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Gonzalo Rodríguez - page 19

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EL QUIJOTE COMO REVULSIVO

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EL QUIJOTE COMO REVULSIVO

 

Quizás como  nunca antes este sea el momento en el cual los españoles debamos reencontrarnos con el Quijote… Acercarnos de nuevo a “nuestro gran libro” y hallar en él la clave que nos está faltando. Tanto para entender nuestro destino colectivo como para afrontar el desafío de construirnos como personas verdaderamente libres.

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Para quien lea hoy día El Quijote, entre los numerosos temas trasversales que recoge así como más allá del sentido del humor y las cuestiones más evidentes que traslada, muy posiblemente le quedará una sensación como de cierta lástima. También quizás como de oportunidad perdida.

Lástima por ese hidalgo enloquecido que pierde el contacto con la realidad y lástima de esa sociedad mayormente cínica e insensible que lo hace burla.  Una historia en el fondo triste en la que también puede quedar la sensación de oportunidad perdida u ocasión desperdiciada. Tanto para el protagonista como para los personajes que se le cruzan. Porque don Quijote llena su alma con los paradigmas de la Tradición, el Caballero y el Héroe, pero confunde las cosas y no entiende ese lenguaje de leyendas y mitos en su correspondiente sentido simbólico y metafórico, tomándolo por el contrario en sentido literal. Siendo entonces que choca con la realidad y ésta lo tritura y machaca sin piedad. Pero también oportunidad perdida para ese gran número de personajes con los que se va cruzando y que reconociendo la locura del protagonista, hacen burla y escarnio de él sin reparar sin embargo en la gran verdad que pudiera subyacer a su discurso. Siendo entonces que salvo unas pocas excepciones, la mayor parte de ellos caen en la bajeza o la mediocridad.

Es de este modo que el valor de “Gran Relato” que poseen el Mito y la Leyenda, de narrativa evocadora capaz de despertar el alma a las Verdades de la Vida, queda así fuera de juego. Por la locura de uno y por el cinismo de los otros, siendo entonces que la oportunidad de regeneración y despertar que el Espíritu y la Tradición prometen se pierde.

Hay así en todos ellos una falta de Sabiduría a la hora de entender el discurso de la “Caballería Andante”, y es por ello que éste se mal logra. Y es que toda acción en el Mundo que pretenda dar buenos frutos, debe estar enraizada en la Sabiduría…

Debemos entender de esta manera que la clave del Quijote residirá precisamente, en ese valor simbólico y alegórico del lenguaje del Mito y la Leyenda. Lenguaje que no pretende decirnos cómo es la realidad, sino que pretende hablarnos de las “Verdades de la Vida y el Hombre”. Verdades que precisamente por su sentido espiritual, se trasladan con el lenguaje de la Tradición.

A partir de aquí, aquel que sienta la llamada de “las verdades de la vida” más allá de las comodidades burguesas o las preocupaciones mundanas, se sensibilizará con el lenguaje del Mito y la Leyenda y hará suyos los principios de la “Caballería” y la Tradición. Pero no para chocar con la realidad. No entendiendo el mito literalmente, como si fuera posible encontrar dragones custodiando tesoros bajo montañas lejanas. Sino en ese sentido simbólico que le es propio y que da al sujeto las claves espirituales para construirse auténticamente como persona. Esto es, para hacerse señor de sí mismo y Hombre fuerte y libre. Capitán de su propia vida y paladín de un estilo y una ética, que se viven como fundamento esencial de toda sociedad verdaderamente sana.

Del mismo modo, el cínico que en el Mito y la Leyenda no ve más que la divergencia de éstos respecto de la realidad, termina por darlos la espalda como mera fantasía inane haciendo entonces de la más pura mundanidad, su único horizonte de sentido. El cínico se burla así del dragón bajo la montaña, pues sabe bien que en el mundo real dicho y dragón y montaña no existen, y escapándosele la enseñanza espiritual que el Mito y la Leyenda atesoran, queda entonces abocado a la lectura alicorta, mediocre y en ocasiones rastrera de la existencia humana.

Ya sea el Quijote, ya sean los nobles que lo burlan, ninguno de ellos parece entender así cuál es la propuesta de la Tradición y a ambos de algún modo, la realidad termina por machacar. Ya sea ese don Quijote vapuleado por unos y otros, ya sean esos nobles burlones, decadentes y nihilistas, que en la bajeza que muestran con don Quijote, muestran también su fracaso frente a las verdades de la vida.

Es entonces cuando el lector de la inmortal obra de Cervantes reacciona. Siente lástima de todos ellos pero también, una saludable indignación. Pues en su corazón se despierta la rebeldía de saber que él no es así, y que en él no quedará la oportunidad perdida: Ni se volverá loco y verá gigantes donde no los hay, ni dará la espalda al Espíritu y se convertirá en un cínico sin honor ni vergüenza.

Es en ese momento cuando el Quijote se convierte en un auténtico revulsivo para el alma

Pues sin esa “Gran Narrativa” del Mito y la Leyenda, se hace difícil despertar a las verdades de la vida y sin ellas, el sentido último de la existencia en el mundo real termina por perderse. Y eso es precisamente lo que no estamos dispuestos a consentir…

Porque no queremos la vida gris de la mundanidad que como a don Quijote se nos queda pequeña. Y por supuesto no aceptamos el cinismo y mediocridad de esos que se burlan de don Quijote y hacen de dicha mundanidad, su única referencia vital.

Nosotros somos los que leeremos “el Amadís de Gaula” y ni nos volveremos locos ni lo tomaremos como una mera evasión o fantasía vacía. Muy al contrario encontraremos en el lenguaje del Mito y la Leyenda las Verdades de la Vida y el Hombre y desde ellas, nos zambulliremos totalmente en la realidad. Viviéndola con una intensidad que la mediocridad del cínico no puede concebir y que los desvaríos del loco no le dejan alcanzar.  Unos y otros fracasados y alienados en la prueba y desafío de la existencia humana. Allá donde nosotros estamos determinados a triunfar. A ser y vivir de verdad.

Ese es el revulsivo del Quijote. La enseñanza perenne que nuestro tiempo necesita como agua en el desierto y nuestra juventud debe conocer como faro en la oscuridad.

Un camino de Espíritu y Caballería. Un camino que es enseñanza para la forja del alma en la sabiduría y el vivir auténtico y de verdad. Con la existencia como aventura y como empresa.

No cabrá así en nosotros ni la alienación del que toma los Mitos y Leyendas como realidades.  Ni la ofuscación de quien sin entender el valor simbólico y espiritual de la Tradición, la da la espalda como mera fantasía. Viviendo entonces sin más horizonte que la mera vida mundana.

Nosotros no somos así…

Nosotros queremos vivir en serio y de verdad. Por eso nos rebelamos al leer el Quijote y lamentamos la locura de uno y la bajeza de los otros y a partir de ahí, nos decidimos a triunfar donde todos ellos fracasaron

 

Juramento de Sol Invictus y Acero.

en Espiritualidad por
Juramento de Sol Invictus y Acero.

El Popular 1 es algo más que un magazine de Cultura Rock… es una auténtica vivencia y a su vez crónica de lo más genuino y también en ocasiones alternativo de la música y cultura popular de nuestro tiempo. Una pequeña joya en forma de humilde revista que me precio seguir desde hace años. 

 En el especial que sacaron con motivo de su número 500 tuvimos la oportunidad y el honor de colaborar. Se nos pidió que escribiéramos una reseña personal e íntima de algún disco que hubiera sido especialmente significativo para nosotros. El escogido fue el mítico “Filosofem” de BURZUM.
Hemos querido compartir dicha reseña en nuestro blog…

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When night falls, she cloaks the world in impenetrable darkness.
A chill rises from the soil and contaminates the air
suddenly… life has new meaning.

“Súbitamente… la vida adquiere un nuevo significado”.

Corría el año 1996, la cultura rock parecía haber quedado traumatizada por los desgarros rabiosos a la par que apesadumbrados del Grunge y su capítulo final, la muerte de Kurt Kobain. Pero desde una cárcel noruega, el hijo pródigo del Black Metal publicaba su disco y su canción más emblemática. Una consigna para mantenerse en pie llegada la Noche… “La oscuridad que cubre el Mundo será la ocasión propicia para un nuevo comienzo”.

El bosque, los árboles silenciosos, solemnes y sabios… los arroyos a sus pies y un cielo encapotado. Una luz final, inmortal y eterna tras el fuego y la tormenta.  El Rock sería también una forja del alma para mantenerse en pie en un mundo en ruinas y cabalgar el tigre en un mundo donde Dios ha muerto… El Espíritu es Inmortal e Invencible. Seguir su llamada es el verdadero argumento de la vida…
Son muchas las cosas que pueden decirse sobre este disco, esta canción, Burzum y Varg Vikernes. Pero a mí personalmente me gusta vivirlo así…

En aquella época escuche incontables ocasiones está canción y este disco tan difícil como fascinante, con esas atmosferas oscuras y mágicas, es las que vagamente intuía una llamada a la Fuerza Interior. La vida burguesa apesta y un mundo sin Espíritu es triste y desolado, pero en dicha oscuridad subyace invulnerable la Llama Indeleble y el Fuego Secreto. La Raza del Espíritu hace revivir esa llama en su alma y ésta alumbra su camino. Más allá de la “leyenda y personaje de Varg Vikernes y Burzum”, ésta es a mí parecer la clave que puede aportar Filosofem y sobre todo su himno: Dunkelheit.

Así lo digo y así lo ofrezco a quien quiera reencontrarse con este clásico del Rock y el Metal. Allá donde la melancolía y el ánimo apesadumbrado pueden transmutarse en fuerza, dignidad y juramento de Sol Invictus y acero…

Lo que Romanos y Griegos contaron.

en Cultura Celta/Historia por
Lo que Romanos y Griegos contaron de nuestros ancestros…

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Lo que Romanos y Griegos contaron de nuestros ancestros

Romanos y Griegos conocieron de primera mano a nuestros más lejanos ancestros. Iberos, Celtas y Celtíberos conformaron el universo bárbaro de esa Hispania originaria, a la que Roma tardó doscientos años en conquistar.

 

Los autores clásicos nos dejan así a través de sus obras referencias sobre quienes eran aquellos hombres y mujeres de la España prerromana y ciertamente, la imagen que nos trasladan es clara y aleccionadora.

 

Todo lo que nos pueda interesar para la forja del alma ya está ahí: El honor, el heroísmo, las virtudes del guerrero, la lealtad, la caballerosidad, el anhelo de Libertad, el coraje y furor de combate, el sano liderazgo y el “retorno a los Cielos junto a los Dioses de lo Alto”…

 

Nosotros como decía el ya romanizado Marcial, descendemos de aquella gente. Hagamos entonces de su recuerdo lección de virtud e identidad.

“Les es un honor caer en combate y un sacrilegio incinerar el cuerpo de los caídos. Pues creen que éstos son retornados a los Cielos, junto a los Dioses de lo Alto, si el buitre hambriento devora sus cuerpos yacentes”

Silio Itálico 3, 340-342.

 

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“A los que han perdido la vida en la guerra los consideran nobles, valientes y dotados de virtud y, en consecuencia, los entregan a los buitres porque creen que éstos son animales sagrados”

Claudio Eliano X, 22.

 

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“Los caballos y las armas le son más queridos que su propia vida”

Trogo Pompeyo 44, 2, 3.

 

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“No conciben la existencia sin la guerra y toda la razón de vivir la ponen en las armas, considerando un castigo vivir para la paz”   Silio Itálico, III, 330-331.

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“Les era preferible morir luchando con gloria a que sus cuerpos desnudados de sus armas fueran entregados a la más abyecta esclavitud”

Diodoro de Sicilia, V 33, 25.

 

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“Los numantinos acordaron que muchos todavía aspiraban a la libertad y que deseaban quitarse la vida ellos mismos, antes que entregarse a los romanos. Así pues, solicitaron un día para disponerse a morir”

Apiano, Iberia. 96.

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“Incendiaron sus murallas y unos se degollaron mientras otros prefirieron perecer en las mismas llamas”

Dion Casio, LIV, 5, 1.

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“Se suicidaban convencidos de que sin armas, nada valía la pena” Tito Livio 34, 17.

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“Al ver llegado el fin de su resistencia, muchos prefieren darse muerte, con el fuego y con el hierro, o en medio de un banquete, con un veneno que extraen del tejo, liberándose así de la esclavitud, que a una gente hasta entonces indómita, les parecía más intolerable que la propia muerte”

Floro III, 33, 50.

 

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“Se cuenta de madres que mataron a sus hijos antes de permitir que cayeran en manos de los romanos, de un muchacho cuyos padres y hermanos habían sido hechos prisioneros y estaban atados, y que mató a todos por orden del padre con un puñal del que se había apoderado, ó de un prisionero que estando entre guardias embriagados, aprovecho la ocasión para precipitarse a la hoguera”

Estrabón III, 4, 17-18.

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“Atacan con el tumulto y el griterío propio de los bárbaros y con el cabello largo, que suelen agitar en las guerras ante los enemigos para infundirles miedo”

Apiano, Iberia. 67.

 

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“Cuando sus jóvenes llegan a la culminación de la fortaleza física, aquellos de entre ellos que tienen menos recursos, pero exceden en vigor corporal y audacia, se equipan con no más que su valor y sus armas y se reúnen en las montañas, donde forman bandas de tamaño considerable, que descienden a Iberia y obtienen riquezas en su pillaje”

Diodoro de Sicilia V, 34,6.

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“Se dice que algunos de los que habitan junto al río Duero viven como espartanos, ungiéndose dos veces al día con grasa y utilizando saunas de piedras candentes, bañándose en agua fría, y tomando una sola vez al día alimentos puros y sobrios, como en un constante endurecimiento del cuerpo y el ánimo”

Estrabón III, 3, 6.

