donde a día de hoy puedes encontrar políticos, tertulianos y periodistas que no tienen reparo en ningunear la existencia histórica de España como nación de largo recorrido. Como nación de siglos de antigüedad presente ya, en la conciencia colectiva de los españoles del Siglo de Oro.

-En segundo lugar resulta a nuestro parecer interesantísimo que Cervantes, ubique en la España prerromana el origen mismo de lo español. Haga de Numancia y la España “ancestral” de los celtíberos, “patria originaria” de los españoles. Siendo hasta tal punto así que la conquista romana es presentada como afrenta que algún día, los españoles podrán resarcir.

-Tercero, se señala una suerte de “pecado original” de los españoles, de “mis hijos” dice literalmente España. Esa fuente de nuestros males y de nuestra debilidad no será otra, que la división entre nosotros. División que será aún más lacerante al enconarse justo, cuando deberíamos estar más unidos.

-Cuarto, la España Goda como fuente de identidad y episodio fundacional de nuestra historia. Episodio que genera una continuidad a través del tiempo que llega a los reyes católicos: literalmente “sucesión digna de los fuerte godos”.

-Quinto, la propia referencia a esa catolicidad como rasgo importante de la tradición e identidad española: “a tus reyes dará tal apellido, cual viere que más cuadra con su celo: católicos”.

-Sexto, el llamado Siglo de Oro y los tiempos del Imperio Español, como plenitud de España. Como apogeo de una nación unida y poderosa de la que forma parte también Portugal, y cuyas banderas triunfan ahora donde antes se veían privadas de libertad, y cuya espada se tiñe con la sangre de sus enemigos, habiendo sido Numancia la primera “quien la luciente espada sacó fuera”.

-Séptimo, la nula referencia a una herencia árabe o judía e incluso a la Reconquista. Como si algo tan conocido de todos en aquel momento, tanto para público como autor, pudiera obviarse a la hora de entender qué es España, cual es su identidad y cuál es su destino.

Estas siete ideas fundamentales que sobre España plantea Cervantes a través de la profecía del Duero, son a nuestro humilde entender altamente significativas y valiosas, pues vienen de quien vienen y son recogidas en un momento tan especial e importante para nuestra historia, como el siglo XVI. Ideas en las que se refleja una honda conciencia identitaria, arraigada en los ancestros, en la idea destino colectivo, de continuidad histórica a lo largo de tiempo y de superación a la postre, de derrotas y adversidades.

Cervantes nos ofrece así a los españoles del siglo XXI una sana conciencia identitaria que por desgracia a día de hoy, apenas existirá entre nosotros y que sin embargo, era objeto de una obra teatral de éxito en el siglo XVI. Ciertamente da qué pensar… Y es una pena que ideas que pudieron estar tan presentes en alguien como Cervantes, los españoles de nuestro tiempo o no sepamos de ellas o peor aún, nos avergoncemos de ellas y repudiemos en un gesto de estúpida endofobia. Endofobia de la que estamos convencidos, nada bueno se puede sacar…

Así para Cervantes y su profecía del Duero, el Imperio Español habría tenido su origen en las hazañas de los numantinos y en Felipe II, su punto culminante. Habría habido una “urheimat” y un cénit. Estableciéndose una continuidad y semejanza entre el pasado y el presente observándose, que si en la lucha contra Roma había desunión entre españoles, bajo Felipe II y habiendo unión completa, se habría conseguido la preeminencia de España sobre el resto de las naciones. Cuando los españoles llegan a la unidad de sus distintos pueblos, se hace posible realizar un gran destino, en este caso el Imperio.

Es así que en esta obra de Cervantes, esa “patria originaria” que sería Numancia, será mostrada como paradigma de unidad, como modelo de cohesión más allá de desavenencias internas. Unidad y cohesión que es recogida como lección del pasado para los españoles del siglo XVI que asisten a la representación de la obra. Al mismo tiempo se plantea la hazaña numantina, como el otro gran legado o lección de Numancia a los españoles, pues el heroísmo numantino se recogerá como anuncio de las futuras hazañas de España. Así al final de la obra literalmente se dice: “Indicio ha dado esta no vista hazaña del valor que en los siglos venideros, tendrán los hijos de la fuerte España, hijos de tales padres herederos”. Es decir la grandeza de España y su Imperio, guardaría una relación de continuidad con el coraje numantino y se hace posible gracias a la herencia de éste. En el pasado y más allá de la caída de Numancia, estaría el origen y legitimidad del presente.

En definitiva, la “Numancia” de Cervantes como un claro reflejo de una conciencia identitaria española de la que participa el autor y para la que los numantinos, serían la primera imagen de los antiguos españoles. Dándose una línea de continuidad histórica a través de la España Goda y la España de los Reyes Católicos que hace de los españoles de 1580, herederos de los numantinos y protagonistas de una unidad que ahora, engloba a España entera. Unidad que permite hacerla protagonista de un designio superior, que obviamente en tiempos de Cervantes, se leerá en clave imperial.

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Patria originaria, necesidad de unidad, continuidad histórica a lo largo de los siglos, hazañas aleccionadoras, proyecto colectivo… ¿De verdad todo esto está demás? ¿De verdad no tiene Cervantes nada que enseñarnos con su Numancia, a los españoles del siglo XXI? ¿De verdad podemos seguir en ausencia de conciencia identitaria española y sufriendo de endofobia? ¿De verdad tiene sentido negar a España? ¿De verdad tiene sentido romper su unidad?
Yo pienso que no. Estoy convencido de que no. Y no por nada, sino porque es Cervantes, quien me invita a pensar así…

Cervantes, Numancia y la idea de España.
La figura del caballero como símbolo de prestigio en el mundo celtibérico. Fíbula de caballito de la necrópolis celtibérica de Numancia. 150 a.C. (Reproducido de Romero Carnicero 2001: 141).

Pervivencias ancestrales de la España Mágica

en España por
Lámina II: Diablos de Luzón. Vestidos y tiznados de negro, con grandes cornamentas, cencerros y dentadura “feroz” hecha con patata cocida. (Alfonso Romo. Gabinete de prensa. Diputación de Guadalajara).

De las Xanas y Cúlebres, a las botargas, romerías y Vírgenes de la Encina.

Del universo feérico de las Hadas, los Gigantes, los espíritus del Bosque o el Hombre Lobo; a las mascaradas de invierno en la España más rural y ancestral, entre cencerros, rostros tiznados de negro, grandes cornamentas o feroces morriones; pasando por peculiares romerías en apartadas ermitas donde antiguas vírgenes aparecidas en árboles centenarios, nos recuerdan una lejana sensibilidad pagana…

 

Todo ello como un patrimonio etnoarqueológico desde el que aproximar una mirada a la España más ancestral y atávica, como una pervivencia residual del antiguo sustrato céltico e ibérico de nuestros más lejanos antepasados.

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Un anexo de nuestra tesis doctoral trató el tema del “Celtismo Contemporáneo” como un fenómeno a tener en cuenta en nuestro época, tanto por sus implicaciones espirituales como identitarias. A partir de dicho anexo hemos podido escribir un libro llamado precisamente “El fenómeno del Celtismo” del cual extraemos este fragmento para colgarlo en nuestro blog.

 

De todos los seres “fantásticos” que “rondan los caminos, peñas y ríos” de España y pueblan la imaginación del campesino premoderno, los más comunes no serían tanto los grandes dioses del panteón pagano (de cuyo testimonio en fuentes clásicas podremos tener cierta familiaridad) como los seres “numinosos” de menor entidad, cuyas referencias se encuentran mayormente en el ámbito popular de la pura leyenda, el cuento y la tradición oral[1]. Es lo que se ha venido a llamar el “universo feérico”, poblado por figuras femeninas como las ninfas, xanas y sirenas, por “genios” como el Nubeiro, o por gigantes terribles como el Ojancano. Y es que quizás precisamente, los grandes dioses del panteón pagano habrían sido los primeros en ser absorbidos por el cristianismo toda vez éste, se convierte en la religión oficial del Imperio Romano y el signo distintivo de la civilización medieval. Siendo entonces en el ámbito de los “elementales”, del sentir la naturaleza como ente animado dotado de alma en cada uno de sus elementos fundamentales: la tierra, el bosque, las aguas, las cumbres, las cuevas… que pudiera haberse conservado la antigua memoria de la Europa precristiana.

