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DIARIO DE UN CONFINAMIENTO 9

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Hoy es el coronavirus, mañana puede ser cualquier otra cosa…

Y si no es que afecte a todos como ahora, que nos afecte a nosotros personalmente; pero siempre se vive en el filo… Es así. La vida no acepta medias tintas. Hay que ir a por ella y llevarla bien cogida del cuello sin que se nos escape…

Por eso todo el rato está pasando y nunca para, y las cosas mayormente son sólo para un tiempo limitado, y no para siempre… Y por eso saber valorar las personas, encuentros, ocasiones, enseñanzas y circunstancias bien aventuradas de la vida, más allá del dolor y la amargura que a veces nos deparan, es fundamental.

Hay que ir así a lo importante, y dejar lo meramente necesario, simplemente ahí, en su lugar.

Hay que ir a lo esencial e imperecedero y que sólo depende de nuestra grandeza de alma y voluntad. Y vivir desde ahí sin más. Sin mayor preocupación o plan. Pues en eso sí puedes confiar, y todo lo demás… que la vida y el tiempo lo ponga en su lugar.

Y mientras tanto besar y morder, abrazar y arañar, pelear y amar, como un dientes de sable…

Las raíces amargas dan frutos dulces; y maduramos y crecemos más en el dolor, que en el gozo. Al amanecer el ánimo se renueva, y al atardecer, se ven las cosas más claras.

Y sí, a pesar del sistema que tenemos, el «orden crematístico» sigue sin corresponder con el «orden natural» de las cosas. Y el papel en esta crisis de reponedores, cajeros, enfermeros, soldados, camioneros o temporeros, lo ha puesto de manifiesto una vez más de manera evidente…

Y es que la crisis del coronavirus traerá cola y se prolongará más allá del confinamiento; con recesión, tensión geopolítica mundial y polarización ideológica. Pero será también un tiempo maduro y oportunidad para el regreso de los «dioses fuertes», tras muchos años de pensamiento débil y «moñas»…

Un tiempo maduro para el regreso del culto a la nobleza y grandeza de alma; la fuerza interior, el honor y el valor. El coraje, la lealtad, la honestidad y la autenticidad. La amistad, la alegría, la palabra, el respeto y la camaradería. El perdón, el agradecimiento, la franqueza y la verdad. La virilidad, la feminidad, el romance, el amor y la fidelidad. También el «carpe díem» y el gozo…

Los «dioses fuertes», que siempre nos recordaron la muerte, no nos escondieron la dificultad, y siempre nos invitaron a vivir con corazón, aplomo, autenticidad, desinteresadamente y con valentía…

Y a veces las cosas tienen arreglo y hay que ponerse con ello. Y a veces no… y hay que aceptarlo y vivir igual, sin resentimiento ni ofuscación.

Libertad total de quienes se conquistan a sí mismos. Esa es la consigna de los «dioses fuertes» que en este trance que pasa la humanidad, asoman de nuevo en el horizonte para quien los quiera ver. Tras tantos años de pensamiento débil y necedad…

Y es que en realidad, siempre estuvieron allí. Nunca se fueron. Porque en realidad están en la sangre. En nuestras venas. Forman parte central, de nosotros mismos…

Gonzalo Rodríguez Gonzalo Rodríguez García es doctor en Historia por la Universidad de Castilla-la Mancha. Su tesis doctoral trató sobre la antigua Hispania céltica y su cultura guerrera. Formado en filosofía e historia sigue la línea doctrinal de la Sophia Perennis y la Escuela Tradicionalista.

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