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“Viriato estaba satisfecho con cualquier comida que tuviese y cualquier bebida le satisfacía; la mayor parte de su vida la paso al raso y estaba satisfecho con lo que la naturaleza le daba. En consecuencia, era indiferente al calor o al frió (…) satisfacía todas sus necesidades con cualquier cosa que encontrase a mano como si fuese la mejor (…) llevaba adelante la guerra no por la búsqueda de ganancias personales, o de poder, o movido por la ira, sino por el placer de las hazañas de la guerra en sí misma; pues se consideraba a la vez amante de la guerra y señor de la guerra”

Dión Casio XXII, 73, 1-4.

 

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“Viriato consideraba la autosuficiencia su mayor riqueza, la libertad su patria, y la supremacía derivada del valor su más segura posesión”

Diodoro de Sicilia, XXXIII; 7, 3.

 

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“Viriato en el reparto del botín nunca tomaba una parte mejor que la de sus compañeros y de lo que tomaba, le obsequiaba a los soldados que más se lo merecían o más lo necesitaban”

Diodoro de Sicilia, XXXIII 33, 21.

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Viriato consiguió que durante los ocho años que duró su guerra contra Roma, un ejército constituido de elementos diversos nunca se le rebelara y siempre fuera sumiso y resuelto a la hora del peligro. Fue el que más dotes de mando tuvo entre los bárbaros, y el más atrevido ante todo y por delante de todos, y el más presto y generoso en el reparto del botín. Pues nunca aceptó tomar una parte mayor aunque continuamente se le animase a ello, e incluso lo que tomaba se lo entregaba a quienes más se habían destacado en la lucha”

Apiano. Iberia. 75.

 

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“Cuando con motivo de su matrimonio se exhibieron copas de oro y toda clase de vestidos y lujosos bordados, (Viriato) apoyado en su lanza los contemplaba sin ningún signo de admiración o sorpresa, sino que mostraba más bien un sentimiento de desdén (….) dejando caer muchas observaciones sobre (…) la necedad de enorgullecernos de los dones inestables de la fortuna”

Diodoro de Sicilia XXXIII, 7, 1-2.

 

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“Tras haber adornado a Viriato del modo más espléndido le prendieron fuego sobre lo alto de una pira funeraria y le inmolaron numerosas víctimas. Por secciones la infantería y la caballería marcharon alrededor del cadáver, iban entonando cánticos al modo bárbaro y todos se sentaron en torno a él hasta que el fuego se extinguió”

Apiano, Iberia. 75.

 

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“Existe entre los hispanos la costumbre de que los hombres que forman la guardia personal del general mueren con él si éste sucumbe. Los bárbaros de allí lo llaman el supremo sacrificio” Plutarco, Sert. XIV.

 

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“Los celtíberos consideran impiedad sobrevivir a la batalla si cae en ella aquél a quien han consagrada su propia alma”

Valerio Máximo. II, 6, 11.

 

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“Retógenes, jefe numantino, rendida ya la ciudad, ordenó a sus hombres luchar a muerte por parejas frente a una gran hoguera mientras él observaba con su espada clavada en el suelo. Los vencedores, tras arrojar los cuerpos de los compañeros muertos al fuego, dirigieron sus armas contra ellos mismos y también se arrojaron al fuego. Finalmente Retógenes también se clavó su propia espada y acto seguido se arrojó al fuego con el resto de sus camaradas”

Floro 1, 34, 11.

 

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“Los jinetes vacceos que habían salido antes de la llegada de Lúculo en busca de forraje, al no poder volver a la ciudad por causa del asedio de Lúculo, corrían alrededor del campamento romano profiriendo aullidos (…) mientras que desde dentro de la ciudad les hacían eco. Por lo cual cundió entre los romanos un temor extraño

Apiano. Iberia. 54.

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“Cuando (los vettones) compartieron como tropas mercenarias la vida de los campamentos romanos, al ver a los centuriones ir y venir haciendo la guardia, creyeron que éstos se habían vuelto locos y quisieron llevárselos a sus tiendas, pues no concebían otra actitud para un guerrero que la de estar tranquilamente sentados, o la de combatir”

Estrabón III, 4, 17.

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“Su división en pequeños estados y su orgullo local no les permitía unirse en un lazo común, lo que les privaba de fuerza suficiente para repeler conjuntamente una agresión venida de fuera. Así pues, si hubieran logrado juntar sus armas uniéndose en una confederación potente, los romanos no hubieran llegado a dominar sus tierras. Éstos, venciendo una a una todas la tribus, tardaron mucho tiempo, unos doscientos años, en poner finalmente toda Hispania bajo su poder”

Estrabón, III, 4, 5.

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“Se han dicho muchas cosas acerca de los pueblos Ibéricos, y no solo sobre su valor en la guerra, sino también sobre su dureza y su rabia bestial”

Estrabón III, 4, 17.

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“Se cuenta también de los cántabros este rasgo loco de heroísmo: que habiendo sido crucificados, ciertos prisioneros murieron entonando himnos de victoria…”

Estrabón III, 4, 17-18.

 

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“Nosotros, descendientes de celtas e iberos, no sintamos vergüenza de decir en agradable verso los nombres un tanto ásperos de nuestra tierra”

Marcial. Epigramas I. 55, 8-10. 

 

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EL GUERRERO ESPIRITUAL

en Espiritualidad por
EL GUERRERO ESPIRITUAL - ORIENTACIONES ESPIRITUALES PARA JÓVENES CYMERIOS

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ORIENTACIONES ESPIRITUALES PARA JÓVENES CYMERIOS

Primera parte:

EL GUERRERO ESPIRITUAL

Llegada la Medianoche del Mundo hay que encender el fuego del Espíritu… Somos los habitantes del confín de la Historia allá donde parece que solo un nuevo amanecer pudiera cambiar las tornas de esta larga noche. Pero ese nuevo amanecer no llegará sin más… también depende de nosotros. Del despertar en nosotros de una Fuerza que hace siglos, hemos dejado de entender y cultivar.

Ser la forja de la espada bajo las estrellas y la guardia de la noche allá donde el Mundo ha olvidado el argumento de la vida, es la tarea que pide nuestro tiempo a los hombres y mujeres de la verdadera revolución.

Porque una nueva milicia espiritual se está formando… una milicia capaz de traer un orden alternativo tanto al nihilismo moderno como al fanatismo integrista. Una milicia de hombres y mujeres que ya no se engañan y saben que ninguna crisis económica, enemigo, mala suerte o fatalidad les hará más daño que un alma ofuscada y torcida. Del mismo modo que ninguna riqueza material, prosperidad, paz o bonanza les hará más bien, que un alma esclarecida, recta y enderezada… Este es el camino, la forja y transformación interior que lo cambia todo. Que marca una diferencia absoluta respecto de todo lo demás. Que hace auténtica vanguardia de un nuevo tiempo y es el futuro, si es que queremos, tener futuro alguno…

 

1-Entender nuestra época: Tradición, Modernidad y Revolución.

Dos grandes corrientes principales han configurado la historia del pensamiento en Occidente, sucediéndose cronológicamente a lo largo de un proceso de siglos en el que nuestra cultura habrá pasado del mundo de la Tradición, al mundo de la Modernidad.

El mundo de la Tradición corresponde a la corriente de pensamiento que aquí llamaremos “trascendente”. Y en lo más esencial en ella encontraremos la idea de una realidad superior de orden sobrenatural y espiritual que se configura tanto como fundamento y sostén de toda realidad natural y material, como horizonte último de sentido de la vida humana. Siendo entonces que dicha dimensión trascendente se encontrará en el centro mismo del alma humana como en estado de potencia, y el argumento de la vida no será otro, que actualizar dicha potencia.

Platón, en la antigua Grecia y en los orígenes mismos de nuestra civilización, nos ofrecerá un claro puntal de esta concepción del mundo y de la vida.

En frente, el mundo de la Modernidad (advenido fundamentalmente a lo largo de los últimos quinientos años), hará por el contrario de la realidad meramente natural y material el fundamento de todas las cosas, y la causa oculta que subyace a toda inquietud humana. Pensadores modernos como Hume, Marx, Freud o Nietzsche, aunque desde distintos ámbitos y perspectivas, convergerán sin embargo en un mismo principio a la hora de afrontar la realidad humana y natural: para todos ellos la referencia a la “trascendencia” no tendrá lugar. Siendo entonces las fuerzas desnudas de la naturaleza, la economía, el azar, el subconsciente, la voluntad de poder o cualquier otra instancia “no espiritual”, el verdadero sostén y explicación del Mundo.

Esta corriente de pensamiento, meramente naturalista o materialista y de raíz anti metafísica, es a día de hoy la que anima el desarrollo de “nuestros tiempos modernos”, y está en la base de los paradigmas culturales de nuestra época.

El contraste entre estas dos corrientes tendrá también su correspondiente prolongación en el ámbito de la gnoseología y la ética. Y mientras que para el mundo de la Tradición el Hombre puede acceder a la Verdad y por ende está llamado a ser Libre, para la Modernidad la Verdad será relativizada y por ende la Libertad, quedará confundida con la mera subjetividad.

Yendo a lo que sería el punto de vista histórico y recogiéndolo de manera muy sintética, diremos que con la caída de Roma, se habría cerrado el ciclo histórico de la Antigüedad europea. Ciclo que con su confluencia de mundo griego, romano, celta y germano, habría marcado definitivamente la identidad de la Europa tradicional. Seguidamente la Cristiandad medieval, sucederá y continuará a Roma como nuevo ciclo histórico tradicional de nuestra civilización. Y en dicho Medievo europeo, algunos de los andamiajes fundamentales de la Antigüedad, seguirán presentes. Si bien con renovadas formas y posibilidades surgidas ahora de la tradición cristiana.

Es así que sucintamente podrá decirse, que la filosofía griega (con Platón y Aristóteles a la cabeza), junto al ideal romano del Imperium (prefigurado ya por César), más la cultura guerrera y los vínculos espirituales con la naturaleza de los pueblos bárbaros, unido todo ello a la tradición cristiana medieval, terminarán por darnos las claves de la Europa tradicional pre moderna.

Más adelante el Renacimiento, la Reforma Protestante, la Ilustración, el Romanticismo y las revoluciones contra el Antiguo Régimen (con Francia como paradigma revolucionario), darán lugar a toda una nueva fase histórica en la cual se decantará la Europa moderna propiamente dicha.

Nuestro tiempo histórico no será sino fruto de dicha Modernidad y entender todo este proceso en sus dos grandes fases históricas, será esencial para entender la claves de nuestra civilización.

Tanto así que puede decirse que a día de hoy Europa, vive y se ordena totalmente conforme a los paradigmas de la Modernidad, y lo que fue la Europa premoderna y tradicional, habría quedado reducida a un mero “paisaje de ruinas”. Ruinas evocadoras y sin embargo ajenas de toda vez, al desarrollo del proyecto moderno de Hombre y Civilización.

Es en este contexto que habrá surgido como síntoma característico del Mundo Moderno, el fenómeno del “nihilismo”. Pues el Mundo Moderno, con su olvido o negación de la Tradición, y su vivir de espaldas al Espíritu y la Trascendencia, habría ido dejando a su paso una sensación de absurdo y sin sentido que los lenitivos del materialismo y el consumo, a penas conseguirán mitigar. Ocurriendo entonces que en ocasiones dichas “ruinas” del pasado, aun no siendo ya algo realmente vivo y presente en nuestra cultura, sensibilizarán sin embargo a los europeos menos modernizados, despertándoles a la conciencia de lo fatuo y vacío del proyecto moderno…

Se tiene entonces la impresión de que el ingente desarrollo científico y económico técnico de nuestro tiempo, se habría pagado conforme a una suerte de “progreso decadente”. Una bancarrota espiritual que el “progreso” no compensaría y que rastreable a todos los niveles, resultará especialmente lacerante en la generación de sujetos sin apenas centro y ni persona. Sujetos neurotizados, anestesiados, fanatizados, alienados, envilecidos o idiotizados, en una sociedad inorgánica y atomizada, de escaso discernimiento y gran debilidad emocional. Una sociedad que deja inerme al sujeto frente a sí mismo, y que parecerá abocar a una vida de bajísimas expectativas espirituales y sin embargo, fijación obsesiva en todo lo meramente material, cuantitativo, instrumental, accesorio, pulsional, emocional, instintivo, subjetivo o pre-personal. Y es que la sociedad moderna, se caracterizará por no dotar al sujeto de herramientas espirituales para construirse auténticamente como “Persona”. Siendo entonces que el sujeto, quedará abocado fácilmente a la propia estupidez, inseguridad, miedo, ofuscación o bajeza.

Precisamente, frente a ese peligro de no llegar a construirnos auténticamente como “Personas”, de ser víctimas nuestra propia “debilidad”, se constituye lo más fundamental de la sabiduría tradicional…

En la sabiduría tradicional, el Hombre está llamado a ser Libre. Y decimos “Libre”, en el sentido de no ser un producto alienado de su propia ignorancia u ofuscación. Como tampoco y a partir de aquí los Hombres auténticamente libres, serán producto de alguna otra cosa o proceso que se les sobreponga; léase aquí la economía, la clase social, las pulsiones, el medio natural, la inercia histórica, etc… Siendo entonces sus circunstancias, el mero “soporte material” desde el cual recorrer el arduo camino hacia la autárkeia y la Trascendencia.

Esto es así, porque en el Mundo de la Tradición, el Hombre porta en su interior “la Luz y la Fuerza de la Verdad”. Es decir, porque en el Mundo de la Tradición el ser humano, encendiendo en su alma el “frontal del logos”, puede discernir entre lo verdadero y lo falso, lo real y lo ilusorio, lo recto y lo torcido, lo esencial y lo accesorio, lo importante y lo simplemente necesario… Puede en definitiva sobreponerse a la ignorancia y la subjetividad, sobreponerse a la ofuscación, el desvarió, la necedad o la estupidez, y entonces sí, ser realmente libre

Obviamente, es en este tipo de Hombres que recorren “el camino de la Verdad, la Fuerza y la Libertad”, donde se dará una auténtica Areté y se forjarán los verdaderos Aristoi. Una “nobleza” que tendrá en la conquista de sí mismos y la liberación respecto de la propia ignorancia y debilidad, el fundamento de su condición de “Señores” y el liderazgo de sus sociedades. Haciéndose de estos principios la base de la educación de la juventud así como respecto de la perpetuación del linaje y el cuidado de la prole, un deber tanto para con la supervivencia de un pueblo, como para a través de ese pueblo, cultivar y perpetuar un ideal de Ser Humano.