Es así como un mitema tan conocido como el de la sirena, podemos encontrarlo desde la Odisea a las leyendas medievales irlandeses, en un arco geográfico y temporal distante pero de muy posible fondo común en la antigua raíz indoeuropea. Y es que el estudio del universo feérico invita a una lectura comparada de mitos y leyendas en el que se destilan tanto raíces comunes, como un mismo sentir por decirlo así “Mágico”, de las fuerzas y misterios de la Naturaleza.

Tenemos de este modo en la cultura popular del noroeste Peninsular y vinculadas a las aguas a esas Xanas y Mouras que hemos señalado anteriormente cuyas características, no difieren de las ninfas del mundo clásico y que de carácter “semidivino”, maravillosas y terribles a un mismo tiempo, custodias de tesoros, raptadoras de niños, propietarias de mágicos amuletos y anuncio y puerta al “mundo invisible del Sidhe”, apenas se diferenciarán tampoco de las Hadas de las leyendas irlandesas.

En la misma línea, el folclore popular del noroeste Peninsular hará especial hincapié en una suerte de “dragón rural” que será la Cúlebre. Terrible serpiente gigante y alada del norte de España, arrasadora de prados, devoradora de ganados, atemorizadora de pastores y aldeanos, que como un dragón de cuento también deben ser derrotada por “un héroe”, también guarda tesoros o aprisiona doncellas y también se guarece en pozas y cuevas húmedas y oscuras. Convirtiéndose en el rival a batir, en la prueba a superar, en el peligro y maldición a desterrar para devolver la paz a la comunidad.

Y es ciertamente la serpiente un animal de simbolismo polisémico más aún en la figura del dragón, entendido éste como serpiente alada. Pero en lo que nos atañe al folclore popular, la Cúlebre no dejará de estar vinculada a lo telúrico e ínfero. A lo subterráneo, oscuro y húmedo. Ya sea esto en el ámbito más externo de las cuevas, simas y pozas del mundo natural, como a los propios subterráneos del alma si queremos entender también estos mitos, en una clave más espiritual. Y es que Xanas y Cúlebres quizás no solo deban entenderse como referencia al anima del las aguas y las cuevas, sino también y respectivamente a las facetas acuosas y oscuras del alma.

Y también en este breve repaso al universo feérico del noroeste de España podremos encontrar al “gigante terrible” de cumbres y montañas o islas solitarias. Es el Ojancano. Personaje del folclore popular cántabro y asturiano, tuerto y de fuerza descomunal asociado a parajes naturales especialmente indómitos y salvajes, amigo a su vez de lobos, forajidos y proscritos. Gigante que arrojará piedras desde los riscos a los caminantes, hacedor de estrechos desfiladeros y cortantes barrancos y que parecerá concentrar los males de la brutalidad y la crueldad, al modo de los Trolls de la tradición escandinava. Siendo a su vez en la tradición popular de las montañas cántabro-astures quien siembra el rencor, la envidia y el odio en el corazón de los aldeanos.

En los bosques por otra parte habitaría el Busgosu. Suerte de fauno de la cornisa cantábrica y genio de los rincones más remotos del bosque. También de la violencia sexual y la lascivia ciega del “celo” animal. Junto a los Ojancanos de las montañas y peñas, las Xanas y Sirenas de las aguas y las Cúlebres de las cuevas y pozas, el Busgosu de los bosques bien parecerá otra personificación más de las fuerzas misteriosas de la naturaleza. De esa concepción del mundo natural como un mundo “animado” que posee cualidad de “alguien” y no meramente de “algo” y que a su vez, puede ser reflejo simbólico de las distintas facetas del alma humana.

Es así también importante dentro del universo feérico del noroeste de España, la figura del Nubeiro. Señor de las tormentas, la lluvia, el granizo y los fenómenos meteorológicos. Genio del cielo atmosférico que en ocasiones se hace acompañar de carneros, lobos o cuervos así como de vestimentas oscuras, lo que puede invitar a pensar no solo en un feérico de los fenómenos atmosféricos adversos sino también y quizás, en una antigua divinidad del trueno y la tormenta degradada a “mero folclore”.

Otra leyenda del universo feérico que podemos también traer a colación en este brevísimo repaso podría ser, el mitema del “caballo espectral”. Que aparece inopinadamente en los caminos y arroja al incauto que osa subirse a su grupa a las aguas de pozas o ríos donde éstos se ahogan. Aguas que en el mundo céltico son símbolo del tránsito al Más allá y que en ocasiones parecerán poder llevar a la víctima del “caballo espectral”, de ida y vuelta al Reino de los Muertos. También serán reseñables las leyendas sobre lobos, hombres lobo y “lobisomes”, en Galicia, Portugal y Extremadura, posible eco de antiguas tradiciones de las fratrias guerreras y que incluso podrán sorprendernos con interesantísimos paralelismos, como el que encontramos en una cerámica ibérica de Elche (Fig. 4). En ésta, un joven guerrero armado con un venablo y en un paraje de foresta, se enfrenta a un gigantesco lobo metiendo su mano en la boca y agarrándole por la lengua en lo que parecería, una suerte de prueba u ordalía de un héroe fundador. Siglos después y en Asturias encontramos leyendas de hombres enfrentados a lobos en el bosque a los que derrotan, aferrándolos por la lengua. Leyendas e imagen cerámica que parecerán tener a su vez paralelo con la leyenda escandinava de Tyr, que pierde su mano al haberla introducido en la boca del lobo Fenriz como garantía mientras lo ataban con una cuerda encantada (Almagro Gorbea 2013: 272-273). Analogías de un lado a otro de España y de un lado a otro de Europa alrededor de lo que parece un mismo mitema en torno a la figura del lobo.

Figura 4: El “joven guerrero” frente al gigantesco lobo agarra su lengua. Una más que posible antigua leyenda que a día no podemos conocer en detalle pero de cuyos paralelismos, podemos inferir un posible sentido iniciático (Imagen en www.contestania.com).
Figura 4: El “joven guerrero” frente al gigantesco lobo agarra su lengua. Una más que posible antigua leyenda que a día no podemos conocer en detalle pero de cuyos paralelismos, podemos inferir un posible sentido iniciático (Imagen en www.contestania.com).

 

Y leyendas también en torno a los pozos y los manantiales subterráneos, con las tradiciones del pozo Airón y el “genio” del pozo[2]. Asociado a desaparecidos, ahogados, sapos, sierpes y a una suerte de “numen” que viviría en el pozo. Y las leyendas sobre los “trasgus”, en Galicia, Asturias y Cantabria y el duende martinico en Castilla. Vinculados por lo general a los hogares, siempre burlones y en ocasiones malévolos y análogos en gran medida al Goblin del folclore británico y centroeuropeo. Y por supuesto las leyendas de mouros en Galicia, que no sería los “moros” invasores africanos medievales, sino seres y criaturas anteriores a la llegada del Hombre a Galicia. Seres que duermen de día, trabajan de noche, levantan dólmenes y castros, custodian tesoros y que funcionarán de una manera muy similar a todo el mundo feérico que se documenta en las islas Británicas alrededor del mitema del “pueblo escondido”.

En general y esta es solo una levísima pincelada que tampoco tiene sentido aquí alargar o detallar más, los diversos seres fantásticos del folclore popular parecerán remitirnos tanto al ámbito de una sentir el mundo natural como animado o “dotado de alma”, como quizás a una más profunda lectura en la analogía del alma humana respecto de dicha “alma natural o universal”. Debiendo reseñarse en todo caso el paralelismo que podrá establecerse entre dicho mundo feérico Peninsular, y el que se encuentra y documenta en el ámbito de las Islas Británicas, e incluso en el ámbito escandinavo o de la antigua Grecia. Todo ello indicándonos un mismo sentir o misma mirada aún distanciada por el tiempo y la geografía, pero unida en la misma raíz ancestral indoeuropea.

Y en la misma línea podrá plantearse la cuestión de las leyendas sobre “procesiones de ánimas” o “comitivas espectrales”, concretadas en el folclore español en las leyendas sobre la Santa Compaña y la Güesa. Procesiones de difuntos y “almas en pena” aciagas para quien se cruce con ellas y que de nuevo, tendrán interesantísimos paralelos a lo largo del mundo celto-germánico de Irlanda a Escandinavia. Como el caso de la Fairy Host irlandesa o la Sluagh escocesa. También quizás en el ámbito análogo de las leyendas vascas del “cazador negro” y las almas de suerte funesta que le siguen, posible eco lejano de la “caza salvaje” que acompaña “al viejo dios pagano de la magia y la muerte”, convertida ahora en maldición desde la perspectiva cristiana.

Junto a estos personajes del universo feérico y las diversas leyendas sobre muertos y ánimas, todo ello aquí muy sucintamente señalado y a modo de mero indicativo, la indagación etnoarqueológica deberá necesariamente detenerse también en las fiestas populares. Y a la hora de aproximarnos a éstas, habrá que tener presente en todo momento el antiguo calendario céltico: Seis meses de Luz, seis meses de Oscuridad. Con puntos centrales de ambos periodos en los solsticios de Invierno y de Verano, ahora en Navidad y noche de san Juan, y fiestas principales en primavera y otoño del Beltaine en Mayo y el Samhain en Noviembre. Calendario en el que se organizarán las tareas del campo de una manera natural, de acuerdo a las propias estaciones, y para las cuales se darán unos determinados significados de orden espiritual y cósmico. Una visión cíclica del tiempo y el universo para la cual se incidirá, en la conciencia de un constante dinamismo de frio y calor, día y noche, sol y luna, todo organizado en torno a un eje central fijo e inmóvil, sostén “del sistema” que como en una inmensa rueda cósmica, es “centro” Inmutable y Eterno en torno al cual gira el círculo continuo del devenir, lo contingente y perecedero. Aquí la “rueda solar” o Swastika, tan abundante en el registro arqueológico como en la tradición popular, parecerá ser la correspondiente representación simbólica.

Sobre dicho calendario pagano se habría dado aparentemente, la superposición del mundo y las creencias cristianas, sus ciclos de Navidad, Carnaval, Cuaresma, Semana Santa, Virgen de Agosto, Santos y romerías… La Noche de San Juan-solsticio de Verano-será en este sentido especialmente interesante. Pues se recibe al “gran Sol” con bailes y música, y se “cruza la noche” más corta con fogatas y saltos rituales. También será interesante el día de Todos los Santos y la Noche de Difuntos. El Shamain céltico y el comienzo del Invierno, la noche de los antepasados, el homenaje a los ancestros y la reconexión con ellos. Y entonces la fiesta de las calaveras de ánimas. Tan conocidas como adulteradas desde la vulgarización del Halloween norteamericano, y también rastreables a lo largo y ancho de la geografía española. En éstas quizás el simbolismo céltico de la cabeza como sede del alma, quizás también el propio rito de las “cabezas cortadas”, tan caro al mundo céltico. Y del mismo modo la asociación de las calaveras de difuntos a los “mozos” de los pueblos, la noche, la ingestión de bebidas alcohólicas y también a cierta irreverencia u osadía. Lo que podría estar señalándonos el antiguo “banquete guerrero” del Samhain y sus ritos de confraternización e iniciación.

Al hilo de esta última referencia señalar también las llamadas “fiestas de mozos”, todavía relativamente abundantes en diversas áreas de España y muchas de ellas asociadas a mascaradas: las conocidas Botargas de la Alcarria, o los antes mencionados “Carochos” de Campo de Aliste en Zamora, o el interesantísimo caso de los Zamarrones de Saelices. Mozos vestidos de negro que corren y saltan hasta la ermita del pueblo, y que junto a las “Caballadas de Atienza”, con jinetes nocturnos y vestidos también de negro, parecerían formas residuales de antiguos ritos de iniciación guerrera. El carácter misógino de la “Caballada de Atienza” parecería abundar en esta idea, así como el hecho de que los Zamarrones funcionarían como “una sociedad dentro de la sociedad”, un grupo aparte pero dentro de la comunidad. Una suerte de mannerbünde o “sociedad de hombres” que representa a la comunidad, la defiende, pero se sitúa más allá de ella.

Fiestas similares se podrán encontrar en infinidad de pueblos y áreas rurales de toda España y de toda Europa, y pueden ser a nuestro parecer un filón muy importante en el estudio etnoarqueológico de nuestro folclore (Lám. II)

Lámina II: Diablos de Luzón. Vestidos y tiznados de negro, con grandes cornamentas, cencerros y dentadura “feroz” hecha con patata cocida. (Alfonso Romo. Gabinete de prensa. Diputación de Guadalajara).
Lámina II: Diablos de Luzón. Vestidos y tiznados de negro, con grandes cornamentas, cencerros y dentadura “feroz” hecha con patata cocida. (Alfonso Romo. Gabinete de prensa. Diputación de Guadalajara). 

Hemos mencionado en relación a los Zamarrones de Saelices, la presencia de una ermita en el rito. De nuevo en un ámbito cristiano, en este caso la ermita, la posible pista de un folclore de orígenes paganos. Es decir, interesantísimo para el ámbito de la etnoarqueología el estudio de las Vírgenes y las ermitas rurales, de las fiestas y ordenaciones del territorio establecidas a partir de las mismas. De ritos “circumbalatorios”, de división de términos municipales en cuatro partes con la ermita en el centro, o de apariciones de Vírgenes sobre árboles, principalmente encinas y robles. Y asociado a dichos árboles la bellota, el fruto del Quercus y entonces la bellota, como símbolo de fuerza y fecundidad. Como elemento esencial de la dieta en la Hispania céltica y como símbolo de poder todavía presente, en el bastón de mando de las alcaldías de algunas localidades especialmente rurales de España.

En definitiva, un amplio universo de seres fantásticos, fiestas populares, vírgenes y santos trenzados de paganismo, árboles sagrados y ermitas rurales, mascaradas y fiestas de mozos, y antiguas leyendas que recuerdan a viejos mitos, que nos ponen frente a la posibilidad de acercarnos, aunque sea lejanamente, a unas mentalidades no ya premodernas, sino quizás abiertamente precristianas.

La idea será así que el folclore rural Español, conservado en las zonas más apartadas de nuestra geografía, si bien ya quizás muy degradado y exangüe, nos estaría mostrando la materialización en el ámbito de la cultura popular, de ese pasado de creencias “numinosas” en un “alma misteriosa” del mundo. Alma oculta en cumbres, bosques, océanos, arroyos apartados o animales salvajes, y que mediante ritos y fiestas queda armoniza con el mundo de los Hombres. Formándose entonces un todo orgánico en el que “los dioses y los Hombres”, conviven manteniendo un equilibrio que no es, sino el orden mismo del Universo. Obviamente una idea como esta nos avanza lo que podríamos llamar “sensibilidad pagana”, quizás todavía residual en estos fenómenos culturales objeto del estudio etnoarqueológico. En parte por esto último dicho estudio no deberá ser dejado de lado, y lo que nos pueda enseñar el folclore, ser respetuosamente salvaguardado.