Ciertamente no tiene ningún sentido renunciar a los logros tecnológicos del mundo moderno, y menos aún tiene ningún sentido glorificar el pasado y querer irse a “vivir a las ruinas”, pero es loable querer superar las “patologías” de la Modernidad y dejar de vivir de espaldas a la idea de Verdad y a la idea de Trascendencia. Y aquí la inspiración y recuerdo que las “ruinas” nos generan, pueden ser fuente de auténtica disidencia. Pues en ellas se atesora aquello que la tradición tiene de Perenne. Aquello que tiene de Eterno e Inmutable, de argumento insoslayable siempre presente en la vida humana y que la tradición en su esencia sapiencial, nunca deja de señalar. En este caso la Tradición se convierte en un arma de verdadera revolución si “Revolución” significa volver al origen. Pues sería posible plantear una revolución en la que el nihilismo de la Modernidad quedara atrás, alumbrándose entonces un nuevo ciclo histórico y espiritual para Europa. Un ciclo en el que conforme a un renovado horizonte de Trascendencia, un Hombre regenerado, fortalecido y vencedor de sí mismo, se convirtiera en el lei motiv de nuestra civilización.

2-El Espíritu, el argumento de la Vida y el Guerrero.

La recta comprensión de qué cosa es el alma humana y de qué cosa es el espíritu, será fundamental en una auténtica construcción de la Persona.

En este sentido es fundamental entender que en la perspectiva que aquí hemos llamado tradicional, perennialista o “trascendente”, el Hombre es un compuesto de cuerpo, alma y espíritu. Siendo el cuerpo la parte inferior de orden puramente fisiológico, el alma la parte intermedia de orden puramente psíquico y emocional, y el espíritu la parte superior o “central” de orden auténticamente intelectivo. Entendido aquí dicho Intelecto en el sentido de una conciencia esclarecida y entendimiento recto, presencia para el mundo de la tradición de la “chispa divina”, “en el corazón del alma Humana”. Dicho espíritu es así considerado como Inteligencia y Lucidez insertas en el Hombre a modo de “semilla” que debe cultivarse, para poder dar cumplida realización a nuestra más alta posibilidad. Esto es, la soberanía interior y por ende la fuerza y la libertad. Siendo entendido a partir de aquí “el Amor”, como la conciencia de que nuestros semejantes, lo sepan o no, bregan en la misma lucha y pueden estar necesitados, igual que nosotros, de apoyo y ayuda.

Dicho esto, habrá sido en el esoterismo que los procesos de realización espiritual ha sido llamados de “Iniciación”. Señalándose entonces y lo comentamos muy a grosso modo, que la “Iniciación” supondrá la ubicación del eje de la personalidad en el espíritu o “chispa divina” que guardamos en nuestro interior, a la espera de ser actualizado. Siendo de este modo que el alma o psique queda purificada o rectificada mediante la Iniciación, y como si de un espejo se tratase, puede reflejar la luz del Espíritu. Luz que no es sino la “Luz de la Divinidad” dentro de nosotros mismos. El ofuscamiento del alma quedaría así disipado y el Iniciado, restablecería “la unión de su ser con el Ser Supremo”.

Vemos así cómo en el mundo de la Tradición, el alma no deja de ser una instancia intermedia “como entre la luz y la oscuridad” sobre la cual el Espíritu, está llamado a establecer su liderazgo y gobierno. Siendo la Iniciación o realización espiritual, el proceso mediante el cual el Espíritu ilumina, ordena y jerarquiza el alma, colocándola bajo su soberanía. El alma queda entonces purificada, integrada, unificada y liberada y el Iniciado, se hace “conquistador” de sí mismo y de su propia existencia.

Ahora, y para no llamarnos a equívoco y confundirnos con tantas palabras y conceptos “esotéricos o metafísicos”, es imprescindible señalar que el Espíritu y tal y como hemos indicado anteriormente, debemos entenderlo no como una efusión emocional y subjetiva respecto de dios o la trascendencia, ni como algo vago y difuso que pareciera mover nuestros sentimientos, sino como una mirada lúcida y despierta. Como una conciencia esclarecida, entendimiento sereno y recto discernimiento en el que las oscuridades del alma se disipan. Es decir, la Inteligencia en su sentido eminente y su fruto más maduro: la Sabiduría, la Fuerza Interior y la Libertad. Sin querer alargarnos ni complicar la exposición, conceptos como el Buddhi del budismo o el Nous de la Grecia clásica así como el Logos del platonismo, podrán aproximarnos a la idea de Espíritu que debemos trabajar aquí. Idea de Intelecto puro o superior que ilumina el alma y permite al sujeto vencer su propia ignorancia y olvido de sí. Vencer su propia esclavitud y miedo.

Dicho lo anterior, el Amor no será sino la conciencia de que todos los Hombres se enfrentan lo sepan o no al mismo dilema y lucha, a la misma esclavitud y anhelo de libertad. Siendo entonces que ayudar, acompañar, apoyar y perdonar, se hace parte fundamental de nuestro propio proceso de liberación personal. Debiendo también y en consecuencia, hacerse comunidad y ordenar la vida en sociedad, conforme al mismo principio. Y a partir de ahí, conforme a las correspondientes jerarquías, organicidad y liderazgo.

El argumento de la vida queda así establecido no en torno a la prosperidad material, la estabilidad sentimental, el poder político o económico o el hedonismo sin más, sino que queda establecido en torno al cultivo del Espíritu y la forja de nuestro señorío interior y libertad. En términos religiosos diríamos la “salvación de nuestra alma”. Siendo el Amor el ayudarnos los unos a los otros a recorrer ese mismo camino y el “hacer comunidad”, el organizar la convivencia conforme a ese mismo principio.

Todo ello una vía y proceso arduo de esfuerzo, fatigas, disciplina, rectitud y perseverancia. De sobreponernos una y otra vez a nuestra propia estupidez y de seguir con determinación, alegría y humildad. No rindiéndonos jamás. Como auténticos Guerreros. Conscientes de que ninguna otra vida es más plena, enriquecedora, liberadora y feliz. Convencidos de que ninguna otra vida es digna de ser considerada, verdadera vida…

3-El Espíritu, la Naturaleza y el Universo.

En el mundo de la Tradición, y con esto queremos decir de esa concepción perennialista o “trascendente” que aquí venimos señalando, la naturaleza y el universo, no serán un mero mecano de fuerzas ciegas y puramente materiales, carentes de sentido y espiritualmente inertes. Un escenario de mero despliegue mecanicista sin más significación que la puramente material. Muy al contrario en la sabiduría tradicional, el “mundo natural” será entendido como reflejo o proyección del “Reino del Espíritu”. Reino que por medio del “Logos Divino”, será la “Luz de lo Alto” que sostendrá todas las cosas y hará surgir un Cosmos, “donde solo había caos”…

El universo y la naturaleza serán considerados a partir de aquí como un todo ordenado y dotado de alma, un “alma universal” o Anima Mundi que hará de los bosques, los ríos, los desiertos, la ventisca o el océano “más un alguien, que un algo”. Adquiriendo entonces los fenómenos naturales, una relevante lectura simbólica y espiritual.

En este sentido en el pensamiento tradicional o perennialismo, igual que existe un alma individual que anima al ser humano, existirá también un alma universal que anima la naturaleza. En palabras de Platón: “Este mundo es de hecho, un ser viviente dotado con alma e inteligencia (…) una entidad única y tangible que contiene, a su vez, a todos los seres vivientes del universo, los cuales por naturaleza propia están todos interconectados” (Timeo 29, 30).

Obviamente será a partir de aquí, que encontraremos esa concepción tradicional del mundo natural como un “escenario feérico” o “mágico”. Del mismo modo que será a partir de aquí que se planteará, que en la medida en la que en el ser humano el Logos no es solo el ”influjo divino” que ordena y da forma a las cosas, sino también la esencia e identidad profunda y primera del Hombre, éste estará llamado a capitanear “la Creación”.

Estaríamos ya aquí en presencia de ideas cardinales para toda auténtica cosmovisión tradicional del mundo y la vida. Esto es, el plano natural y material donde se desarrolla la existencia humana, como proyección de un plano superior. Plano celestial, sobrenatural e inmutable que sede de las “Esencias Inmortales”, será el sostén y fundamento de toda la realidad natural. A partir de aquí y entonces, el mundo natural como una realidad “espiritualmente viva” y dotada de alma. Un “alma universal” o Anima Mundi que traslada a la naturaleza y el universo una condición de sujeto y no de mero objeto.

Al mismo tiempo y para esta “panorámica metafísica”, la idea de que el ser humano, en virtud del Logos que lleva en su interior y que es el rasgo definitorio de su ser (“hecho a imagen y semejanza de Dios”), estará llamado a ser el “Rey de la Creación”. Es decir, en él se podría trascender el carácter condicionado del mundo natural y por medio del cultivo y ejercicio del Logos, alcanzar un gobierno de sí y libertad que lo pondría al frente de la Creación.

Se establece de este modo una suerte de analogía entre la estructura espiritual del Hombre y la estructura espiritual de la Naturaleza. A la existencia de un alma humana, le corresponderá la existencia de un alma de los bosques, los árboles, los ríos, las montañas, los animales, las rocas, las nubes o el sol… Un “alma del Mundo” con la que será posible una comunicación, profunda y fértil, así como una armonía. Armonía que debe ser respetada, mantenida, restablecida, propiciada y cultivada so pena de arruinar el Mundo y abocar al mismo Hombre a la autodestrucción. Se buscará de este modo que las fuerzas sutiles que engarzan el Anima Mundi y el ser humano estén en sintonía, formándose un conjunto armonioso y jerárquico donde cada uno ocuparía su lugar. Correspondiéndole al ser humano la responsabilidad del conocimiento y cuidado del mundo natural. Esto en virtud de ese Logos que en el Hombre no es solo por decirlo así “elemento externo o agente”, sino que además es esencia e identidad primera. Obviamente del descuido u olvido de esta responsabilidad, devendrá devastación y ruina para el planeta.

El ser humano estará así llamado a ser paladín del “Reino del Espíritu” en la Tierra. Luchando primero por el gobierno de sí mismo, más allá de la ignorancia, el miedo, la estupidez, el desvarió o la bajeza. Pero luchando también por el mantenimiento de la armonía cósmica y natural frente a las “potencias del caos”.

En este sentido y retomando la idea de la cualidad “intermedia” del alma humana, esta misma cualidad tendrá su debida correspondencia en el Anima Mundi o “Alma del Mundo”, para la cual también se tendrá presente una jerarquización y discriminación entre regiones sidéreas y luminosas, y regiones inferiores, a veces subterráneas y tenebrosas. Discriminación ejemplificada en gran manera en numerosas mitologías y leyendas: “Devas y Asuras” de los Vedas o “Ases, Vanes y Jotuns” de la mitología nórdica. Mundo celestial, mundo natural y mundo ínfero o demónico que configurarían la estructura del “alma del Mundo” y que como en el alma Humana, tendrían en la “Luz del Espíritu”, instancia de autoridad, jerarquía y orden.

No es desacertado hablar así de una suerte de “Más allá Celestial o Trascendente”, objeto y fundamento de la realización espiritual. Así como de un “Más allá Telúrico o inmanente”, que sería el Anima Mundi del que venimos hablando, y al que correspondería esa concepción “mágica” y “feérica” de la naturaleza tan propia del mundo de la Tradición.

En este orden de cosas, no estará de más señalar cómo en gran medida, los mitos, leyendas y tradiciones del mundo premoderno, recogerán con el lenguaje del símbolo y la alegoría, conceptos e ideas que aquí estamos planteando.

Por otra parte no debemos pensar que la idea de un Anima Mundi conduce necesariamente a una suerte de panteísmo inmanentista, ajeno a una verdadera idea de trascendencia. Del mismo modo que la idea de trascendencia, no debe llevarnos a pensar en una realidad natural meramente material y mecánica, alejada del espíritu, carente de alma y simple escenario de la vida humana.

Cuerpo, Alma y Espíritu configurarían la estructura del Hombre, pero también configurarían la estructura del Mundo que le rodea. Siendo en dicha estructura donde deberemos ubicar el Anima Mundi y la correspondiente concepción espiritual de la naturaleza.

Muchas veces por desgracia, nos encontraremos sin embargo con planteamientos para los que los vínculos espirituales con la naturaleza de nuestros ancestros, no dejarían de ser una manifestación más de la raíz económica de toda inquietud humana, pues en ellos solo anidaría una preocupación meramente material por las cosechas, la fertilidad de los campos y los animales, las lluvias, las tormentas o la caza… como si todo el “universo mágico” en torno al mundo natural surgido de siglos de tradición, más allá de sus “vestiduras” espirituales, no escondiese sino una preocupación prosaica de orden meramente económico o a lo más, una preocupación por la salud y la curación de enfermedades. Como si a la hora de la verdad, no fuera posible encontrar una auténtica concepción “trascendente” del Mundo y la Vida en dichas creencias tradicionales sobre la naturaleza. Siendo éstas una mera “técnica” primitiva y supersticiosa para asegurar el sustento económico, la salud y la fertilidad de la progenie.

Obviamente nosotros no nos movemos en ese ámbito explicativo…

Por supuesto que una aproximación a dichas creencias nos lleva necesariamente a encontrarnos con ritos, fórmulas, talismanes y creencias para las cuales dichas preocupaciones de orden práctico serán lo principal. Sin embargo, estaríamos haciendo un flaco favor a nuestro entendimiento si simplemente nos quedáramos ahí y no fuéramos más allá. Si no entendiéramos que el fundamento de ese “pensamiento mágico” no reside tanto en un “primitivismo” o superstición, como en una concepción “espiritual” del Universo para la cual, existe un “alma del Mundo” o Anima Mundi.