[1] La bibliografía aquí es amplísima y son abundantísimas las webs que de modo divulgativo tratan esta cuestión, no siempre con el debido rigor que cabría esperar. Nosotros en este trabajo, que pretende ser mayormente una reflexión sobre la cuestión del Celtismo, dejaremos aquí señalados algunos textos que sí que consideramos interesantes tanto en el ámbito más académico, como en el más divulgativo. Pero en ningún caso esta reseña pretenderá ser exhaustiva y una vez señalados a pie de página, no los recogeremos después en el grueso de nuestra argumentación más que puntualmente.
Destacamos así en el ámbito más académico a Reyes Moya 2012, Almagro-Gorbea 2013, Lorrio 2007, Alberro M. 2004 o González Echegaray 1980. En el ámbito más divulgativo lo más relevante consideramos que sería Callejo Cabo 1998, 1999 y 2000. Y Callejo Cabo y Canales Torres 1995 y 1997. Después también puede ser interesante Martín Sánchez 2002, y después una gran cantidad de obras divulgativas con mayor o menor trabajo de campo como puedan ser: Sordo Sotres 1995, Vaqueiro 2004 o Arrieta 1999… Cabe quizás mencionar una obra casi seminal en esta cuestión como García Lomas 1964.
 Acercándonos a ellos desapasionadamente y con cierta precaución, pero dotados de un enorme interés, hay que señalar aquí necesariamente dos libros más: El crespúsculo celta de William, B. Yeats (1985) y La comunidad secreta de Robert Kirk (2009). Auténticos clásicos en cuanto a lo feérico se refiere.
[2] Para el tema del Pozo Airón ver Lorrio 2007.

El papel del Folclore y la Etnoarqueología en el estudio de las raíces de España y Europa.

en España/Espiritualidad por
El folclore y la etnoarqueología en España y Europa

La Cultura Celta, más allá de su realidad histórica, ha llegado a ser un referente de determinadas formas de cultura popular de nuestro tiempo. Es lo que nosotros llamamos “El fenómeno del Celtismo”. A dicho “Celtismo” del siglo XXI hemos dedicado un anexo de nuestra tesis doctoral. A partir de dicho anexo hemos podido escribir un libro llamado precisamente “El fenómeno del Celtismo” del cual extraemos este fragmento para colgarlo en nuestro blog.

En el mismo planteamos que el estudio del folclore no puede ser ya dejado a un lado si queremos conocer las sociedades célticas y las raíces mismas del sustrato cultural europeo. Desde ámbitos académicos y hasta la simple divulgación pasando por los eruditos locales y los folcloristas, cada vez parece más claro que hay algo en el mundo tradicional más ancestral que nos acerca a las creencias de la Edad del Hierro. Ese algo debe ser reconocido, estudiado y puesto en valor. Incorporado como elemento de juicio y comprensión de qué cosa fue la céltica europea y a partir de ahí, como sana orientación para el Celtismo de nuestro tiempo.

El estudio del folclore y la etnoarqueología a día de hoy y desde ámbitos académicos, se está planteando como una posible fuente para el conocimiento de la Protohistoria, especialmente a la hora de afrontar cuestiones relacionadas con las concepciones sociales y la espiritualidad (Reyes Moya, P. 2012).

Frente a las visiones estrechas para las cuales el pasado solo podía estudiarse desde un determinado número de fuentes coetáneas, renovadas líneas de estudio e indagación plantean la potencialidad de un trabajo multidisciplinar en el que arqueología, folclore, fuentes clásicas y literatura tradicional pueden darse la mano. Acercándosenos entonces una “ventana” desde la que asomarnos a las mentalidades de la Protohistoria Europea. Especialmente en el ámbito de las creencias, los principios y valores. En el ámbito de la “religión”, entendida ésta como parte orgánica y esencial de las sociedades antiguas. Parte de la que no siempre los testimonios arqueológicos podrán darnos debida cuenta (Reyes Moya, P. 2012: 1-5).

El desprecio del Hombre Moderno por la tradición así como el estilo de vida mecanizado de nuestro tiempo, deja atrás y sepulta en el olvido siglos de conocimiento y construcciones cosmológicas ancestrales en las que un riquísimo patrimonio inmaterial, daba testimonios sociales, jurídicos y religiosos de un mundo que en muchos casos y con seguridad, se remontaba a la Edad del Hierro. Emerge así la idea de una continuidad de fondo desde la Prehistoria reciente, hasta la Historia posterior. Con una visión menos rupturista entre las distintas fases históricas. Como si por decirlo así: “los sistemas culturales invasores hubieran dejado mayor margen de maniobra y continuidad a las sociedades invadidas”. De este modo, será posible plantear la necesidad apremiante de coordinar con inteligencia las fuentes que trabaja esta renovada vía de estudio, especialmente en el ámbito de los testimonios orales y antes de que desaparezcan los últimos “hombre y mujeres-memoria”. Esos que aún hoy, pueden transmitir unas costumbres y tradiciones de origen ancestral, desde el mismo contexto en el que las aprendieron (Reyes Moya, P. 2012: 507-511).

Y no nos encontramos aquí frente a una cuestión menor… pues de todos los “sistemas culturales invasores”, el más laminador de toda tradición y creencia habrá sido la Modernidad. Y ésta, sí que habrá supuesto en numerosísimas ocasiones el final de sistemas culturales tradicionales cuyo conocimiento y análisis a día de hoy, pueden reconocerse como línea de investigación prioritaria para el estudio de la Hispania céltica.

Atendiendo a cómo el mundo hispano céltico nos remite a instituciones y cosmovisiones ancestrales de origen indoeuropeo, rastreables en distintos rasgos comunes de un extremo a otro de Europa, el estudio de la Hispania céltica desde el folclore y la etnoarqueología, se nos revelará capaz de ilustrar no ya la Protohistoria Peninsular, sino las raíces mismas de Europa (Reyes Moya, P. 2012: 508 y 511).

*

Se plantea así que la tradición folclórica de las zonas más rurales de España, especialmente en lugares del noroeste Peninsular no obstante no solo de esta área, puede ser estudiada en ocasiones como una ventana desde la que asomarnos, aunque sea en la lejanía, a principios, creencias e instituciones del mundo hispano céltico. En la misma línea, un trabajo similar podrá hacerse en el ámbito de las leyendas populares y la literatura tradicional premoderna (Almagro-Gorbea 2013), la cual también podrá suponer un reencuentro con las raíces protohistóricas y célticas de España. Y del mismo modo, cabrá plantear la adaptación por parte del Cristianismo, de algunos mitemas especialmente significativos del mundo hispano céltico. Tal será el caso del jinete heroico y guerrero y la figura de Santiago Matamoros, “guerrero celestial” e “Hijo del Trueno”, arquetipo heroico montado en su caballo blanco e imagen que conectará perfectamente, con el mundo de símbolos y principios de la tradición guerrera y ecuestre de la Hispania céltica (Almagro-Gorbea 2005).

La idea es entonces, que en determinados elementos de la cultura popular más antigua, y especialmente en la preservada en las zonas más rurales de España, pudiéramos estar recibiendo trazas diversas de los que fue el mundo cultural de la Hispania pagana y céltica. Este mundo habría pervivido disimulado y oculto en fiestas, leyendas, romerías, personajes míticos del mundo feérico, romances y tradiciones y en general, en todo un universo folclórico que de ser debidamente mantenido, recuperado y estudiado, puede darnos interesantísimo frutos en el conocimiento y reencuentro con las raíces célticas de la identidad Española.

Siendo importante entrar a valorar aquí la cuestión del folclore y desde el punto de vista que venimos señalando, como una cuestión de “pervivencias”. Cuestión que estará en el centro de todo estudio etnoarqueológico. Esto es: ¿Hay en el folclore pervivencias auténticas de las tradiciones y costumbres del pasado? Más aún ¿hay en el folclore pervivencias de la Edad del Hierro, del mundo Hispano celta; de lusitanos, celtíberos, astures y cántabros? ¿Es lícito usar el término “pervivencias” para aquello que podamos encontrar de interés en el folclore popular, o nuestras “pervivencias” no dejan de ser estructuras universales de pensamiento? (Arizaga Castro y Ayán Vila 2007: 463-464).