Estamos aquí en presencia y claro está, de una concepción más honda y profunda de la naturaleza y el universo. Una concepción que no responde ya a una preocupación supersticiosa de orden meramente material, y es por el contrario, fruto de una vivencia espiritual en la que el Hombre se integra y siente como parte de un Todo en el que ocupa un lugar especial y relevante, y con el que debe saber comunicarse y armonizar.

Finalmente no estará de más señalar cómo, conforme dicha vivencia espiritual se degrade o desvirtúe, y pierda su fondo y esencia sapiencial, se producirá el surgimiento de una auténtica superstición y caída en la más pura superchería e irracionalidad. Terreno abonado para un futuro descrédito y por ende, para el olvido de la verdadera sabiduría que subyace al mundo de la tradición.

*

El Guerrero Espiritual

En síntesis, aquel que haga guardia en la Medianoche del Mundo sabe que nuestra época ha pagado como precio a su modernidad y “progreso” con el olvido del Espíritu y por ende, de la Sabiduría y la Fuerza. Dando lugar a una sociedad plebeya de individuos alienados, debilitados, vulgares o fanatizados. Del mismo modo y aunque de la Tradición solo nos queden ruinas, también sabe que aquello que tiene de perenne el mundo de la Tradición, es precisamente lo que tiene de sapiencial y espiritual, siendo entonces para quien lo sepa encontrar, manantial de orientación y fuerza y simiente de auténtica revolución. Si es que “revolución” puede significar algo más que “libre mercado”, “lucha de clases” o “reivindicación nacionalista”, y puede hacer honor a su verdadero significado: “Volver al Origen”.

Lo que está en juego así es la “Transformación del Hombre”. El tomar conciencia de que el auténtico argumento de la vida, no es la lucha por la supervivencia ni ningún otro de sus múltiples derivados, sino la conquista de uno mismo. La realización en nosotros de la Lucidez, la Conciencia, el Entendimiento, el Discernimiento y la Fuerza Interior. El señorío y gobierno de nosotros mismos más allá de la Ignorancia y el Miedo y por ende, la consecución de la verdadera Libertad. Lucha y argumento de vida que nos atañe a todos seamos conscientes de ello o no y que una vez sabemos que es así, no nos permite volver a mirar a nuestros semejantes de igual manera. Pues en todos ellos vemos la misma batalla y brega, el mismo anhelo muchas veces oculto de plenitud y libertad. Porque nadie puede sustraerse a esta “Gran Guerra Santa” y es solo desde ella que podemos construirnos auténticamente como personas, así como construir sociedades auténticamente justas, orgánicas y de sanas jerarquías. Todo ello en una concepción del Mundo en la que el universo y la naturaleza que nos rodean y de los que hacemos parte, ya no serán más un escenario espiritualmente vacío e inerte sobre el que operan fuerzas ciegas y sin significado. Sino un mundo auténticamente vivo, dotado de alma y de sentido en el que en cada tras cada detalle: del brillo de las estrellas al correr de un arroyo, de las raíces de un árbol al aullido de un lobo, de la sangre de los ancestros a los parajes de nuestra tierra, se puede intuir el “Reino del Espíritu” y el Alma del Mundo…

El potencial que atesoramos dentro es inmenso… en solo nuestra propia estupidez y ofuscación lo que nos limita.

Ser uno mismo y vivir de verdad. Estar conectados con nosotros mismos y con la realidad. Estar presentes en nuestra propia vida y aunque tengamos que levantarnos mil veces no ceder a la propia estupidez, desvarío o bajeza. Luchar por vivir Lúcidos, Despiertos, Fuertes y Libres… ninguna otra vida merece la pena. Ningún otro propósito será más gratificante. Ninguna otra batalla será más gloriosa

 

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¿Qué fue la Hispania Céltica? II

en Cultura Celta/España/Historia por
Figura 2-4: Etnias prerromanas de la península Ibérica. (Según Untermann 1987)

¿Qué fue la Hispania Céltica? II

Segunda Parte: Celtas y Protoceltas.

“Llegado este punto, consideramos que puede afirmarse como hecho histórico insoslayable, la existencia de una Céltica Europea y de una Céltica Hispánica integrada en ésta. Céltica Europea y Céltica Hispánica que fueron en sí mismas un fenómeno étnico y cultural, diverso y heterogéneo. Pudiendo decirse de la Céltica Hispánica que ésta, habría generado su modelo autóctono y diversidad propia de celticidad. Celticidad surgida en el propio solar Peninsular a partir de un mundo indoeuropeo arcaico, también propiamente hispánico y de antiquísimo arraigo en nuestro territorio…”

La Céltica Hispánica: Celtas y Protoceltas.

En primer lugar debemos entender la Céltica como una de las diferentes “provincias indoeuropeas”[1] (García Quintela 2005: 192), así como el conjunto de comunidades hablantes de una lengua celta en periodo protohistórico (García Quintela 2002: 54-92). Nosotros a esto último añadiríamos más allá de lo puramente lingüístico, la existencia de unos elementos de fondo y de carácter étnico e ideológico que caracterizarán con mayor calado lo céltico, tanto en relación al mundo cultural de la Edad del Hierro, como en relación a la “gran familia” indoeuropea. Lo iremos viendo más adelante especialmente cuando hagamos referencia a las ideas de Almagro-Gorbea (1992, 1993, 1994a, 1995, 1997, 1999b), de Peralta Labrador (2000), Sopeña Genzor (1987, 1995, 2005a y 2010a), Álvarez Sanchís (2001) ó Ruiz Zapatero (1993, 2001a, 2001b, 2005 y 2011). En este sentido será importante tener presente que la Céltica, perteneciendo a ese gran grupo étnico y cultural de lo indoeuropeo, será en todo momento un fenómeno radicalmente europeo, surgido in situ en el solar de Europa, y asociado a la Europa protohistórica de la edad del Hierro.

Esta céltica, más allá de la estrechez de planteamientos de quienes han querido circunscribirla exclusivamente al horizonte cultural lateniense[2], será diversa y heterogénea, polimórfica y dinámica. Netamente europea y “provincia” de lo indoeuropeo, pero al tiempo divisible en continental y gala, atlántica y británica, meridional e hispánica, e incluso oriental y gálata. Siendo al tiempo también diversa y heterogénea dentro de los diferentes subgrupos europeos que pudiéramos asignar al fenómeno céltico. De tal modo que para el ámbito hispánico podrá ser a su vez celtibérica ó lusitano-galaica.

Es la Céltica en definitiva patrimonio histórico y cultural de la Europa protohistórica o Europa de la Edad del Hierro, y elemento constituyente junto a tantos otros-de mayor o menor relevancia-de la propia identidad y personalidad europea.

Partimos así y como venimos diciendo, de la existencia para el marco general de la céltica europea, de distintos modelos de celticidad, siendo posible reconocer la existencia de un modelo propio de celticidad en nuestra península Ibérica. Este modelo Peninsular de celticidad nos referirá a su vez todo el conjunto de restos célticos de la Hispania protohistórica, sean estos celtibéricos o no (Hoz Bravo 2005: 420). Lo que a su vez y como podremos ver nos señalará también, el carácter diverso de la propia celticidad hispánica.

Esta idea de distintos modelos de celticidad se opondrá directamente, como ya hemos señalado, a los planteamientos estrechos y limitados a una celticidad exclusivamente “lateniense”. Y reconoce lo celta como un fenómeno mucho más amplio y diverso, de gran heterogeneidad, y con distintos grados y modos de evolución. Siendo en este “distintos grados y modos de evolución”, donde encontraremos las claves para la comprensión de qué cosa fue la Hispania céltica. Lo “celta” insistimos, lo entenderemos así como una de las ramas del gran tronco indoeuropeo, siendo en esa rama que deberemos situar, como un fruto más, el fenómeno de lo hispano céltico.

Este modelo “hispano celta” de celticidad aún ligado a la céltica europea, tendrá connotaciones propias fruto de su particular etnogénesis y del contexto concreto en el que se desarrolla. Esto es, un proceso de “celtización” en el que la celticidad hispánica, se habría ido configurando a partir de comunidades no antagónicas sino afines (las llamadas “comunidades indoeuropeas protocélticas”), que a través de un proceso gradual de interacción (de la más desarrollada sobre la menos desarrollada), termina por dar lugar a las distintas formas de celticidad hispánica. (Almagro-Gorbea 1992, 1993, 1995 y 2005b; Ruiz Zapatero 1999b, 2001b, 2005 y 2006; Almagro-Gorbea y Ruiz Zapatero 1992a; Ruiz Zapatero y Lorrio 2005 y 1988; ó Sopeña Genzor y Marco Simón 2008). “Distintas formas de celticidad hispánica” que adelantamos ya, serían básicamente y por un lado, las relativas a la pervivencia del antiguo sustrato indoeuropeo protocelta: El mundo Lusitano-Galaico. Por otro, las vinculadas al mundo céltico propiamente dicho: El mundo Celtibérico. Y por otro, las áreas de transición entre un mundo y otro en el ámbito de los pueblos vacceo, carpetano, vettón, astur o cántabro.

Es importante resaltar aquí, que este proceso de configuración de la Hispania Céltica, será posible por la existencia en la Península de un sustrato previo, asociado al antiguo mundo indoeuropeo y al que denominaremos “protocelta”, sobre el que diversas situaciones dinamizadoras de su cultura y sociedad, así como la acción de grupos celtas propiamente dichos, dan lugar a que surjan distintos niveles de mayor o menor desarrollo y grado de celticidad. Así como situaciones de mayor o menor pervivencia del susodicho sustrato protocelta (Almagro-Gorbea (1992, 1993 y 1995) (fig. 2-1).

Figura 2-1: Dispersión de elementos lingüísticos protoceltas. (Según Almagro-Gorbea 2001: 96).
Figura 2-1: Dispersión de elementos lingüísticos protoceltas. (Según Almagro-Gorbea 2001: 96).

 

En la actualidad, esta propuesta de un ámbito protocéltico e indoeuropeo como sustrato fundamental en los procesos de etnogénesis del interior, norte y noroeste Peninsular, entendemos será de gran importancia para entender qué fue la Hispania céltica. Esto es así principalmente porque cómo vamos a tener oportunidad de comprobar, los antiguos hispano celtas conservarán como uno de sus rasgos distintivos, la pervivencia de elementos vinculados a ese arcaico sustrato indoeuropeo. Nos referimos aquí a las cofradías guerreras de tipo iniciático, la consagración de los miembros de las clientelas guerreras a sus jefes mediante ritos religiosos como la devotio, o la exposición de los guerreros caídos en combate a los buitres (Sopeña Genzor 1987, 2004, 2005a y 2010; Peralta Labrador 2000 ó Almagro-Gorbea 1993, 1997 y 2005a). Este modelo de celticidad que encontraremos en Hispania, deberemos entender así que si bien, no es ajeno ni está aislado del mundo celta continental y atlántico, la mayor parte de su acervo cultural se originará sin embargo in situ, en el interior de la propia península Ibérica. Siendo de este modo un fenómeno netamente autóctono, que compartirá eso sí y en cualquier caso con la céltica europea, variedades lingüísticas o estructuras socioeconómicas y culturales.

En este sentido la Hispania protohistórica presentará un área indoeuropea en la que encontraremos en la llamada Celtiberia, una cultura consolidada y referente de celticidad hispánica. Este mundo celtibérico tendrá su origen en la llegada al extremo nororiental de la Meseta, de la llamada cultura de los Campos de Urnas[3], verdadera semilla del despertar de la celticidad hispánica (Ruiz Zapatero 1999b y 2001b; Ruiz Zapatero y Lorrio 1988; Sopeña Genzor y Marco Simón 2008 y Blasco Bosqued 1993). Dándose una dinamización del fondo protocéltico del interior Peninsular a partir de este foco, en un proceso de irradiación cultural y étnica que en grado de mayor a menor intensidad, y dirección este-oeste y este-noreste, generará un amplio territorio de marcada “celtización” en los territorios cántabro-astur, vacceo y vettón. Destacando a su vez una zona que parecerá conservar formas propias del sustrato indoeuropeo protocéltico, en la fachada atlántica y el noroeste Peninsular. Áreas del mundo lusitano-galaico (Almagro-Gorbea 1986, 1991, 1992, 1993, 1995 y 2009d y González García 2007 y 2011). Áreas éstas, en las que por decirlo así, “no llegará la influencia celtibérica”.

Este mundo lusitano-galaico será de este modo, claro exponente de ese sustrato protocéltico al que hemos hecho referencia anteriormente, y que arrancando ya en el mundo indoeuropeo del Bronce final, tendrá en la llamada “cultura castreña del noroeste”, clara expresión arqueológica.

El arco lusitano-galaico sería de este modo la máxima pervivencia de esas formas culturales del substrato previo indoeuropeo protocéltico (Almagro-Gorbea 2009d: 23 y 24). Quedando la mayor parte del interior Peninsular, desde los cántabros hasta al mundo vettón, como zona de transición entre el mundo el mundo lusitano-galaico, y el mundo celtibérico. Siendo éste último el máximo exponente de una celticidad hispánica propiamente dicha. De una celticidad hispánica próxima a los modelos de celticidad centroeuropeos, y la correspondiente cultura de oppida: de “ciudades celtas” como Numancia.

A grandes rasgos, este será el panorama étnico de la Hispania céltica, a la llegada de cartagineses y romanos a la Península. Siendo esto en cierta medida recogido por las propias fuentes clásicas al insistir éstas, en la alteridad y diferencia entre celtíberos y lusitanos, al señalar la mayor “barbarie y primitivismo” de los pueblos de la fachada atlántica y el noroeste Peninsular (Estrabón III, 3: 6, 7 y 8).

En este orden de cosas podremos señalar a lo “celtíbero” como plenitud del fenómeno céltico en Hispania, y a lo “lusitano-galaico”, como plenitud de arcaísmo indoeuropeo. Como pervivencia del previo substrato “protocéltico” a partir del cual, y en gran parte del interior Peninsular, pudo desarrollarse el mundo hispano céltico propiamente dicho. Siendo así que podremos reconocer al mundo vettón y vacceo, como formas culturales de transición entre las formas más propiamente célticas del área celtibérica, y las áreas más arcaicas del oeste y noroeste Peninsular (fig. 2-2).