Estas preguntas serán clave para el debate etnoarqueológico y de ellas derivarán las premisas de la que debemos partir a la hora de estudiar el folclore popular, si queremos discernir aquello que realmente nos remite al pasado más remoto.

Tratando de abundar en claridad y concreción diremos, que el trabajo etnoarqueológico tiene que ser capaz de entender que folclore puede ser en un momento dado casi cualquier cosa: una canción popular, un traje regional o una romería… y que todo folclore es a su vez antropología. Ahora ¿es también arqueología? Bien, pues cuando dicha romería se celebra en el “Castro de san Torcuato (el santo del torques) y la comitiva procesional sube al santuario intemporal del “Pico Sacro”, parece ser que ciertamente sería lo más razonable pensar que sí (Arizaga Castro y Ayán Vila 2007: 447).

De igual manera el tema de las mouras encantadas gallegas, las xanas asturianas, las anjanas cántabras, las mairiak de Vascongadas y por otra parte las nereidas, ninfas o lamias del mundo grecolatino. Remitiendo todas ellas a un mitema análogo desde el Mediterráneo hasta los relatos medievales irlandeses pasando por el noroeste Peninsular, repitiéndose los motivos y comportamientos en un análogo universo feérico (Arizaga Castro y Ayán Vila 2007: 466-467 y 469) ¿No debería invitarnos a pensar en una “lejana supervivencia”? ¿No es acaso la etnicidad céltica una manifestación más del complejo y polimorfo mundo indoeuropeo? ¿No sería razonable entonces encontrar ahí la clave de tan interesante equivalencias a lo largo y ancho de Europa?

El oeste de Irlanda, la isla de Man y el interior de Gales, el noroeste Peninsular o lo altiplanos sorianos se configuran, entre otras muchas áreas de Europa, como paradigma de zonas periféricas de gran riqueza etnográfica y paisaje tradicional en cierta medida “fosilizado”. Su folclore, tradiciones y leyendas podrán sugestionarnos así la idea de “ecos lejanos de otro tiempo” y ciertamente el estudio serio de la cuestión y como venimos planteando, señala en esa dirección. Siendo entonces que con mayor razón, conviene manejarse con cuidado y rigor…

Es decir, el estudio etnoarqueológico estará llamado en gran medida a saber perfilar qué tipo de información es la que estamos recibiendo a través del folclore y cómo debemos valorarla: Desde la posibilidad de una de pervivencia del pasado lejano, hasta la manifestación de un patrón antropológico universal, pasando por la interpretación “arqueológica” que de un resto antiguo, estaría haciendo el saber popular (“los tesoros escondidos” de la “leyendas castreñas” gallegas serán aquí especialmente representativos (Arizaga Castro y Ayán Vila 2007: 452-57).

Es a partir de todo este orden de cosas que parece claro cómo debe platearse el estudio etnoarqueológico: Primeramente recopilando datos, haciendo el trabajo de campo y documentando tradiciones y folclores antiquísimos antes de que estos desaparezcan definitivamente con las nuevas generaciones. Más difícil el siguiente paso, en el que habrá que trazar sobre estos datos, las vías de una correcta interpretación. Los caminos para poder fondear en dichos datos, y encontrar las posibles pervivencias del mundo pagano precristiano. Aquí quedaría todavía un largo trecho por andar y en todo caso y a nuestro entender, será un ámbito llamado a darnos interesantísima información si sabemos interpretar correctamente, lo que nos llega desde “la tradición”. Hablamos de fiestas populares como la de los Zamarrones de Saelices, cerca de Segobriga, de ejemplos de arquitectura popular como el chozo asturiano, de objetos simbólicos como las calaveras de ánimas la noche de difuntos, de “lugares encantados” como el pozo Airón o de mascaradas y botargas de año nuevo como los “Carochos” de Riofrío de Aliste en Zamora…

En definitiva, un marco de estudio y trabajo que está aún por desarrollarse y que además en España, parece poder ser especialmente fértil debido a la gran cantidad de zonas rurales que han conservado sus más ancestrales tradiciones. De éstas, entendemos que con las debidas precauciones y matizaciones podríamos extraer elementos ideológicos y culturales provenientes del fondo atávico de los pueblos de España y Europa. Debiendo reconocerse para dichas tradiciones un valor de patrimonio cultural que debe ser cuidado, estudiado y conservado, sin por ello caer en interesadas y burdas recreaciones que con demasiada frecuencia, terminan por hacer un flaco favor a aquello mismo que quieren reivindicar.

Año 2015: España en el Laberinto

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España en el Laberinto del minotauro.

En el 2015 se cumplen 40 años de la muerte de Franco, lo que es tanto como decir que hace 40 años que comenzó para España un nuevo periodo histórico que hoy día parece afrontar un cambio de etapa. Un cambio en el que la propia realidad de España se desdibuja y es puesta en solfa, y en el que antiguas problemáticas respecto de nuestra identidad y realidad nacional se enredan una vez más, generando confusión y zozobra.

Repensar España será así tarea fundamental de nuestro tiempo y aunque solo sea para a nivel personal resistir a la propaganda, la demagogia y la confusión, planteamos seguidamente algunas pautas y reflexiones que a modo de “Hilo de Ariadna”, permiten salir del Laberinto…

España sufre a día de hoy una Crisis de Nación, una Crisis de Identidad. Sin esta crisis el independentismo sería marginal e irrelevante para la vida política española.

Gran parte de esta crisis es debida al nacionalismo. A la ideología nacionalista. Ya sea por lo que fue en el pasado el nacionalismo por decirlo así “españolista” del franquismo, ya sea por el nacionalismo secesionista y antiespañol del separatismo catalán o vasco de nuestro tiempo. Este nacionalismo de un lado y otro enturbia y confunde la cuestión identitaria española.

Frente a este problema tanto la izquierda como la derecha españolas actuales parecen no saber dar una respuesta ni entender el problema. La izquierda, porque aparenta estar completamente fuera de juego respecto de la cuestión identitaria española, de la que parecen no tener si quiera conciencia. Y la derecha, tecnocrática y economicista, en la que a un aparente desinterés por la comprensión de la realidad desde las Humanidades, acompaña una obsesión por lo que llaman “marca España”, que poco o nada tiene que ver con la dimensión y cuestión identitaria de lo español y sus problemáticas.

Los orígenes de la problemática identitaria española pueden posiblemente rastrearse en las problemáticas de la España tradicional y premoderna a la hora de engarzarse en la propia Modernidad. Problemáticas que se traducirán en las dificultades para dar a luz un auténtico proyecto español de comunidad política y cultural en el Mundo Moderno.

En todo caso, y más allá de la reflexión y discusión sobre dichos orígenes, en lo que ahora nos atañe la cuestión fundamental es que el problema no lo tenemos tanto con el “hecho diferencial” catalán, vasco, gallego o andaluz… como con la ideología nacionalista propiamente dicha, y la ausencia a su vez de una verdadera conciencia identitaria española.

No tenemos así un problema con lo identitario catalán, vasco o gallego… tenemos un problema con el nacionalismo y el uso que éste hace de lo identitario. Uso que solo puede prosperar y resultar verosímil en sus tergiversaciones, en el contexto de una ignorancia e inconsciencia de la identidad común española. En el contexto de una suerte de “ignorancia de nosotros mismos”.

Paradójicamente, dará la impresión de que dicha carencia de una consciencia identitaria española, dicha combinación de “ignorancia, indiferencia y complejo” respecto de lo español, habrá nacido en gran medida como consecuencia del nacionalismo franquista y su uso abusivo e ideológico, unilateral y de parte de España y lo español.