Figura 2-2: Mapa de la Hispania céltica con límite de topónimos en –briga (céltico), distribución de gentilidades, distribución de inscripciones celtibéricas y teónimos lusitano-galaicos, y límites de los mismos. Nótese un área lusitano-galaica, un área celtibérica y un territorio intermedio. (Según Álvarez Sanchís 2003).
Figura 2-2: Mapa de la Hispania céltica con límite de topónimos en –briga (céltico), distribución de gentilidades, distribución de inscripciones celtibéricas y teónimos lusitano-galaicos, y límites de los mismos. Nótese un área lusitano-galaica, un área celtibérica y un territorio intermedio. (Según Álvarez Sanchís 2003).

 

Tendremos así una Hispania Céltica desarrollada desde un sustrato previo indoeuropeo (que hemos denominado protocéltico), que por influencia de la cultura de los Campos de Urnas, llegada de allende de los Pirineos, habría generado en primer lugar el surgimiento de una cultura Céltica en el noreste de la Meseta. Cultura que sería la cultura Celtibérica. Ésta, habría funcionado como verdadero “motor” de la celticidad Peninsular, extendiendo su influencia sobre zonas aledañas de también raigambre indoeuropea. Influencia que un esquema en “mosaico”, habría avanzado hacia interior Peninsular generando áreas de una mayor “celtiberización”, caso del área vaccea o vettona, pero también áreas donde dicha influencia celtibérica apenas llegará y será existente: el mundo lusitano-galaico. Áreas así del oeste y noroeste Peninsular donde se mantendrá entonces y a través de la llamada “cultura castreña”, la pervivencia del antiguo mundo indoeuropeo protocéltico. (Almagro-Gorbea 1986, 1991, 1992, 1993, 1994a, 1995 y 2009d; Ruiz Zapatero y Lorrio 1988; Ruiz Zapatero 1999b y 2001b; Peralta Labrador 2000 y García Quintela 2005).

Cabe señalar aquí, cómo esa cultura de los llamados Campos Urnas, verdadero catalizador de la celticidad hispánica, habría supuesto sin embargo y por decirlo así, una “indoeuropeización” fallida de amplias zonas del Levante Peninsular y áreas del valle del Ebro. Zonas donde su peso y su influencia no serán decisivos y que siendo territorios, que posteriormente formarán parte del mundo Íbero y no hispano céltico, nos llevan a pensar en el mundo Íbero como un mundo que parecerá no pertenecer a la gran familia indoeuropea. Como si los “antepasados” de los Íberos, hubieron sido refractarios y no afines, a la influencia indoeuropea de los Campos de Urnas.

Esto nos enfrenta a la cuestión del origen y fondo étnico y cultural del mundo Íbero, así como a la cuestión de la Hispania preindoeuropea. Tema apasionante en el que aún muchos de sus extremos permanecen pendientes de clarificación y que nosotros, no entraremos a estudiar aquí.

*

En definitiva…

Hoy día puede reconocerse sin duda alguna la existencia de una Hispania céltica, afecta a todo lo que podría llamarse mundo céltico Europeo, y originada sobre un sustrato previo, rastreable ya en la Edad del Bronce, de tipo incuestionablemente indoeuropeo. Esta Hispania Céltica tendrá en la cultura Celtibérica el máximo exponente de celticidad Peninsular, y en ella se darán los más altos desarrollos socioeconómicos, políticos, culturales y urbanos de la Hispania Indoeuropea. Estos en gran medida propiciados por su proximidad con el mundo Ibérico, del que obtendrá prestamos culturales que permitirán elevar su desarrollo, sobre el resto de sus “vecinos” célticos de la Meseta[4] (Lorrio 1997, 1999, 2000; y Burillo Mozota 1992, 1998 y 2011).

Desde dicha zona nuclear de celticidad que fue la Celtiberia y tal como hemos indicado, se producirá la “celtización” de amplias zonas del interior en ámbitos del mundo vettón, vacceo, carpetano o incluso cántabro. Si bien conforme se avance hacia el oeste y noroeste Peninsular, dicha “celtización” será cada vez menor. Alcanzándose un máximo arcaizante de pervivencia del anterior sustrato protocelta, entre los pueblos de la fachada atlántica y zonas de la cornisa cantábrica. Zonas ajenas a los modelos urbanos y socioeconómicos de la Meseta oriental, afianzadas aún en una “cultura de castros” ajena al mundo celtíbero y su cultura urbana de oppida (Almagro-Gorbea 1994a).

Esta diferencia entre el este y el oeste de la Hispania céltica, fundamentada en el mayor y menor desarrollo de una cultura urbana, y la menor y mayor presencia de elementos propios del substrato arcaico indoeuropeo, será recogida indirectamente por las mismas fuentes clásicas. Que asociarán siempre unos mayores niveles de “barbarie” a las áreas más occidentales y septentrionales de la Península. En este sentido, sí bien es verdad que con las fuentes conviene ser cuidadoso, no dejará de ser interesante constatar cómo hasta los mismos romanos, parecen haber tenido certeza de la heterogeneidad de la Hispania céltica, y de la diferencia entre el mundo Céltico de la Celtiberia, y el mundo Indoeuropeo protocéltico del oeste y norte Peninsular[5].

*

Llegado este punto, consideramos que puede afirmarse como hecho histórico insoslayable, la existencia de una Céltica Europea y de una Céltica Hispánica integrada en ésta. Céltica Europea y Céltica Hispánica que fueron en sí mismas un fenómeno étnico y cultural, diverso y heterogéneo. Pudiendo decirse de la Céltica Hispánica que ésta, habría generado su modelo autóctono y diversidad propia de celticidad. Celticidad surgida en el propio solar Peninsular a partir de un mundo indoeuropeo arcaico, también propiamente hispánico y de antiquísimo arraigo en nuestro territorio.

Del mismo modo y al tiempo, deberemos diferenciar un área Peninsular no indoeuropea, comúnmente denominada área ibérica, que ocuparía a grandes rasgos la fachada mediterránea, la mayor parte de la actual Andalucía y sur de la Mancha, la margen derecha del Ebro, y las laderas pirenaicas hasta el territorio Vascón. Quedando mayormente el resto de la Península como área indoeuropea y céltica.

En todo caso, Celtas, Íberos, Celtíberos, Indoeuropeos, Vascones, Tartésicos… Todos ellos configurarán el “zócalo étnico” de España y la raíz originaria de nosotros mismos: De Gallegos, Castellanos, Andaluces, Catalanes, Vascos, Asturianos… Patria originaria y matriz del devenir histórico y cultural español a través de los siglos: De la romanización, el Reino Godo de Toledo, la invasión islámica, los reinos cristianos y la Reconquista, la restauración y unificación de los Reyes Católicos y la aventura americana al otro lado del Mar, allá donde se pone el Sol…

Así lo planteó Cervantes en su “Numancia” y así lo planteamos nosotros, en la Forja y la Espada…

Figura 2-4: Etnias prerromanas de la península Ibérica. (Según Untermann 1987)
Figura 2-4: Etnias prerromanas de la península Ibérica. (Según Untermann 1987)

[1] Indoeuropeo: Entenderemos por el término “indoeuropeo” la cultura y lengua madre de la que surgirían después gran parte de los pueblos europeos de la Protohistoria y la Historia Antigua: Helenos, Romanos, Célticos, Germánicos… De un modo muy general podrá decirse que dicha “tradición madre” de la posterior cultura europea del mundo Antiguo y la Edad del Hierro, se cree que pudiera proceder de pueblos originarios de las estepas del norte del Mar Negro. Es lo que se ha venido a denominar “hipótesis de los Kurganes”. Esta misma hipótesis situará también la expansión de la cultura Kurgan hacia oriente, hasta el río Indo. Siendo esta circunstancia, constatada por la lingüística, la que generará el propio término “indoeuropeo”, que señalaría la expansión de este fondo cultural común desde el occidente europeo hasta el río el río Indo en Asia en un amplio periodo de tiempo que podría abarcar del 4000 a.C. hasta el 2000 a.C. (Gimbutas 1997 y 1980, Mallory 1997, Dexter 1997 y Villar 1996 y 2000).

[2] Lateniense: Referido al yacimiento arqueológico de La Tené. En Francia. Durante mucho tiempo considerado como paradigma de la celticidad y a día de hoy considerado como representante de la celticidad centroeuropea pero no exponente definitivo de celticidad.

[3]Campos de Urnas: Cultura típica de la evolución de los grupos protocélticos y célticos europeos cuyos cementerios tenían grandes extensiones, y se caracterizaban por fundamentarse en pequeñas urnas en las cuales se guardaban los restos de la incineración del difunto. Esta cultura se desarrollo en Europa Central en torno al 1200 a.C. en tiempos del Bronce Final y penetrará en la península Ibérica por los pasos del Pirineo oriental. Como ya hemos señalado su característica principal sería el rito de la incineración, siendo también portadores de una cultura en la que ya encontraremos rasgos típicos del posterior mundo céltico tales como la existencia de élites guerreras, o la existencia de un orden gentilicio (Blasco Bosqued 1993 y Mallory 1997).

[4] Breve reseña a la influencia ibérica: Podremos rastrear estas influencias ibéricas en diversos ámbitos, caso de la cerámica numantina. De iconografía y estilísticas propias, pero hechas con la tecnología a torno de la cerámica ibérica. Caso también del uso del alfabeto ibérico por parte de la cultura celtibérica, una de las lenguas celtas de la Antigüedad mejor conocidas precisamente por este detalle. Y caso también de determinados usos urbanos, que procedentes del mundo ibérico, supondrán un mayor desarrollo y evolución que el que puedan presentar el resto de sus “vecinos” célticos del interior.

[5] Generalidades en las fuentes clásicas: La fuentes clásicas a la hora de referirse a los pueblos del interior de la Península, si bien en ocasiones concretan exactamente a éstos, mayormente parecerán funcionar con vagas generalizaciones (Joao Santos 2009) en las que el mundo del noreste de la Meseta será el mundo celtibérico, el mundo del oeste y noreste Peninsular será el mundo lusitano, y el mundo del norte de Hispania será el mundo cántabro o astur. Sobre este esquema básico pueblos como los vacceos, vettones y carpetanos, situados en el interior Peninsular, aparecerán muchas veces como confundidos con los lusitanos (caso vettón) o con los celtíberos (caso vacceo y carpetano). Siendo en estas apreciaciones que a nuestro parecer, el mundo romano nos estaría señalando indirectamente los grandes grupos culturales hispano célticos. Recogiendo en esas confusiones de vettones con lusitanos o vacceos con celtíberos, la situación de pueblos que a caballo del mundo lusitano y del mundo celtibérico, Roma misma no termina de ubicar en una identidad propia y concreta.

¿Qué fue la Hispania Céltica?

en Cultura Celta/España/Historia por
¿Qué fue la Hispania Céltica? I

¿Qué fue la Hispania Céltica? I

Primera Parte: La Céltica europea y la Céltica hispánica.

“La Céltica es uno de los referentes identitarios de Europa. De las raíces protohistóricas de Europa. Siendo el elemento central de una serie de pueblos que desde finales de la Edad del Hierro pasarán de la protohistoria a la Historia, de mano de su encuentro y enfrentamiento con Roma”.

Preguntarnos por la Hispania céltica y en general por la Hispania prerromana es preguntarnos por nuestras raíces y patria originaria. Por un mundo ancestral que fue el de nuestros antepasados más lejanos y cuyo conocimiento, podrá tanto animar una sana conciencia identitaria, como ponernos en la rampa de salida de la comprensión del proceso histórico de España…

La Céltica europea y la céltica hispánica

La Céltica es uno de los referentes identitarios de Europa. De las raíces protohistóricas de Europa[1]. Siendo el elemento central de una serie de pueblos que desde finales de la Edad del Hierro pasarán de la protohistoria a la Historia, de mano de su encuentro y enfrentamiento con Roma (Ruiz Zapatero 2005: 21). La Céltica fue Centroeuropea, pero también Atlántica y Peninsular o Hispánica, surgida en las postrimerías de la Edad de Bronce (1200-750 a.C.), y caracterizada por sociedades fuertemente jerarquizadas y de un prominente componente ideológico de corte “guerrero” (Ruiz Zapatero 2005: 24). Al frente de estas sociedades se encontrarán así grupos aristocráticos de verdaderos “señores de la guerra”. Armados y a caballo, en sociedades fundamentalmente ganaderas, dispensadores de protección y hospitalidad, controladores de pastos, rebaños, cañadas y abrevaderos; así como de las rutas de intercambio, comercio y abastecimiento del bronce (Almagro-Gorbea 1993, 1997 y 1999c; y Álvarez Sanchís 2003).

Con la llegada en el siglo VIII a.C. de la tecnología del Hierro, se producirán toda una serie de transformaciones, cambios y desarrollos socioeconómicos que sin embargo, no alterarán los fundamentos ideológicos de estas sociedades “guerreras”, que ya en la siguiente centuria y en el corazón de Centroeuropa (en torno a los nacimientos del Rin, Ródano y Danubio) hará surgir la llamada cultura del Hallstatt y por ende, de sus príncipes guerreros. Al mismo tiempo en las tierras altas del oriente de la Meseta, en la península Ibérica, en la futura Hispania, asistiremos a la aparición de los primeros poblados fortificados y las primeras necrópolis de incineración. Es el nacimiento de la cultura celtibérica, más modesta que la cultura del Hallstatt, pero igualmente basada en la preponderancia de élites guerreras (Ruiz Zapatero 2005: 24-25).

De los príncipes guerreros de la cultura del Hallstatt (clara representante de la primera Edad del Hierro) surgirán como descendientes directos la “Jefaturas” de la cultura de la Tené. En las que se reforzará el ethos guerrero y se desarrollará el fenómeno de las expediciones de saqueo. Las razzias de ganado y el bandidaje (Ruiz Zapatero 2005: 25). Así como toda una “mística” del combate, los campeones guerreros, las männerbunde o sociedades de Hombres, y los banquetes comunales de confraternización y exaltación guerrera.

Estaríamos ya en el ciclo de una cultura propiamente céltica que tendrá durante mucho tiempo y desde la perspectiva del estudio académico, el mundo “lateniense”[2] como el más genuino exponente de dicha celticidad, así como el más claro representante de la segunda Edad del Hierro. Hoy día este planteamiento ha quedado totalmente trasnochado, y se sabe que el fenómeno céltico sería mucho más heterogéneo y polimorfo. Hasta el punto que muchas veces y para registros arqueológicos “latenienses”, no se darán poblaciones necesariamente célticas. En cualquier caso lo que sí que será cierto es que a partir del siglo V a.C. para las “Altas Culturas del Mediterráneo”[3] las gentes móviles, seminómadas y guerreras, de la Europa central y occidental, serán un vasto grupo étnico al que se denominaría de modo genérico como Celtas. Caracterizándosele principalmente por su salvajismo y barbarie (Ruiz Zapatero 2005: 26, García Quintela 1999: 115-129, Marco Simón 1993b y Gracia Alonso 2009).

Estos celtas a comienzos del siglo IV a.C. y desde los focos célticos del oriente de la actual Francia se expandirán por el valle del Po y por el Este, siguiendo el curso del Danubio y alcanzando por un lado las estepas del noroeste del mar Negro, y por otro los Balcanes. De donde pasarán a Grecia y de ahí a la península de Anatolia: Los futuros Gálatas, límite oriental de la Europa céltica. Es la época de las grandes migraciones célticas, algunas de las cuales llegarían a causar pavor en las tierras mediterráneas. Caso del saqueo de Roma en el 390 a.C. o del santuario de Delfos en el 279 a.C. Estos encuentros entre las altas culturas del mediterráneo y el mundo céltico generarán no solo ya el uso generalizado de términos como Keltoi, Celtae, Galli, o Galatae. Sino además el estereotipo del celta como guerrero bárbaro (Ruiz Zapatero 2005: 26), salvaje y agreste, caracterizado por la ferocitas y el furor.

Es importante señalar con respecto a estos grupos migratorios, que básicamente serán celtas latenienses centroeuropeos. Esto es, celtas cuya “celticidad” será diferente de las formas culturales célticas que se estaban dando en ese momento en Britania, en la propia Galia atlántica, y desde luego en la Hispania céltica (Ruiz Zapatero 2005: 27). Distintas “provincias” de la Europa céltica que en el caso concreto de Hispania, desarrollará de forma en cierta medida independiente su propia celticidad, incluyendo áreas abiertamente arcaicas más próximas a la antigua raíz indoeuropea, que a los propios desarrollos culturales célticos continentales. En cualquier caso lo importante será tener presente como lo céltico trasciende el marco cultural lateniense y adopta diversas formas a lo largo de toda su área de expansión. Desde el atlántico, hasta el interior de la actual Turquía.

Llegado el siglo II a.C. los celtas habrán generado ya una cultura urbana en la llamada civilización de los oppida[4]. Grandes centros fortificados considerados ciertamente como “las primeras ciudades europeas” (Ruiz Zapatero 2005: 27). La céltica se estaría acercando a la estatalidad y estaría generando su propio modelo de “civilización”. Sin embargo un fuerte viento en contra se estaba levantando frente a tal posibilidad. Roma se había convertido en una potencia militar y cultural formidable y estaba conquistando la Galia e Hispania. Al tiempo desde el norte, los germanos presionaban las fronteras septentrionales de la céltica, y en el Danubio medio, los Dacios, también de origen germano, desplazaban a las tribus celtas allí establecidas. Así, hacia finales del siglo I a.C. la mayor parte de la céltica había sido sometida al poder de Roma, y las fronteras entre “civilización y barbarie” se trasladan entonces a los ejes del Rin y el Danubio. Quedando al norte los germanos y los Dacios. La céltica se romanizará y sus rasgos culturales propios se diluirán en la personalidad de Roma. La cual y para entonces, se universaliza de mano del Imperio.

En los finisterres remotos del atlántico, y en zonas apartadas del Imperio, algunos rasgos, lenguas y tradiciones célticas lograrán sobrevivir. Es la mitología irlandesa del ciclo del Ulster o el folklore británico del ciclo artúrico, que recreará leyendas y fondos de indudable raíz céltica (Ruiz Zapatero 2005: 27 y 28). Pero no será solo en las islas Británicas que queden en este tipo de pervivencias. También podremos encontrarlas en las intrincadas montañas del norte de España y en los fríos paramos sorianos. Donde determinadas fiestas y costumbres serán últimos rescoldos del ciclo cultural céltico de la antigua Europa (Reyes Moya, P. 2012).

Dentro de este marco general de la Europa céltica, encontraremos el fenómeno de lo “Hispano Celta” (fig. 2-3). Célticos, Tartesios, Íberos y Vascones fueron los principales grupos étnicos de la Hispania prerromana. Siendo probablemente Tartesios, Íberos y Vascones, diferentes modalidades de un mismo tronco étnico quizás preindoeuropeo al que genéricamente podemos llamar ibérico[5] (Arnáiz Villena y Alonso García 1998).

Los Celtas por el contrario formarán parte del gran tronco indoeuropeo[6], y en la Península ocuparían amplias áreas de la Meseta, el Norte y el Noroeste, si bien nunca tendrán realmente unas fronteras fijas y serán frecuentes los desplazamientos y las convivencias. En este sentido, Hispania, situada en el extremo sudoccidental de Europa, constituirá uno de los límites de la céltica europea, siendo al tiempo el lugar del que provendrán las primeras referencias, transmitidas por los griegos, sobre los pueblos célticos como habitantes de la Europa más occidental y atlántica (Ora Maritima 1, 185s., 485s. y Herodoto 2, 33; 4, 49). Debiendo recordarse aquí cómo, tras muchos años en los que los estudiosos de la Céltica habían hecho de las culturas del Hallstatt y la Tené los paradigmas de la cultura celta, los estudios llevados a cabo en los últimos años, evidenciarán que el problema de la Céltica, será bastante más complejo polimorfo y heterogéneo (Almagro-Gorbea 1992 y 2005b: 29 y 30). Siendo posible hablar así de una céltica centroeuropea y atlántica. Pero también de una céltica hispánica.

[1] Protohistoria: Convencionalmente el término “Protohistoria”, designaría el periodo de la historia de un pueblo en el que éste, si bien no genera documentos escritos (no documenta por escrito su propia historia y cultura), si posee por el contrario tradiciones, mitos y leyendas que les confieren una referencia sobre sí mismos, un sentido histórico, una proyección en el tiempo, o unos modelos de organización social que señalan una transición hacia la cultura escrita y la formación de un estado. En Europa comúnmente se asociará a la Edad de los Metales. A la Europa de la Edad del Bronce y de la Edad del Hierro, y más especialmente del Bronce Final a la segunda Edad del Hierro (Aprox. del 1300 a.C. en adelante y hasta la conquista romana) (Collins 1989). Nosotros entenderemos que Europa mantendrá determinadas áreas unidas aún en época ya histórica, a principios, formas y tradiciones propias de dicho mundo de la Edad de los Metales. Siendo así que la típica confrontación entre “civilización y barbarie” que podemos encontrar en el enfrentamiento entre el mundo grecolatino y el mundo céltico o germánico, no sería a nuestro parecer sino en cierta medida el enfrentamiento entre culturas que se encuentran ya en un estadio histórico, y culturas que sin embargo permanecen aún instaladas en la Edad del Hierro, en un estadio protohistórico.

[2] Referido al yacimiento arqueológico de La Tené. En Francia. Durante mucho tiempo considerado como paradigma de la celticidad y a día de hoy considerado como representante de la celticidad centroeuropea pero no exponente definitivo de celticidad.

[3] Altas Culturas Mediterráneas: En este estudio y en contraposición al mundo cultural del Hierro de célticos y germanos, entenderemos por “altas culturas mediterráneas” al mundo civilizado, urbano y estatal, agrícola y mercantil, de principalmente Grecia y sobretodo Roma. Mundo que tras su propia Edad del Hierro habrían pasado ya de un estadio protohistórico, a un estadio plenamente histórico, convirtiéndose de hecho en protagonistas y motores principales de la propia Historia Antigua europea. Dichas altas culturas mediterráneas serán las que se encontrarán el mundo todavía protohistórico de célticos y germánicos, y las que conceptualizarán dicho mundo como mundo “bárbaro”. El enfrentamiento, convivencia e interrelación de ambos estadios culturales será clave para comprender el discurrir de la propia Historia Antigua de Europa.

[4] La “cultura de las oppida” será aquella que en el ámbito socioeconómico, habría generado unos modelos de corte urbano y estatal. Una urbanidad y estatalidad propiamente célticas que en Hispania tendrán su máximo exponente en el mundo celtibérico. A la cultura de las oppida se le contrapondrá el modelo “castreño” del noroeste y oeste de Hispania. Asociado a primitivas formas socioeconómicas del antiguo mundo indoeuropeo protocéltico, carente de modelos urbanos y de auténtica estatalidad.

[5] Preindoeuropeo: En esa Europa de la Protohistoria y la Antigüedad, si bien la raíz indoeuropea parece haber jugado un papel fundamental (Mallory y Adams 1997, Gimbutas Marija 1980 y 1997 y Villar 1996 y 2000), se encontrarán también como parte integral de la misma si bien en cierta medida absorbidas o condicionadas por el mundo indoeuropeo, la presencia de tradiciones supuestamente no indoeuropeas y aparentemente anteriores. Tal pudiera ser el caso de los Pelasgos en la Helade, de los Minoicos de Creta, de los Etruscos en la península Itálica y quizás también, de los Íberos en Hispania. Trazas culturales de dicho mundo preindoeuropeo podrían incluso quizás rastrearse a través de los cultos a las grandes diosas madre del Mediterráneo (Bernardo Souvirón 2006). En todo caso la cuestión del mundo preindoeuropeo sigue a día de hoy en gran medida pendiente de dilucidarse así como la filiación preindoeuropea de Íberos, Vascones o Tartesios.

[6] Indoeuropeo: Entenderemos por el término “indoeuropeo” la cultura y lengua madre de la que surgirían después gran parte de los pueblos europeos de la Protohistoria y la Historia Antigua: Helenos, Romanos, Célticos, Germánicos… De un modo muy general podrá decirse que dicha “tradición madre” de la posterior cultura europea del mundo Antiguo y la Edad del Hierro, se cree que pudiera proceder de pueblos originarios de las estepas del norte del Mar Negro. Es lo que se ha venido a denominar “hipótesis de los Kurganes”. Esta misma hipótesis situará también la expansión de la cultura Kurgan hacia oriente, hasta el río Indo. Siendo esta circunstancia, constatada por la lingüística, la que generará el propio término “indoeuropeo”, que señalaría la expansión de este fondo cultural común desde el occidente europeo hasta el río el río Indo en Asia en un amplio periodo de tiempo que podría abarcar del 4000 a.C. hasta el 2000 a.C. (Gimbutas 1997 y 1980, Mallory 1997, Dexter 1997 y Villar 1996 y 2000).

¿Qué fue la Hispania Céltica? I
Figura 2-3: Íberos y Celtas en la Hispania antigua. Siglo III a.C. (Según Pellón 2001)

Los lazos de sangre en la Hispania Céltica

en Cultura Celta/Historia por
Los lazos de sangre, la guerra y el pastoreo en la Hispania Céltica.

Los lazos de sangre, la guerra y el pastoreo en la Hispania Céltica.

Los vínculos de sangre, el parentesco, la familia, el “clan y la tribu”, fueron los elementos vertebradores de las sociedades célticas. Siendo en torno a lo que hoy llamaríamos “familia extensa”, que se construiría el entramado de relaciones que conformaba el conjunto orgánico del mundo hispano céltico. Esto en economías fundamentalmente ganaderas y de ideología guerrera para las cuales, el uso de la razzia y los robos de ganado, será un elemento esencial de formación, mérito y prestigio.

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El mundo Hispano Céltico presentará mayormente los rasgos de una sociedad gentilicia. Esto es, una sociedad que prima los lazos familiares, los lazos de sangre, relacionando las personas entre sí desde una perspectiva que hace del parentesco el eje vertebrador de la organización social (Torres Martínez 2005: 340).

En este orden de cosas cabe resaltar la alteridad entre los conceptos tradicionales de familia, asociados a esta primacía del parentesco, y el concepto moderno de familia, surgido tras la Revolución Industrial en Europa y en el seno de una cada vez más boyante burguesía. En esta última, la familia es ante todo la “familia nuclear”, formada simplemente por los cónyuges y los hijos. En la familia tradicional por el contrario se responderá al esquema de “familia extensa”, de mínimo tres generaciones: abuelos, padres e hijos, más consanguíneos o afines desvinculados (Brañas 2005: 157) (estos últimos serían los ancianos, los viudos sin hijos, los solteros, los huérfanos, los enfermos crónicos, los extranjeros asimilados…).

En este sentido debemos entender que la llamada “familia nuclear” o familia moderna sólo será posible en condiciones sociales, políticas y económicas, como las que el Estado burgués es capaz de proporcionar a la familia a través de los servicios públicos (Brañas 2005: 157). Nos referimos a instituciones como escuelas, hospitales, asilos… Instituciones en las que las obligaciones clásicas de la familia extensa pueden ser delegadas, reduciéndose así su tamaño al de la familia nuclear moderna. No siendo casualidad que hasta prácticamente hoy día y en diversas zonas rurales de España, como pudiera ser Galicia, la familia extensa o “casa-familia” haya continuado siendo el eje organizativo de la aldea. (Brañas 2005: 157). Siendo también interesante constatar como los individuos desvinculados necesitarán agrupaciones familiares extensas para su integración social, siendo solo en las modernas familias nucleares que ese ámbito de integración queda restringido, pues se considera tarea del Estado. Paradójicamente los Estados modernos serán los que generarán mayor cantidad de marginados. (Brañas 2005: 157-158).