Apropiación del nacionalismo franquista de la cuestión identitaria española, que una vez agotado el franquismo, parecería habernos dejado acomplejados y confusos respecto del valor y sentido de la propia españolidad. Toda vez que además dicho nacionalismo franquista, tiene en frente suyo los distintos nacionalismos secesionistas como “contra imagen y sombra” de su propio existir y accionar. Nacionalismos secesionistas que como en un movimiento pendular han hecho de los últimos 40 años una ocasión para su desarrollo, aprovechando dicho complejo y confusión.

El problema que afrontamos es así un problema no tanto político o económico como ideológico. Un problema con la ideología nacionalista, de un lado y del otro, y sus consecuencias y proyecto.

Insistimos en este sentido en que no hay un verdadero problema con el “hecho diferencial” catalán o vasco, sino con el plan que el nacionalismo separatista, desde el comienzo mismo de la democracia del 78, ha tenido, mantenido y cultivado con la excusa de dicho “hecho diferencial”. Plan que responde más a la ideología que a la realidad, para el que apenas cabe autocrítica ni cuestionamiento interno, y que a su vez no hubiera en ningún caso prosperado si no hubiéramos vivido en ausencia de una conciencia identitaria española. Ausencia larvada paradójicamente en otro nacionalismo, el nacionalismo franquista.

El problema es así el nacionalismo en sus diversas formas: centralista y separatista, pero nacionalismo en todo caso. Vicio y perversión de la virtud del patriotismo y adulteración y malversación de la sana conciencia identitaria.

En este orden de cosas creemos que no es exagerado decir que España se encuentra, desde hace quizás algo más de 100 años, en ausencia de un principio espiritual de cohesión nacional. Y es en ausencia de dicho principio, que ha prosperado entre nosotros el nacionalismo en sus formas más perniciosas. Si dicho principio hubiera estado asentado, el nacionalismo y sus problemáticas nunca hubieran llegado hasta el punto en que ahora se encuentran y estamos convencidos de que a día de hoy estarían en el ámbito de la marginalidad política.

Repensar España es así tarea fundamental de nuestro tiempo y en ella la conciencia identitaria española, común y a su vez diversa y heterogénea, debe saber imponerse a las adulteraciones de todo nacionalismo, cuyas argumentaciones difícilmente resisten la objetividad. Debiendo llevarse a cabo esta labor de mano de la reelaboración de esos principios espirituales de cohesión fraternal, sin los cuales la deriva nacionalista y el laberinto en el que nos ha metido no terminará de quedar atrás.

En este sentido y aunque solo sea para a nivel personal resistir a la propaganda, la demagogia, la confusión, y no dejarnos llevar por los disparates nacionalistas o desanimarnos frente al paramo identitario español, planteamos seguidamente algunas pautas y reflexiones.

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En primer lugar, España, en su recorrido histórico político, étnico cultural y desarrollo antropológico, es una raíz común de la que surgen los distintos pueblos y regiones de España. España no es así una comunidad de vecinos de la que se entra y se sale sin más. No somos pueblos extraños entre sí conviviendo en un mismo lugar. Somos un conjunto de pueblos hermanos de cuya, por decirlo así, “consanguinidad” histórico cultural no podemos sustraernos sin romper la unidad familiar, sin afrentarnos entre hermanos, sin faltar a nuestra raíz común.

Tenemos de este modo las mismas raíces y somos las mismas gentes pero con diferentes “ramas”, “estilos” o personalidades colectivas. Pueblos hermanos que, cada cual a su manera, participa de una genérica “cultura española” o “ser español”, que todo visitante extranjero reconoce en cuanto pisa nuestra tierra. Hermanos así en una suerte de España pre política. Una España cultural y antropológica anterior a su cristalización en un proyecto político concreto. Una España de la que en este sentido se es no por sentimientos o filiación política, sino como el universo cultural, antropológico y étnico de hecho, a partir del cual hacemos nuestra vida y nuestra persona. Españolidad de hecho para la que nuestros sentimientos de españolidad o inclinaciones políticas ni aportan ni quitan nada al hecho de ser españoles. Pues en este ámbito, se es español no por filiación política o sentimental sino por identidad cultural y antropológica. Se tenga conciencia de ella o no.

Somos en este sentido una de las identidades colectivas de Europa, como puedan serlo los británicos o los escandinavos, y con mayor o menor acierto, y conforme a nuestras circunstancias y vicisitudes históricas, hemos conseguido “no dejar de ser españoles” y darnos un proyecto político común de siglos de antigüedad.

Dicho esto, España no solo será así una raíz común cultural, antropológica e histórica, sino que además, habrá sido con distintas formas y peculiaridades, un proyecto político común para dicha raíz y su diversidad de pueblos y regiones. España es también, y valga la redundancia, el proyecto político para las gentes de España.

Desde la Hispania Romana, que aglutina en un mismo ente administrativo a los distintos pueblos de la Hispania Antigua, al Reino godo de Toledo, primer “Regnum Spaniae” y, por ende, proyecto político común para toda España. Del ideal neogótico que en algún momento informó a todos los reinos de la España cristiana frente al Islam; León, Navarra, Aragón o Portugal… a esos primeros “españoles” que se mencionan en el Reino Franco para referirse indistintamente a los habitantes de Aragón, los condados catalanes y en general la Marca Hispánica. De la unión territorial de los Reyes Católicos y el rey Fernando afirmando que dicha unión “restaura” la unidad del reino godo de Toledo, a un Cervantes o un Lope de Vega que en repetidas ocasiones afirman su condición de españoles y su convicción política española.

España como proyecto político no es así un invento de Franco… no es una cascara vacía sin refrendo histórico a lo largo de los siglos. La España política es por el contrario una larga andadura, con luces y sombras, aciertos y desaciertos, mayor o menor consciencia por parte de los españoles, pero realidad inapelable que, desde la objetividad, no puede ser negada…

Dicha España política, por otro lado y como hemos señalado anteriormente, no se habrá construido sobre una miríada de pueblos extraños, naciones en sí mismas sin mayor vínculo entre sí que la vecindad territorial… No, no habrá sido así… La España política se ha proyectado y desarrollado sobre pueblos hermanos de raíces comunes, partícipes todos de una diversa pero fehaciente “cultura española” o “ser español”. Lo que nos configura como uno de los grupos étnico culturales de Europa (el de los españoles) grupo que como conjunto poseerá a su vez subgrupos dentro de sí, como puedan ser los catalanes, castellanos, vascos, extremeños o andaluces. Pueblos hermanos que no vecinos.

Vecinos tenemos. Marruecos y el Magreb son nuestros vecinos, y a la vista está que no son españoles ni nosotros marroquíes. También a la vista estará que si Marruecos y el Magreb son vecinos, Cataluña y Aragón son algo más, son pueblos hermanos…

Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa, ningún pueblo de España existe por sí mismo como raíz propia desvinculada del tronco común de lo español. No somos una comunidad de vecinos… esto no es verdad. No hay distancias insalvables en nuestros distintos perfiles y personalidades colectivas como para considerarnos gentes extrañas. Somos pueblos hermanos y como tales políticamente debemos actuar.

Todo ello nos conduce en puridad a afirmar la existencia de un ámbito cultural español del cual participan los distintos pueblos y regiones de España, una “dimensión identitaria española”. Además, nos conduce a aspirar, más allá de desavenencias, desencuentros y rencores, a un proyecto político común para todas las gentes de España. A una España política que, unida en la diversidad y diversa en la unidad, de traducción política a nuestra hermandad antropológica, histórica y cultural.