Del mismo modo los conceptos “modernos” de economía, sociedad, creencias, etc… no serán aplicables a las sociedades anteriores a la revolución industrial, salvo de una manera muy genérica, o para casos muy concretos. Las sociedades premodernas y tradicionales, de orden fundamentalmente agropecuario, son sociedades “orgánicas”. Esto es, sociedades basadas en un cuerpo de convivencia fundamentado en redes de parentesco y vínculos personales de tipo clientelar. Son sociedades construidas así a partir de la familia, el clan, la estirpe, la tribu, el pueblo. A partir de redes extensas de parentesco que impregnarán toda la vida social, e impedirán hablar de economías de tipo moderno centradas en los conceptos de interés, beneficio y rentabilidad. Siendo más bien los conceptos propios del mundo tradicional; honra, prestigio, fama, deuda, generosidad, compromiso, los principios que regirán el ordenamiento socioeconómico del mundo hispano céltico (Ruiz-Gálvez Priego 2005: 375 y Torres Martínez 2003 y 2005).

Asociado a este carácter “tradicional” de los principios estructurales del mundo céltico, encontraremos que también jugarán un papel muy importante los vínculos clientelares, fundamentados en el compromiso personal y el valor de la palabra dada. Principios esenciales para constituir las “sociedades de jefaturas”, que como veremos en el siguiente capítulo, serán las sociedades características de la Hispania céltica.

Tendremos así una concepción de las interrelaciones económicas y sociales, marcada profundamente por el mundo simbólico de los “rituales cotidianos” entorno a los lazos de sangre y lo círculos de prestigio e influencia: comer en la misma mesa, beber en el mismo vaso, intercambiar regalos y dadivas, caballos o armas. Todo en el marco de instituciones sociales que articulan dichos encuentros e intercambios y que crean relaciones de amistad y compromiso entre donantes mutuos. Relaciones que implicarán muchas veces una ligazón tan fuerte e indisoluble como las que podían crear los mismos lazos de sangre (Ruiz-Gálvez Priego 2005: 376).

Sin embargo, si bien este planteamiento es el que nos perfila el mundo de las relaciones socioeconómicas de los pueblos hispano célticos, debemos entender que nos servirá en todo caso si desde un principio, valoramos las diferencias que surgirán en el mismo cuando estas sociedades tradicionales se encuentren en situaciones de transacción no con parientes, sino con extraños. Es decir, que podemos entrar a valorar dos tipos de reciprocidad. La que se da entre miembros de una misma estirpe, familia o tribu. Y la que se da con elementos ajenos a ese “cuerpo orgánico” de lazos de parentesco. En esta última sí primará el interés económico y sí se dará el escenario de un verdadero comercio. Más aún, será en esta situación de encuentros con elementos externos a los del la propia tribu, donde no solo cabrá el uso del término “comercio”, sino que además podrán integrarse actividades como el mercenariado y las razzias o saqueos. Razzias y saqueos que solo desde la perspectiva de sociedades plenamente campesinas y sedentarias, tendrán la consideración de vida “bárbara” e incivilizada. Pues desde la perspectiva de unas sociedades fundamentalmente pastoriles y ganaderas-como las de la Hispania Céltica-el saqueo y el botín serán formas habituales de formar jóvenes guerreros dispuestos a pugnar por pastos, agua, sal, y otros recursos que la vida “móvil” de la ganadería demanda necesariamente. De esta manera encontramos que el mundo ganadero del interior Peninsular, tendrá en la guerra un instrumento más de su propia dinámica socioeconómica y ésta, se convertirá en vehículo para aliviar tensiones internas, adquirir riqueza, honor y ganado, y hacer méritos para algún día encabezar el gobierno de la propia tribu (Ruiz-Gálvez Priego 2005: 380, Torres Martínez 2005: 343-344 y Sánchez Moreno 2002).

Planteamos de este modo que las sociedades hispano célticas del interior Peninsular, son sociedades basadas principalmente en el mundo de las relaciones de parentesco. Sociedades orgánicas fundamentadas en las concepciones de estirpe, linaje, “clan”, tribu, familia y en las que además, se dará especial valor a todo lo que es interacción social: gesto, respeto, don, intercambio. Creación de vínculos y lealtades personales, tan indisolubles como los vínculos de sangre, y fundamentales en la cimentación de las relaciones clientelares que articularán el mundo de jefaturas y élites guerreras propio de estos pueblos.

Este universo de parentesco, prestigio personal, lealtades y compromisos mutuos, tendrá en la actividad agropecuaria y fundamentalmente ganadera, el basamento de su vida económica. Las sociedades hispano célticas serán así esencialmente sociedades ganaderas y por lo tanto generalmente sociedades tremendamente competitivas y agresivas, armadas y en lucha por recursos estratégicos como pastos, fuentes y vías pecuarias. Teniendo en los robos de ganado, en el saqueo y la razzia, un elemento más de su dinámica socioeconómica (Almagro-Gorbea 1993, Sánchez Moreno 2002 y Álvarez Sanchís 2003).

Son sociedades por tanto a las que podremos considerar de cultura “guerrera”, y que como podremos ver más adelante, tendrán en las männerbunde-en las “sociedades de hombres”, “bandas y cofradías guerreras”-un elemento de relevancia social y cultural fundamental (Almagro-Gorbea 1993: 134-141, Peralta Labrador 2000: 168-184 y García Quintela 1999: 275-287). Estaremos así en la Hispania céltica, en presencia de esos grupos armados y organizados alrededor de un jefe-los comitatus que Roma señalará para los germanos (Tácito, Germania, XIII)-y que son la célula fundamental que da cuerpo a ese “espíritu guerrero” tan caro a las sociedades europeas de la Edad del Hierro. Podrá afirmarse en este sentido que las sociedades hispano célticas serán fundamentalmente sociedades agro-pastoriles de ideología guerrera (Almagro-Gorbea 1993, García Quintela 1999: 270-295, Peralta Labrador 2000: 153-211, Torres Martínez 2005: 343-344, Sánchez Moreno 2002 y Álvarez Sanchís 2003).

En estas sociedades y tal como ya hemos comentado, podremos encontrar un modelo y organización de fuerte impronta gentilicia, reconocible a partir de la onomástica de epítetos en genitivos del plural que indicarían el “clan”, o grupo familiar gentilicio. Los clanes más poderosos darían lugar a estirpes aristocráticas guerreras dirigidas por un cabeza del linaje que a su vez, extiende y manifiesta su poder por medio de clientelas. Estos “nobiles” formarían el que podríamos denominar “senatus”– el órgano superior de gobierno de la ciudad u oppidum-y a su vez integrarían el grupo social de los equites, de los “jefes guerreros a caballo”. Verdaderas élites rectoras de los oppida y “señores de la guerra” que capitanearán las luchas contra Roma (Almagro-Gorbea 1994b y 2005a, Sánchez Moreno 2005 y Quesada Sanz 2002a y 1997c).

Paradójicamente estas mismas élites, una vez sometidos sus pueblos a la autoridad de Roma, serán las primeras que se integren en las legiones y se romanicen (Lorrio Alvarado 2005: 278 y Abascal 2009b y 2009c).

CONVERSACIONES CON EL MAESTRO OCULTO DE TOLEDO

en Blog por

Parte I: La leyenda de la Cueva de Hércules como punto de partida.

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El Maestro Oculto de Toledo me encontró él a mí, y no yo a él. De hecho no es alguien a quien pueda encontrarse deliberadamente a fuerza de indagar e investigar en los rincones apartados y solitarios de esta ciudad. No lo encontrarás entre las páginas del libro en piedra que es Toledo, por mucho que este libro te insinúe parte de su corazón Oculto. El Maestro así no puede ser encontrado…. pero él sin embargo, sí que puede encontrarte a ti…

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Determinadas líneas de investigación aún no se han llevado a cabo en Toledo respecto de su Historia, Mitos y Leyendas. Se hace así perentoria la labor de redescubrir Toledo a través de los principios y categorías de la Tradición Esotérica. Encontrando en ésta claves simbólicas y alegóricas que nos ayuden a comprender con mayor profundidad la siempre fascinante ciudad de Toledo.
Ordenados en diferentes volúmenes, cada uno de ellos sobre alguna de las temáticas clásicas de los mitos y leyendas toledanos, esperamos poder aportar un punto de vista alternativo y hasta ahora mínimamente trabajado. Punto de vista que pueda enriquecernos espiritualmente, abunde en la comprensión de la historia de España y nos ayude a entender nuestra época.
Como nunca antes en el inicio de este Tercer Milenio estamos necesitados de volver los ojos al Mundo de la Tradición en su sentido más sapiencial y espiritual. Muy humildemente a ello se consagran estas líneas…

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Mito, Símbolo y Leyenda en los Cuentos de Hadas

en Espiritualidad por

Los Cuentos de Hadas no son meras creaciones literarias fruto de la fantasía de los escritores y los poetas. De hecho en ellos y más allá del elemento puramente literario y subjetivo del autor, se trasladan a través del lenguaje del símbolo, el mito y la leyenda, contenidos propios del mundo de la Tradición. Contenidos propios de la concepción espiritual del Hombre, la vida, el Mundo y la Naturaleza. Es por ello que tras su apariencia inocente, se esconden simientes de Sabiduría y Virtud. Lo que es tanto como decir simientes de auténtica Disidencia…

Colaboración en el programa “Espacio en Blanco” de RNE. Con Miguel Blanco al cargo del programa. En Noviembre del 2015.

Soldados Hispanos en los ejércitos del Imperio Romano

en España por

Nuestro trabajo de tesis doctoral, nos permitió en su momento elaborar un cronograma de la conquista romana de Hispania. Doscientos años de guerras, batallas, asedios y heroísmo cuyo epílogo y tras las Guerras Cántabras, no será sino el reclutamiento de soldados hispanos en los ejércitos de Roma. 

 

Hemos adaptado dicho cronograma al ámbito editorial para su publicación y de dicha adaptación, extraemos precisamente el fragmento sobre los reclutas hispanos en las legiones de Roma.

 

Introducción

Tras el fin de las guerras cántabras en el 19 a.C. y consumada la dura y larguísima conquista romana de Hispania (casi doscientos años) es inevitable plantearse qué pasó con las sociedades de jefaturas de tradición guerrera que constituyeron la médula sociopolítica y cultural de la antigua Hispania. Con su sistema de clientelas, devotio, lealtades personales y vocación heroica. Fratrías guerreras y ritos de iniciación. ¿En qué se transformaron, como se incorporaron a la romanidad, o si su destino final fue desaparecer? Acudimos aquí a Estrabón que nos dice que los habitantes del tercio norte Peninsular “en lugar de saquear las tierras de los aliados del pueblo romano, ahora hacen la guerra al servicio de los propios romanos”  (III, 3, 8). Y ésta, en gran medida, podremos decir que podría ser la respuesta a la cuestión que ahora nos estamos planteando…

              En este sentido sabemos que Roma conforme avance en la conquista de Hispania, reclutará como auxiliares de las unidades legionarias, a contingentes guerreros procedentes de las mismas áreas que van incorporando a su área de administración. Y si bien es difícil de evaluar exactamente qué proporción de indígenas pasan a integrarse en las estructuras de los ejércitos de Roma, sí parece claro que una de las condiciones impuestas en la llamada pax romana, será precisamente la exigencia de levas destinadas al reclutamiento de unidades auxiliares para las legiones. Así conocemos unidades de auxilia que pertrechados con su propio armamento y atavío, luchan del lado de Roma durante las campañas de ésta en la Península, y más aún tras las Guerras Cántabras y ya en diversos lugares del Imperio (Roldan Hervás 1997a y 1974 y Abascal 2009b y 2009c). El nombre que se asignará a dichas unidades, nos indica el lugar de origen de las mismas. Tendremos así unidades de cántabros, astures, vettones, várdulos o arévacos (Abascal 2009c: 304-310) distribuidas a lo largo y ancho del Imperio Romano. Por desgracia la gran movilidad que definirá este tipo de unidades, hace muy difícil conocer hoy día en profundidad sus diversas trayectorias.

Del mismo modo tenemos noticia de como el propio Augusto, formará su guardia de corps con guerreros celtíberos, en concreto con guerreros procedentes de Calagurris (Suetonio, Aug, 49). Ciudad perteneciente a la etnia de los berones, pueblo celtibérico famoso por su resistencia “numantina”  precisamente en Calagurris, frente a los ejércitos pompeyanos y durante las Guerras Sertorianas.

Podrá decirse en este sentido que la tradición guerrera del mundo hispano céltico, no desaparecerá con la llegada de Roma. Antes bien se integrará gradualmente en sus ejércitos, siendo el reclutamiento en las legiones de Roma la salida más natural que frente a la romanización, encuentran esas gentes que han vivido imbuidas por el universo de las fratrías guerreras, las clientelas y las correspondientes jefaturas. Que duda cabe que a partir de Augusto y según fue afianzando su presencia en las legiones, las unidades de auxiliares hispanos irán pareciéndose cada vez menos al modelo étnico del que procedían, y se irán asimilando cada vez más al modelo del ejército regular romano (García Quintela 1999: 294-295). Este proceso podremos considerarlo como la integración y asimilación definitiva del modo de vida de las “mannerbünde hispanas”, en el mundo de las legiones de Roma.

El modo de vida de los guerreros de procedencia hispana, traslada así su escenario a las legiones romanas y la ética heroica y sus correspondientes estereotipos simbólicos del mundo hispano céltico, se verán ahora enmarcados y condicionados por la instrucción y la vida en campaña de las legiones. Es en este nuevo escenario en el que habrá que plantearse hasta qué punto la ideología guerrera de la antigua Hispania prerromana, podría haberse mutado o evolucionado de mano de la romanización, a un nuevo nivel de mayor amplitud política.

Planteamos pues el tránsito de un modelo heredero de la Edad del Hierro: el modelo “bárbaro” de sociedades de jefaturas, clientelas y simbolismo heroico; al modelo “romano” propio de una sociedad estatal y urbana, un modelo militar, ciudadano y de culto imperial. El destino final del “guerrero celtibérico”, es así transformarse en legionario de Roma, y en los amplios márgenes del mundo romano, encontrar nuevos escenarios en los que continuar viviendo en la tradición guerrera de sus antepasados (lám. I).

Lamina I: Jinete lanza en ristre en una moneda de mercenarios hispanos (según Quesada Sanz 2009b: 173).
Lamina I: Jinete lanza en ristre en una moneda de mercenarios hispanos (según Quesada Sanz 2009b: 173).

Hispanos en las legiones Romanas:

Desde las lejanas guerras del Peloponeso, los hispanos habrían ejercido la labor de guerreros a sueldo y aliados de considerable importancia, a lo largo de casi todas las guerras del mediterráneo antiguo. Durante las Guerras Púnicas fueron fuente inagotable de unidades auxiliares, tanto para cartagineses como para romanos, y en el caso púnico llegaron a ser pieza fundamental de la estructura de sus ejércitos (Quesada Sanz 2009b y Peralta Labrador 2009b).

Este carácter mercenario y auxiliar de los guerreros hispanos, cambiará a partir de Augusto. El ejército romano se convierte en un factor de romanización para las provincias y ya sea como ciudadanos o ya sea como peregrini encontramos que los indígenas hispanos pasarán a formar parte de las unidades regulares del ejército romano. Especialmente llamativo es el caso de las llamadas “unidades auxiliares permanentes”, que se crean en este momento y que se convertirán en el principal vehículo de alistamiento en las provincias (Roldan Hervás 1997a, Abascal 2009c, Morillo 2009 y Gárate Córdoba 1981: 105-117). Lo que permitirá a los antiguos contrincantes de los ejércitos romanos, continuar su “modus vivendi”, pasando a formar parte de las legiones.

Estas unidades permanentes de auxiliares se formarán con grupos étnicos homogéneos, y durante mucho tiempo los hispanos serán los principales proveedores de este tipo de fuerza a los ejércitos de Roma. Siendo el fenómeno del alistamiento de reclutas hispanos en las legiones, un fenómeno acaecido fundamentalmente desde Augusto y hasta las postrimerías del Alto Imperio, en tiempos de Septimio Severo y Caracalla. Su punto de máxima intensidad se alcanzará entre finales del siglo I y primera mitad del II, para posteriormente ir decreciendo el fenómeno del reclutamiento en provincias y a partir del 250 d.C. prácticamente desaparecer (Roldan Hervás 1997b y 1997c, García y Bellido 1998: 159-177, Abascal 2009c: 301-303 y 2009b: 289-295 y García Quintela 1999: 292). En las legiones romanas de esta época los reclutas no provendrían de los territorios del Imperio, sino de allende de sus fronteras. Principalmente de Germania.

Aproximándonos un poco más al detalle de los reclutamientos en Hispania, podemos comprobar cómo las zonas más tardíamente incorporadas a Roma, y las que se opusieron mediante enfrentamientos bélicos a su penetración, serán precisamente las que proporcionarán la mayor parte de estos contingentes de unidades auxiliares permanentes. Encontrándonos así y principalmente con unidades de celtíberos, arévacos, vacceos, lusitanos, vettones, cántabros, astures, galaicos y vascones. Estas unidades, a diferencia de lo ocurrido hasta Augusto, al pasar a formar parte de las estructuras del ejército romano, perderán su atuendo y armamento propio. Debiendo organizarse de acuerdo a las costumbres romanas, y vestir y armarse como legionarios romanos, en contingentes estimados entre 500 y 1000 combatientes (Roldan Hervás 1997a, Abascal 2009c y Gárate Córdoba 1981: 105-117).

Los datos que poseemos con respecto a este tipo de unidades reclutadas en Hispania durante el Alto Imperio, si bien no son numerosos si son bastante significativos. Así podremos decir que a partir de Augusto encontraremos soldados hispanos por todo el Imperio: en África, en Britania, en las fronteras del Rhin y el Danubio, en Oriente Próximo o Egipto (fig. 1).

Figura 1: Mapa del Imperio romano con los principales asentamientos de auxilia hispánicos (según Abascal 2009c: 304).
Figura 1: Mapa del Imperio romano con los principales asentamientos de auxilia hispánicos (según Abascal 2009c: 304).

Las unidades de auxiliares permanentes, como ya hemos explicado, se armarán y organizarán según el sistema táctico romano, siendo así su propia labor en los ejércitos de Roma, un vehículo para la expansión de la “romanitas” en áreas débilmente romanizadas como pudiera ser Cantabria, o diversas regiones del interior de la Lusitania y la Celtiberia. Es así que encontramos cohortes de cantabrorum-una de ellas situada en Judea desde la segunda mitad del siglo I-o alas asturum al otro lado del Imperio Romano, junto al muro de Adriano.  Pudiendo recogerse testimonios seguros de 80 unidades de hispanos en los ejércitos de Roma, unidades de asturum, arevacorum, gallaecorum, ausetanorum, vettonum, celtiberorum, o vasconum. (Abascal 2009c: 304-312 y Roldan Hervás 1974).

Es muy difícil saber el numero general de hispanos incluidos en estas unidades, pues no nos han llegado todas las unidades que hubo, y con el paso de los años la composición de las mismas podía variar, pues las bajas se suplían normalmente, con reclutas de la misma zona en la que estuviesen acampadas, ya sea Britania, Germania o África. Si bien es verdad que en todo cado podremos estimar un número muy alto de reclutas hispanos, aunque solo sea por las cerca de 80 unidades de procedencia hispana constatadas (Roldan Hervás 1974 y 1997a y Gárate Córdoba 1981: 395-396).

Será también interesante reseñar como el ejército romano hasta César, es fundamentalmente un ejército itálico y romano, con puntuales unidades de auxiliares de otros territorios. Siendo realmente a partir de César, que se convierte en un verdadero ejército Imperial, con legionarios provenientes de todas las provincias, heterogéneos y diversos, y al tiempo participes de un mismo concepto de romanidad universal simbolizada en la figura del César.

Llegado el Bajo Imperio y como ya hemos señalado, el ejército perderá su carácter provincial, su formación a partir de contingentes provenientes de las provincias. Esto no será sino un debilitamiento de la vocación integradora del cuerpo diverso del Imperio, a través de las legiones. Lo que no sería a nuestro parecer, sino un debilitamiento de la “ideología del Imperio”, en el sentido del valor superior y espiritual que se asigna a la institución imperial, como integradora desde la romanidad, de un vasto conjunto de pueblos y tradiciones. El ejército romano se convertirá así a partir de este punto, en una suerte de ejército “bárbaro”, fundamentalmente germano, a las órdenes de Roma. Lo que no será a nuestro entender, sino una de las señales del principio del fin del Imperio, cuyos verdaderos miembros no participarán ahora de ese culto al Emperador en clave guerrera que tenían las legiones y que habría sido, según nuestro punto de vista, uno de los vectores de la solidez del Alto Imperio.

Dicho esto en gran medida como apreciación personal.

Lámina 2: Estela funeraria de Pintaius, originario de una aldea asturiana. Portaestandarte de la cohors IV Asturum, estacionada en el Rhin. Copia del original conservada en el Museo Römisch-Germanisches Museum de Bonn (Alemania). (Fondo personal del autor).

Esta “hispanización” del ejercito romano, terminará de consolidarse llegados los Flavios, que crearán numerosas cohortes de hispanos a lo largo de todo el territorio Peninsular, muchas de ellas referidas a grupos étnicos o a conventos jurídicos, caso de celtiberorum o de bracaraugustanos, y muchas de ellas referidas de nuevo al genérico Hispania e Hispanorum. Este mismo proceso continuará con Trajano y Adriano, que llevando el Imperio a la cima de su poder militar, harán de Hispania una de las fuentes principales de efectivos para las legiones. Siendo en tiempos de Trajano que conquistándose la Dacia, en la actual Rumania, y habiendo nacido el propio Trajano en el solar de Hispania, se dará una especial presencia de hispanos en los ejércitos romanos. Lo mismo podrá decirse de los tiempos de Adriano, y de cuando se levante su muro homónimo al norte de Britania y frente a los llamados Pictos de Caledonia-actual Escocia-donde serán enviadas cohortes de Hispanorum, asturum, bracorum, vardulorum, o un ala de Hispanorum Vettonum a los que se situará cerca del actual Bath, en Gales (Gárate Córdoba 1981: 105-117 y Roldan Hervás 1974). Debiendo señalarse la presencia en Britania de una Legión VIII Hispana que en la rebelión del 119 d.C. será aniquilada por completo. (García y Bellido 1998: 168).Cabrá mencionar en este sentido cómo, cuando Vespasiano desmovilice las guarniciones romanas en Hispania, aumentará en principio el reclutamiento, que ahora ya no se circunscribirá al norte, oeste e interior Peninsular, y se extenderá a todo el territorio hispánico, incluida la Bética. Siendo durante estos años cuando la presencia de hispanos en el ejército de Roma alcance su máxima expansión,  recogiéndose casos de alae Hispanorum, a modo de genérico para toda Hispania, y unidades con referencia no ya étnica, sino urbana y relativa a la ciudad de donde proceden los reclutas. Son los casos de unidades de Segisamo, Bracara o Toletum (Roldan Hervás 1997a y 1997b y 1974). Cabe resaltar también cómo legiones legendarias como la I Auditrix, VI Victrix o X Gemina, que defendieron durante años la línea del Rhin, cubrirán sus bajas fundamentalmente con reclutas hispanos (lám. 2). Siendo destacada por Tácito (Hist. IV, 33, 3)  la acción de las cohortes vasconum en las luchas del Rhin, contra la rebelión de Civilis (Roldan Hervás 1997c y 1974).

No podemos cerrar este apartado sin comentar a la Legión VII Gemina, reclutada íntegramente en Hispania por Galba para oponerse a Nerón, y que luchará hasta la extenuación cubriéndose de gloria en la batalla de Cremona, contra Vetilio y por la supremacía de Vespasiano (García y Bellido 1998: 161-162 y 172 y Abascal 2009a: 284-285 y 1986). Siendo aquí donde perderá hasta la mitad de sus efectivos, debiendo suplir las bajas con restos de otras legiones y ganándose desde entonces, el apelativo de Gemina.  Después será enviada a la frontera con Germania desde donde una vez terminadas las campañas en el alto Rhin, se afincará definitivamente en el norte de Hispania y en el año 75 d.C. Exactamente donde ahora se levanta la ciudad de León. (García y Bellido 1998: 171-177). Esta Legión VII Gemina, durante el mandato de Marco Aurelio, será la que baje desde su asentamiento en el norte Peninsular hasta la Bética, para hacer frente a la invasión que desde Mauritania amenazaba los territorios del sur Peninsular[1] (García y Bellido 1998: 170-171 y 186-196).

Tras Marco Aurelio podrá decirse que comenzará el lento declive del Imperio Romano, dándose ya a partir de ese momento una progresiva germanización de los ejércitos de Roma. Consideramos que en este proceso podría estar dándose una relajación entre los propios ciudadanos del Imperio, de las funciones guerreras asociadas al culto al Emperador y la “mística” del Imperium. Entrábamos así en el Bajo Imperio y con él, la presencia de guerreros hispanos irá también desapareciendo progresivamente de los ejércitos de Roma. La Hispania guerrera de la Antigüedad, presente desde las guerras entre griegos y cartagineses en Sicilia y en el 480 a.C. (Quesada Sanz 2009b: 166, se diluía tras siglos de “servicio” culminados con su integración en el “modelo imperial” que generó el mundo romano. A partir de la segunda mitad del siglo III d.C. y al igual que el resto del Imperio, comenzaba una lenta decadencia que culminaría con las invasiones bárbaras y la correspondiente caída de Roma[2].

[1] Llegado este momento histórico, habrá que entender que los pueblos de Hispania, aún cuando algunos de ellos pudieran mantener su identidad prerromana (entendemos así a cántabros o vascones) todos ellos en mayor o menor grado, estarían integrados en cualquier caso en la “romanidad”. En la “Roma Imperial” cuyas legiones se formarán con romanos de todas las provincias, de distinta procedencia (Galia, Hispania, Dacia o la propia Roma) pero unidos todos en un ente superior que es el Imperio. Imperio al que se otorga una dimensión religiosa y sagrada y no simplemente política, y en el que por decirlo así, pueden aceptarse y “federarse” todos los cultos siempre y cuando éstos, no pretendan suplantar el valor superior de la institución imperial. Esta unidad en la diversidad y diversidad en la unidad a partir de una institución política a la par que religiosa, y en cuyo seno pueden tener ciudadanía romana tanto un itálico como un hispano, será fundamental para entender qué cosa fue Roma y la romanitas.

[2] Con la caída de Roma, concluiría un ciclo histórico completo que marca definitivamente la identidad de la Europa tradicional. La Cristiandad  medieval sucede a Roma como fase histórica de nuestra civilización y en dicho Medievo europeo, los andamiajes políticos creados por Roma en torno a la idea de Imperium, seguirán presentes con renovadas formas surgidas ahora en gran medida de la tradición cristiana. Es así que podría decirse que la épica de Homero y la filosofía griega (con Platón y Aristóteles a la cabeza), junto al ideal romano del  Imperium  prefigurado ya por César, más la cultura guerrera que traen los pueblos bárbaros  y todo ello, en maridaje con la tradición cristiana y desde la propia cosmovisión de dicha tradición, terminará por dar forma a los fundamentos de la Europa tradicional pre moderna.

Más adelante el Renacimiento, la Reforma Protestante, la Ilustración, el Romanticismo y las revoluciones contra el Antiguo Régimen (con Francia como paradigma revolucionario), darán lugar a toda una nueva fase histórica en la cual se decantará la Europa moderna propiamente dicha. Nuestro tiempo histórico no será sino fruto de dicha Modernidad y entender todo esto proceso en sus dos grandes fases históricas, creemos es esencial para entender la claves de nuestra civilización.

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