*

Castilla, finalmente y en gran medida, capitaneó el proceso político de reunificación que supone el Medievo español tras la invasión islámica y la caída el reino godo de Toledo. Pero esa capitanía fue disputada por todos en algún momento del Medievo, ya sean Navarra, Aragón o Portugal, y todos ellos, al igual que Castilla, conforme al mismo ideal neogótico y la misma vocación de protagonismo e impronta en las distintas regiones de España. Castilla finalmente fue la que se impuso por los motivos que fuera y el castellano ha terminado siendo, desde hace mucho tiempo, la lengua común de toda España. Esto, sin detrimento de que existan otras lenguas españolas, como el catalán, el gallego o el vascuence, que siendo españolas no han tenido la repercusión del castellano. Esta preponderancia del castellano solo desde la ideología nacionalista puede usarse como arma arrojadiza, ya sea para laminar las otras lenguas de España, ya sea para hacer valer un independentismo antiespañol.

Por otro lado, este Medievo español nunca puede ser entendido si obviamos al reino godo de Toledo y su “Regnum Spaniae”. Su “Reino de España”, primera realidad política de una España unida que, como ideal de “unidad perdida”, alimentará el discurso neogótico de todos los reinos cristianos surgidos en España tras la invasión musulmana. Unidad perdida que afirmará el propio Fernando el Católico al hablar de “restauratio” con la conquista de Granada y que afirmará el pueblo llano cuando, en sus romances sobre la invasión islámica, la llamen literalmente: “La Pérdida de España”.

Españoles que como tales ya son señalados, en la Edad Media y en el mundo franco, los habitantes de la Marca Hispánica – ya sean aragoneses o catalanes – o donde Navarra y Aragón son señalados como reinos de España, en los versos del Cantar de mío Cid.

Del mismo modo, los conflictos entre foralismo y centralismo, entre federalismo medieval y austracista y centralismo borbónico, son conflictos no entre naciones sino entre modelos administrativos fruto de diferentes filosofías políticas. No son conflictos identitarios y de nación a nación, sino que para el caso concreto de la Guerra de Sucesión, suponen el enfrentamiento entre un modelo territorial de raíces medievales, y por tanto sesgos confederales, y un modelo centralista de raíces modernas e ilustradas. Modelo austracista y modelo borbónico que, en ningún caso, podrá suponer una lucha nacional de Cataluña contra España y que, por el contrario, es reflejo de las convulsiones que en toda Europa está produciendo el paso de la Europa tradicional a la Europa moderna. Conflicto que se prolonga durante el siglo XIX y al que también podrán adscribirse las Guerras Carlistas, enarboladas en no pocas ocasiones por el nacionalismo vasco como excusa justificadora de su discurso.

En este sentido, el largo, problemático y cruento proceso de cerca de tres siglos a través del cual España se va incorporando a la Modernidad (proceso que casi nos atrevemos a decir que concluye con la muerte de Franco), no es escenario de luchas nacionales por la independencia, sino escenario de guerras civiles entre españoles. Guerras civiles que no son sino la parte española de la “guerra civil europea” que supuso el tránsito de los modelos tradicionales de raíces medievales, a los modelos modernos enraizados en la Ilustración y la Reforma Protestante.

Solo la ideología nacionalista es la que haciendo uso tergiversador e interesado de la Historia, pretende que dicho proceso histórico sea reflejo de una lucha nacional por la independencia. Solo la ideología nacionalista, considera que aquellos conflictos son albur de una “lucha contra España y por la libertad”. Y es que como hemos señalado anteriormente, nuestro problema no es con el “hecho diferencial” de unos u otros, sino con el discurso que el nacionalismo quiere hacer de dicho “hecho diferencial” aún a riesgo de manipular la Historia.

En este sentido hay que insistir en que el problema que plantea el separatismo es en gran medida un falso problema, pues existe fundamentalmente porque hay nacionalistas. Y la razón de ser de los nacionalistas en primer lugar, e independientemente de todos lo demás, es crear su nación. Esto aún a costa de falsear y retorcer la Historia, falsear y retorcer las palabras y conceptos, exacerbar las identidades colectivas, enfrentarlas entre sí o dividir la sociedad. Y claro está, desde 1978 el nacionalismo no habrá hecho sino avanzar paulatinamente hacia donde indefectiblemente su propia naturaleza le tenía que conducir: la revuelta contra el Estado. Obviamente dicha revuelta se habrá visto precedida de la correspondiente demagogia y victimización en torno a ofensas y agravios a los que solo ya la independencia podría dar una respuesta digna…

Y sin embargo, la verdad es que si no existieran nacionalistas o, mejor aún, si la ideología nacionalista hubiera quedado desenmascarada, difícilmente se habría llegado al punto en el que ahora nos encontramos y los nacionalistas no dejarían de ser una opción minoritaria y marginal.

*

Ahora, dicho todo esto, hay que hacerse cargo de que nos enfrentamos a “generaciones perdidas” para las que nada de lo que se pueda argumentar les va a hacer cambiar de opinión. Tenemos enfrente nuestro numerosísimas personas con las que difícilmente se puede argumentar racionalmente, pues han hecho una adhesión sentimental y casi religiosa a los dogmas del separatismo. “Suras del separatismo” que repiten como consignas de una religión revelada en las que la posibilidad de dialogo argumental, objetivo y racional es apenas posible. Y aún siendo evidente que no estamos hablando ni de religión ni de sentimientos, la deriva dogmática y sentimental está tan presente en no pocos ámbitos del nacionalismo separatista que tenemos que hacernos cargo de que el diálogo será prácticamente imposible. Pues sin un basamento de objetividad y racionalidad el diálogo político no es tal.

Del mismo modo, ya sea por el Franquismo, ya sea por la Guerra Civil, ya sea por alguna otra razón que se nos escapa, en esos mismos ámbitos del separatismo más acérrimo es fácilmente reconocible una profunda endofobia. Un odio a España y lo español y a todo lo que pueda simbolizar la presencia y realidad de España (más aún en el contexto de las regiones que se quieren independizar), que de nuevo nos retrata un perfil y discurso de difícil contra argumentación racional[1]. Pues lo que tenemos en frente es una exacerbación sentimental y prejuiciosa en la que España es caricaturizada de manera denigrante a través de tópicos casposos, que se enarbolan a modo de prueba fehaciente del carácter fracasado y rancio de una nación a la que no se pertenece y hay que dejar atrás.   De nuevo, frente a planteamientos como estos, poco o nada se puede hacer desde el diálogo. Y guste o no lo que estoy diciendo ahora, será una triste realidad el saber que en muchas ocasiones, en frente nuestro y en este debate, tendremos personas con las que será dificilísimo conversar de acuerdo a un horizonte de objetividad. Ni que decir tiene que en dichas posturas habrá mucho de contra imagen del discurso análogo pero antitético, que durante años se mantuvo por parte de algunos sectores del franquismo. Resultará así paradójico pensar que los últimos coletazos del franquismo no están tanto entre los nostálgicos del 20N, como entre quienes siguen luchando contra Franco 40 años después y desde el nacionalismo separatista…

Por otra parte, y quizás por el mismo motivo, la izquierda española no ha hecho sino ponerse de perfil con esta cuestión. Como acomplejada por España ha trasmitido, en no pocas ocasiones, la impresión de entender España más como un entramado jurídico que conforma un estado que como una realidad cultural, histórica y antropológica que conforma una nación de la cual dicho estado no es sino su plasmación política. Es sintomática la insistencia en no pocos sectores de la izquierda en hablar de “Estado Español” para referirse a España, y poner entonces el acento de la realidad nacional no en España sino en Cataluña, País Vasco, Galicia e incluso Castilla. España no tendría así sustancialidad nacional, y sí la tendrían sus regiones, siendo entonces que el estado central a la mínima resultará sospechoso de “españolismo”, de “franquismo”, de “centralismo”, de “fascismo”… Hasta tal punto llegará este dislate que el ámbito de la cultura popular afectada de endofobia y en maridaje de nacionalismo separatista e izquierda irredenta, a la música hecha en España se la llama “música estatal”, “rock estatal” o “movida estatal”. Negándose a decir que tal o cual banda de Rock es una banda de Rock español o de Rock hecho en España… En fin, otra muestra más de la dimensión casi patológica que alcanza el separatismo, así como del lenguaje cargado de sofismas con el que insistentemente se adultera el debate y confunde deliberadamente las cosas.

Ni que decir tiene que la derecha tampoco habrá hecho mucho para corregir esta irregularidad de nuestro país y en ella los complejos también estarán presentes. España apenas es reconocida así desde la derecha como realidad identitaria y su existencia y defensa se centrará en la Constitución, la “marca España”, los éxitos internacionales de unos pocos empresarios españoles y los éxitos deportivos cuando los hay. Una España sin arraigo y sin apenas raíces en la Historia que parecerá poder solo ofrecerse y defenderse desde “el patriotismo constitucional”, la obsesión por la estabilidad económica y el triunfo en las competiciones deportivas.

Con un panorama tan enclenque, tan acomplejado, tan confuso respecto de qué cosa es España y quiénes somos y qué nos une, no nos debe extrañar la indiferencia con la que no pocos españoles viven estas cuestiones. Como si la identidad nacional común y su plasmación política en un estado fuera cosa de segundo orden, en la que todos pecan de nacionalismo (tanto los separatistas como los que se oponen al separatismo), repitiéndose entonces el “mantra” de que el problema territorial es un problema de choque entre dos nacionalismos obcecados. Siendo entonces la solución una suerte de relativización de lo nacional y un repliegue a las preocupaciones individuales del ámbito más puramente personal: nuestro trabajo, los ingresos, la nómina, la hipoteca…

Obviamente una sociedad en la que la cuestión identitaria es vivida de manera exacerbada desde el nacionalismo o vivida desde la más pura indiferencia individualista y relativismo, es una sociedad con un problema grave de auto conciencia y auto conocimiento. Con un problema de identidad.

En este orden de cosas no estará de más que al patriotismo social, del que se hace gala en algunos ámbitos políticos – que con razón señala como enemigos de nuestro país a la corrupción, la desigualdad, el paro, la falta de oportunidades, la agresión al medioambiente o la falta de empatía y solidaridad para con los más desfavorecidos – se le una también un patriotismo identitario capaz de defender sin complejos la realidad de España. Un patriotismo identitario que afirme nuestras raíces comunes como un valor y vector de fuerza y apoyo mutuo; y nuestra diversidad y nuestra unidad como realidades que nos constituyen y enriquecen, y que no deben ser manipuladas por ningún nacionalismo de un sesgo u otro. Un patriotismo en el que la lucha contra el separatismo sea también un frente del patriotismo social, pues detrás de dicho separatismo hay casi siempre una renuncia a la fraternidad entre pueblos hermanos y una llamada a la insolidaridad.

Por desgracia, no parece que entre los partidos que hacen bandera del patriotismo social, la más mínima conciencia identitaria común tenga lugar; y compran la “mercancía averiada” y “jerga falsaria” de los separatistas, llamando “derecho a decidir” a lo que no es sino “derecho de autodeterminación”, defendiendo incluso referéndums vinculantes para regiones concretas de España. Como si la propia ejecución de dichos referéndums no supusiese ya una decisión unilateral de una parte respecto de un todo, que nos afecta y vincula a todos

La ausencia de un sano patriotismo identitario común para todos, afirmado en la diversidad pero español y sin complejos, en unión con un imprescindible patriotismo social, capaz de señalar los desafueros de un sistema en el que dinero pesa más que las personas, será una de las carencias más lacerantes del panorama político español.

*

Tenemos así por delante una auténtica batalla cultural que trasciende el ámbito de la disputa política entre partidos; porque los complejos y limitaciones de las respuestas al separatismo desde la derecha y la izquierda, unido a la vivencia fuertemente ideologizada y sentimentalmente victimizada, exacerbada y en ocasiones incluso fanatizada del nacionalismo separatista, ha provocado la hegemonía cultural de este último. Una hegemonía en la que solo la adhesión a sus postulados o a la ambigüedad respecto de la realidad nacional española son tenidas por respetables, dejándose caer sobre cualquier otra opción un manto de sospecha de “españolismo”, “fascismo” o pensamiento reaccionario. Como si para el ámbito de la cuestión territorial solo en el nacionalismo separatista o en la relativización del valor de la unidad de España pudiera encontrarse una actitud de progreso y modernidad. Siendo la defensa de la Unidad posible prueba de una mentalidad casposa, rancia y anticuada… Defensa en la que no pocos creadores de opinión en radio y televisión evitan entrar, aun no siendo ellos nacionalistas y por un prurito de progresía que podría ponerse en duda si frente a los separatistas no muestran paños calientes… Hasta tal punto habrán llegado aquí los complejos que en España hemos tenido que aguantar cómo políticos de la más alta responsabilidad se manejaban con remilgos a la hora de reconocer la realidad nacional e histórica de España…

Es así a nuestro entender que en esta batalla cultural habrá que dar el Do de pecho, y esto independientemente de por donde vaya a discurrir nuestra malhadada situación política o económica. Es decir, más allá de cómo se desarrolle el conflicto territorial en las disputas políticas entre partidos, es el ámbito de la cultura donde tendremos que asentar en nosotros mismos y afirmar allá donde fuera necesario, y conforme a nuestra circunstancia personal, el convencimiento racional de que España existe y es una realidad histórica, étnico cultural y antropológica objetiva. Que diversa y heterogénea es un conjunto de pueblos hermanos de raíces comunes que tienen más que ganar que perder en la constitución de un proyecto político común. Proyecto solidario, de esfuerzos, fatigas y alegrías compartidas que, independientemente de su flexibilidad territorial, no puede quedar socavado en su unidad. Que ha llegado el momento de que, sin complejos ni veleidades nacionalistas, recuperemos una concienciación identitaria común respecto de nuestra condición de españoles. Españolidad que no será sino una rama más del gran árbol de la identidad europea. Afirmando desde aquí un patriotismo social en el que ninguno de nosotros pueda quedar tirado en la cuneta sin mayor culpa que haber sido una persona humilde y honrada, pero en el que tampoco vayamos a aceptar que se levanten fronteras entre pueblos hermanos. Una nueva España, regenerada y reubicada en su Historia e Identidad, reconciliada consigo misma, unida en la Fuerza, diversa en la Riqueza, solidaria y fraternal, que pueda ofrecerse a las generaciones que vienen como horizonte de esperanza y compromiso más allá del laberinto en el que unos y otros la han metido…

[1] Aquí el caso del separatismo etarra habrá sido especialmente horroroso, con un fanatismo nacionalista que no ha puesto freno al odio y se ha entregado de manera obscena al asesinato, el secuestro y el crimen sin hacer examen de conciencia, y en permanente auto justificación demagógica a partir de todo tipo de excusas y en la más flagrante insolvencia ética y moral.

¿Qué son los cuentos de Hadas?

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¿Que son los Cuentos de Hadas?

Hadas, Gnomos, Ondinas, Duendes, Elfos… seres de un imaginario mágico que hace parte fundamental de la cultura popular y tras cuyas leyendas y cuentos, subyace algo más que un mero entretenimiento para niños. Historias que nos acercan una concepción del Mundo enraizada en la Tradición con mayúsculas, y de cuya pista los más antiguos mitos pueden darnos cuenta. Inofensivos relatos para muchos descreídos que sin embargo, son una puerta abierta a una espiritualidad que vuelve a mirar el Mundo y la Naturaleza, como un lugar dotado de sentido y de significado. Como un lugar misterioso en el que el mecanicismo materialista de nuestra época resulta tan pobre y falaz, como pernicioso…

Conferencia impartida en las tertulias de la Librería Hoja Blanca de Toledo. Sita en el casco antiguo de la ciudad. En la calle Martín Gamero 6. En las tertulias que organiza desde hace años el profesor universitario y matemático Fernando Ruíz de la Puerta.

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